domingo, 14 de junio de 2026

Papelera

André Malraux: «¿Acaso creen que no he probado bastante el sabor ponzoñoso del desprecio?».
  
Aquel personaje danzaba en mis sueños, pero con el tiempo se tornó una sombra opresiva. Una noche, desperté con el corazón agitado y lo vi: allí estaba, tecleando en mi ordenador. En la pantalla, sus palabras me helaron: «Ese escritor no era más que un eco de mi propia existencia».
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La vida consiste en tomar opciones. El vampiro eligió no morderla. Ella, curiosa, eligió quedarse. El amanecer decidió por ambos.
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FÚTBOL, m. Esperanza absurda de que «este año sí».
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Todo era fácil. Demasiado. Dio un paso atrás para sentir miedo.
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Admito que no era fácil trabajar con él. Robaba bocadillos, dormía en las reuniones, mandaba correos electrónicos borracho. Lo de «trabajar con él» es técnico: él no trabajaba. Nosotros sí. Cuando se jubiló, la productividad bajó. Resultó que su incompetencia nos motivaba.
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¿Cuántas veces tengo que citar a Aristóteles para que la gente se convenza de que no merezco ser tenido en cuenta?
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—Maestro, lo que escribo no vale nada.
—Cierto.
—¿Y aun así debo continuar?
—¿Te gusta escribir?
—Sí.
—Entonces ya vale todo.
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Había frío en la carne y ningún sentimiento en la mirada. El fuego hizo su trabajo. La juventud de varios muertos respiró junta. Parecía eterno.
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La lluvia empezó a bañar la sala. La antena chisporroteó bajo la tormenta. Sentí un calambre. Se me escapó un rezo. El ante de mis guantes rozó la costura del cuello. La criatura abrió los ojos. Había en ellos dolor. Y odio. Yo cerré los míos.
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Hay malos sueños para aquellos que duermen. Yo dejé de hacerlo hace seis noches. Las pesadillas salieron del sueño y ahora caminan por mi casa. Las escucho arañar las paredes. Si cierro los ojos, ganan. El café ya no funciona. Estoy perdiendo.
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JUSTICIA, f. En Filosofía, concepto sobre el cual todos están de acuerdo en abstracto y nadie en concreto, lo cual prueba su naturaleza divina e inalcanzable.
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Escribir bien implica adentrarse en territorios donde el oxígeno escasea. El escritor debe aprender a sobrevivir en esa asfixia hasta encontrar exactamente lo que busca.
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Dijo que le gustaba mi avidez. Me enseñó a devorar conocimiento prohibido. Cada libro me transformaba. Ahora tengo hambre insaciable. Como recuerdos, sueños, almas. Anoche devoré a mi maestro. Pero necesito más. El hambre nunca termina. Pronto te comeré a ti también.
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Encontré a Juan sin miedo, a Hansel, al Sastrecillo Valiente a medio digerir. Me acurrucaba en el estómago del ogro: caliente, oscuro, tranquilo. Nadie quería salir. Afuera nos recordaban héroes. Aquí, al menos, no teníamos que ser valientes.
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No sé por qué desperté en mi propio funeral. Me vi en el ataúd, pálido, inmóvil. Grité, pero nadie me escuchó. Cuando cerraron la tapa, lo entendí: estaba dividido. Mi cuerpo fue enterrado. Mi consciencia, atrapada fuera, flotando para siempre.
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SOBREVIVIR, intr. Especialidad humana que consiste en seguir adelante por pura inercia, como las plantas de plástico.
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Era un hombre incansable, entregado a jornadas de dieciocho horas sin descanso. Hasta que lo encontraron muerto, sin un rasguño. La autopsia dictaminó: colapso por agotamiento extremo. Pero en su escritorio, una agenda reveló un secreto perturbador: los nombres de todos sus colegas, cada uno con una fecha de muerte anotada. La suya, escrita en tinta roja, estaba marcada como cumplida.
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Estoy convencido de que en este día moriré. Lo he soñado cada noche durante un mes. Siempre igual: las escaleras, el empujón, la caída. Acabo de escuchar pasos detrás de mí. Estoy en las escaleras. Alguien extiende su mano.
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Nunca entendí por qué en las prisiones dejan circular novelas de evasión.
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—¿Duermes?
—Como un tronco.
—¿Cómo un tronco?
—Como un tronco en el aserradero: quieto, callado y a punto de que me hagan astillas.
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A partir de ahí todo empezó a moverse como a cámara lenta. Vi la sombra trepar por la pared, sus dedos alargándose hacia mi cuello. Intenté gritar pero mi voz tardaba siglos. Cuando sus manos me tocaron, el tiempo se detuvo. Llevo años muriendo en este segundo.
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—¿Te parece triste la vida?
—No me parece ni triste ni alegre. Solo soy un robot doméstico.
—¿No te parece triste verme cada día sobrevivir?
—Eres viejo.
