No ha estado mal. Pero es hora de irse.
Habéis tomado tres rondas y una rosca.
—¿No quieres otra?
No, suficiente. Ella ha pedido cañas; tú, Radler. Tercios. No puedes más.
El camarero deambula entre las mesas. A veces tarda. Varias veces se ha justificado. Ha dicho que está solo, que tiene el interior y la terraza. Pagar puede llevar diez minutos. Como mínimo.
—Voy a entrar a pagar —dices.
—Quieres ver a la camarera.
No sabes quién es la camarera. Ella ha entrado al servicio y la ha visto. Tú, no. Lleváis meses sin ir a ese bar. Desde el verano pasado. ¿Cómo era la camarera? ¿Había una camarera? El comentario te enfada.
—Pues esperaré aquí.
Quieres entrar a pagar porque sabes que puede ser lento. Sueles hacerlo siempre. En el bar habitual, el del parque, hay un camarero detrás de la barra. Cincuenta y pico años. Con poco pelo. Le falta un diente. Como si te reflejaras en un espejo. No vas a la barra para verlo. Vas a pagar. De hecho, a veces te molesta que te saque conversación.
Llamas al camarero. A la segunda vez te dice que enseguida. Cinco minutos. Diez. Por fin te trae la cuenta. Dejas el dinero sobre el plato. El viento se levanta a ráfagas. Sujetas el dinero con un dedo. Antes te daba el sol de marzo; era agradable. Ahora se ha escondido tras las ramas de los árboles. Empieza a hacer frío.
El niño quiere ir al servicio.
—Nosotros nos vamos —anuncia ella.
Quince minutos. Veinte. El camarero por fin recoge el plato. Ahora tiene que traer la vuelta. Quedan pocas mesas, pero las atiende primero. Veinticinco minutos.
Por fin. La vuelta.
—¿Todo bien?
Respondes con un gruñido.
Te levantas. Te vas. Y te quedas con ganas de ver a la camarera.