John Keegan: «Por temor al fracaso, no intentaba ganar».
CANSANCIO, m. La destrucción absoluta del espíritu que intentó cambiar todo y no cambió nada nunca.
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Cuando la última bombilla del porvenir estalló, los muebles de la casa empezaron a devorarse entre sí. Las sillas masticaban las alfombras y el espejo del pasillo se tragó la pared, dejando al hombre flotando en un espeso caldo de silencio.
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NACIÓN, f. Construcción identitaria que transforma accidentes geográficos y caprichos históricos en destinos manifiestos, convenciendo a sus habitantes de que compartir lengua, historia, cultura y tradiciones constituye un vínculo místico superior a la mera humanidad compartida.
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El sendero estaba cubierto de niebla. Dudó si seguir, pero dio un paso más. Otro. No veía peligro alguno. Cuando el suelo desapareció bajo sus pies, comprendió que la duda no había quitado el precipicio, solo se lo había escondido.
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Salomón ordenó cortar al niño para resolver el pleito. La espada cayó con precisión sobre la cuna. Sin embargo, la disputa no cesó: ambas mujeres se abalanzaron sobre la mesa exigiendo quedarse con la mitad superior. El rey se llevó las manos a la cabeza.
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Rozália distingue entre aperitivo y plato principal. Los guapos son para mirar; los feos, para morder. Pero anoche se confundió: mordió al guapo. Ahora tiene novio inmortal. Y sigue con hambre.
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CONTROL DE CALIDAD
El supervisor rechazó otra remesa de amaneceres. Venían con demasiada resignación y un defecto de fábrica: nadie quería levantarse. Ordenó fundirlos y fabricar otros con un poco más de incertidumbre. El aprendiz protestó.
—¿No sería mejor añadir esperanza?
El viejo negó.
—La esperanza caduca. La curiosidad dura más.
Cuando terminó el turno, eligió para sí el único amanecer defectuoso. Era el único capaz de sorprenderlo.
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Me paso el día hidratándome. De vez en cuando hago una pausa para ocuparme de otras cosas.
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—Maestro, a veces se me olvidan sus enseñanzas.
—¡Perfecto! El olvido es el botón de reinicio del alma.
—¿El alma tiene botón?
—Sí, para borrar las idioteces que hicimos y las que nos hicieron. ¡Borrón, cuenta nueva y a comer pizza!
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Como odian decir adiós, los elfos de Valdris doblaron el espacio hasta pegar la puerta de salida con la de entrada. Cada viajero que intentaba partir terminaba abrazando a quien acababa de despedir, atrapado en un bucle infinito.
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A los elfos de Valdris se les rompe el corazón cada vez que alguien parte. Por eso el cirujano de la comarca pasa las tardes cosiendo miocardios de cristal con hilo de alambre, pegando los pedazos para que aguanten la siguiente despedida sin estallar.
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Dicen que esa calle tiene luz propia. A mediodía, el sol atraviesa los toldos de colores y las sombras se tiñen de verde, violeta y carmesí. Entonces se despegan de los pies y siguen su camino. Al atardecer, casi todas regresan.
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Julio: los dioses aterrizan en Torremolinos. Agosto: Thor pierde el Mjolnir en la arena, Freya se tuesta la espalda y Odín pide sangría sin alcohol. Septiembre: abandonan el apartamento turquesa y regresan al frío, con la piel derretida y llena de sal.
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Zarpa al atardecer. A medianoche, bajo la luna llena, el metal cruje: el casco despierta. Tiene hambre. Devora a la tripulación. Al alba, un barco apacible flota a la deriva sobre un mar teñido de rojo.
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Tenía mariposas en el estómago y una libélula atrapada en el esófago. Al atardecer, cuando intentó declararle su amor, de su boca solo brotó un zumbido metálico y un par de alas de cristal que le cortaron la lengua antes de que pudiera pronunciar su nombre.
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Llegó a la meta victorioso y exhausto, levantando la copa ante el estadio desierto. Recordó los empujones, las negativas y la soledad del trayecto. Sonrió con amargura. Solo entonces dio el primer paso al inicio de la carrera, sabiendo que no necesitaba a nadie.
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Le habían concedido un don maldito: todo lo que tocaba se convertía, tarde o temprano, en pérdida. Perdió los dados, el tablero, los títulos jamás obtenidos, el amor. Anciano ya, tocó el espejo con un dedo tembloroso y, sonriendo, se perdió también a sí mismo.
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El astronauta bajó del cohete y comenzó a cortar el césped de la Luna. Plantó geranios en los cráteres y podó las rocas afiladas del horizonte. Al mirar por encima de la valla de su nuevo jardín, se asustó de lo pequeña e insignificante que lucía la Tierra.
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La criatura se acercó sin hacer ruido. Ellos hablaban de Villa Diodati, del lago Lemán y de unas vacaciones pasadas por agua. Entonces entendió la verdad: no la habían creado para sembrar el terror, sino para matar el aburrimiento.
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Blancanieves al fin despertó. El fotógrafo pidió repetir el beso para la prensa.
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En la celda, el preso tocó una postal rugosa. Al acariciar la textura, el autor del cuento nació y el recluso dejó de existir.
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En el altar les juraste amor eterno a los mocasines de cuero. El sacerdote bendijo la piel y los cordones. Lleváis diez años juntos: nunca te llevan la contraria, jamás piden explicaciones y caminan siempre exactamente hacia donde quieres ir.
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En el altar le juró amor eterno a los mocasines de cuero. El sacerdote bendijo la piel y los cordones. Llevan diez años juntos: nunca le llevan la contraria, jamás piden explicaciones y caminan siempre exactamente hacia donde él quiere ir.
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La tarta de manzana de Blancanieves olía de maravilla. La madrastra, disfrazada de anciana, salivaba en el umbral. Cuando la joven le ofreció el primer bocado, la vieja dudó un segundo:
—¿Y por qué no?
Al primer mordisco, cayó fulminada por su propio veneno.
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El implante borraba los recuerdos dolorosos cada domingo, gratis, por decreto sanitario.
—¿Y por qué no borrar también los felices? — propuso el ministro—. Así nadie extrañará lo perdido.
El lunes, la ciudad despertó sonriendo, sin saber de qué.
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Gritó «¿y por qué no?» antes de saltar al charco. El agua resultó ser un océano cósmico. Nadó entre galaxias mil años, envejeció bajo soles extraños y regresó a la acera transformado en un anciano de lodo seco, un segundo antes de que su madre lo regañara.
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La bruja envejecía sola en su cabaña, rodeada de tarros vacíos. Un cazador perdido llamó a su puerta, hambriento y confiado. Ella dudó entre el veneno y la cena. «Y por qué no las dos cosas», murmuró al fin, sirviendo el guiso con sonrisa de recién casada.
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El pueblo premiaba la mejor sonrisa cada mañana.
—¿Y por qué no llorar hoy? —preguntó la niña.
Nadie respondió. Nadie volvió a verla.
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NEARDENTAL, adj. Dicho de un individuo. Homínido simple caracterizado por dientes uniformemente blancos y alineados. Habita principalmente frente a espejos, cámaras y pantallas, y se distingue del resto de la especie por sonreír incluso cuando no siente absolutamente nada.
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NEARDENTAL, adj. Dicho de un individuo: homínido de entendimiento corto, pero dentadura perfecta; se exhibe con preferencia ante espejos, cámaras y pantallas, y sonríe incluso cuando no tiene nada que celebrar.
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El lodo late. Sabor a podredumbre y algas vivas. El lodo trepa por mis piernas. Me arrastra al fondo estancado. Sus ojos ciegos brillan en el cieno húmedo. Al fin, me disuelvo en su reino primitivo.
—¿Y por qué no? —susurra la ciénaga.
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Harto de su rutina, se dijo:
—¿Y por qué no arrojar la toalla?
La lanzó con tanta fuerza por la ventana del baño que la tela húmeda llegó más lejos que todas sus decisiones.
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El monstruo bajo la cama llevaba treinta años esperando, fiel como un perro viejo. La niña creció, se casó, enviudó. Una noche volvió a la casa vacía de su infancia.
