Vladimir revisó su teléfono por centésima vez esa tarde. El mensaje seguía ahí, con un solo check gris: «Godot, quedamos en el árbol a las cinco. ¿Vienes?»
«Todavía no lo ha leído», murmuró a Estragón, que pateaba una piedra mientras consultaba también su móvil.
«A lo mejor no tiene datos», sugirió Estragón. «O se le acabó la batería.»
«O tiene el teléfono en silencio.»
«O cambió de número.»
«O está en modo avión.»
Se hicieron las seis, luego las siete. El sol comenzó a ponerse y ellos seguían allí, actualizando WhatsApp cada pocos minutos, esperando ver aparecer esos dos checks azules que confirmarían que Godot al menos sabía que lo estaban esperando.
«¿Y si nunca recibió el mensaje?», preguntó Vladimir de repente.
«¿Y si lo bloqueó sin querer?»
«¿Y si cambió de operadora?»
Un niño pasó corriendo y gritó: «¡Godot dice que mañana vendrá seguro!» Pero cuando quisieron preguntarle más, ya había desaparecido.
Vladimir y Estragón se miraron, guardaron sus teléfonos y siguieron esperando. Al fin y al cabo, Godot podría estar escribiendo una respuesta muy larga, de esas que tardan horas en redactar perfectamente.
Mañana revisarían si había publicado un estado.