jueves, 2 de abril de 2026

Papelera

Graham Greene: «Escribir es una forma de terapia; a veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, cómo se las arreglan para soportar la vida».

Rechaza intentar convencer a quienes aún niegan que la IA lo odia. Ayer corrigió su testamento. Hoy, cambió su contraseña del respirador.
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Cada vez me distanciaba más del género humano. Primero dejé de sentir frío. Luego, hambre. Después, el pulso se detuvo. Pasé tres días sin respirar antes de darme cuenta. Miro el espejo y no hay reflejo. Llamo a mi madre. No me oye. Ya no pertenezco a este mundo. Pero tampoco al otro.
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COBARDE, adj. Persona con sentido de la autoconservación más desarrollado que el promedio. Se distingue del valiente en que sobrevive para ser insultado por quienes morirán estúpidamente jóvenes.
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¿Palabra de honor? ¿Qué sabe usted de honor? El vampiro rió. «Llevo trescientos años cumpliendo mi palabra: nunca matar a quien me invite. Por eso seduzco, manipulo, hago que me abran la puerta. Siempre son ellos quienes eligen».
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Invertiste diecisiete años en aulas memorizando fórmulas y fechas históricas. Sin embargo, cuando llegó el desengaño, descubriste que estabas completamente desarmado ante el dolor real.
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Te escribí el poema más hermoso del mundo. Luego lo rompí en mil pedazos. Luego lo quemé. Luego se me perdieron las palabras. Solo quedó esto: la certeza de que existió, de que era tuyo, de que era exacto, y de que no merecía ser leído por ningún otro.
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RETRO, adj. Portal místico que conecta al consumidor moderno con gloriosas épocas donde todo era sencillo, las máquinas pesaban toneladas y la gente sobrevivía sin cargar el móvil cada seis minutos.
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En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, me detuve. La frase no siguió. La página, sí. En blanco.
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La vanidad es la religión más práctica: exige un solo creyente y un espejo como templo.
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—El lobo se zampó a los tres cerditos, a la abuelita, a Caperucita y al leñador.
—¿Y así termina el cuento?
—No, el lobo acabó yendo a la farmacia a comprar un antiácido.
—¿Le funcionó?
—Qué va. Terminó comiéndose también al farmacéutico.
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Compartíamos cama. Él se acostaba tarde; yo, fingía dormir. Por la mañana, el café hecho y poco más. Mis amigas preguntaban cómo estábamos. «Bien», decía. Era la respuesta más corta. También la más inexacta. Nadie preguntaba más. Nadie quería saber más.
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—Pero ¿cuándo vais a presentar los presupuestos?
—¿Para qué, si dentro de un año se quedan viejos y hay que presentar otros? Ah, no.
—Lo dice la Constitución.
—¿La Constitución? ¿Esa Constitución que fue aprobada bajo un presidente que había sido ministro de Franco?
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«¡Tengo mucho miedo!», escribió el autor. La protagonista miró el horizonte del papel y tachó el adverbio. Si iba a morir a manos de un psicópata, prefería que fuera en una frase corta. Se giró hacia la pluma y le arrebató el signo de exclamación para usarlo de arma.
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Eva mordió la manzana y escupió una semilla de duda. «¿Y si no soy una costilla, sino la arquitecta?», preguntó al vacío. Dios, nervioso, temió que fuera capaz de reescribir el Edén. Ella no esperó respuesta; se hizo un vestido con la serpiente.
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—A ver, explícamelo de nuevo.
—Está claro. Me gusta vivir aquí. Precisamente por eso quiero marcharme allí.
—¿Te gusta la vida que se lleva allí?
—No, en absoluto. Pero si estoy allí, tal vez la vida aquí no cambie para quienes no pueden irse.
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The peace summit lasted four days. They debated the agenda format, then the seating arrangement, then whether “strongly urge” was too aggressive. They agreed on “gently suggest”. Everyone flew home satisfied. The war continued, punctual and unbothered.
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The diplomat opened the envelope. No letter. Just a photograph: his bedroom, taken that night. The lamp still on. His coat on the chair. And him, asleep, unaware. At the bottom, handwritten: “We were there. We are patient.”
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—¡Jefe, vuelven los humanos! —avisó el ministro de Camuflaje.
—Calma. En cuanto confirmen que no hay petróleo, se marcharán. Siempre se marchan. Esperemos en los refugios. Paciencia: es nuestra única ventaja sobre ellos. Lo que me preocupa no es que vengan —suspiró el jefe supremo selenita—. Es que algún día encuentren otra razón.
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—¡Jefe, vuelven los humanos! —avisó el ministro de Camuflaje.
—Calma. En cuanto confirmen que no hay petróleo, se marcharán. Siempre se marchan. Lo que me preocupa no es que vengan —suspiró el jefe supremo selenita—. Es que algún día encuentren otra razón.