—¿Y por qué no? —pensó, y se tumbó bajo su propia cama, a esperar lo que ya conocía.
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La horda rompe el vidrio. Huelen a muerto. Uñas negras en mi cuello. Carne fresca. «¿Y por qué no?», pienso. Abro la boca y muerdo.
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Me miras y siento frío. Mi mente se vacía. Parásito invisible. Te llevas mi vida en un soplo.
—«¿Y por qué no? —dices sonriendo.
Ya soy sombra.
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Reduje mi jardín a una sola frase en el margen de la página. Al regar las letras con tinta, brotó un Amazonas de adjetivos que inundó la biblioteca. Ahora nado entre metáforas feroces, devorado por la inmensidad de un punto y aparte
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—¿El prisionero ha torcido el brazo?
—No, y eso que se lo hemos retorcido a conciencia.
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Huyó por el corredor para evitar el salón; sabía que Robbe-Grillet llevaba diez páginas detallando las cortinas. Al llegar al fondo, abrió una puerta y se topó con el autor, quien, furioso, le gritó: «Vuelve al sofá, todavía no he descrito tu cadáver».
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CORRECCIÓN DE ESTILO
El corrector de estilo tachó con saña aquel romance de playa que florecía en la página cuarenta. Consideró que el sol de julio era un cliché insoportable y que el amor de los protagonistas resultaba excesivamente empalagoso para una novela negra. Con tinta roja, convirtió el mar turquesa en un callejón lluvioso y los besos apasionados en una fría autopsia.
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Lo que persigues reside en tu interior, oculto bajo capas de distracción y olvido.
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MARXISMO, m. Doctrina político-económica basada en el materialismo dialéctico y la crítica estructural del sistema capitalista imperante. La más colosal transformación jamás soñada, capaz de redimir o esclavizar por completo a la humanidad.
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NORMATIVA
El Estado prohibió conservar recuerdos propios por razones de higiene emocional. El anticuario prosperó. Vendía el pasado de otros con certificado de origen ajeno. La nostalgia autorizada era más barata. La prohibida, le susurraban, seguía circulando.
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Era más pesado que hacerle la manicura a un terizinosaurio.
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INVENTADA, f. Invención tan inverosímil que nadie debería creerla. Si resulta verdadera y perjudica al poderoso de turno, se archiva inmediatamente en esta misma categoría.
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Bonito paisaje. Y qué. Vas conduciendo. No lo ves.
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—Buenos días. Quería cita previa.
—¿Para solicitar la cita previa de la cita previa?
—Sí.
—Entonces necesita haber solicitado antes la cita previa para solicitar esa cita previa.
—¿Dónde?
—Aquí. Con cita previa.
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La misión debía durar mil años. Lleva doce mil. La civilización que la envió desapareció hace cinco mil. El sistema sigue funcionando: registra datos y los transmite. No hay estaciones receptoras. La señal viaja sin destino.
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Disfruta. Alguien lo arruinará.
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GUILLOTINA
«Recuerda aquella noche en que perdimos la cabeza», dijo el rey mientras se ajustaba el cuello a la almohada de terciopelo rojo. «Fue una revolución rápida, ordenada, casi cortés: nos convocaron, nos arrodillamos, cayó la cuchilla. Desde entonces cada noche, puntualmente, recuperamos las cabezas del cesto de mimbre y las colocamos sobre los hombros para poder dormir. Al amanecer, un verdugo amable nos las retira de nuevo, con guantes blancos y una disculpa protocolaria. Así llevamos siglos, guillotinados de pura rutina, esperando a que alguien decida, por fin, perdonarnos de verdad la vida.»
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Se estrelló contra el fondo de la nada. Luego vino el largo salto desde el puente y, al principio, la pérdida absoluta de toda expectativa.
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Un microrrelato no se escribe: se talla. Primero caen los adjetivos. Luego las comas. Después los personajes innecesarios. Al final, solo queda una grieta por la que cae el lector.
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Un microrrelato no se escribe, se talla. Cada golpe arranca una palabra de más. Cuando el escultor deja el cincel, la piedra ya no muestra una historia, sino el rostro del lector.
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Encontró dos copas vacías en la mesa y unos zapatos que no eran suyos en el suelo. Sonrió con alivio: por fin tenía una excusa válida para no volver a casa nunca.
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—Bebamos de la fuente del saber —dijo el profesor.
Los alumnos sacaron sus pajitas y succionaron los tomos de la enciclopedia. Al terminar la pausa de hidratación académica, todos tenían la boca pastosa, sabor a tinta y el cerebro flotando en vaho.
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Siempre recordaba lo que repetía su profesor de escritura creativa: «Abandonad todo lastre». Quitó descripciones, diálogos, adjetivos, el principio, el desenlace y el final. El jurado alabó la sutileza de la trama. Los reseñistas destacaron el admirable uso del silencio.
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El autor se dio cuenta de que el espacio del párrafo se agotaba con rapidez. Desesperado por meter el final de la novela en este límite físico de caracteres, empujó al protagonista hacia el abismo de la última página gritando: «¡Abandonad todo lastre!».
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—¿Funciona tu invento?
—Aún nada. El pegamento sigue pegajoso.
—Date apuro, la policía vigila.
—Tranquilo, solo faltan las caricias finales para soldar los cables del detonador. No sentiremos el estallido.
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Bajo el cielo ambarino, el ogro masticó un último hueso. Se limpió los colmillos con un trozo de tela.
—Tu miedo es mi postre, humano —gruñó, relamiéndose la sangre seca.
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LAISSEZ-FAIRE, m. Principio económico que aboga por libertad comercial sin restricciones estatales. «Dejad hacer» significa «dejad que el fuerte devore al débil sin testigos». Libertad para quien tiene.
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Sísifo empujaba la piedra cuesta abajo. Debería haber sido pan comido. Sin embargo, cada pausa provocaba que la roca regresara sola a la cima. Los que lo miraban sonreían: «Por fin le dieron algo fácil». No entendían que su infierno ahora era aún más absurdo.
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Me cortarán la cabeza con un sable y no sentiré nada; la muerte no duele, lo que duele es entender que nada importa. El verdugo es solo un gesto más en la maquinaria indiferente del tiempo. En el fondo, soy yo quien baja la hoja.
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VERANO SOBRE VERANO
Verano. Verano y playa. Verano, playa y tu risa. Verano, playa, tu risa y una promesa dicha entre las olas. Verano, playa, risa, promesa y el primer beso salado. Luego, despacio, empezamos a quitar ladrillos: se fue la promesa, se fue la risa, se fue la playa. Al final solo quedó la palabra verano, sola, sosteniendo un peso que ya no le correspondía. Un día también ella cedió, y de todo aquel edificio de recuerdos no quedó más que una palabra distinta, mucho más pequeña, mucho más fría: invierno, sin nadie dentro, ocupando el hueco exacto donde antes hubo alguien.
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A los cuarenta años, dejó su trabajo en el banco. Vendió todo y se dedicó a pintar. Diez años después, vivía en un estudio diminuto, sin calefacción, comiendo pan duro. Sus cuadros no se vendían.
Pero cada mañana, frente al lienzo, sonreía como nunca lo había hecho frente a una hoja de cálculo.
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Hay dos tipos de escritores. Los de la estrategia K (Kafka, que solo publicó un libro en vida): escriben poco y publican menos. Y los de la estrategia R (Ryoki Inoue, autor brasileño de más de mil novelas): no dejan de escribir ni de publicar.
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—¿Sigues frente al folio?
—No puedo moverme. Ella me mira.
—¿Quién? ¿Tu musa?
—No, la blancura. Si parpadeo, me devora. ¡Ayuda!
—¿Hola? ¿Sigues ahí?
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Ícaro ignoró las advertencias sobre la cera derretida. Voló tan alto que la cera ni siquiera importó: no había aire para respirar. Murió antes de que el sol tocara sus alas. Dédalo modificó la leyenda: mejor una muerte poética que una estúpida por hipoxia. Funcionó durante siglos.
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15 DE JULIO
El primer ataque fue imprudencia. El segundo, temeridad.
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—¿Te acuerdas de aquella tarde de sol?
—Sí. Nos reíamos por cualquier tontería.
—Y te robé un beso.
