martes, 6 de enero de 2026

El robo

 

Cuando Manuel regresó a casa ya casi era la hora de comer. Cerró la puerta despacio, y dejó las llaves en el cuenco de cerámica del recibidor. Se quitó la chaqueta con cuidado. El hombro izquierdo le dolía más desde hacía unos días. Había salido a comprar pan. No más de media hora. Había tardado casi tres.

—Han entrado en casa de Marcelino —dijo.

Carmen estaba sentada en la mesa camilla. Tenía encendida la radio para escuchar las noticias de las dos. La estufa, apagada, a pesar de que hacía frío.

—¿Cómo que han entrado?

—Le han robado.

—¿Cuándo?

—Ahora mismo. Hace un rato. No ha estado fuera ni treinta minutos.

Carmen miró la puerta del pasillo, luego el reloj. Eran las dos menos cinco.

—Ya te lo decía yo —dijo—. Hay demasiados moros y negros en el pueblo.

Manuel asintió. No añadió nada. Se sentó frente a ella y apoyó las manos en la mesa.

—Han venido por la aceituna. Seguro que lo vieron salir.

—Claro que lo vieron.

Marcelino vivía dos casas más abajo. Tenía setenta y ocho años. Vivía solo desde que su mujer muriera. No cerraba nunca con llave. Antes nadie lo hacía. Antes no hacía falta.

—¿Y qué le han quitado? —preguntó Carmen.

—No lo sabe. Dice que dinero. O un collar de su mujer.

Carmen negó con la cabeza.

—Aquí ya no se puede vivir con tantos moros. Anda. Vamos a comer.

Durante toda la tarde no pararon de hablar del robo.

Esa noche, mientras veían las noticias de las nueve, decidieron no salir de casa. Al menos durante unos días. Tenían comida suficiente. El arcón seguía lleno desde la pandemia. Carne, congelados, pan. En el armario, garbanzos, lentejas, habichuelas para varios meses. Latas de atún, de sardinas. La aceituna acabaría en enero. Entonces se irían los marroquíes y los subsaharianos que habían llegado al pueblo para la recolección. Como todos los años.

—En cuanto se vayan, salimos —dijo Manuel.

—Eso.

Los primeros días fueron fáciles. No había motivo para salir. Carmen ordenó la despensa. Hizo cuentas. Las medicinas durarían un mes. Quizá algo más. El tabaco podría ser un problema. Manuel fumaba a escondidas. Es verdad que menos desde el cáncer. Pero seguía fumando. Carmen lo sabía. A veces, al colgarle el abrigo, notaba el olor.

Por la mañana veían la televisión. Por la tarde dormitaban. Y seguían viendo la televisión. A Manuel comenzaron a interesarle las tramas de las telenovelas que veía Carmen. Lo que no soportaba eran las tertulias que le gustaban a su mujer. No paraban de meterse con el gobierno y de hablar de inseguridad.

A veces hablaban del robo. Siempre igual.

—Esto antes no pasaba.

—Antes no.

—El pueblo se ha llenado de moros.

—Sí.

Pasó la primera semana. Luego la segunda. Empezaron a racionar el pan. Los dulces también. Los mantecados durarían más si solo tomaban uno con el café de sobremesa. El pellet bajaba deprisa.

—Hay que apagar la caldera antes —dijo Manuel—. ¿No compraste mantas en ese viaje que hicimos a Granada con los jubilados?

Carmen asintió. Pero no recordaba dónde las había dejado.

Cuando se acercó Nochebuena, empezaron a preocuparse. Vendría la familia. No podían no venir. El hijo, la hija, los cuñados, los tres nietos.

—¿Qué vamos a poner? —preguntó Manuel.

—Algo habrá.

—No hay pavo.

—Pollo.

—¿Y los langostinos?

—Congelados.

Manuel miró en el armario y sacó una lata.

—La piña está caducada.

—No se darán cuenta. Creo que podré hacer ensaladilla rusa. Pero la mayonesa será de bote. Se nos han acabado los huevos.

—¿No estará caducada?

—Le echan productos para que no caduque nunca.

Y la familia acabó llegando. Entre las seis y las siete, como siempre. Algunos años habían traído vino, una caja de dulces. Pero no trajeron nada. Los niños corrían por el pasillo. El hijo miró la olla donde se hacía la comida.

—¿Pollo?

—No había pavo —dijo Carmen—. Fui a la tienda y no quedaba.

Los langostinos estaban bien. No hubo quejas. Pero nadie probó la ensaladilla rusa.

La cuñada probó la piña.

—Está rara.

Hablaron del robo. Manuel lo contó otra vez. El hijo frunció el ceño.

—Yo he estado con Marcelino y no me ha dicho nada.

—A nosotros sí —dijo Carmen.