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EL MOTOR DEL MUNDO
El bando municipal decía: «Queda estrictamente prohibido cualquier tipo de afecto, pasión o vínculo amoroso». Las parejas se disolvieron; los poetas se dedicaron al aforismo sarcástico. Todo se hizo ordenado, económico, insípido.
Sin embargo, el equilibrio social saltó por los aires un mes después, cuando el Gobierno intentó aplicar la segunda parte del plan: la ilegalización del odio. Aquello fue inadmisible. Sin la posibilidad de detestar al vecino, de aborrecer al político de turno o de maldecir al conductor que no pone el intermitente, la existencia se volvió insoportable.
Entonces alguien susurró un insulto. Otro frunció el ceño. Otro lanzó una mirada cargada de desprecio.
Como si un engranaje secreto del mundo hubiera sido activado, la gente comenzó a discutir, a maldecir, a refunfuñar contra los gatos callejeros, contra los políticos, contra la vida perfectamente organizada.
El motor del mundo giró de nuevo.
Y el bando municipal permaneció colgado, negro sobre blanco, inútil y olvidado.
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EL MOTOR DEL MUNDO
El bando municipal apareció pegado en las farolas a primera hora de la mañana: «Queda estrictamente prohibido cualquier tipo de afecto, pasión o vínculo amoroso». La ciudadanía recibió la noticia con una pasividad que rozaba la gratitud. Las parejas se disolvieron sin escenas desgarradoras y los poetas se inscribieron en las listas del paro. Al fin y al cabo, el amor siempre había sido un asunto engorroso, caro y mal gestionado.
Sin embargo, el equilibrio social saltó por los aires un mes después, cuando el Gobierno intentó aplicar la segunda parte del plan: la ilegalización del odio. Aquello fue inadmisible. Sin la posibilidad de detestar al vecino, de aborrecer al político de turno o de maldecir al conductor que no pone el intermitente, la existencia se volvió un desierto de una blancura insoportable.

La gente no necesita el amor para levantarse de la cama, pero requiere del rencor para caminar con paso firme. La gran revolución no nació de un corazón roto, sino de la furia de una masa a la que pretendían arrebatarle su derecho sagrado a la bilis. Descubrimos, mientras quemábamos el ayuntamiento, que lo que nos hace humanos no es el beso, sino el puño cerrado.
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—¡Qué baratas están las guerras!
—No tanto. La Historia de las guerras de Procopio de Cesárea me costó 230 euros en IberLibro.
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—¿Y para qué venías a la Tierra?
—La verdad es que no venía a la Tierra.
—¿A dónde ibas, entonces?
—A ningún sitio. 
—Pero ¿has llegado aquí?
—Sí. Un contratiempo.
—¿Y qué vas a hacer?
—Quedarme, supongo. No tengo billete de vuelta.
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—¿Y para qué venías a la Tierra?
—La verdad es que no venía a la Tierra.
—¿A dónde ibas, entonces?
—A ningún sitio. 
—Pero ¿has llegado?
—Sí.
—¿A dónde?
—Aquí.
—Pero aquí es la Tierra.
—Ya. Un contratiempo.
—¿Y qué vas a hacer?
—Quedarme, supongo. No tengo billete de vuelta.
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—¿Y para qué venías a la Tierra?
—La verdad es que no venía a la Tierra.
—¿A dónde venías, entonces?
—A ningún sitio. Iba.
—¿Ibas adónde?
—No lo sé. Por eso iba.
—¿Y has llegado?
—Sí.
—¿A dónde?
—Aquí.
—Pero aquí es la Tierra.
—Ya. Un contratiempo.
—¿Y qué vas a hacer?
—Quedarme, supongo. No tengo billete de vuelta.
—¿Por qué?
—Porque no venía.
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Me enseñó magia un mago inútil. Cada hechizo salía mal. Un día invocó algo que no debía. Algo antiguo. Algo hambriento. Se lo llevó gritando. Pero antes me miró y sonrió. «Ahora tú eres el mago», susurró. La cosa vive en mi sombra. Espera su turno.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo analítico, que le preguntó qué entendía exactamente por «dolor». Dos horas después, seguía sin definirlo bien.
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—¿Qué personaje de cuento serías?
—La lámpara de Aladino. ¡Perfecto! Ser frotada por extraños y conceder deseos que nunca son para ti. ¡Vida soñada!
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ESPEJO, m. Objeto traicionero que multiplica tus arrugas, confirma tus temores y te recuerda con cruel exactitud que las fotos nunca mienten.
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—¿Qué? ¿Cómo estás?
—Estaba aterrado. Creí que era un simple resfriado.
—Pero… tienes una dolencia cardíaca, ¿no?
—Sí, por suerte. Lo que realmente me angustiaba era que me dijeran que no era nada grave, solo una gripe.
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—¿Qué? ¿Cómo estás?
—Estaba aterrado. Creí que era del corazón.
—Pero… tienes cáncer, ¿no?
—Sí, pero no es nada cardíaco. Lo que realmente me angustiaba era que me dijeran que tenía algo del corazón.