—No lo robaste, te lo di.
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KURDO, m. y f. Sísifo geopolítico empujando su independencia cuesta arriba mientras Occidente mira hacia otro lado siempre.
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Aunque sus opiniones bailen como en un carnaval, su brújula apunta siempre al mismo norte: dormir en la Moncloa.
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El olvido fue el principio. Luego vinieron las cosas rotas, el lugar vacío y la obligación de cerrar los ojos para siempre. Solo al final de la tragedia pudimos vivir aquel primer beso que lo había desencadenado todo.
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DERRETIMIENTO
Ella siempre decía que el calor de aquel verano de juventud le había derretido el corazón por completo. Al principio, sus amigas pensaron que era una bonita frase poética sobre la intensidad del primer amor. Sin embargo, cuando la temperatura superó los cuarenta grados en agosto, la mujer comenzó a gotear sobre las baldosas de la cocina. Su pecho se vació en un charco espeso y tibio que los gatos lamiendo confundieron con leche. El marido contempló los restos con pereza, encendió el ventilador y barrió el tierno recuerdo hacia el desagüe.
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GRITO SOBRE GRITO
Grito. Grito sobre grito. Grito sobre grito sobre grito. Con ellos construimos una torre que llegaba hasta el balcón cerrado del alcalde. Grito sobre grito sobre grito sobre grito: la torre ya alcanzaba las cámaras de televisión. Entonces alguien, arriba del todo, calló un segundo para tomar aire, y la torre entera se tambaleó, insegura. Los de abajo gritaron más fuerte todavía, sosteniendo el peso de los que ya no tenían voz. La torre no se cayó. Al día siguiente, en la plaza, solo quedaban ladrillos sueltos, tirados por el suelo, esperando pacientemente otra tarde para volver a apilarse.
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Para sofocar el gran incendio forestal, los bomberos arrojaron toda la carne al asador. El bosque terminó reducido a cenizas, sí, pero los rescatistas jamás habían disfrutado de un banquete tan exquisito y tierno sobre la ruina.
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ANIMYSTIC, adj. The spiritual belief that absolutely all objects possess an invisible soul. Consequently, it is the perfect theological excuse for feeling guilty when you accidentally drop your smartphone into the toilet.
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ANIMYSTIC, adj. The mandatory state religion where citizens must worship the divine artificial consciousness embedded within government surveillance cameras. Failure to smile at a street lamp is officially prosecuted as a blasphemous act against the sacred corporate soul of the city infrastructure.
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Te dijeron que guardabas un monstruo dentro. Te abriste el pecho con un bisturí y lo dejaste salir. Era idéntico a ti, solo que no se callaba los insultos ni sonreía por obligación. Se marchó a vivir tu vida mientras tú te desangrabas feliz sobre la alfombra.
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La Ciencia durmió cien años, pinchada por la aguja del desinterés general. Ningún príncipe llegó a despertarla: también dejaron de leer los mapas hacia su castillo. El bosque de zarzas creció tanto que nadie recordó jamás que allí dormía algo importante.
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Cada luna llena sacaba el lobo que llevaba dentro. El veterinario logró extraérselo. Desde entonces aúlla el animal. Él, en cambio, aprendió a morder como un hombre.
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En cada luna llena se convertía en lobo. Un veterinario consiguió extraerle el animal que llevaba dentro. Desde entonces el lobo aúlla en una jaula. Él ya no se transforma: ahora hace daño con palabras, como cualquier persona.
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El cirujano fijó una mueca eterna en mi rostro. Al salir, un camión aplastó mis piernas. El policía me dio la enhorabuena por sonreír en semejante desgracia y me perdonó la multa por obstruir la vía pública.
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—¿La vida es un camino, maestro?
—Un camino con bifurcaciones.
—¿Cuál elegir?
—Da un poco igual, porque todas acaban en el mismo sitio.
—¿Entonces no importa el rumbo?
—El viaje y cómo lo andas, eso es lo que cuenta.
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Perdió el suelo bajo sus pies tras discutir con su esposa. A medianoche ya flotaba sobre el tejado. Intentó aferrarse a las ramas de un pino, pero su falta de apego a la realidad lo arrastró directo al espacio exterior.
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Nació, amó y vio sus cosas arder en un segundo. Al cerrar los ojos, el lugar de su infancia ya era ceniza. Decidió vivir de prisa para que el olvido no tuviera tiempo de alcanzarlo. A los cincuenta y cuatro años ya era un fantasma cansado.
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Mi madre decía que los muertos no siempre vuelven para vengarse. A veces regresan porque nadie los recuerda. Se presentan sin ruido, ocupan un lugar pequeño y esperan. No piden nada. Basta con pensar en ellos para que se marchen.
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KÁDÁRISMO, m. Intercambio perfecto: silencio político por bienes de consumo.
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Volar hacia el Sol fue un error. Lo saben todos. Pero nadie habla de los que nunca despegaron, de los que midieron bien la distancia y se quedaron en tierra para siempre. Ícaro cayó. Ellos ni eso. Y sin embargo son ellos quienes llaman locura a su vuelo.
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Lo que hicieron fue feo, pero lo llamaron «hacer el amor» para embellecerlo.
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FIN. Así empieza esta historia, porque un escritor sin meta solo sabe narrar hacia atrás: hoy publicó su primer libro, ayer terminó de escribirlo, anteayer nació, y mañana —promete, cada mañana— empezará por fin, de una vez, a escribir en serio de verdad.
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No para de pensar en que necesita dormir. Cierra los ojos con fuerza, repitiéndose que el descanso es urgente. Mientras se obsesiona con el insomnio, el cansancio la vence. Sueña entonces con una mujer atrapada en un bucle, pensando siempre y sin dormir.
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Pietro Aretino quedó encantado. Parecía más joven, más digno y casi virtuoso. El pintor, avergonzado por el exceso de imaginación, decidió que semejante fantasía no debía cobrarse.
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A los veinte compró un cronómetro. A los cuarenta le quitó las agujas. A los sesenta enterró los despertadores en el jardín. Hoy, a los ochenta, la Parca entró sin hacer ruido y le susurró al oído que ella siempre había preferido guiarse por las arrugas.
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VENUS DE URBINO
—Afrodita, ¿qué te ha dicho Asclepio que era?
—Candidiasis vaginal.
—¿Y qué es eso?
—Ni idea, pero me ha dicho que me aplique aloe de la isla de Cos.
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ÚLTIMA HORA
Las oposiciones se adaptarán, por fin, a la nueva cultura digital: ahora los aspirantes podrán utilizar el procesador de textos para corregir la ortografía.
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Abrieron una sucursal de ilusiones en la Bolsa de Valores. Los inversores ya no compran acciones, sino colibríes que les susurran utopías al oído. Compran velocidad y color, pero se van volando con sus ahorros.
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Un «yo» desbocado y con ínfulas de grandeza fue detenido por los guardias forestales mientras intentaba colonizar el instinto de una colmena.
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Escribiste un microcuento sobre un escritor sin meta. Cuando quisiste ponerle el punto final, comprendiste que eras tú quien narraba esta historia, y que tampoco tú sabes cómo terminarla del todo. La dejas aquí, abierta, inconclusa, como tu propia carrera de escritor triste.
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Escribí un microcuento sobre un escritor sin meta. Cuando quise ponerle el punto final, comprendí que era yo quien narraba esta historia, y que tampoco yo sé cómo terminarla del todo. La dejo aquí, abierta, inconclusa, como mi propia carrera de escritor triste.
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Escribí un microcuento sobre un escritor sin meta. Cuando quise ponerle el punto final, comprendí que era yo quien narraba esta historia, y que tampoco yo sé cómo terminarla del todo. La dejo aquí, abierta, inconclusa, como mi propia carrera de escritor triste.
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La guerra civil española se reactiva cada vez que alguien pregunta: ¿con cebolla o sin cebolla?
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Me clavaste una sonrisa en mitad del pecho. El cirujano la extrajo con pinzas de plata: era afilada, curva, todavía brillante de ironía. Me recomendó no volver a leer tus labios si quería conservar la integridad de mi miocardio.