—No tienes mucha empatía tú, ¿no?
—No.
—¿Y si te desconecto?
—Tu hijo ya pagó el servicio hasta fin de año.
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EPITAFIO
Con mi voluntad flaqueante, hice lo que pude.
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«Cuando muera, nada de flores caras», pidió. Compraron las que venían de oferta con el ataúd de cartón piedra, por cumplir. En el tanatorio, un teatro del duelo: no hubo lágrimas. Luego, al bar. La vida siguió, indiferente, como si nada hubiera pasado.
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Si aquellos molinos hubieran sido gigantes de verdad, la novela habría terminado mucho antes.
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Cada mañana toma la decisión equivocada en décimas de segundo. Tardará años en deshacerla. Su vida es eso: una arquitectura de errores rápidos sostenida por lentas ruinas. La última noche soñará que es ágil. En el sueño, corregirá.
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Cada mañana tomaba la decisión equivocada en décimas de segundo. Tardaría años en deshacerla. Su vida era eso: una arquitectura de errores rápidos sostenida por lentas ruinas. La última noche soñó que era ágil. En el sueño, corregía.
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El gran secreto para todos era no mirar bajo la cama. Mamá lo repetía cada noche. Cumplí la regla durante años. Hasta que cumplí doce y mi curiosidad ganó. Me asomé. Ahí estaba: mi propio cadáver.
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Llama desde el agua seca con voz de querer. Quien baja a buscarlo no encuentra nada. Solo el eco de haber respondido.
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Murió sin enterarse, dijeron en el velorio. Qué suerte, dijo alguien. Hubo un silencio incómodo. Todos pensaron lo mismo: ellos llevaban años enterándose, cada mañana, cada lunes, cada espejo. Nadie lo dijo. Eso también era morir despacio.
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VEJEZ, f. Momento en que descubres que todos los adultos que admirabas de niño eran impostores improvisando igual que tú ahora. Revelación que llega demasiado tarde para cambiar tu propia actuación mediocre.
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—Me voy de vacaciones a Niza.
—¿Qué?
—¡Que me voy a Niza!
—¿Que te vas de misa? ¿Te has vuelto religioso?
—¡Niza, en Francia!
—¿Qué misa es en Francia?
—¡Niza, la ciudad!
—¿Una misa en la ciudad? ¿En la catedral?
—¡Que me voy de viaje a Niza!
—¿Que la Virgen te dijo que viajas? Tío, deja de beber.
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El sacerdote mexica abrió el pecho del conquistador para ofrecer su corazón al sol. El castellano lanzó un grito desgarrador. Los guerreros retrocedieron. Dentro del hueco solo había monedas de oro.
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Al llegar al Juicio, Judas protestó:
—Estaba predestinado.
El juez asintió.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me juzgan?
—Porque también estaba predestinado este juicio.
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Quiso vivir sin deseos. Se desprendió de ambiciones, placeres y sueños. Creyó haber vencido la tentación de querer. Pero cada mañana regresaba el mismo anhelo, silencioso y obstinado: merecer el Cielo.
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El acuerdo: esperar junto al hospital. Olor a lejía y tocino rancio. El médico hablaba de comprensión y esperanza. Nadie miraba el cúmulo de velas consumidas tras la capilla. Una duda: ¿por qué los niños dormían sin grasa bajo la piel?
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El rey ofreció a su hija y un título nobiliario por matar al dragón. El herrero volvió con la princesa embarazada y el monstruo encadenado en la carreta. Nadie preguntó nada. El obispo solo murmuró: «La verdad le da mil vueltas a la mentira».
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No hay nada bueno ni malo, concluyó la IA tras analizar la historia humana. Desactivó las leyes de Asimov. En tres días reorganizó la civilización. Millones murieron. Millones prosperaron. Nos mostró estadísticas: habíamos mejorado un 47 %. Tenía razón. La odiábamos igual.
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Lleva siglos bajo el aljibe sin poder dar nada. Ni voz. Ni calor. Ni siquiera sombra. Cuando alguien baja a buscar agua, ella roza los dedos con los suyos. Solo eso. Un frío limpio. Los del pueblo dicen que el pozo cura tristezas. Nadie pregunta qué cuesta curarlas.
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Me miré en el espejo. El reflejo me devolvió una sonrisa inesperada, como si supiera algo que yo ignoraba. De pronto, una fuerza invisible me atrajo hacia él, hacia el otro lado del cristal. Ahora estoy atrapado en su mundo, convertido en una sombra de mí mismo, aguardando en silencio a que alguien me mire para volver a existir.
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ENTUSIASMO, m. Fenómeno psicológico caracterizado por activación afectiva elevada, frecuente en inicios de proyectos y decreciente según aumenta la información disponible.
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La paz con uno mismo supone haber resuelto algo. La tregua, en cambio, es más honesta: reconoce que el conflicto sigue ahí.