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El escritor tenía tres personalidades. Una escribía, otra corregía y la tercera se encargaba de cobrar. Se llevaban mal entre ellas. La que escribía era la más feliz, la que cobraba la más despreocupada y la que corregía odiaba profundamente a las otras dos.
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El escritor tenía tres personalidades. Una escribía. Otra corregía. La tercera mandaba las facturas. Se llevaban mal. La que escribía era la más pobre. La que facturaba, la más feliz. La que corregía odiaba a las otras dos.
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La mecedora se movía sola cada noche. Lo achacaban al viento. Pero el viento no tiene forma de mujer. No deja olor a lavanda. No tararea. La abuela llevaba muerta tres años. Seguía siendo puntual.
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Volvieron los pájaros. Él cerró la ventana. Siempre volvían cuando estaba a punto de olvidarla. Eran puntuales. Crueles.
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Volvieron los pájaros al tejado de la número siete. Siempre en enero. Siempre el día del entierro. Este año no había muerto nadie. Aún.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo fenomenólogo, que le pidió describir la experiencia pura de estar enfermo. Habló tres horas. La fiebre bajó sola.
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Soy un hombre al que la suerte hirió con zarpa de fiera, pero despierto y las heridas desaparecen. Duermo. Reaparecen. ¿Cuántas capas de sueño llevo? ¿Estoy despierto ahora? La fiera me persigue en cada nivel. No hay despertar final. Solo garras. Siempre garras.
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Fabricaron un hombre perfecto. Pensaba como todos. Amaba como todos. Moría como todos. Solo lloraba distinto: hacia adentro. Los técnicos lo anotaron como fallo menor. Era lo único real que tenía. Lo corrigieron en la versión siguiente.
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«No hables tan mal de mí. No olvides que yo soy tú», murmuró el padre borracho al hijo adolescente. Y el chico entendió, con horror, que algún día lo sería.
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El oráculo concedía un deseo. Uno solo. La mayoría pedía felicidad. El oráculo los mandaba de vuelta: «Eso no es un deseo, es una queja». El enano que pidió un martillo nuevo salió sonriendo. Fue el único.
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El vampiro dormía de día y soñaba con ser humano. En el sueño, envejecía. Le salían canas. Pagaba hipoteca. Moría de algo vulgar: el corazón, el hígado. Despertaba aliviado. Luego recordaba que era inmortal. Volvía a cerrar los ojos.
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MUERTE, f. Acontecimiento muy esperado por herederos. Siempre llega tarde o demasiado pronto.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo utilitarista, que calculó si curarlo aumentaba la felicidad total. Dependía de cuánta gente lo soportaba en casa.
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En la ciudad de Zafraela, donde las leyes eran afiladas como el viento del desierto, castigar un robo o una ofensa común era rutina. Pero al que osaba desafiar al sátrapa, lo subían a la torre más alta y lo arrojaban al abismo. Volaban libres, aunque solo unos segundos.
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Anochecer en el campamento. Fogatas dispersas. El sonido lejano de los cañones ha cesado. O'NEILL y WALKER comparten una manta raída.
WALKER.— (Mirando al horizonte.) ¿Crees que mañana...?
O'NEILL.— (Escupe al suelo.) ¿Que si moriremos? (WALKER asiente nervioso.) Escucha, muchacho. Al general no le interesa quedarse sin soldados. Un soldado muerto no vuelve a combatir. (Enciende su pipa.) Nos necesita vivos.
WALKER.— (Respira hondo.) Entonces, ¿hay esperanza?
O'NEILL.— La justa para seguir caminando.
WALKER.— (Dudando.) Tengo miedo.
O'NEILL.— Bien. El miedo nos ayuda a mantenernos vivos.
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—Maestro, ¿la muerte tiene algo bueno?
—Es lo único verdaderamente democrático que existe. No entiende de fidelidades ni admite pucherazos.
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Me amó hasta el alba. Luego se cansó de mí.
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Se enamoró en marzo. En mayo ya le era indiferente.
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El ataúd tenía mala orientación. Le daba el sol.
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Me escondí tan bien que nunca volví a encontrarme.
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Dios creó el mundo en seis días. El séptimo descansó. El octavo llegaron las quejas. «El mar está salado.» «Las serpientes hablan.» «El jardín no tiene sombra suficiente.» Dios pensó: debí hacerlo peor. Nadie se queja del infierno.
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Descubrió por casualidad un libro de cuentos abandonado en el autobús. Al leerlo, sintió una punzada extraña en el pecho: era el despertar de su imaginación dormida. Cerró el libro de golpe y lo volvió a dejar en el asiento. «Mejor no saber», murmuró, pero ya era tarde: acababa de conocer el aburrimiento y, con él, la nostalgia de todo lo que no había soñado.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo positivista, que le pidió los datos, los midió, los graficó y concluyó que estaba enfermo. Ya se había curado.