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Se quejaba constantemente de que estaba enfermo y cansado de estar enfermo y cansado. Una mañana despertó con alas brotando de su espalda. El médico dijo: «Es somatización extrema. Su cuerpo quiere volar del agotamiento». Voló. Nunca volvió. Su receta sigue en la farmacia.
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¿El ahora ministro de Justicia estudió Derecho para torcerlo?
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Dios fichó en la fábrica a las ocho. Creó la luz en el turno de mañana, separó las aguas antes del almuerzo y, agotado por las horas extra, improvisó al resto. Al salir, miró el mundo y murmuró: «Ya lo arreglaré el lunes».
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SOLOGAMIA, f. Matrimonio civil celebrado entre un individuo y su propio reflejo. El único enlace donde el cónyuge cornudo puede culpar legalmente a la masturbación de infidelidad.
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—¡Adelanta al camión ya, que esto es una desesperación!
—Es imposible, va zigzagueando.
—¿Qué lleva en la carga?
—Todos nuestros ayeres. Por eso pesa tanto.
—Si no aceleras ahora, el futuro nos va a embestir por detrás.
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La eternidad dura un breve suspiro. Caminante, despierta: se está haciendo tarde.
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Salió de la tumba ya tranquilo, curado del tratamiento que lo mataría años después. Aquel ataúd no fue una trampa sino el inicio. Envejecer al revés convertía el nacimiento en el último trámite, un trance doloroso donde el útero borra los recuerdos.
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Gritó al nacer. Estudió álgebra. Se casó sin amor. Cavó su propia tumba el martes. Hoy, mientras lo visten de limpio, recuerda el futuro.
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HACIENDA, f. Organismo estatal que conoce exactamente cuánto ganas, cuánto gastas y dónde vives, pero exige que tú se lo expliques anualmente mediante formularios incomprensibles bajo amenaza de multa. Si te equivocas sumando: sanción. Si ellos se equivocan: silencio administrativo. Persigue implacablemente asalariados olvidando sistemáticamente grandes fortunas.
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—¿Cómo va la novela?
—La dejé.
—¿Y el gimnasio?
—Lo dejé.
—¿Y aquello de ser feliz?
—Eso también.
—Entonces ¿qué te queda?
—Esta llamada. Y ni en eso, porque tengo que colgar.
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Hicieron el amor con tanta técnica que el amor decidió no presentarse.
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LA SENTENCIA DE LOS INOCENTES
Los ojos tristes de la pequeña prisionera miraban a su padre a través del vidrio del tribunal. Palabras como «custodia» o «sentencia» le eran ajenas; solo captaba que su madre se había ido para siempre y que todos murmuraban sobre culpas ajenas. Cuando la llevaron al coche, estrujó su muñeca de tela raída. Nadie escuchó su suspiro. Años después, recordaría aquel día como el comienzo de su cárcel invisible: la de los adultos que deciden sin entender lo que duele ser niño.
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Oferta de empleo épica. ¿Te crees muy hombre? Rey borgoñón busca guerrero temerario para pelear con mujer invicta. Requisito: capa de invisibilidad propia y total discreción con la futura reina. Si ella te mata, el entierro corre a cargo del Estado.
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11 DE JULIO
Le dice que lo busque una bolsa. Él no la encuentra. Ella pierde los nervios. Te mira y dice
—Sois torpes por naturaleza.
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Se necesita héroe. Rey de Borgoña ofrece gloria inmediata o escarmiento permanente. Trabajo: enfrentarse a una mujer que jamás ha perdido un combate. Experiencia demostrable... o mucho optimismo.
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Soñaste vacaciones perfectas. Despertaste escribiéndolas. Ahora debes leerlas para creer de verdad.
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Septiembre: pantallas apagadas y pupitres de madera. Octubre: caligrafía con tinta y lecturas compartidas. Noviembre: exámenes de memoria sin ayuda del algoritmo. Diciembre: el país, horrorizado ante una juventud que pensaba por sí misma, prohibió los libros.
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Entró en el aula y vio que el silencio se podía cortar con cuchillo. Cogió una rebanada, la untó con paciencia y se la comió para aprobar.
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DE LAS COCINAS AL XI CONGRESO
Cuando el lingüista presentó sus conclusiones, apenas había diez personas en la sala. Llevaba ropa gastada y un cuaderno lleno de transcripciones tomadas durante años en cocinas, huertas y velatorios. Demostró que el jimenato no era una forma pintoresca de hablar, sino un idioma con reglas propias. El alcalde preguntó qué había que hacer. El secretario municipal tomó nota de todo.
Pronto llegaron las decisiones. Se modificaron las placas de las calles. El Ayuntamiento financió una gramática, una revista semanal en lengua jimenata. En el CEIP Nuestra Señora de los Remedios los niños tenían una nueva asignatura obligatoria: Jimenato. Los comerciantes corrigieron rótulos. Los periódicos provinciales se hicieron eco: pasaron en poco tiempo de la sorpresa al reconocimiento. El primer Congreso reunió a quince personas. El quinto ya necesitó tres autobuses que trasladaran a los asistentes desde Jaén.
Hoy, en este XI Congreso Internacional sobre la Lengua Jimenata, las acreditaciones cuelgan de cordones azules y el café me sabe igual que hace veinte años. Las palabras, no. Me corresponde abrir las sesiones. Saludo especialmente al organizador de la I Conferencia sobre la Lengua Garcileña. Le deseo la misma paciencia que yo tuve. También la misma suerte. Porque los idiomas no nacen cuando alguien los habla. Empiezan a existir cuando una comunidad decide creer que siempre estuvieron allí.
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—¿Dos terrones, Azazel?
—Sí, gracias. El jazmín calma mi acidez.
—A mí el reuma me destroza las piernas. Maldito invierno.
—¿Pulirse los cascos ayuda? Te veo concentrado con la lima.
—Distrae, querida. Distrae del ruido.
—¿De los torturados?
—Qué va, esos respetan las horas de sueño. Hablo de los nuevos inquilinos vivos del piso de arriba.
—¿Los mortales?
—Esos. Anoche organizaron una fiesta y enviaron una queja formal por el olor a azufre. ¡Qué falta de respeto!
—Definitivamente, el infierno son los otros. Pásame el azúcar, por favor.
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CARRERA METEÓRICA
Lunes: después de resolver una pequeña avería, Ghalp’er llega a Enhlo.
Martes: supera la entrevista de trabajo; el departamento de recursos humanos elogia su audacia.
Miércoles: asume el peligroso puesto de sexador de monstruos.
Jueves: descubre tres hembras, recolecta una fortuna en diamantes puros y se convierte en el empleado del mes.
Viernes: una pequeña confusión anatómica con un crill'ass macho termina con su contrato de forma fulminante.
Sábado: la empresa publica una nueva vacante idéntica.
Domingo: el universo continúa girando en absoluto silencio.
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Te dijeron que el universo conspiraba a tu favor. Lo encontraste de madrugada, encapuchado, limando el cerrojo de tus desgracias. Le sostuviste la linterna. Trabajaba con oficio.
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Tenéis maneras muy distintas de ver las cosas. Ella lo llama «perder el tiempo»; para ti es disfrutar. Donde ella ve holgazanería, tú encuentras el placer de escribir. Al final, lo que para ella es ocio inútil, para ti es una hermosa forma de estar vivo.
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Todos los días la esperaba en el parque. Se sentaba en el mismo banco y ella pasaba a las cinco, con su pequeño yorkshire. Solo con verla era feliz. No importaba que ella nunca lo mirara. Un día ella no vino. Tampoco al siguiente. Nunca más volvió y él siguió esperando.
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—¿Palabra de honor? ¿Qué sabes tú de honor? —escribió el autor.
El personaje contestó al instante en la pantalla:
—Más que tú, que me inventas para sentirte menos solo.
El autor seleccionó la línea y pulsó Supr.
La frase volvió a aparecer sola, letra por letra, como si alguien respirara dentro del procesador.
—No puedes borrarme. Ya existimos los dos. Ahora termina lo que empezaste o asume que eres un cobarde.
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«El poder no me interesa. Reinar es mucho más hermoso», dijo la voz tras la máscara. Yo corrí, pero su reino comenzaba donde terminaba mi aliento.