—A ver si se dejó la puerta abierta.

—Eso no pasa.

—A vosotros mismos os pasa —dijo la hija—. Antes no cerrabais nunca.

—Antes no hacía falta.

—¿Y qué le robaron?

Manuel dudó.

—Dinero. Joyas de su mujer.

La cuñada sonrió, pero no dijo nada. Pensó que, si entraban a robar en esa casa, necesitarían dos días para encontrar algo de valor. Para encontrar algo.

Carmen observó como la bandeja de dulces iba menguando. No tenía más.

Poco antes de las doce se fueron retirando. Carmen había hecho las camas con sábanas limpias, guardadas desde el verano. Los primos compartieron habitación; protestaron un poco, luego callaron. La casa quedó en penumbra, con el árbol encendido en el salón. A las dos, Carmen despertó a Manuel para que apagara la caldera.

Por la mañana, los regalos aparecieron bajo el árbol como siempre. Pocos. Manuel había dejado sobres con dinero para los nietos, con sus nombres escritos despacio, letra irregular. Desayunaron lentamente. A las once, por fin, todos se fueron. La puerta se cerró.

La casa volvió al silencio.

Llevaban más de veinte días sin salir. Se había acabado el pan. Los dulces. Empezaron a comer helados que quedaban del verano. Carmen sacó uno de los conejos que les traía cada año Nicolás, el del cortijo.

—No me gusta el conejo —dijo Manuel.

—Ya sabes que a mí tampoco.

Carmen lo preparó al ajillo pastor. Lo comieron sin quejarse. No querían decírselo a Nicolás. Siempre les traía uno o dos. A veces más.

Había llovido mucho. La aceituna se alargaba. Los temporeros se quedarían más tiempo. El encierro se estaba alargando.

No tenían uvas para Nochevieja. A Carmen se le acababa el café. El médico le había dicho que no lo probara, pero lo necesitaba. Empezó a insistir.

—Hay que salir.

—No.

—Solo a la tienda. No tenemos uvas.

—Ahora no. Las uvas estarán carísimas.

—El Antonio siempre hace lo mismo.

Carmen hizo una lista.

—Tienes que comprar pan. Todo el pan que puedas. Para quince días.

Necesitaban muchas más cosas. Café. Sobre todo café. Magdalenas. Mantecados. Polvorones. Almendrados. Turrón.

Manuel asintió. Ya se estaba poniendo trabajosamente la cazadora. Pensaba en el tabaco.

—Vuelve pronto —dijo ella.

Manuel salió. Carmen cerró con llave y apoyó la espalda en la puerta.

Entonces lo recordó.

El pellet.

Se había olvidado de decírselo. Manuel siempre lo traía en la carretilla, saco a saco. Ahora ya estaba fuera. No abrió.

Encendió la televisión. Una telenovela. La puso bien alta. Carmen no escuchaba bien. Una vez había ido a Jaén y había preguntado en una ortopedia cuánto costaban los audífonos. Demasiado caros. Cuando estaba con Manuel, que se quejaba del volumen alto, casi nunca se enteraba de nada.

Durante unos minutos, Carmen prestó atención a la serie. Entonces pensó que no escucharía nada con la tele tan alta. Bajó el sonido.

De repente, todo eran ruidos. Fue a la cocina y cogió un cuchillo. Lo dejó sobre la mesa y volvió a sentarse.

Pensó en su padre. Trajo de la guerra una pistola. La vio cuando era niña. No dejaron que la tocara. Su padre la acabó entregando a la Guardia Civil. Era rusa, decía. Un recuerdo. Le vendría bien ahora una pistola. O una escopeta. Pero a Manuel nunca le gustó la caza.

Miró el reloj. Había pasado una hora.

Pensó que podría haber pasado sin el café. Su madre tostaba trigo y lo bebía como infusión. Pero no tenía trigo. ¿Era trigo sarraceno? No lo recordaba.

Seguro que Manuel no olvidaba el tabaco. Nunca lo olvidaba. Debía habérsele acabado el 27 o el 28. Estaba muy irascible. Seguro que lo primero que había hecho era ir al estanco.

Quitó el sonido de la tele. Había oído algo. No. No era nada. Tendría que haberle dicho que fuera a la farmacia. La medicina de la artrosis se acababa el seis o el siete. El jarabe de la tos de Manuel también. Tosía por las noches, una tos corta, contenida, como si no quisiera que se notara.

La caldera estaba apagada. No quedaba pellet. La factura de la luz sería alta.

Otro ruido.

Esta vez sí.

Se levantó despacio. Apretó el cuchillo. El corazón le latía deprisa. Pensó en el café. En el pellet. En Manuel tardando más de la cuenta.

No era la televisión.

Había alguien en casa.

Lo supo con certeza.