El carcelero trajo el desayuno esa mañana. Pan. Queso. Vino aguado.
—Hoy es tu gran día.
No entendió. Llevaba encerrado seis meses. Quizá siete. Había perdido la cuenta después de la cuarta sesión de tormento.
El inquisidor llegó una hora después.
—Qué suerte la tuya.
No preguntó nada. Había aprendido a no preguntar. Las preguntas prolongaban las cosas. Las respuestas también. Solo el silencio acortaba el dolor.
Recordaba vagamente el juicio. Una sala con techos altos. Voces lejanas. Él había confesado todo. Herejía, blasfemia, lo que fuera. Ya ni sabía qué había confesado. Las palabras se habían convertido en ruido durante las sesiones con el verdugo. Pedía perdón. Siempre pedía perdón. Por todo y por nada.
Después del juicio lo cambiaron de celda. Una celda con ventana. Le devolvieron los libros. Le trajeron comida caliente. Pan sin moho. Agua limpia. Pensó que era el final. Que lo absolverían. Que lo mantenían allí solo para que se recuperara un poco antes de soltarlo.
El inquisidor murmuraba oraciones en latín. Movía los labios sin mirarle.
—Ha llegado el momento.
En el pasillo estaba el verdugo. Manos grandes. Delantal manchado. Le reconoció inmediatamente. Ese rostro no se olvida.
—He venido a despedirme. Pronto serás libre.
Hizo una pausa.
—Supongo que no me guardarás rencor.
Negó con la cabeza. No, no. Ningún rencor. Solo quería salir.
Recorrieron pasillos de piedra húmeda. Salieron a un patio. Aire fresco. Sol. Hacía tanto tiempo. Respiró hondo. Se sentía fuerte. Vivo. Lo había conseguido.
—Sube.
Una voz detrás de él. Subió. Pensó que era un carro. Para llevarlo a casa. Pronto vería a su mujer. A sus hijos. Volvería a la sastrería. A coser botones y remendar mangas. Nada más. Nunca más pensaría en la transubstanciación. En la coexistencia del pan con el cuerpo de Cristo. Tonterías. Palabras vacías.
Estaba tan feliz que no advirtió la leña bajo sus pies. Ni las cadenas que le ataban las muñecas. Ni el olor a pez. Ni las antorchas acercándose.
Tampoco vio las llamas.
Se sentía libre.