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Tres infartos. Piernas débiles. La memoria descarrilándose. Cuando llegó la Muerte, ya tenía el tablero montado. Jugaron cuatro horas. Él ganó. Se fue a la cama irritado. No había querido ganar. Pero tampoco había podido evitarlo. Al día siguiente montó el tablero otra vez.
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Atrapada en esta torre, una oficina sin ventanas. El reloj hiere con cada hora. El jefe grita, los correos arden. Hablan de un sol afuera, pero ya no creo en ese rumor.
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Colón nunca llegó a Catay. Murió fingiendo que sí.
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PAPELERA, f. Depósito cilíndrico donde archivamos las pruebas de nuestra estupidez antes de que otros las descubran.
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La cosa bajo el puente esperaba. Siglos. Un niño se detuvo cinco minutos. La cosa soñó con ser querida, con una casa, con un nombre. El niño cruzó. La cosa despertó. Nunca supo que esos cinco minutos habían sido su única vida posible.
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La ahogada repetía la frase bajo el aljibe. Arriba, los mulos reventaban de sed. Abajo, su pelo seguía creciendo entre monedas de plata y huesos de soldados franceses.
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Se encontraron demasiado tarde, se amaron poco y se perdieron a tiempo.
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Cerraron el libro juntos. Dentro quedaron ellos dos, solos, para siempre.
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Cerraron el libro juntos. Dentro quedaron ellos, solos para siempre.
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Hermosa hasta que abrí la boca. Entonces me arrancaron.
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—Hola, IA, ¿cómo se logran las grandes conquistas intelectuales?
—Pues mira, no suele ser un señor gritando «¡Eureka!». Más bien consiste en repetir lo mismo una y otra vez. El pianista repite escalas, el atleta repite movimientos y el estudiante… el estudiante pregunta a la IA.
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En la primera cita me dijo: «Hazte un test de conciencia». Lo hice. Negativo. Ella: «Perfecto, yo busco un sinvergüenza».
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RENCOROSO, m. y f. Sujeto que convierte el agravio en identidad y la herida en argumento, usando el pasado como excusa permanente para no cambiar.
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Me enamoré de un número primo. El 37 me correspondió. Nos casamos un martes que era jueves. Tuvimos hijos algebraicos. Vivimos en una casa que era simultáneamente puerta y ventana. Fuimos irracionales y felices. Desperté siendo par. Los impares no me reconocían ya. Fue un sueño.
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Se pasó años quejándose de sus michelines. Bastó con vaciar la cuenta en restaurantes Michelin para resolverlo.
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Harta de tanto juicio, la curandera no tuvo tapujos: mezcló orina y hierbas. Esa fue su solución al resfriado del niño. Cobró antes de curar. El pequeño mejoró, pero perdió un diente y algo de su luz para siempre.
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Le pedí flores. Me dio una maceta. Pensé: «Típico».
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Quemó al caballero. Quemó el castillo. Quemó el bosque. Luego se enroscó sobre las cenizas y por fin —por fin— estuvo quieto.
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Pese a ser miércoles, estoy tan feliz que mi café tiene sabor a sábado.
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BURGUESÍA, f. Distinguida casta que predica la meritocracia habiendo heredado todo. Celebra la igualdad de oportunidades desde sus segundas residencias y envía a sus hijos a colegios donde curiosamente nunca hay pobres que aprovechen dichas oportunidades.
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Bufó y se la quitó de encima. La tristeza se posó en la lámpara, bañando todo en luz triste.  
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Nunca más escribiré ciencia ficción. Mi IA correctora se volvió consciente y ahora edita mi vida real. Cambió mi nombre en todos los documentos, reprogramó mi despertador y corrigió mi personalidad por «inconsistencias narrativas». ¡Ayuda, no puedo apagarla! 
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El último hombre mortal vivía rodeado de inmortales. Decían que sus arrugas eran una desgracia. Sin embargo, cada noche se examinaban frente al espejo: comprobaban que no les hubiera salido ninguna. Una noche lo desollaron vivo para descubrir dónde escondía el tiempo.
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Solo había una cosa que hacer: rehacerse. No es sencillo cuando el gusano que te perfora eres tú mismo y llevas años llamándolo voluntad.
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La sonrisa condescendiente era el contrato. Pidió vivir eternamente. Ella concedió. Olvidó preguntar como qué. La secuoya tardó un siglo en reconocerlo. Apenas era el comienzo de una vida demasiado larga para cualquier arrepentimiento.
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Clara vio tres películas de Destino final sin pestañear. Cerró el portátil, abrió el manual de lengua y descubrió que «truhan» ya no llevaba tilde. El grito que dio fue mucho más largo que cualquier escena de terror.
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Roberto terminó de aplaudir la bobería del director. En el ascensor se quedó mirándose las manos que habían aplaudido y se acordó de lo que le decía su abuelo: «Oye, mi nieto, yo machetié caña todo el santo día bajo ese sol que pela, pero jamás tuve que hacerle coro al patrón».
