Orwell lo cuenta en Homenaje a Cataluña. Frente de Aragón. Atacan la trinchera enemiga, recuperan una bandera roja y regresan a sus líneas con ella. La contemplan un instante. Luego la cortan en pedazos y la usan como trapos para limpiarse las manos. Fin del romanticismo. Fin de la escena.
Las banderas son trapos con pretensiones. Algunas, además, son feas.
La española es de las más feas que existen. No es un juicio estético caprichoso: es historia. Carlos III necesitaba distinguir sus barcos. El mar estaba lleno de enseñas borbónicas blancas que se confundían unas con otras. Mandó diseñar algo visible. Con el tiempo, aquel accidente náutico se convirtió en símbolo nacional. Hoy hay quien lo lleva tatuado, en el cinturón, en pulseras. La fealdad, con suficiente tiempo, se vuelve sagrada.
Hay banderas hermosas. La andaluza: verde y blanco, esperanza y paz. La de Jaén, la de Linares, incluso. La turca, elegante: luna y estrella sobre fondo carmesí. La mexicana: el águila, la serpiente, el nopal, toda una cosmogonía condensada en tela. La de Ucrania: trigo abajo, cielo arriba, aunque ahora cuesta mirarla sin pensar en lo que hay debajo de ese cielo. La polaca, en su desnudez de blanco y rojo. La nigeriana, verde y blanca, que se parece a la andaluza como una prima lejana y más afortunada.
España tuvo otras opciones. La cruz de Borgoña, extranjera pero con dignidad, todavía sobrevive en los aviones militares como un fantasma heráldico. La misma aspa que llevan, con distintas coartadas históricas, las banderas de Alabama y Florida. Dos estados del sur profundo de los Estados Unidos que comparten con el Imperio español algo más que la geometría: cierta tendencia a la nostalgia de lo que nunca fue tan glorioso como se recuerda. La cruz de san Andrés une, en el mismo trazo diagonal, a los confederados de Alabama y a los tercios de Flandes. La historia tiene ese humor negro que no avisa.
La bandera de Castilla y León no estaría mal, aunque uno no soporte a los leoneses. Una enseña castellana, roja o violeta, tampoco sería el fin del mundo, aunque enfureciera a Eslava Galán, lo cual tampoco sería el fin del mundo. La republicana, tricolor, tiene al menos el mérito de haber sido elegida con algo parecido a una intención.
Pero seguimos con la de Carlos III. Los Borbones, eficaces para recuperar coronas y diestros cazando —perdices en El Pardo, elefantes en Botsuana—, han demostrado ser bastante menos brillantes cuando se trata de diseñar banderas.
Volviendo a Orwell: quizá sus camaradas sabían algo. Las banderas sirven para algo concreto y útil cuando uno tiene las manos sucias y no hay otra cosa a mano. Para lo demás, la historia suele ser menos gloriosa de lo que prometen.