Durante tres semanas había sido el ser más poderoso de la selva. Los nativos se postraban cuando encendía la linterna al anochecer, murmuraban plegarias cuando la apagaba al amanecer, y le ofrecían los mejores frutos de sus cosechas, junto con pieles secas, flores y pequeñas esculturas de barro en forma de sol. Lo observaban con una mezcla de temor y devoción, convencidos de que aquel hombre pálido había descendido del cielo con el fuego encerrado en sus manos. Su llegada había coincidido con una serie de tormentas nocturnas, rayos que partían los árboles y truenos que hacían temblar las chozas. La linterna, encendida en medio de tanta oscuridad y ruido, fue para ellos una señal divina, una prueba de que aquel forastero dominaba la luz y, por extensión, los elementos. Desde entonces, nadie osaba mirarlo directamente a los ojos.
El viajero, perdido desde hacía semanas, había decidido seguir el juego. ¿Qué otra opción tenía? Los caníbales de esta tribu no conocían visitantes, solo presas o dioses. Y claramente, ser un dios tenía mejores perspectivas de supervivencia.
Pero esa noche, cuando presionó el interruptor, no pasó nada. Lo intentó varias veces. Nada. Las pilas, fieles compañeras durante semanas de expedición, habían elegido el peor momento posible para rendirse.
El silencio que siguió fue ominoso. Los rostros pintados de los nativos cambiaron de veneración a decepción, y luego a algo mucho más inquietante: hambre.
El jefe murmuró algo y lo señaló con el dedo. Los tambores comenzaron a sonar. El viajero comprendió que su reino divino había llegado a su fin de la manera más literal posible.
Relato publicado en El Narratorio (Año 10, Nº 117)