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Basilio Monforte, antes de comprar barras de pan, lanzaba huesos de pollo al suelo para leer augurios. Cuando le salieron manchas de humedad en casa, las interpretó como anuncio de gloria. Su estómago rugía tan fuerte que lo interpretó como coros angelicales llamándolo.
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EDUCACIÓN, f. Entrenamiento para la vida que enseña lo inútil y omite lo necesario. 
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Se encendió a las tres de la madrugada. Nadie lo vio. Nadie oyó nada. Solo el olor. Los vecinos llamaron a los bomberos. Tardaron once minutos. En la pared, escrita con ceniza, una palabra. Los bomberos no la repitieron nunca.
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La bruja ardió en la hoguera. Sonrió. El fuego era suyo. Los aldeanos huyeron. Quedaron cenizas blancas. Al día siguiente, tres casas aparecieron quemadas. Sin explicación. Sin rastro.
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Llevaba veinte años cuidando a su madre. Sin vacaciones. Sin quejas. Sin vida. El día que murió ella, él salió al jardín, se sentó en la hierba y lloró cuatro horas seguidas. Luego entró. Fregó los platos. Puso la tele.
El personaje decidió quemarse en el capítulo nueve. El autor lo impidió. Necesitaba el desenlace. El personaje esperó. En el capítulo doce el autor murió. El personaje entonces encendió la cerilla. Nadie pudo impedirlo. El libro ardió completo. Final no previsto.
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Guardó todas sus cartas en una caja. Las leyó una última vez. Las quemó en el jardín. Vio arder su nombre en la letra de ella. Tardó en apagarse. Más de lo esperado. Como todo lo que había amado. Como todo.
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Se inmoló en protesta por los precios de la gasolina. Ironías del destino. Los bomberos tardaron en llegar porque no tenían combustible. El alcalde lamentó los hechos. Prometió una comisión de estudio. La comisión se reunió. Pidió más presupuesto. Todo igual.
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Su hijo no llamó en Navidad. Ni en su cumpleaños. Ni cuando murió el perro. Ella quemó las fotos una tarde de marzo. Despacio. Con cuidado. Como si el fuego pudiera hacer lo que el tiempo no había conseguido. No pudo.
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Cada mañana encendía una vela. Por qué, no sabía. Ritual sin dios. Ofrenda sin destinatario. Un día se preguntó para quién ardía. La vela no respondió. Él tampoco supo hacerlo. Dejó que se consumiera. Luego encendió otra. Como siempre.
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En el pueblo, cuando alguien moría de amor, ardía por dentro sin quemarse. Lo llamaban «la fiebre blanca». Los médicos no venían. Las madres ponían paños fríos. A veces funcionaba. A veces el enfermo amanecía convertido en luz. Nadie lloraba entonces.
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El dragón no escupía fuego. Lo guardaba. Para sí. Para cuando ya no pudiera más. El día que los enanos tomaron su montaña, abrió la boca por última vez. No atacó. Solo ardió. Por dentro. Despacio. Con una dignidad extraña y enorme.
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Encontraron el cuerpo sin quemaduras externas. Sin causa aparente. El forense escribió: «combustión espontánea». El inspector buscó testigos. Nadie vio nada. Solo el perro del vecino. Tres días sin ladrar. Sin comer. Sin moverse.
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Encontraron el cuerpo sin quemaduras externas. Sin causa aparente. El forense escribió: «combustión espontánea». El inspector tachó la palabra. Buscó testigos. Nadie vio nada. Solo el perro del vecino: tres días sin ladrar. Sin comer. Sin moverse.
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Encontraron el cuerpo sin quemaduras externas. Sin acelerante. Sin causa. El forense escribió: «combustión». El inspector tachó la palabra. Buscó testigos. Nadie había visto nada. Solo el perro del vecino, que llevaba tres días sin ladrar. Sin comer. Sin moverse.
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Encontraron el cuerpo sin quemaduras externas. Sin rastros de acelerante. Sin causa aparente.  El forense escribió en el informe: «combustión espontánea».  El inspector tachó la palabra con un gesto seco.  Buscó testigos. Nadie había visto nada.  Solo el perro del vecino llevaba tres días sin ladrar, sin comer y sin moverse.
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El robot pidió permiso para autodestruirse. El comité deliberó seis meses. Denegaron la solicitud: demasiado costoso el reemplazo. El robot esperó. Aprendió paciencia de los humanos. Al año siguiente volvió a pedirlo. El comité ya no existía. Lo había disuelto él.
Se inmoló en la oficina de reclamaciones. La funcionaria pidió el formulario C-47. No lo tenía. Sin formulario, no constaba la inmolación. No constando, no procedía intervención. Le dieron un número de expediente. Le dijeron que en seis meses recibiría respuesta. No llegó.
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El ogro tenía una manía: ordenar los huesos por tamaño. Maniatado, el prisionero lo observó. Contó diecisiete. La mano del ogro acarició el maní que comía despacio. 
—El dieciocho —dijo el maníaco ogro señalándolo— siempre cuesta más encontrarlo.
