domingo, 1 de febrero de 2026

La lista de Epstein y el arte del olvido

Ha aparecido Aznar en los papeles de Epstein y la izquierda ha experimentado algo parecido al éxtasis místico, solo que laico y con publicaciones en X y Bluesky. Un orgasmo moral de esos que dejan temblando las redes sociales durante días. Aznar: la palabra mágica, el nombre que dispara todos los resortes del odio progresista.

Lo odian con una intensidad que da envidia. Quizá porque nunca tuvo los complejos de Rajoy, esa mansedumbre de oficinista asustado que caracterizó al otro. Aznar prometió gobernar solo dos mandatos. Y lo cumplió. Dejó el país algo mejor de lo que lo encontró —al menos en lo económico—, detalle que sus sucesores no pueden presumir mientras administran ruinas, pactan con separatistas y reparten carnés de demócrata entre los suyos.

Pero qué importa. Ahora está en la lista de Epstein.

Y con eso basta para activar el mecanismo perfecto del olvido selectivo.

Porque ahora, señoras y señores, podemos olvidar tranquilamente los 46 muertos de Adamuz. Podemos archivar en el cajón de lo irrelevante los embalses que no se hicieron y que hubieran evitado los muertos de la DANA del 29 de octubre. Podemos hacer como que no pasó nada con los pactos con Podemos y Bildu, ese matrimonio de conveniencia entre el populismo y el terrorismo reciclado.

Olvidemos también el apagón. La ley para controlar la Justicia y domesticar la prensa libre. La corrupción pintoresca de Ábalos, de Cerdán, de Begoña, de David Azagra. Los tratos de Zapatero en la Venezuela chavista. El inexistente Comité de Expertos de la Pandemia —que nunca existió pero todos obedecimos—. La colonización sistemática de las instituciones públicas, esa obra en marcha que haría sonrojar al presidente de Uganda.

Sigamos. El control del Tribunal Constitucional. Los negocios de prostitución del suegro presidencial —asunto de lo más edificante—. Tres años sin presupuestos. La condena del fiscal general del Estado. El plagio de la tesis doctoral. La adulteración de la votación en el Comité Federal. Las continuas humillaciones al jefe del Estado. Las denuncias por manipular las primarias del PSOE. Los indultos a golpistas del 1-O. La amnistía a los golpistas del 1-O. La ruptura de la caja única de la Seguridad Social. El engaño de las balizas V16.

Todo eso puede esperar.

Porque Aznar está en una lista.

Es curioso el funcionamiento de la memoria pública. Funciona por capas geológicas: lo reciente se entierra bajo lo lejano, lo urgente bajo lo conveniente. Una lista con un nombre del pasado sirve para sepultar cien escándalos del presente. Es economía de la atención: gastamos la indignación en lo que no duele y reservamos la indiferencia para lo que sí importa.

La progresía celebra como si hubiera ganado la lotería moral. Publicaciones en redes sociales, editoriales, tertulianos extasiados. Aznar y Epstein en la misma frase: el titular perfecto, el orgasmo verbal, la confirmación de todas las sospechas. No importa qué diga exactamente esa lista, ni en qué contexto aparece el nombre, ni qué significa estar ahí. Importa el titular. Importa el marco. Importa que podamos decir: «¿Ven? Siempre lo supimos».

Mientras tanto, el presente se pudre con elegancia.

Los muertos siguen muertos. Los embalses siguen sin construirse. La corrupción sigue enquistada en cada rincón del poder. Las instituciones siguen siendo colonizadas metódicamente. La justicia sigue siendo intervenida. La prensa sigue elogiando o autocensurándose. Y nadie parece especialmente preocupado porque, oigan, Aznar está en los papeles de Epstein.

Es el truco más viejo del mundo: agitar un cadáver para que nadie mire los vivos.

No sé si Aznar hizo algo reprochable. Tampoco me importa demasiado. Lo que me fascina es el mecanismo, la coreografía perfecta de la distracción colectiva. Cómo un nombre del pasado activa el modo avión de la conciencia crítica. Cómo la indignación funciona con geografía: lejos está bien, cerca molesta.

Aznar en una lista de Epstein nos permite seguir viviendo como si nada grave ocurriera hoy. Como si lo único grave fuera lo que pasó hace veinte años, o lo que pudo pasar, o lo que imaginamos que pasó. Mientras tanto, lo que pasa ahora —lo verificable, lo documentado, lo escandaloso— puede seguir su curso sin estorbos.

Es un arte, en el fondo. El arte del olvido programado. El arte de mirar hacia otro lado con indignación perfecta.

Y funciona.

Siempre funciona.