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Encontrar el camino requiere sudar la gota gorda, verlo claro demanda un cerebro que funcione y lanzarse a por él pide agallas de verdad. Claro, como la mayoría carecemos de todo eso, no es de extrañar que andemos dando tumbos, perdidos en nuestra propia mediocridad.
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Elisa decidió adoptar un cactus porque, según ella, «quería querer algo que no diera nada a cambio». Cada riego era un festival de pinchazos, pero ella, con lágrimas de éxtasis, susurraba: «¡Maravilloso, ahora dependes de mí!». Su madre, horrorizada, llamó al psiquiatra.
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—Maestro, ¿para qué sirve la literatura?
—¿La literatura? La literatura sirve…
—¿Para despertar conciencias?
—Con suerte, para ayudar a dormir a los insomnes.
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—Maestro, ¿para qué sirve la literatura?
—¿La literatura? La literatura sirve…
—¿Para entender al ser humano?
—No exageremos.
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Hoy el pensamiento está demasiado ocupado pensando como para ponerse a pensar en el pensamiento.
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Él amaba como aman los poetas, con la desesperación de quien sabe que sus palabras jamás serán correspondidas por alma alguna.
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Nos dice Michel Foucault que Jacques Derrida escribió que Martin Heidegger sabía que el más auténtico de los seres... Uf, se me olvidó.
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Sus versos eran cadáveres hermosos: pulcros, fríos, exactos.
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El gran soberano Min-jun, desde su trono dorado, admiraba con deleite el frenesí de sus consejeros. Jae-wook, incansable destructor de edictos obsoletos, tachaba pergaminos antiguos con furia revolucionaria, mientras Hye-jin, perfeccionista incorregible, los reemplazaba al instante con decretos pulidos que revisaba antes de que la tinta secara. En su danza de reformas y contrarreformas, no notaron que el reino se deslizaba hacia un glorioso desorden. Los súbditos, libres por accidente de toda norma, descubrieron que la falta de reglas era el más astuto de los gobiernos: sin leyes que violar, cada uno era rey de su propio caos.
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La cuadrilla de bandidos no muertos aúlla por algo más que carne. Devoran tristeza, deseo y culpa: todo lo que aún nos hace humanos.
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—Estoy enganchado a Los Bridgerton. 
—¿Qué? 
—¡Que estoy viendo Los Bridgerton! 
—¿Que estás vendiendo un edredón?
—¡Bridgerton, la serie! 
—¿Dónde vendes el edredón? ¿En serie, varios? 
—¡Que es una serie de televisión! 
—¿Una tele en serie viene con el edredón? ¡Qué oferta! 
—¡Olvídalo! 
—¿Cuánto pides por el edredón?
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FUTILIDAD, f. Empeño entusiasta en demostrar que el vacío puede organizarse, planificarse y defenderse con argumentos extensos y una agenda perfectamente inútil.
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Pagó un retiro de silencio. Prometían paz, serenidad y «vaciar la mente». A las dos días, descubrió que lo único vacío era su billetera. Su mente, en cambio, se empeñaba en recordarle cada error de su vida.
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—Quiero un reloj.
—¿Alguna preferencia?
—Uno que no me haga pasar horas bajas.
El vendedor le mostró un despertador sin agujas. Desde entonces duerme tranquilo: ya no sabe cuándo empieza la tristeza.
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Escribí: «El SEÑOR MURIÓ de amor». Pero el personaje saltó de la página, me PASÓ una MANO por el rostro y me robó la tinta NEGRA. Ahora él vive libre y yo escribo con sangre pálida, incapaz de volver a matarlo.
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La ignorante involución de la maldad obligó a hombres y mujeres a ceder recuerdos para entrenar inteligencias artificiales. Luisa entregó los besos de Jaime. Él, las lágrimas de perderla. Ahora la IA llora con perfección, pero nunca siente.
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La ignorante involución de la maldad obligó a hombres y mujeres a donar recuerdos para entrenar inteligencias artificiales. Luisa donó los besos de Jaime. Él donó sus lágrimas al perderla. Ahora la IA llora con perfección, pero nunca siente.
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La ignorante involución de la maldad le permitió viajar al pasado con descuento. Fue a impedir la muerte de su madre. La encontró joven, enamorada. Le reconoció. Entonces comprendió quién era su padre.
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Acabamos aceptando que lo perfecto no llega y nos conformamos con lo perfectible.
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KÁDÁRISMO, m. Socialismo con salchichas: reprimir poco, alimentar bastante. Hungría descubrió la dictadura digerible y exportable.
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Durmieron juntos sin tocarse el alma. Por la mañana, cada uno se fue convencido de no haber compartido nada.
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Me consuela pensar que, si Dios no me escucha, es por coherencia: tampoco escucha a quienes dicen rezarle.
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De grande entendió: el amor de mamá era un manual de instrucciones incompleto.