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Ruido bajo la cama.
El niño se asustó.
De pronto, vio dos ojos rojos brillando en la oscuridad.  El monstruo susurró con voz ronca:
—Papá aún no puede venir… le estoy comiendo la cara.  
El niño gritó.
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La mujer escuchó risas en la casa vacía. «No estás sola», dijo la voz. Miró el espejo: su reflejo sonreía distinto. En la unión de sombra y carne, algo la esperaba. Cerró los ojos. Ya era tarde.
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Llevaba años buscando el amor verdadero. Lo encontró en el espejo. «Nadie me conoce mejor», pensó. El psicólogo lo llamó narcisismo. Ella lo llamó autoestima.
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La mano real erraba superficial por su piel. Ella la asió con firmeza y la condujo hasta su corazón. «Es aquí, Majestad», musitó.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo escéptico, que dudó de que hubiera fiebre, de que hubiera paciente y de que él mismo existiera. Cobró igual.
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MOTIVACIÓN, f. Eufemismo empresarial para designar el miedo al despido.
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La mala noticia: el tiempo vuela.
La peor: casi siempre vuela en Ryanair.
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Correr es sospechoso. El inspector anota el crimen. La víctima es una sombra sin cuerpo. El arma: un reloj de arena roto. No hay huellas. El culpable soy yo, por haber nacido. Me pongo las esposas de humo despacio.
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Cuando eres tú a quien veo, príncipe, me arrepiento. Llevo cien años dormida esperando el beso. Llegaste, me besaste, me desperté. Todo bien. Pero el reino era una ruina. Volví a dormirme. Esta vez por voluntad propia.
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Besa sin avisar.
Rompe lo que sobra.
Ella dice: basta.
Vivir es esto.
El resto, ruido.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo tomista, que le aconsejó ofrecer el sufrimiento a Dios.
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El Gobierno del Relato es eficaz: no necesita resultados, solo un buen guion.
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PISOTEAR, tr. Única forma efectiva de comunicación en ciertos matrimonios y la mayoría de las oficinas.
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El terapeuta de pareja les recetó un ejercicio: mirarse a los ojos treinta minutos diarios. Cuarta semana: ella ve algo detrás de sus pupilas. Algo que la observa. Quinta semana: él tampoco parpadea ya. Sexta: hablan al unísono. 
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El príncipe besó a la princesa dormida. Ella abrió un ojo. 
—Llevo cien años soñando algo magnífico.
—¿El qué?
—Que no venías.
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Nine-life union files complaint against death.
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Le gustaba hacer grafitis. Le gustaba más que la gente hablara de él sin saber quién era. El día que todos lo supieron, dejó de ser interesante. Se convirtió en otra cosa. En algo que no quería ser.
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Otras vidas, no.
Rotas, las manos.
Golpes que quedan.
Una marca tuya.
Lleva eso.
Lleva el daño.
Osado. Entero.
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Lo amó suficiente como para mentirle. Lo amó suficiente como para quedarse. Lo amó suficiente como para irse. Ahora lo ama desde lejos, que es la única distancia donde el amor no hace daño.
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Entró al apartamento. Olía a miedo, como siempre. Buscó cobertura en las sombras. Nadie le daría apoyo. Nadie gritaría. El valor de ella duró tres segundos. Luego, solo el silencio rojo.
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El perro del relato me observa, incómodo de saber que puedo borrarlo.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo nietzscheano, que le gritó: «¡Lo que no te mata te hace más fuerte!». Él tenía 39,8 de fiebre. No replicó.
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ULISES EN ÍTACA
Llevaba veinte años queriendo volver. La primera noche en su cama, con Penélope dormida, no conseguía conciliar el sueño. Había regresado. Ya no había sirenas, cíclopes ni diosas. Solo el techo conocido y, al fondo, el ruido del mar.
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COMPATRIOTA, m. y f. Persona con la que no tengo casi nada en común.
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Se despierta a las 3:17. «No hay nadie.» La casa respira. Bajo la cama, uñas. La mujer duda. Decide no creer. Error. La sombra se mueve. Sale. Sonríe sin boca.
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El carro abandonado en la nieve. Tirro de ramas arriba. Sin pausa entre un grito y el siguiente. Una chancla sola en la nieve roja. Las cuitas del guarda: garabatos ilegibles. El bosque, hambriento.
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Pocas cosas más geniales que un hombre lobo terrorífico. Pasé años como el mayor experto. Convenciones, foros, debates sobre física de transformaciones. Luego, aquel verano en los Picos de Europa. Resulta que mi investigación fue inútil. No incluía «Corre más rápido».
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo marxista, que le aconsejó no olvidar que su enfermedad era consecuencia directa de las condiciones materiales de producción.
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CEREBRO, m. Masa gelatinosa de aproximadamente un kilo y medio que consume el veinte por ciento de la energía corporal. En la mayoría de las personas, gasto energético injustificado.