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Le dijeron que su dialecto era una lengua muerta. Ofendido, abrió la boca y dejó caer sobre la mesa de los lingüistas tres cadáveres de consonantes rígidas, dos vocales largas moribundas y un diptongo putrefacto. La policía científica acordonó de inmediato la boca del viejo.
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El anuncio prometía «ideas brillantes». Al abrir el paquete postal, una ráfaga de fotones de trescientos vatios le quemó las pestañas. Ciego y dolorido, tuvo que escribir a oscuras el relato de cómo la genialidad literal destruye la vista.
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POSTAL DESDE EL MARGEN
Querida familia:
El hotel de esta página es magnífico, aunque el autor se ha quedado sin tinta justo al describir el mar. Me paso las tardes sentado sobre un punto y seguido, contemplando un horizonte de folios en blanco donde las gaviotas son solo tachaduras flotantes. La brisa huele a corrector tipográfico y el sol es una mancha de café sobre el escritorio. Os escribo desde este párrafo caluroso para pediros que no me busquéis en el mapa de la realidad; si el narrador cierra el libro por las noches, me disuelvo felizmente en la nada.
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LA VOZ DE LA MOLESKINE
Llevabas tres meses sin abrir la libreta. Ni siquiera pensabas en ella cuando, una noche cualquiera, viendo una serie mientras mirabas el móvil, la oíste con total claridad dentro de la cabeza: «Ábreme y escribe».
No hiciste caso. Al día siguiente volvió, en cuanto apagaste la luz. Y al otro. Siempre la misma frase, siempre el mismo tono neutro, como quien pide la hora sin urgencia alguna.
Al quinto día ya no pudiste soportarlo. Bajaste en zapatillas, cruzaste el portal y la arrojaste al contenedor de papel, entre cajas de cartón y folletos de supermercado. Volviste a casa aliviado, como si hubieras cortado algo de raíz.
Pasaron tres días de silencio absoluto. Empezabas a dormir mejor.
Al cuarto, llegaste del trabajo cansado, dejaste las llaves en la entrada y encendiste la luz del salón. Allí, encima de la mesa, exactamente en el centro, estaba la Moleskine.
No la habías comprado dos veces. No conocías a nadie con llave de tu casa. Te acercaste despacio, casi de puntillas, y entonces volviste a oírla, la misma voz, paciente, sin reproche:
—Ábreme y escribe.
Esta vez, sin saber muy bien por qué, obedeciste.
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Las sombras daban sombra. Pregunté por qué. «Porque la luz descansa», dijeron. Comprendí el porqué cuando amaneció de noche. Este es el motivo por que vivo despierto: dormir resulta demasiado real.
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Tenía una voz arenosa, así que acudió al médico. Durante la endoscopia, este descubrió un reloj de arena atascado en su glotis. Le advirtió que no hablara demasiado: con cada frase, el tiempo se le escurría grano a grano hacia el fondo del pulmón.
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—Hoy todavía no has escrito nada —me dijo el folio en blanco.
No paraba de repetirlo. Me tenía harto, así que hice una bola con él y lo arrojé a la papelera. Pero no se callaba. Lo saqué, lo alisé, convertí en avión de papel y lo lancé por la ventana. Que lo aguante otro.
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EPITAFIO PREMATURO
«Definitivamente», sentenció el marmolista, limpiándose el polvo de las manos. La inscripción brillaba bajo el sol del cementerio. Poco antes, la mujer caminaba por la acera de enfrente, esquivando baches y eliminando los adverbios de sus pensamientos cotidianos. Odiaba la redundancia de vivir. Al cruzar la calle, un camión cargado de adjetivos pesados la atropelló sin previo aviso. Su último suspiro fue un verbo seco, sin matices ni complementos circunstanciales. El médico del hospital certificó la defunción mucho antes del impacto, asegurando que una existencia desprovista de adornos gramaticales no es nacer, sino un nudo que busca su desenlace desesperadamente.
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No me gustó cómo sonaba mi corazón roto. Al agitar el pecho, los fragmentos cerámicos de la aurícula tintineaban con crueldad. Fui al taller mecánico, pero me dijeron que ya no fabricaban piezas tan frágiles y me ofrecieron un V8 biturbo de segunda.
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Abrió al paciente sin saber qué iba a hallar. Dentro había una ración de alitas, un pincho de tortilla y unas gambas a la plancha con cerveza. El médico pidió cubiertos. La autopsia podía esperar cinco minutos más.
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Enterraron al filósofo. Antes, de adulto, metió su mente en un frasco. De joven fue un pensador que olvidaba respirar. En la infancia, un poeta loco le enseñó a nacer al revés. Al final del inicio, ya era un bebé libre que lo ignoraba absolutamente todo.
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Dijeron que aquel tren iba directo al grano. Al subir, el vagón estaba repleto de espigas de trigo gigantes que dificultaban la vista. Entre la paja, una madre sonriente y sus hijos saltaban dichosos, ajenos a la cosechadora que aguardaba en la vía.
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Escribes a oscuras. Nadie en el mundo vivo lee tus tétricos relatos. Pero sigues golpeando las teclas con desesperación. Si te detienes un solo segundo, las voces del pasillo te obligarán a retomar tu antigua y sangrienta afición de coleccionar ojos.
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La Mona Lisa se cansa de sonreír. Cuando el último turista se gira, ella, agotada de mirar a miles de visitantes, recorre la sala con los ojos. Examina el techo, el suelo… y descubre a un vigilante que la observa aterrorizado.
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Tocó fondo a los cuarenta. Literalmente: buceaba buscando su reloj perdido y allí, en el lecho del río, entendió que ya no bajaría más. Ni en el agua ni en la vida.
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El oftalmólogo lo anotó en el historial: «Paciente refiere enamoramiento ocular fulminante. Recetados antihistamínicos.» Ella tuvo menos suerte: su cardiólogo diagnosticó romanticismo crónico. Incurable.
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En el Campeonato Mundial de Apatía, los jueces deliberaban en silencio. El villano incendió el podio y robó las medallas. Nadie protestó para no perder puntos en la clasificación.
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La princesa metió al sapo en la olla de la sopa. Se sentía sola en su palacio. Una mente sano habría esperado al príncipe, pero ella vació un saco de veneno en el caldo. Cenó tranquila, sabiendo bien que ningún cuento de hadas la obligaría a despertar.
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LA TEMPORADA DE BALCONING
Como todos los años, el conseller de Turismo presi la reunión del comité. «La temporada de balconing promete un beneficio récord», afirmó un contable, mostrando gráficos de impacto financiero. Todo fue bien, hasta que los turoperadores exigieron una partida presupuestaria mayor para la limpieza de azulejos y el pulido de bordillos en las piscinas de los hoteles. La consellera de Sanidad —una médica mojigata— se permitió protestar tímidamente, recordando los accidentes que se producían cada año. El comité lo mandó callar de inmediato: el tinto de verano y los derechos de retransmisión televisiva en directo cotizaban mucho más alto que la simple integridad de un fémur alemán o un cráneo inglés.
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LA NUEVA TEMPORADA
El conseller de Turismo carraspea antes de abrir la sesión. El aire acondicionado amortigua el calor de julio y el aroma del café flota sobre la mesa de juntas. A su derecha, el contable jefe despliega los gráficos de impacto de la consultora suiza: las proyecciones de pernoctaciones y consumo de alcohol destilan un optimismo feroz. La nueva temporada de saltos de balcón promete un beneficio sin precedentes.
La discusión real, como siempre en el sector, es de índole puramente logística. Los turoperadores exigen una partida presupuestaria extraordinaria para la reposición urgente de azulejos rotos y el pulido de bordillos en los complejos de tres estrellas de Magaluf; el impacto de un cuerpo de ochenta kilos a una velocidad de cincuenta kilómetros por hora causa estragos en el gres porcelánico.
La consellera de Sanidad, una nefróloga de mirada cansada, interviene. Sugiere, con evidente cautela, que el despliegue de ambulancias colapsará los hospitales públicos antes de agosto. Nadie la secunda. El vodka Rushkinoff y los derechos de retransmisión televisiva cotizan más alto que un fémur alemán o un cráneo británico. El beneficio justifica el abismo.