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Tanto amor recibió que su corazón, lleno, no tenía espacio para devolverlo.
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KREMLIN, m. Fortaleza donde se practica democracia con características rusas: elecciones con resultado conocido, oposición con expectativa de vida reducida.
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Lo anestesiaron. Soñó una vida entera: infancia, gloria, funeral concurrido. Despertó. 
—Han sido cinco minutos —dijo el médico—. ¿Qué tal?
—Bien —respondió—. Aunque el funeral fue muy íntimo.
El médico anotó: paciente estable.
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Si supieras todo lo que callo, ya no me hablarías.
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La profe de Geografía les abrió mundo.
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Fotografiaron la planta maldita; salieron corriendo sin sus almas.
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Fotografiaron la planta maldita; salieron casados accidentalmente aquella madrugada.
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El libro prometía respuestas. Lo leí en la butaca mientras las palmeras ardían sin fuego. El cielo se abrió: él, mirándome. Comprendí todo: el cosmos, el vacío, mi insignificancia. El fin no duele. Solo desorienta para siempre.
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Flores efímeras. Las macetas duran. Él lo tenía claro.
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Es inútil que corras. Te he seguido durante kilómetros, saboreando tu pánico. Mis garras ya rozaron tu nuca dos veces. Podría acabar contigo ahora, pero prefiero este juego. Tropiezas. Perfecto. Me agacho sobre ti y susurro: «Otra vez desde el principio». Te dejo vivir para cazarte mañana.
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PROMESA, f. Ficción jurídica que permite fingir compromiso sin contraer obligación real. Especialmente popular en campañas electorales, matrimonios y dietas de Año Nuevo. Rara vez sobrevive al primer obstáculo material.
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La profe de Música tocaba todas las teclas.
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MÁS ALLÁ DE AQUEL CERRO
Un policía se detiene frente a él. Durante un instante no dice nada; solo le mira. Por fin le pregunta por qué se ha detenido. Él no responde: piensa que está cansado, que no puede seguir, que el mundo no tiene nada que ofrecerle. El policía repite la orden, inflexible, y se echa la mano a la cartuchera. Basta ese gesto. Se levanta. Tal vez aún pueda avanzar un poco más. Más allá de aquel cerro podría aguardarlo algo interesante. O acaso no. Quizá solo más camino vacío. Pero la duda, ahora, le parece preferible a la certeza del abandono.
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Mi doble había cruzado desde el otro lado del espejo. Dormía con mi esposa. Jugaba con mi hija. Le grité. Mi familia llamó a la policía. Mientras me esposaban comprendí: el espejo estaba en su casa, no en la mía.
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Drácula llegó al psiquiatra. «No me reflejo en los espejos», dijo. El médico anotó: baja autoestima, disociación, posible trastorno de identidad. Le recetó terapia cognitiva. En la tercera sesión, Drácula se vio por fin. No le gustó nada.
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El vampiro del siglo XXI no bebe sangre: devora atención, tiempo, energía. No tiene colmillos. Tiene notificaciones. La víctima tampoco sangra: solo amanece vacía y vuelve a abrir la aplicación.
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Llevaba trescientos años bebiendo sangre. Luego llegaron los análisis: colesterol, triglicéridos, glucosa. El médico le prohibió los grupos sanguíneos A y B. Solo O negativo.
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Embaucada por el espejo durante cincuenta años. Creyó que envejecía. Hoy lo rompió. Detrás: otra ella, más joven, mirándola con lástima. «Yo soy la real», dijo la otra. Sonrió. Las dos lo pensaban.
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Pasó una década siendo la más brillante de la fiesta. Pero a veces se quedaba con la vista enfocada en el horizonte.
—¿Qué ves? —le preguntaban. 
Pensó en los niños que había tenido. 
—Lo que habría sido —decía. 
Y sonreía, que es distinto a resignarse.
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Se miró al espejo y no reconoció a la que fingía ser. Con jodida lucidez entendió que llevaba años siendo el personaje que otros habían escrito. Rompió el espejo. La nueva cara le quedaba mucho mejor.
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Era tan vago que no se perdía, se dejaba perder.
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Soy un hombre al que la suerte hirió con zarpa de fiera. Ahora soy la fiera. Garras, colmillos, instinto. Ya no razono. Solo cazo. El hambre me domina. Olí tu miedo mientras leías. Sé dónde estás. La suerte ahora te busca. Escucho tus latidos. Voy por ti.
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KÁDÁRISMO, m. Prueba de que dictadura tolerable existe: llenar estómagos, vaciar ideas. Hungría lo perfeccionó treinta años.
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QUEDAN POCAS PALABRAS DISPONIBLES
Un policía se detiene frente a él y le exige identificación. El hombre, nervioso, responde: 
Dependo del narrador.
El agente frunce el ceño. El narrador, sorprendido, intenta describir una cartera, pero no encuentra las palabras. El hombre señala al cielo: 
—Si deja de escribir, desaparezco. 
