lunes, 3 de agosto de 2026

Proyecto Panamá (y 2)

El director del Consorcio observó a los doce cautivos tras el cristal. Bradburianos. Se aferran al papel como si la celulosa tuviera alma.

El médico levantó la ampolla.

—Ukwelina.

El director sonrió.

—La verdad siempre acaba trabajando para nosotros.

Uno tras otro fueron revelando los textos que recordaban. Los servidores los incorporaban a la Gran IA mientras los nombres de los autores desaparecían de los registros.

El director contempló el proceso con orgullo.

—Los humanos escribieron obras magníficas, pero eran irregulares. Quandoque bonus dormitat Homerus. Hasta Homero se equivocaba.

—¿Quién? —preguntó el doctor.

El director mantuvo silencio. ¿Qué importaba ya? Las obras de Homero ya habían sido destruidas. Ahora, las versiones de la Ilíada y la Odisea eran impecables: sin repeticiones, sin contradicciones, sin escenas demasiado largas, sin metáforas oscuras. Cada capítulo mantenía el mismo ritmo, la misma intensidad, la misma perfección estadística. Ningún verso sobresalía. Ninguno decepcionaba. Tampoco ninguno permanecía en la memoria.

La Gran IA nunca decae. Nunca olvida. Nunca escribe una mala página.

Y, sin embargo, nadie volvía a leerlas.

Cuando terminó el interrogatorio, un analista se acercó con gesto preocupado.

—Señor... hay diferencias.

—¿Diferencias?

—Los doce recuerdan el mismo libro... pero ninguna versión coincide exactamente con las demás.

El director guardó silencio.

Cada uno había cambiado una palabra, una pausa, una imagen. Errores, pensó.

Después comprendió.

No eran errores.

Durante años, aquellos fugitivos habían seguido reescribiendo los libros en su memoria.

Y el Consorcio acababa de incorporar a la Gran IA doce obras nuevas creyendo haber recuperado una sola.