Algunos están meses escribiendo sin parar, febriles, poseídos por la musa. De repente, no pueden más: les llega el cansancio. En los casos menos graves, logran todavía escribir una hora al día, aunque cada palabra pesa como una losa. Poco a poco, la vida cotidiana se les complica: ducharse, vestirse, cocinar. Hacer la compra les toma horas, por lo que muchos recurren a internet. Al principio aún pueden salir de casa, tambaleantes, aferrándose a la vida. Pero, en los casos más graves, el cansancio los encadena a la cama, donde yacen inmóviles durante días, meses o incluso años, esperando en silencio a que la muerte, lenta y paciente, finalmente los reclame.