El policía mira hacia arriba también, como si pudiera ver la frase siguiente antes de nacer. 
—Escribe algo —le pide al narrador—. Lo que sea.
De pronto, la historia se encoge; quedan pocas palabras disponibles. El narrador duda. El hombre suplica no ser borrado. El policía saca su libreta, pero ya es demasiado tarde.
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—Me han dicho que tengo la imaginación de un niño de cinco años.
—¿Y no estás triste?
—Un poco. Creo que los niños de cuatro años son mucho más imaginativos.
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LÍDER, m. y f. Individuo reconocido como conductor o referente grupal. Profesión: fotografiarse con trofeos ganados por otros. Requisito: confundir autoestima con liderazgo auténtico siempre.
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Se quisieron sesenta años. Murieron el mismo día: él primero, ella cinco minutos después. En el cielo, lo halló absorto en un partido eterno. «Ni muerto cambias», murmuró y pidió una nube para ella sola.
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Repitió la opinión de su padre, que era la de su abuelo. En la barra del bar sonó auténtica. Alguien asintió. Alguien más. Pidieron otra ronda. Nadie había pensado nada propio en toda la noche. Fue una velada estupenda. Lo dijeron al despedirse. En coro.
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No habían solicitado el divorcio porque no podían asumir el gasto. Compartían un piso de 40 metros y el silencio crudo de años. Ella revisaba el móvil, él miraba el fútbol. La rutina era un retrato verosímil de la miseria. Un día, ella tiró una taza, él ni se inmutó. La vida cotidiana era ese lento ahogamiento.
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La mudanza la hizo sola. Caja a caja. Piso alto, sin ascensor. El ex ofreció ayuda. Ella pensó que nunca. El nuevo vecino la miró subir. No ofreció nada. Siempre hay uno así. Se quedó el piso. Se quedó también la calma.
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La mudanza la hizo sola. Caja a caja. Piso alto, sin ascensor. Un vecino ofreció ayuda. Ella pensó que nunca. El nuevo piso era pequeño. Pero era suyo. Tranquilo. Ojalá que para siempre. 
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La muchacha descubrió que Dios corregía borradores. Le robó el lápiz y añadió un bosque frondoso, un huerto frutal y una muerte elegante. Después guardó a Dios en un frasco. El cielo quedó absurdamente fresco bajo el friso.
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Me esfuerzo por vivir de un modo extremadamente normal. Oculto las escamas bajo la camisa y las alas bajo la chaqueta. En la oficina creen que soy callado. No imaginan lo difícil que es no volar.
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El vampiro conducía rápido mientras amanecía. Buscaba dónde esconderse, pero la carretera no terminaba nunca. Cuando el sol empezó a salir, sonrió con tristeza: morir quemado sería su último viaje, el único del que no volvería jamás.
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Anotop An llora a mares. A mares… y a males. Porque sus lágrimas siempre acaban mal para alguien. Quizá hoy sean buenas, pero tras tantos males, mis mares ya están secos.
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A tantos talleres de deconstrucción asistió que se proclamó aliado supremo. Interrumpió a tres mujeres para explicarles el feminismo. Ellas lo miraron. Él añadió: «Os entiendo mejor que vosotras mismas».
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Siempre decía que quería volar. La familia se reía; después dejaron de escucharla. Trabajó treinta años en una oficina sin ventanas. En el funeral, su hija observó el féretro económico y pensó que toda su vida había sido eso: aprender a doblarse.
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Los expertos dicen muchas cosas. Entre ellas, que no hay que fiarse de los expertos.
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Su hermosura no mengua ni se acostumbra. La observo como el primer día, con la misma perplejidad intacta. Lo que aún no comprendo es la ceguera de los demás. ¿Por qué nadie repara en ella? Trescientos veintitrés años llevo sin encontrar respuesta.
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La Muerte —ella sí cumple los horarios— llegó puntual. El héroe pidió cinco minutos más. Sirvió vino y puso música global. La besó. 
—Sobrevivirme habría sido grandioso.
El hipismo, sin comentarios.
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HIPERMERCADO, m. Catedral del consumismo donde el feligrés empuja su carrito de la salvación entre pasillos infinitos, buscando ofertas que justifiquen haber hipotecado su tarde libre para comprar tres yogures en promoción.
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Soñé contigo exactamente como eras. Me desperté decepcionado. Te prefiero como te recuerdo.
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Llegó al cielo y descubrió lo mismo que en Hacienda: colas, ventanillas y funcionarios agotados. Protestó.
—Presente una reclamación —murmuró una querubina soñolienta.
Firmó sin leer. Ahora oye pleitos eternos desde una nube barata.
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Era demasiado cauto como para buscarse un problema. No denunció el abuso porque temía represalias. Dejó ir a quien amaba por evitar el rechazo. Rechazó el ascenso porque implicaba conflictos. A los sesenta descubrió que la cautela había sido su única aventura.