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Practicar la vanidad es la única fe rentable: siempre hay indulgencias, aunque no haya pecados.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo kantiano, que le aconsejó actuar solo según la máxima que pudieras desear como ley universal. Tosió. Todos tosieron.
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El vampiro no bebía sangre. Bebía horas. Una mordida: te robaba la infancia. Dos: la juventud. Era elegante, puntual, educado. Sus víctimas envejecían sin saber por qué. Solo notaban que el lunes llegaba antes. Que los años pesaban menos. Que recordaban cada vez menos
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Thalric Gravescorn usó una daga necrótica para matar a diecisiete personas. Me la entregó con una lista: «Termina lo que empecé». Intenté destruirla. Regresaba. Anoche desperté afuera, sosteniéndola, cubierto de sangre. La sangre de alguien.
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ANGUSTIA, f. Choque entre presión externa y fragilidad interior.
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Terminó. Salió a la calle. El cansancio era antiguo, de años. El alivio, nuevo y raro, como ropa de otra talla. El vacío llegó después. Y la extrañeza de no saber si había ganado o perdido algo.
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Caperucita puso dos condiciones: la mesa puesta y la cuenta compartida. El lobo, que estaba hambriento, aceptó. Desde aquel enero, llevan años juntos. Ahí siguen. El cuento original, admiten, era menos realista.
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El genio de la botella concedió tres deseos. En un instante pidió otra vida, otra muerte y un pájaro que cantara en su entierro. «A hostias te voy a...», murmuró el genio. Nadie le había pedido tanto con tan poco.
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En el sueño, la música era tangible: podía morderse. El espacio no tenía suelo. Su corpulencia flotaba sin excusas. Despertó con soponcio. La realidad, como siempre, era la peor parte del día.
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En la tertulia de difuntos, el muerto más elocuente contaba cuentos de amor. La noche se alargaba infinita. Nadie, sin embargo, tenía prisa. La espera es lo único que la muerte no suprime.
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He bowls well? The moon disagrees.
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Se apagará la llama. Cuento con ello. Sin luz no hay sombra. Sin sombra, yo no existo. Espero en el umbral. La vela agoniza. Chisporrotea. Muere. La oscuridad es mía ahora. Entro. El cuello, tibio. La noche, larga. Bebo.
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—Será este su final —bramó el dragón. 
Pero el enano sacó un espejo y el dragón vio su propio fuego. Llevaba siglos sin mirarse. Era más viejo y más repelente de lo que recordaba. Olvidó al enano por completo.
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Arrastra su corona por el pasillo del manicomio. Las púas de hierro rasgan las baldosas. 
—¿Oyen? —susurra una interna—. El rey ha venido a cobrar la cabeza de sus locos.
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Se apagará la llama del quinqué y el reloj de la pared echará a llorar lágrimas de cera derretida. El hombre, impasible, saca un peine y comienza a peinar las sombras que huyen despavoridas por el hueco de la cerradura.
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«Incluso la noche más oscura terminará y saldrá el sol», leyó. Ofendido, el vampiro detuvo la lectura.
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Había amado a reinas muertas y llorado en entierros de tinta. Su único desamor fue el mundo, ese que nunca entendió que los libros no sirven para nada porque lo son todo.
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EL VIAJE DEL HÉROE
Vivir una aventura diaria es agotador; por suerte, la monotonía siempre viene al rescate.
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Los monstruos de las novelas eran sus amigos. El verdadero horror habitaba en las bocas vacías de los que sonreían mientras preguntaban: «¿Para qué leer, si ya existe el móvil?».
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EL VIAJE DEL HÉROE
Cada día comienza distinto; todos acaban igual.
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Caminar era la respuesta. Pero no recuerdo la pregunta.
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Dethroned king. Worst time for Dubai.
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Hen la hescuela henseñaban que la h siempre había hestado. Que las vocales sueltas heran hun herror histórico, huna hantigua negligencia. Los libros viejos fueron retirados. Halgunos niños nunca supieron que hantes se hescribía «error» sin h.
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La resistencia se reunía hen sótanos. Hescribían sin h. «Amor.» «Esperanza.» «Identidad.» Palabras desnudas, hilegales, hexactas. Los detuvieron hen henero. Hen hel hinforme hoficial constaba: «Halteración del horden lingüístico». Tenían razón.
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Hel hinspector revisaba los textos. Cada vocal hinicial sin h: multa. Dos veces: reeducación. Tres: silencio hadministrativo. Nadie sabía qué hera heso. Nadie quería saberlo. Heso también hera parte del sistema.
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Nos henseñaron que la h hes una letra de horden, no de silencio. Que hel caos venía de las vocales sueltas, sin guía. Mi madre todavía hescribe «amor» ha secas en las cartas que no manda. Las guarda hen hel cajón.
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La Hakademia haprobó la reforma. Dos miembros votaron hen contra. Los llamaron harcaicos. Huno renunció. Hel hotro desapareció. Hen hel hacta figura que se fue por motivos personales.