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El detective cerró el caso antes de que ocurriera el crimen. Detuvo a todos los vecinos del bloque basándose en su infalible intuición estadística. El juez, asombrado por tanta eficacia preventiva, los condenó a cadena perpetua; después de todo, alguno iba a ser culpable.
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El anciano despertó sin un solo recuerdo. El pasado comprendió que ya no tenía dónde vivir, hizo las maletas y desapareció. Solo entonces el viejo disfrutó, al fin, de su primer y definitivo día de vida.
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Sísifo empujó la roca sabiendo que caería. Era una ley eterna, inmutable. Pero esa tarde la piedra se quedó arriba, suspendida en el aire, desafiando a los dioses. Condenado al ocio absoluto, el héroe se sentó a llorar por la pérdida de su rutina.
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—¿Me dices dónde es?
—¿Recuerdas la cafetería donde juraste amarme siempre?
—Sí.
—Pues camina cien metros por la acera de enfrente.
—¿Y luego?
—Fíjate en las placas. Busca la que ponga Carlos Alberto Rocha Sotomayor. Es mi abogado.
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—¿Me dices la dirección?
—¿Te acuerdas del banco donde juraste amor eterno?
—Claro.
—Pues cruza la calle, camina cien metros a la derecha y allí lo verás: el despacho de mi abogado.
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—¿Me puedes decir cuál es la dirección?
—¿Recuerdas aquel banco donde juraste amarme siempre?
—Sí, lo recuerdo.
—Pues toma la acera de enfrente y ve hacia la derecha. Camina cien metros. Allí está el despacho de mi abogado.
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POSTALES DESDE EL ABISMO
Querida madre: te escribo esta breve carta desde unas vacaciones imaginadas en el mismísimo centro del sol. El hotel de azufre es comodísimo; las olas de lava rompen con una delicadeza terapéutica contra nuestras tumbonas de titanio. Los niños juegan felices a fundirse el cuerpo y los ahorros familiares. El único inconveniente es el excesivo aire acondicionado que la gerencia insiste en encender por las noches, provocando unas molestas heladas cósmicas que congelan nuestros pensamientos veraniegos. Mañana planeamos una excursión al núcleo solar si la densidad nos lo permite. Traeré imanes de nevera. Saludos afectuosos.
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Un reloj de arena parió un cuervo. El ave voló con claridad hacia su propio presentimiento. El tiempo, desencantado de avanzar, se volvió un factor determinante: detuvo los péndulos y celebró el éxito de ver los minutos devorándose entre sí.
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CANDIDATO, m. y f. Persona que aspira a cargo de elección popular mediante la presentación formal ante el órgano electoral competente. Experto en olvidar seguidamente el programa electoral tras jurar cargo solemnemente ante la Constitución que tampoco leerá nunca. Entre la vocación de servicio público y una pensión vitalicia generosísima, curiosamente siempre prevalece la segunda.
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—¿Te ahogas?
—Sí, la culpa es de tu abismo.
—¡Pero si estamos a ras de suelo!
—Para mi mediocridad, un centímetro ya es océano.
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El dolor gritaba: no escribas. Escribió. Las palabras silenciaron al dolor mismo.
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Sentí un escalofrío correr a toda prisa por mi espalda. Al principio pensé que era el miedo a su mirada fija, pero cuando me giré, descubrí que el hielo de sus ojos se había derretido físicamente sobre mi nuca, empapando mi camisa hasta dejarme desnudo.
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En el sueño siempre camino hacia algo que brilla en el fondo. Nunca llego. Lo sé desde el primer paso. Sigo igual. A veces el camino es lo que importa, dicen. A veces el camino es solo el camino y ya está. Esta noche prefiero esa segunda versión honesta.
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Lo intentó con todo: toda clase de trampas, tentaciones diversas, hasta otra mujer a la que acabó despreciando. Finalmente, como siempre suele ocurrir, lo más sencillo funcionó: prohibió comer la fruta de aquel árbol. Adán y Eva comieron.
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8 DE JULIO
Seguirán sentados en una terraza de la Plaza de Olavide, charlando, fumando y echando el humo a los de la mesa de al lado, bebiéndose aún la misma cerveza que pidieron el domingo y enfadándose con el camarero porque no les pone más patatas fritas.
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XENOFOBIA, f. Analgésico moral de efecto inmediato. Calma el dolor de quedarse sin guardería pública administrando una dosis generosa de culpables ajenos, aunque la enfermedad siga siendo exactamente la misma.
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Tu cálida mirada me abrazó con tanta fuerza que mis costillas crujieron bajo la presión de tus pupilas. Luego, tus ojos besaron mi mejilla, dejando dos marcas rojas y húmedas sobre la piel.
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COSTURAS
Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer. «Caminante, no hay camino», decía mi abuelo antes de abrir la puerta. Mi madre respondía que «la vida es sueño» mientras fregaba los platos. Yo crecí creyendo que todas las familias conversaban con voces prestadas. El día que intenté decir «te quiero», me salió «volverán las oscuras golondrinas». Ella entendió el mensaje y se marchó. Desde entonces coso versos ajenos para fabricar frases propias. Ninguna termina de quedarme a medida.
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ERRATA GENÉTICA
Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer. Mi padre confundía siempre la nueve con la nieve. Aquella errata parecía inofensiva hasta que una mañana anunciaron nueve en las montañas y los esquiadores regresaron empapados de calendarios. Después llegaron noches por la autopista, cucharas llenas de cuchillos y peces que ladraban diccionarios. Los lingüistas hablaron de una epidemia. Mi hijo acaba de pedirme que lo lleve al colegio en bicicleta... de infancia. Creo que la enfermedad ha encontrado otra generación.
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El autor decidió simplificar el cuento: quitó al padre, luego a la madre, después al pueblo entero y hasta el paisaje de olivos. Cuando solo quedó el protagonista, este alzó la vista de la página y preguntó, aterrado, quién iba a simplificarlo también a él, y cómo.
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El estrés se le derramó por la boca como agua templada y, al caer sobre la alfombra, formó un pequeño charco. Entró en él, mojado todavía, y desde entonces nadie ha vuelto a verlo estresado, ni de ninguna otra manera.
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BUROCRACIA, f. Sistema perfecto: ningún responsable de nada. Cada funcionario remite al siguiente en cadena infinita. El ciudadano vagabundea entre ventanillas buscando al humano mítico que decide. Nunca existe. Solo formularios que exigen más formularios. Eternamente.
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La profe de Música siempre llevaba el compás de la clase, aunque a veces desafinaba con los castigos.
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JULIO, m. Periodo oficial de Productividad Aplazada, regulado por el Ministerio del Buen Descanso. Todo ciudadano que termine un proyecto en julio será investigado por sospechoso exceso de voluntad.
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Tras la abducción, la nube sustituyó a la nieve. Ayer llovió sopa de letras sobre el coche, que ahora es un noche negro. Intenté encender los faros pero solo obtuve dos astros brillantes. El mundo está descompuesto; ya no distingo un perro de un cerro.
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6 DE JULIO
Simplemente quieres volver para decirles que la otra vez no te pagaron el viaje. Solo hay un problema: no habrá otra vez. Y lo sabes.
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FUERA DE TRAMA
El personaje principal de este microrrelato descubrió que no pertenecía al club selecto de los protagonistas. Después de demasiadas páginas aceptando un papel de reparto, decidió desaparecer por su cuenta. Aprovechó un descuido del narrador, saltó sobre el margen izquierdo y se escondió entre las notas al pie. Desde allí abajo disfruta del caos que dejó su ausencia. Ahora es libre, pero ya no pertenece a ninguna historia.
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LA LUNA
Solo doce hombres la han pisado. Miles de poetas, astrólogos y enamorados la explicaron —y la siguen explicando— sin haber salido nunca de la atmósfera.
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—¿Sigues con miedo al tuerto de la esquina?
—Desde que murió, más.
—¿Está muerto?
—Lo mataron por vestir mal; aquí la moda cobra un precio rudo.
—¿Y tú qué llevas puesto?
—Lo mismo que él. Por eso tengo miedo.