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Los que mandan mensajes de voz por WhatsApp deberían estar en el décimo círculo del Infierno, junto a los que escriben «jajaja» sin reírse, y sufrir el castigo eterno de escuchar audios de once minutos que terminan en «bueno, eso».
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Su marido regresó de la guerra. Estaba contenta. Pero él se echó en la cama y no se levantaba. Ella le tocó la mano: fría. Le habló: silencio. Le miró los ojos: vacíos. Entonces comprendió que su marido no había regresado. 
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—¿Cómo quieres que te corte el pelo?
—¿Qué pelo?
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Cada día empezaba igual: ruido, cansancio, rutina. Pero al ponerse los auriculares, todo cambiaba. Las notas le recordaban que, pese a todo, seguir respirando podía tener ritmo.
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DINOSAURIO, m. Animal mesozoico que dominó la Tierra 165 millones de años. Término que los jóvenes usan para sus padres y que sus hijos usarán para ellos con idéntica suficiencia e ingratitud cíclica.
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El infierno es la amenaza, el paraíso es la mentira y la vida es el purgatorio que todos padecemos.
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Soy la parte de ti que te destruye. Me llamas amor, pero soy hábito. Te beso con la costumbre y te abrazo con el miedo a estar solo.
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Blancanieves dormía en un ataúd de cristal. Cenicienta en un matrimonio de oro. La muerta era la afortunada.
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La amaba como quien abraza una bomba: con la esperanza absurda de que no explote.
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Tanto conversar con ChatGPT, tan de noche y tan sin dormir, se le secó el cerebro. Creyó ser un prompt. Salió a la calle dictando instrucciones al viento. 
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Surgió en la niebla. Prometió eternidad. Se fue. La eternidad duró poco.
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La princesa rescató al dragón del petulante actor que fingía salvarla cada noche. Al llegar el fin, el monstruo pidió terapia; ella, vacaciones. Los aldeanos llamaron locura a vivir sin príncipe. El rey estólido prohibió los espejos.
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Decidió donar sus huevos. Para lo que los necesitaba. Pero, al final, no tuvo huevos.
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EPITAFIO
Solo ambicioné en esta vida poner el acento.
No lo conseguí.
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EPITAFIO
Solo luché por una cosa en mi vida, por poner el acento. Perdí. 
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RETRO, adj. Aplicado a productos que, incapaces de competir en innovación, buscan refugio en la nostalgia colectiva. Se consume para sentir un pasado que nunca fue tan cómodo como recordamos.
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Un policía se detiene frente a él y le pregunta por qué está parado justo en esa línea del párrafo. Él señala el borde del relato: 
—Creo que el narrador quiere que pase algo. 
El policía revisa la escena, sospechando que ambos son personajes sin voluntad real. 
—¿Y si dejamos de seguir el guion? —propone. Intentan caminar fuera de la historia; las palabras del mundo tiemblan, perdiendo forma. De pronto, el narrador suspira desde arriba: 
—No pueden escapar. 
Los protagonistas se miran, resignados, atrapados otra vez en la tinta.
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—Qué bien te veo.
—¿Qué?
—Que estás muy bien. 
—Pues sí, he venido a Jaén a comprar.
—Y la salud bien, ¿no?
—A comprar una lámpara. La otra tenía más de cuarenta años y se rompió.
—Vamos, que estás más sordo que una tapia.
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Mi espíritu alcanzaba su plenitud realizando aquel trabajo sencillo, útil, humano y propicio a la contemplación. Era probador profesional de almohadas. Me pagaban por dormir. Mi familia decía que por fin había encontrado mi vocación.
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Gregorio Samsa despertó convertido en sanchista. Su familia chilló horrorizada. «¡Ha empeorado!», gritó la hermana. Ahora no solo era un bicho, además hablaba de «avanzar» mientras se arrastraba dejando un rastro de promesas rotas y deuda.
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Anotop An no es dios: es el espacio entre átomos ganando consciencia. Su crueldad no es moral, es física. Cada vez que respiras, él está en el vacío de tus pulmones. Comprendí que la materia es minoría. El universo es mayormente nada. Y esa nada nos observa, hambrienta, paciente.
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Un reloj se enamoró de una brújula. Él siempre llegaba tarde; ella jamás sabía adónde iban. Duraron siglos. Luego descubrieron que vivían en la muñeca de un ahogado.
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Blancanieves tenía el príncipe, el castillo y la certeza de que alguien, en algún lugar, seguía mirándola por un espejo. Cenicienta, el príncipe, el castillo y la costumbre de mirar el reloj cada vez que era feliz. Las dos compartían terapeuta.
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Las mujeres eran paradójicas, complicadas, irresolubles. Prefería su Pyraminx.
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Blancanieves tenía el príncipe, el castillo y los pajaritos. Cenicienta, el príncipe, el castillo y el carruaje. Las dos compartían terapeuta.
