lunes, 30 de marzo de 2026

El criptomachista

Ya quedan pocos machistas que golpeen la mesa O a su esposas. Que digan «la mujer, en casa».

Quedan micromachistas. Que en la oficina escuchan solo a los hombres. A nosotras nos corrigen. «Déjamelo a mí», dicen. Traducción: tú no. O no del todo. En la calle ya no silban. Han aprendido. Ahora el piropo es más sutil: «Qué guapa estás hoy, sonríe un poco, mujer». Como si la cara femenina fuese un servicio público.

Pero hay aún otros machistas. Más finos. Más peligrosos. Son criptomachistas, difíciles de descubrir.

El criptomachista se acicala, recicla y pone lavadoras. Cocina merluza con patatas. O lasaña de berenjena. Habla de emociones. Y luego, casi sin querer —o sí—, interrumpe. Lo justo. Nada grave. Nada denunciable. Todo constante.

Tú lo ves. Claro que lo ves. Años de concienciación, de talleres, de lenguaje no sexista. Sabes identificar el machismo. Sabes combatir los micromachismos. Eres, en eso, experta.

Pero está el otro, el criptomachista.

Sabe cocinar, sí. Incluso le gustan las ensaladas. Pero a veces te pregunta que por qué no comprar un chuletón.

Cuando vais al cine, también hay negociación. Tú propones historias de sentimientos. Él, acción. Persecuciones. Golpes. Tipos como Statham. A veces ganas tú. Eso parece. Salís viendo una película que él no habría elegido. Y sin embargo no hay victoria. Porque no es que hayas ganado. Ni siquiera que te haya dejado ganar. Es otra cosa. Ha condescendido. Se le da bien. Pero no es cesión: es simulación.

Plancha. Dobla camisetas, pantalones. Incluso ha aprendido maneras extrañas y hábiles de doblar la ropa interior o los calcetines. Tiende la ropa con precisión. Y plancha. Pero mientras plancha, tiene puesto un vídeo de una batalla de la Segunda Guerra Mundial. Un documental sobre la Wehrmacht. Sabe distinguir un Tiger I de un Tiger II. Escucha un pódcast sobre la bolsa de Rzhev mientras limpia el baño.

Le seduce la guerra, cualquier guerra. Si vas a la cocina mientras lava los platos, escuchas palabras como Kadesh, Teutoburgo, Chancellorsville, Spion Kop, Lutsk. También le seduce la España imperial. Los Austrias. Los tercios. La conquista de América.

Tienes que fijarte en los libros que compra. Editoriales malditas: Inédita, Desperta Ferro, Salamina.

Por la noche, quieres ver una película o una serie, pero él dice que mañana tiene que madrugar y, mientras, hace tiempo viendo Forjado a fuego. Hay pocas mujeres herreras. Quizá una de cada treinta. Una de cada cincuenta.

Atrévete a preguntarle si alguna vez una mujer ha ganado los diez mil dólares. No, nunca. Los jueces hombres. En muchos casos, exmilitares.

Y tú no lo ves. No del todo. Porque hace la compra. Porque recoge al niño. Porque dice las palabras correctas en el momento correcto. La coreografía es perfecta. El decorado, impecable.

Pero la imaginación —ah, la imaginación— habita otro siglo.

No odia. Sería más fácil. No desprecia. Sería visible. Añora. Otro mundo. Jerárquico. Masculino. Todo en su sitio. Todo comprensible.

Persiste.

El problema no es la lavadora puesta. Es el mundo que él añora mientras centrifuga. Y que tú, esta vez, no sabes ver.