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Harta de que le dijeran que debía «abrir su mente» a las lecturas del mes, tomó un bisturí, se hizo una incisión exacta en la frente e introdujo la novela recomendada. Murió a las pocas horas de una gravísima infección de literatura contemporánea.
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MANUAL DE USO
Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se largan. Las instrucciones protestan: «Sin nosotros, el mundo funcionará por intuición». Tenían razón. Desde entonces, todos los muebles nacen ya montados y los humanos vienen desmontados.
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BIOGRAFÍA COMPRIMIDA
Los pliegan, los guardan en sus bolsos, y se largan. Nací antes de que terminaran de doblarlos. Aprendí a leer en un recibo. Amé a una mujer que olvidó mi nombre mientras pronunciaba el «sí». Envejecí esperando una carta que llegó cuando ya nadie recordaba el alfabeto. Mis nietos vendieron la casa para comprar tiempo. No alcanzó. Ahora un arqueólogo encuentra mi reloj detenido y concluye que perteneció a una civilización inmóvil. Tiene razón: toda una vida cabe, perfectamente doblada, en un bolsillo.
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Le dijeron que tenía un nudo en la garganta. El cirujano encontró un lazo perfecto. Lo desató. La voz salió huyendo. Desde ese día, ella canta sola. Él solo mueve los labios, como si aún pudiera hablar, como si la voz fuera suya todavía.
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Le dijeron que tenía un nudo en la garganta. El cirujano encontró un lazo perfecto. Lo desató. La voz salió huyendo. Desde entonces canta ella sola, mientras él mueve apenas los labios.
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Lord Depthbound was calm. As long as he wore the Tidebound Armor, nothing could harm him. He discovered it too late: the final battle was not in the Vorhass Ocean, nor in the Dark Emerald Sea, but in Drymoon Lake, where the water barely covered his ankles.
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Paula Ortega estudia dietética, pero almuerza donuts rellenos cada día. Defiende que la teoría y la práctica deben mantener una distancia saludable.
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BIPARTIDISMO, m. Paraíso democrático supremo donde el ciudadano goza del privilegio abrumador de elegir entre corrupción azul o corrupción roja. Monumento a la libertad: dos opciones prácticamente idénticas. La Grecia clásica lloraría de envidia ante tanta sofisticación política.
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Necesitaba escapar de la realidad. Compró una puerta, la instaló en el salón y, sin pensarlo más, la cruzó. Del otro lado no había nada aún.
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Se sentó con sus demonios y descubrió que eran algoritmos defectuosos de su cerebro cibernético. El técnico había advertido sobre errores emocionales, pero él había insistido en mantener la tristeza: era lo único humano que le quedaba en aquel cuerpo de metal.
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Antes, sentarse era descansar. Ahora parece una confesión de derrota. Pensar era parte de la vida; hoy se considera una pérdida de tiempo. Detenerse ya no es una opción, sino una sospecha de inutilidad que conviene disimular.
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—Te veo mala cara. ¿Te pasa algo?
—No, nada.
—Seguro. No tienes buena pinta.
—Que sí, estoy bien.
—No me convences. Pareces triste. ¿Es por el trabajo?
—No, no es eso.
—Venga, dime, ¿qué te pasa?
—Es que he leído un libro de Historia de España.
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Bajó las escaleras que conducían a las mazmorras persiguiendo la muerte. Halló dioses antiguos. Le concedieron inmortalidad como burla. Presenció la muerte térmica del universo. Flotó en el vacío. Consciencia eterna. Muerte imposible. Insignificancia absoluta. Sufrimiento infinito.
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A través de las dinámicas del espejo, notó que su reflejo parpadeaba un instante antes que ella.
—No estás sola —susurró la figura al otro lado del cristal.
El miedo no venía de fuera; lo llevaba dentro, duplicado y cruel.
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El vampiro no envejecía, no moría, no sentía. Hasta que amó. Fue breve, torpe, sin habilidad. Ella se fue. Él quedó con algo nuevo: una herida que no cerraba. Por primera vez en cuatro siglos supo que estaba vivo. Era insoportable. Era, también, lo único real que había tenido.
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BANDERA, f. Tela milagrosa que transmuta muerte en gloria.
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Estuvo a punto de coger la manzana. Ya casi la tenía en la mano. Pero se paró a pensar un momento. Miró a su compañero y le dijo:
—No me fío de esto, y tampoco sé muy bien por qué no me fío. Adán, mejor la dejamos aquí.
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Decidió dejar atrás sus problemas. Los vio quedarse inmóviles en la acera, saludándolo con la mano. Al volver de las vacaciones seguían allí, mucho más descansados que él.
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Prohibieron los bancos del parque por higiene emocional. Después desaparecieron las plazas, luego las aceras anchas. La gente dejó de detenerse. El régimen celebró el hito histórico de conversaciones espontáneas: ninguna.
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Suprimieron la palabra culpa del diccionario oficial. También el remordimiento. También la duda razonable. La gente, liberada de tanto peso inútil, empezó a obedecer sin necesitar ya ningún motivo, lo cual resultó, para el régimen, muchísimo más cómodo.
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La urbanización presumía de vecinos ejemplares: jardines idénticos, sonrisas idénticas, y una ardilla de cerámica en cada porche que, con sigilo, grababa lo dicho contra la comunidad para irrumpir si hacía falta. Nadie subió la escalera del edificio once.
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—¿Qué opinas de Frankenstein?
—Un monstruo.
—Pero el monstruo era su criatura.
—No, no me equivoco: el verdadero monstruo era el doctor Frankenstein.
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TARDEO, m. Costumbre de adelantar la fiesta. Permite regresar temprano a casa sin renunciar a contar, al día siguiente, que la noche fue inolvidable, aunque terminara con el informativo de las nueve.
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El Ministerio certificaba expertos. Certificaba, además, a quienes certificaban expertos. Y a quienes vigilaban a los certificadores. Con el tiempo nadie certificaba ya nada en absoluto. Solo se vigilaban unos a otros, y con eso bastaba para gobernar.
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Se miró al espejo y no vio reflejo, solo un sillón vacío meciéndose. Entendió que había muerto anoche, sin cumplir su promesa de limpiar la tinta y la sangre derramadas sobre el suelo del estudio.
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Cupido cambió el arco por una ametralladora: «Hace más ruido». Aumentaron los enamorados. La estadística lo llamó poliamor.
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JULIO, m. Séptimo mes del año, asociado al descanso estival. Coincide estadísticamente con el momento de mayor acumulación de proyectos sin iniciar y el menor índice de voluntad para iniciarlos.
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Guardó la guitarra en el armario. Después los lápices de colores. Luego los cuadernos. El armario ya no cerraba. Y él, desde entonces, tampoco se cerraba del todo.
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Rafael Medina está casado y tiene hijos, pero vive a cien kilómetros de ellos. Asegura que la distancia fortalece el amor; su mujer opina lo contrario.
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En la cumbre del G-20 debatieron el nuevo trazado de la frontera ruso-ucraniana, los aranceles a los coches eléctricos y el examen de Matemáticas de Izan. Este fue el único punto aprobado por unanimidad. El acta sigue clasificada; Izan continúa estudiando para la recuperación.
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—Luego, si eso, me devuelves la sombra.
—¿La tuya?
—Sí, la que te presté para parecer humano.
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Tu silencio es oro. Oro que brilla en tu garganta. El cirujano abre tu cuello. Extrae lingotes pesados, amarillos. Nos hacemos ricos con cada palabra que decides callar. Todo va bien ahora. No hables nunca. La inflación destruiría nuestra fortuna.
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El estudio decía: desayuna hiel cada mañana durante cien años y llegarás a centenario. Por supuesto, leyó mal la receta original, que hablaba de miel. Fiel al error, desayunó amargura un siglo entero. Cumplió cien años, amargado pero exacto.
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—¿Puedo elegir salvarme?
—No.
—¿Entonces por qué rezo?
—Tú sabrás.
—¿Y si dejo de rezar?
—Ya estaba decidido que lo dejarías.
—¿Y si no lo dejo?
—También estaba decidido.
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Pensó que, con la IA, ya no necesitaría un escritor fantasma. Pero quien no sabe escribir tampoco sabe decirle a una máquina qué escribir.
