Mediados de los años 60. Elaine Sturtevant tomó una decisión que parecía una excentricidad y acabó siendo una declaración de principios: empezó a recrear deliberadamente las obras de otros artistas vivos y reconocibles. No lo hizo en secreto ni con vergüenza. Lo hizo a la vista de todos. La pregunta surgió de inmediato y aún no se ha cerrado: ¿por qué?
¿Capricho? ¿Cálculo económico? ¿Una provocación sin fondo? ¿O, como diría Hegel, el síntoma de un espíritu de época que ya no creía en el origen puro ni en el genio aislado?
El contexto importa. En los años sesenta el pop art dominaba la escena. Warhol, Lichtenstein, Rosenquist y otros tomaban imágenes de la cultura popular —cómics, anuncios, envases, fotografías de prensa— y las convertían en arte mediante repetición, ampliación y serialización. No inventaban imágenes nuevas: reciclaban las existentes. La apropiación no era una anomalía, sino el método central del movimiento. El arte miraba a la industria, al consumo, a la reproducción masiva. La originalidad ya no estaba en el motivo, sino en el gesto.
Sturtevant formuló entonces una pregunta simple y afilada. Si ellos podían apropiarse de imágenes públicas sin pedir permiso, ¿por qué ella no podía apropiarse de sus obras? Si el pop art se alimentaba de repetición, ¿por qué no repetir al repetidor?
Así nació su práctica. A primera vista, un descaro. Una artista copiando a otros artistas, a menudo casi al mismo tiempo que estos alcanzaban notoriedad. Para muchos observadores fue una provocación fácil. Una estafa elegante. Una impostura.
Pero esa lectura no resiste una mirada atenta.
Sturtevant no copiaba como copia una máquina. No calcaba. No buscaba la identidad perfecta. Trabajaba, en la mayoría de los casos, desde la memoria. Eso introducía un margen mínimo pero decisivo de diferencia. Un trazo ligeramente desplazado. Un color apenas alterado. Una escala que no encajaba del todo. Un error controlado. Esa pequeña desviación era el núcleo de su obra.
La fidelidad extrema convivía con la imperfección deliberada. Y en esa tensión surgía el sentido. La obra ya no era el original ni su copia, sino algo intermedio: una repetición pensante. Un espejo que no devolvía exactamente la misma imagen.
Las preguntas que planteaba eran incómodas. ¿Qué significa ser original en un mundo saturado de imágenes? ¿Dónde reside la autoría cuando todo puede reproducirse? ¿Qué valor tiene el «aura» de una obra si su forma puede reaparecer en manos ajenas con mínimos cambios?
Mientras algunos críticos la atacaban, los artistas a los que «copiaba» entendieron de inmediato lo que estaba haciendo. Warhol le prestó pantallas serigráficas. Otros le dieron indicaciones técnicas. No se sintieron robados. Se sintieron leídos. Reconocieron en Sturtevant una prolongación radical de sus propias preguntas, llevadas un paso más allá.
Esa complicidad es reveladora. Los artistas más lúcidos no vieron en ella una amenaza, sino un experimento necesario. Sturtevant no parasitaba el pop art: lo sometía a una prueba de estrés conceptual.
En ese sentido, su gesto no es tan distinto del de la literatura. La literatura vive de la reescritura. Homero reorganiza mitos antiguos. Virgilio reescribe a Homero. Dante reescribe a Virgilio. Shakespeare reescribe crónicas históricas. Cervantes parodia los libros de caballerías. Joyce reescribe la Odisea. Borges reescribe todo.
La literatura es una cadena infinita de apropiaciones declaradas. Nadie crea desde la nada. Todos repiten. La diferencia está en cómo se repite y con qué conciencia.
Sturtevant lo sabía. Por eso no ocultaba sus fuentes. Las exhibía. Las convertía en método. Su obra no pedía admiración estética inmediata; exigía reflexión. Funcionaba como una pregunta sostenida en el tiempo.
¿Fue original copiando? Quizá la pregunta esté mal formulada. Tal vez lo original fue hacer visible que la originalidad, tal como la entendíamos, ya no era suficiente.
Sturtevant no copiaba. Traducía. Y toda traducción implica pérdida, ganancia y desplazamiento de sentido. Murió en 2014, pero su obra sigue siendo incómoda. No porque falten respuestas, sino porque sus preguntas siguen estando ahí. Porque las preguntas eran más importantes que las respuestas.