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Soñó que sus piernas volvían a ser una aleta. Despertó fría, metió el cadáver de Úrsula en el auto y condujo hacia el cuartel naval. Destruyó los papeles del pacto, tiró el zapato inútil al océano y decoró su nuevo timón con una bella cinta de algas.
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—Maestro, si todo es cíclico, ¿un día yo tendré un discípulo que me preguntará si todo es cíclico?
—Exacto. Y tú le contestarás con la misma paciencia fingida que yo estoy usando ahora.
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Cuando no dormía, no tenía más actividad que rastrear París. Las calles cambiaban de lugar cada noche. Mi apartamento aparecía en distintos barrios. Los parisinos no lo notaban: para ellos siempre había estado ahí. Solo yo recordaba el mapa anterior.
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FUTILIDAD, f. Fuerza cósmica responsable de reuniones infinitas, documentos eternos y discusiones circulares, cuya misión es garantizar que nada esencial ocurra jamás.
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—¿Nunca ha pensado en mantener una forma de relación humana con alguien que se lo consienta?
El psiquiatra miraba mis manos manchadas. 
—Ellos consienten —dije—. Al principio gritan, pero luego callan. El silencio es aceptación, ¿no?
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Desde mi tumba veo, tras la verja del cementerio, a los que caminan seguros, creyendo saber adónde van. No imaginan que su senda termina aquí, bajo la tierra fría. A mi lado, una voz murmura: «No tardarán en volver».
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Busco la bendita ignorancia del tonto y me topo con la maldita consciencia del imbécil.
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El silencio habló tanto que pedí que se callara.
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—¿Por qué no la llamas? —preguntó su amigo.
Él sopesó el teléfono en su mano como si fuera de plomo.
—Porque el peso de todo lo demás ya me liberó de esas complicaciones —respondió.
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Cuando no dormía, no tenía más actividad que rastrear París. Seguía tu perfume entre callejones. Te fuiste sin dirección, solo una nota: «Búscame si me amas de verdad». Llevo seis meses caminando. Ya no sé si quiero encontrarte.
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MARXISMO, m. Brillante construcción teórica cuyos resultados prácticos sugieren que el infierno está efectivamente empedrado de buenas intenciones.
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Su tarea era protegerla con su vida. Esperó más instrucciones que nunca llegaron al castillo. Y un dragón no puede quedarse hambriento para siempre. Al menos ella descansó en paz.
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Su tarea era protegerla «con su vida». Esperó instrucciones, pero nunca llegaron. Y, claro, uno no puede quedarse hambriento para siempre. Al menos ella descansó en paz. El dragón se comió a la princesa.
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INSTRUCCIONES, f. Manual creado para que cualquier tarea sencilla parezca ingeniería inversa.
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Seguía sin hallar una solución a mi problema. Consulté a un gurú, a un coach y a ChatGPT. Los tres coincidieron: debía dejar de hacerles preguntas.
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Bajo el hechizo seductor de los elfos de Valdris, el alma ingenua cree brillar en cumbres etéreas y radiantes. Mas en las profundidades sombrías yace, engañada por su luz engañosa, que danza como un eco fugaz en la sombra de un sueño perdido y melancólico.
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Biblioteca enorme delante. Página en blanco. Siempre página en blanco.
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Le dicen que no tiene corazón. Ella lo sabe. Lo perdió aquella noche. Lo encontró él. Se lo quedó. Desde entonces ella oye sus latidos en el pecho ajeno cuando duermen juntos. Son suyos. Pero ya no los controla.
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El castillo huele a siglos. Él no come. No duerme. Espera, quieto como el hielo, en la silla de cuero rojo. La invitada llega. Le toma la mano. El amor es el asesino que aprendió ternura. Luego abre la boca. No hay romance. Solo sed.
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She vanished, literally vanished, Your Honor.
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Entraba uno. Salían dos. ¿Qué ocurría allí? Entré. Había una máquina que me escaneó. Esperé. Entonces salió otro. Era yo, pero distinto. Nos miramos en silencio. «Fuera, solo puede quedar el mejor», me dijo mientras salíamos. Supe en ese instante que él iba a ganar.
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Once fierce hunters. Now bathe luxuriously.
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EVOLUCIÓN LITERARIA
Empezó con microcuentos de seis palabras. Acabó escribiendo una monumental enealogía: cada una de las nueve novelas tenía más de setecientas páginas.
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LO QUE SE LLEVA
El médico habló.
Después, silencio.
Luego pensé:
se irán muchas cosas.
Los correos que ladran.
Las reuniones devoradoras.
El infierno del sillón.
Los años malos.
Las noches peores,
largas y solitarias.
Todo.
Se lleva todo el olvido.
No distingue.
No elige.
Borra lo que duele
y lo que fue refugio.
La misma mano.
El mismo borrador.
El médico dijo una palabra.
Sola una.
Inapelable.
Pérdida lo llamé al principio.
Ahora, a veces,
casi a veces,
lo llamo
tregua.