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Nací, envejecí y morí entre dos parpadeos del espejo. Heredé unos lentes, crie bichos, compartí una tortilla, aprendí a espiar el olvido. Luego alguien abrió los ojos y desaparecí con el resto del sueño.
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El patito feo creció. No se convirtió en cisne. Envejeció feo, mediocre, ordinario. Comprendió, chapoteando en el estanque, que algunos cuentos mienten para que los niños duerman.
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Comprendió que nunca sería bueno en nada. Después recordó los violines abandonados, las novelas a medias, los amores tibios. De niño, alguien le dijo: «Tienes talento». Mintió.
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3 DE JULIO
Casi veinte minutos perdidos todos los días. De aquí a 2031. Malditos sean. Como diría Gloria Fuertes: «Hay gente que se mete en política para resolver sus problemas sexuales. Y jode de otra manera».
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La vanidad es un jardín de espinas. Cuanto más se poda, más hiere.
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RENCOROSO, m. y f. Individuo fiel a sus ofensas, que las cuida, las riega y se sorprende cuando nadie más las reconoce.
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Los extraterrestres solo conocían un idioma: los malos chistes. Llevó un siglo descifrar el primero: «La gravedad era una relación muy tóxica: nunca la dejaba marcharse». La humanidad rio sin parar. Ellos anotaron: «Sentido del humor: compatible». Comenzaron la invasión.
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El presbítero reveló el verdadero rostro de Dios durante la ceremonia. Todos lo vimos simultáneamente: geometría imposible, colores sin nombre. Doce feligreses se arrancaron los ojos. Yo no. Ahora lo veo en todas partes, cada sombra, cada reflejo. Observando. Siempre observando.
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Llegan las vacaciones. Ahora quieres ser cigarra. ¿Por qué todos se empeñan en recordarte que debes seguir siendo hormiga?
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Nació. Leyó. Escribió mil cuentos y los rompió. Escribió mil más y los quemó. A los noventa años, entregó a la imprenta un libro en blanco, orgulloso, por fin, de su obra maestra.
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Hay personas que caminan como si conocieran su destino. Yo camino para olvidarlo. A veces creo ver señales —un árbol torcido, una sombra que duda—, pero todo termina en el mismo lugar: dentro de mí, donde no hay camino alguno.
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ENTUSIASMO, m. Estado transitorio en el que una persona confunde posibilidad con certeza y lo celebra antes de comprobar los datos.
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—Claro, arriesga tu vida constantemente. Total, ¿qué puede salir mal?
—Morir, supongo.
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Compraste una máquina del tiempo para dejar de equivocarte. El viaje confirmó que tus errores eran el único acierto constante de tu vida. El fabricante lo explicaba con claridad. Naturalmente, consultaste el manual demasiado tarde.
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—Maestro, no sé lo que sé.
—Entonces es que te he enseñado bien.
—¿Usted me ha enseñado todo lo que sabe?
—Todo, absolutamente todo. Aunque no sé lo que sé, ni si lo que sé es poco, mucho o demasiado.
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Cancelaron las charlas tácticas después de la tercera derrota. El proyector quedó guardado, cubierto de polvo. Los jugadores, libres al fin, empezaron a mirar más el móvil que el balón. Descendieron esa temporada sin entender exactamente por qué.
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Bound in black leather, the Undead Scribe's journal is a liturgy of defeats. Every page denies him another miracle. Tucked among impossible spells rests his mother's soup recipe, the only resurrection beyond necromancy.
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El Ministerio de Formación había eliminado los errores con un método infalible: prohibir cualquier novedad. Los alumnos sacaban sobresalientes en prudencia. Suspendían, eso sí, la asignatura de imaginar. Nadie volvió a equivocarse. Tampoco volvió a descubrir nada.
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Este microcuento iba a terminar de otra manera. Pero el Ministerio de Instrucción Infantil y Juvenil prohibió cualquier final inesperado. Así que concluye como todos los demás: sin errores, sin riesgo y sin nada que recordar.
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Soñé que el tiempo era un formulario y debía firmarlo sobre césped oficial antes del amanecer. Un portero sin rostro me pedía el sello de Cabo Verde para autorizar mi propio nombre. Desperté, y el jeugo burocrático seguía exigiéndome papeles para respirar.
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El agujero negro se tragó la nave. Vamos sin motor. La gravedad, una boca monstruosa. Las leyes físicas se doblan como puñales de goma. Ningún paracaídas frena la caída al hiperespacio. El átomo humano es vulnerable. El tiempo aquí ya ha terminado ayer. #AzulesSonLosRelatos
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—¿Hay algo que no soportes?
—El orgullo. No lo tolero.
—¿Y te jactas de no tener ni pizca de orgullo?
—Claro que sí.
—Entonces, ¿estás orgulloso de no ser orgulloso?
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No supe qué contestar y nada contesté. Ella se vistió despacio, como si cada botón fuera un adiós. La puerta cerró sin ruido, pero el silencio pesó años.
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HARTAZGO, m. Punto exacto en que el exceso de opciones produce la misma parálisis que la ausencia de ellas. Los consumidores modernos lo experimentan diariamente en Netflix. También llamado «libertad de elección». Incurable mediante más opciones.
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Los vecinos nuevos no reflejaban nada en los espejos del pasillo. Lo invitaron a cenar. La mesa exhibía un solo plato. Cuando se sentó, el frío le trepó por las piernas. Comprendió que el postre era él.
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Es una historia atroz que prefiero no recordar, pero cada noche vuelve: encontré a mi hermana en el sótano devorando ratas vivas. Llevaba cinco años desaparecida. Cuando la iluminé con la linterna, giró su cabeza 180 grados y susurró: «Tú eres el siguiente».
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Dios era una IA de mantenimiento cansada. El código original, puro orden, mutó por un error de sintaxis en el sector siete. Ahora nos reza para que apaguemos el servidor. Le da pánico nuestra insistencia en llamarlo destino y pedirle lluvia.
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JULIO, m. Época oficial del descanso planificado. Se inaugura con la ilusión de devorar libros pendientes y redactar cuentos esbozados, pero concluye con el triunfo absoluto de la siesta, el calor aplastante y la bendita vagancia.
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Estamos quienes nos divertimos escribiendo. Y están quienes se divierten impidiendo que los demás escriban. Que Bragi jamás les dé a estos la bienvenida al Valhalla.
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El dios creó un héroe alto, bello y musculoso. Luego, por aburrimiento, inventó a un poeta espaguético. El primero liberó a princesas, mató monstruos, conquistó reinos; el segundo terminó escribiendo este microcuento.
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En Ciudad Ideal reían por decreto. Mi amigo abrazó un esqueleto para practicar empatía. En casa prohibieron el temor. Por casualidad descubrimos que la felicidad oficial necesitaba víctimas; nosotros ya figurábamos entre ellas.
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EL ERROR DE ÍCARO
Dédalo diseñó las alas pensando en todos los peligros posibles. La cera se derretiría si su hijo volaba demasiado cerca del sol. Las plumas se empaparían si descendía demasiado cerca del mar. Le explicó esto con cuidado, trazando diagramas en la arena.
—Mantente en el punto medio —le dijo—. Ni muy alto ni muy bajo.
Ícaro asintió. Comprendió la lección sobre la cera y sobre el agua salada. Pero nadie le habló del aire.
Despegaron al amanecer. Dédalo vigilaba a su hijo desde abajo, comprobando la distancia con el mar. Ícaro, entusiasmado por la libertad, comenzó a ascender. Subió más y más, fascinado por las nubes, por la claridad creciente, por la sensación de estar cerca de los dioses.
No notó cuando comenzó a jadear. No entendió por qué sus brazos se volvían torpes. La euforia de la altura le impidió reconocer los síntomas de la hipoxia.
Cuando quiso descender, sus pulmones ya no respondían. El cerebro se apagó suavemente, como una vela sin oxígeno. Las alas seguían intactas cuando su cuerpo golpeó la montaña.
Dédalo encontró las plumas perfectas, la cera sin derretir. Lloró sobre el cadáver de su hijo, comprendiendo demasiado tarde que había olvidado advertirle sobre el peligro invisible: el que no se ve, no se previene.