La noticia corrió como un relámpago: Superman y Lois Lane habían tenido un hijo. El mundo entero aguardó con ansias el nacimiento del héroe perfecto, mezcla de acero y ternura, de poder y astucia.
Pero pronto llegaron las decepciones. El pequeño heredó la cabeza atolondrada de su padre: olvidaba la mochila, confundía los nombres de sus profesores y jamás entendía los problemas de matemáticas. Peor aún: su cuerpo frágil, copia de la vulnerabilidad humana de su madre, no le permitía levantar ni una bicicleta.
Los periodistas intentaron edulcorar la verdad: «Promete en sensibilidad», «Será un héroe de corazón». Nadie lo creyó. Los villanos, al enterarse, lo ignoraron: no valía la pena secuestrarlo.
Un día, cansado de la burla, decidió subirse a un tejado con la capa heredada. Abrió los brazos, soñando con volar. No se elevó ni un centímetro. Pero sonrió, como si hubiera logrado algo.
Superman, desde la distancia, lo observó con lágrimas contenidas. Lois le tomó la mano.
—Tal vez no sea un héroe —susurró ella—. Pero es nuestro hijo. Y eso basta.
El chico bajó del tejado, tambaleante. Por fin, había salvado algo: la esperanza de sus padres.