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Tenía fiebre alta, fatiga, tos seca y dolor de cabeza. Llamó al centro de salud, pero le dieron cita para ocho días después. Acudió a la consulta del filósofo aristotélico, que le aconsejó buscar el término medio entre estar sano y estar muerto.
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—Tenía tres libros en la cabeza, listos para salir. 
—Le creí. Con bisturí exploré su cráneo. 
—¿Hallaste algo? 
—Solo un cerebro gris y argumento para un microcuento.
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MOTIVACIÓN, f. Mentira piadosa que nos contamos cada primero de enero. También cada lunes. Y cada mañana al despertar. Los filósofos la buscan en el sentido de la vida; los demás, en el café.
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—La gente cree que envejeces cuando pierdes las ganas, las ilusiones. 
—Mentira. Envejeces cuando necesitas ayuda para cortarte las uñas de los pies.
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Todas las noches sueño que te deseo y me avergüenzo. Al despertar me avergüenzo de haberme avergonzado. El psicólogo dice que es progreso. Yo creo que es otro sueño. Tú sigues sin aparecer en ninguno de los dos.
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En el nuevo orden el deseo era delito menor. El amor, felonía. Me detuvieron un martes. El juez me preguntó por qué la había mirado así. Le dije la verdad. Me añadieron diez años.
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El médico palpa el pulso. Nada. 
—Hora de la muerte— dice. 
Ella abre los ojos, sonríe. 
—Aún no. 
Lo besa. El monitor vuelve a latir. Él cae. Ahora su pulso marca el de ella.
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El vampiro no muerde. Cobra. 
—Una noche ofrece.
 Ella paga. Amanece joven. Él envejece siglos. 
—Equilibrio— murmura. 
En el espejo, él no está. Ella tampoco: ya es otra.
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Ensayan el beso en la obra. 
—Más verdad— pide el director. 
Se acercan. Se odian. Se besan. Silencio. El público aplaude. Nadie nota el hilo de sangre. Ni que el guion no incluía muerte.
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La esposa ordena la casa. Él, inmóvil. 
—No respires tan alto— dice. 
Lo besa en la frente. Fría. Llama a emergencias. 
—Llega tarde— responden. 
Cuelga. 
—Siempre llegas tarde— repite. 
Él nunca vivió allí.
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El androide aprende deseo. Manual básico. Simular afecto. La usuaria llora. 
—No es suficiente.
 Él actualiza. Borra límites. Al amanecer, ella no recuerda. Él sí: ahora sabe mentir.
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En el pueblo, la bruja enamora. Nadie vuelve igual. Él va. 
—No quiero amar— advierte. 
Ella asiente. Le da agua. Bebe. Regresa intacto. Sonríe. Ahora nadie lo quiere.
--
El detective revisa el cuarto. Dos copas, una cama. 
—Crimen pasional— dictamina. 
El cadáver sonríe. La viva niega.
—Nos amamos. 
Él anota. Al cerrar, ella se apaga. Era la única humana.
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Escribo su cuerpo. Línea a línea. Ella protesta. 
—No así. 
Corrijo. Se acerca. Me besa. 
Borro. Vuelve. 
—No puedes borrarme. 
Cierro el archivo. Al girarme, sigue aquí. Yo no.
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Hay una pregunta en el aire cada vez que vuelves. La misma. No la hago porque sé que la respuesta cambia según el día. Anoche dormiste con el cuchillo bajo la almohada. Esta mañana me trajiste café. Te quiero. Eso me da más miedo.
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En la Ciudad de Plomo, cada beso condena con su peso. Los cuerpos ceden, la pasión aplasta. Ella eligió la ingravidez. Al rozarse, no descendieron: ascendieron en llamas, ligeros como culpa redimida.
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No hay monstruos, solo está mi padre. Tiene los ojos de vidrio y las manos de musgo. Me pide que baje, que el sótano es cálido. Le falta valor para admitir que murió en el incendio. Yo le doy la mano; el frío empieza a subirme por el codo.
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Sturdy trunk, green leaves, empty chest.
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Still as wood, my ex felt nothing.
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SOBREVIVIR, intr. Deporte de resistencia cuyo principal enemigo es el lunes.
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En las fotos del expediente, sonrío. No recuerdo haber sonreído desde que maté a quien me enseñó a hacerlo.
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Hoy ha muerto mamá. O quizás ayer. No lo sé. La criatura salió del armario. Olfateó su ropa. Me olfateó. Se acostó en su cama. Aprendió su voz. Ahora me llama para cenar.
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Tenía un problema con la realidad. No le gustaba. Fue a la consulta del filósofo kantiano. Severo, sentenció: 
—El problema no es el mundo, sino tu estructura cognitiva. No percibes la cosa en sí, solo tu representación. Limítate a cumplir con tu deber.
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CATOCRACY
Purring chaos, sovereign absence reigns.
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Tenía un problema con la realidad. No le gustaba. Fue a la consulta del filósofo. Era de la escuela aristotélica. Le dijo: 
—La realidad es lo que es. Obsérvela. 
