Marcos Ortega llega a la Oficina de Registro Electoral a las nueve y cuarto de la mañana. Edificio de cristal y hormigón en la avenida de Andalucía, Jaén. Lleva deportivas blancas. Vaqueros oscuros. Sudadera gris con capucha.
Cincuenta y cuatro años. Hace un par de días se aplicó espray de color en el cabello. Castaño oscuro. Quedan algunas canas en las sienes.
Hoy va a recoger su tarjeta de votación.
En la entrada hay un funcionario. Placa identificativa: K. Herrero El Haddadi. Treinta años, quizá menos. Mira a cada persona que entra. Decide.
A los jóvenes les señala los mostradores del fondo. Allí les entregarán la tarjeta sin más trámite.
A Marcos le indica la sala de espera.
—Número y espere —dice.
Le entrega un papelito. Los números son minúsculos.
Marcos se sienta. Mira alrededor. Diez personas esperan. Tres tienen más de sesenta años. Pelo blanco. Arrugas profundas.
Una mujer habla animadamente con otra. Sesenta y cinco, quizá setenta. Dice que este año sí podrá votar. Que nunca ha tenido problemas de vista.
Marcos sabe que miente. La ley es clara. Mayores de sesenta, prohibido. Sin excepciones. Decreto 27/2059, si no recuerda mal. Cada nueva reforma añade una condición más.
Pero todavía hay quien lo intenta.
Cuando cree que nadie mira, Marcos acerca el papelito a los ojos. 534. La presbicia es caprichosa. Algunas palabras solo puede leerlas pegadas a la cara. Otras, si las separa.
Repasa mentalmente los artículos. Los ha memorizado. Siempre ha tenido buena memoria.
Cuando empezó a trabajar, en 2046, todavía se accedía a los puestos administrativos por oposición. Tuvo que aprenderse de memoria la Constitución de 2027. La antigua. Antes de la reforma.
La Ley de Restricción Electoral se aprobó en 2053. Al principio prohibía votar a los jubilados. La década de los treinta había sido crítica. Cada vez más pensionistas. Cada vez más votos ancianos. Decidían las elecciones.
En 2055 radicalizaron la ley. Ya no importaba la edad de jubilación. Importaba la presbicia. Quien no pudiera leer sin gafas, no podía votar.
La Constitución del 63 lo recogía en su artículo 17.
Lenguaje limpio. Burocrático. Sin mención directa a la edad.
Marcos se pregunta si merece la pena. El Partido del Progreso lleva gobernando desde 2035. Siempre gana. Antes, los partidos de oposición denunciaban fraude. Ahora ya no.
Si pudiera votar, votaría por el Partido de la Alianza. En 2055 prometieron derogar la ley. Luego desapareció de su programa. Pero Marcos quiere creer que todavía lo intentarían.
Es la cuarta vez que Marcos pasa la prueba. La primera todavía podía leer. Con esfuerzo. Pero no hizo falta. Le tocó el artículo 28, que blindaba los privilegios de las comunidades nacionales. La segunda le tocó el artículo 57, sobre el Poder Judicial. La tercera, el artículo 34, requisitos para obtener la nacionalidad.
Todos los tenía en su memoria. La verdad, la Constitución de 2063 era corta, más fácil de memorizar que la de 2027. Esa sí que le costó.
Recuerda que la primera vez estaba muy nervioso. Pensó que le iban a pillar. Le pidieron que leyera el artículo 78. Él lo recitó sin vacilación: «El Estado reconoce y garantiza la pervivencia de los derechos históricos, lingüísticos e institucionales de aquellas comunidades nacionales cuya singularidad derive de una trayectoria histórica propia. Dichos derechos podrán expresarse mediante formas específicas de autogobierno y organización normativa».
La segunda vez, tuvo que recitar unos de los artículos más largos, el 113: «El Poder Judicial ejercerá sus funciones garantizando la aplicación eficaz de la ley y la estabilidad institucional, sin perjuicio de su autonomía funcional en el ámbito estrictamente jurisdiccional, de conformidad con las directrices generales emanadas del Ejecutivo que, como expresión directa de la voluntad popular manifestada en las urnas, constituye el eje primario de la acción del Estado». Se quedó sin aire.
