Empezó rozando tu sombra en la parada del autobús. Al día siguiente, su sombra echó raíces sobre la tuya y comenzó a absorberte los colores de la camisa. Para el viernes, el sujeto no solo respiraba tu propio aire, sino que pestañeaba con tus ojos izquierdos mientras utilizaba tu mano derecha para rascarse la espalda. Intentaste protestar, pero tu voz ya salía por su boca con un tono grave que no te pertenecía. Ahora compartes los mismos zapatos en el pasillo del supermercado, esperando a ver cuál de los dos logra desalojar al otro del esqueleto.