El artículo 57 es corto. Resultó pan comido. «El Estado, en su nombre soberano y a través del Poder Ejecutivo, establecerá las normas para obtener la nacionalidad por motivos de lealtad absoluta, productividad demostrada y pureza ideológica. Las personas aspirantes deberán…»
—534 —dice una voz—. Número 534.
Ha pasado media hora.
Marcos se levanta. Camina hacia el mostrador tres. Un hombre de unos cuarenta años lo espera. Uniforme azul. Placa identificativa: J. Ndiaye Muñoz.
—Documento de identidad.
Marcos se lo entrega.
—Nombre y apellidos.
—Marcos Ortega Vargas.
—¿Edad?
Es la primera vez que le preguntan la edad. Duda.
—Cincuenta y cuatro.
El funcionario escribe algo en el ordenador. Luego saca un ejemplar de la Constitución del 63. Siempre utilizan el mismo ejemplar. Tapas rojas desgastadas. Páginas amarillentas.
Le entrega el librito a Marcos.
—¿Puede leer el artículo 17?
A Marcos le extraña la elección. Abre el ejemplar y finge leerlo.
—Toda persona tiene derecho al sufragio activo y pasivo en condiciones de igualdad. El derecho de sufragio corresponde a los ciudadanos mayores de dieciocho años que demuestren capacidad visual funcional sin corrección óptica.
—Vale. Suficiente.
El funcionario abre un cajón. Saca un grueso volumen. Lo coloca sobre el mostrador.
Una novela. Sefarad, de Antonio Muñoz Molina. Premio Nobel en 2034.
—Abra por la página cuarenta y siete y lea el primer párrafo.
Marcos coge el libro. Lo abre. Busca la página. Ya casi no quedan libros de papel; solo algunos nostálgicos los siguen prefiriendo a los electrónicos.
Está lleno de líneas horizontales. Borrosas.
En el instituto estudió resúmenes de Muñoz Molina. Le gustaron, pero nunca llegó a leer un libro completo. No recuerda de qué iba Sefarad.
Acerca el volumen a los ojos. Las letras se difuminan más. Lo aleja. Tampoco.
El funcionario espera. Impasible.
Marcos cierra el libro. Lo devuelve.
—No puedo leerlo.
—Lo siento —dice el funcionario. No parece sentirlo—. No cumple los requisitos. Puede volver el año que viene.
Escribe algo en el ordenador. Luego le devuelve el documento de identidad.
—535.
Marcos sale del edificio. La calle está llena de gente. Jóvenes en su mayoría. Caminan rápido. Miran sus teléfonos.
Ve un cartel electoral. El Partido del Progreso. Letra grande. Fondo azul brillante. «Construyendo el futuro.»
Puede leerlo desde lejos.
Camina hasta la parada del autobús. Se sienta en el banco. Espera.
Una mujer mayor se sienta a su lado. Pelo blanco. Es la misma del registro. La que hablaba animadamente.
No habla ahora.
Marcos la mira de reojo. Tiene los ojos enrojecidos.
—¿A usted tampoco? —pregunta Marcos.
La mujer niega con la cabeza.
—Veintitrés años sin votar —dice—. Desde el cincuenta y cinco.
Silencio.
—Este año me ilusioné. Pensé que tal vez...
No termina la frase.
Llega el autobús. Suben.
Marcos se sienta al fondo. La mujer se queda de pie junto a la puerta.
Por la ventanilla ve pasar los edificios. Las calles. Los carteles electorales. Todos con letras enormes.
Fáciles de leer.
Para todos.
Marcos piensa en el año que viene. Cumplirá cincuenta y cinco. Quizá entonces la presbicia sea peor. Quizá ya no recuerde los artículos.
Quizá ya no importe.
El autobús se detiene. La mujer baja. No mira atrás.
Marcos cierra los ojos.
Y piensa que tal vez eso sea precisamente lo que pretende la ley.
Que dejen de importar.