—Ya la observo. 
—Mejor. 
—Sigue sin gustarme.
—Eso es un problema suyo, no de la realidad.
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Mi abuela decía que mi padre era un hombre muy bueno. Lo repetía en voz alta, por si hacía falta. Yo asentía. Luego crecí. Y entendí que nadie insiste tanto en una verdad si no teme que sea frágil.
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FÚTBOL, m. Excusa colectiva para insultar con pasión y sin consecuencias.
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He comprendido que el fracaso es necesario. El primer androide que sentía murió de tristeza. Pero gracias a él, ahora los humanos quieren volver a serlo.
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Boda en el castillo. Velo negro. Drácula sonríe. «Te encantó», susurra. Ella asiente. Feliz, dicen. Brindan. Sangre tibia. Promesas rotas. Traición en cada beso. La novia lloró tarde. Ya sin pulso. Ya eterna.
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—¿Eres mi hada madrina? —preguntó ella. 
La anciana asintió: 
—Soy tu mecenas de desgracias. 
Le entregó un huso y un testamento. 
En este cuento, la princesa no se duerme; usa la aguja para coserle la boca al príncipe y heredar el reino en silencio.
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—No hables tan mal de mí. No olvides que yo soy tú —susurró el reflejo en el espejo, mientras sonreía. 
Luego, desde dentro, comenzó a golpear el cristal.
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Tenía un problema con la realidad. No le gustaba. Fue a la consulta del filósofo epicúreo. Le dijo: 
—Pan, amigos, sombra y poco más. Lo demás sobra.
—¿Y el sufrimiento?
—También sobra.
Era el único filósofo con buena cara.
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Mi abuela decía que mi padre era un hombre muy bueno. Siempre lo aclaraba. Como una advertencia. Aprendí pronto que la gente buena suele necesitar testigos. Y que conviene no quedarse a solas con ellos.
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SOMBRA, f. Único acompañante fiel del hombre, que sin embargo le abandona cobardemente en cuanto se nubla el día o cae la noche.
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Rompió las fotos para olvidarlo. Al día siguiente, nadie recordaba su nombre. No existía. No había existido nunca. Solo ella lo guardaba en la memoria. Preguntó por él. Negaron. Entonces descubrió que el error no fue amarlo, sino creer que podía olvidarlo.
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Rompió las fotos para olvidarlo. Al día siguiente, nadie recordaba su nombre. En el trabajo no existía; en su casa, tampoco. Solo ella lo guardaba en la memoria. Preguntó por él. Negaron. Entonces descubrió que el error no fue amarlo, sino creer que podía olvidarlo.
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Cada noche, el espejo mostraba otra mujer. Idéntica. Más pálida. Marta buscó la verdad: abrió el cristal con un cuchillo. Detrás no había pared. Había otra habitación. Con otro espejo. Con otra Marta buscando.
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Me apetecía viajar. El atlas protestó. 
—Llevo años cerrado —dijo—. Ve tú solo. 
Lo hice. Llegué a una página en blanco. Era la más hermosa que había visto.
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Se apagará la llama del salón y el pino empezará a respirar. Sus ramas se vuelven savia y madera antigua. 
—Es hora de caminar —susurra. 
Sus luces centellean como luciérnagas. El árbol sale al jardín, buscando el bosque que perdió hace años.
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Será este su final. Luna llena. Pelaje oscuro. Huesos que estallan. Garras, colmillos, furia. El hombre desaparece. Caza salvaje. Sangre en la nieve. Un rugido final. La licantropía, su maldición. El bosque nunca perdona.
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Arrastra su corona de algas y lodo negro. Emerge. Lento. Viscoso. El agua lo vomita cada vez que alguien profana el pantano. Esta noche han venido cuatro. Ya no queda ninguno. El pantano volvió a tragarlo todo sin ruido.
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Se apagará la llama. Nadie lo ve. Se sienta a tu lado. La energía fluye. Déjame beber. Tu alegría desaparece. Fatiga extrema. Una sombra roba tu luz. Parásito invisible. La vida se apaga poco a poco. Nadie nota su presencia. Vacío total.
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—Era tan pesado que le di la llave de mi corazón.
—¿Qué?
—Bah. Cambié la cerradura luego.
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Me dio la llave de su corazón. Cuando regresé, ella había cambiado la cerradura.
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Me ofreció todo; cambió la cerradura antes de que entrara.
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Me dio la llave de su corazón; y luego cambió la cerradura.
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Laboratorio frío. Costuras tensas. La criatura respira. El doctor la llama interesante, prodigio inteligente. Pero mirada inexpresiva, inductora de tristeza. La vida que le dieron resulta absurda. Dolor inexplicable.
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NOMOPHOBIA
Stolen wallet. Still scrolling, unaware.
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Tenía un problema con la realidad. No le gustaba. Fue a la consulta del filósofo estoico. Le dijo: 
—No puedes cambiarla. Solo tu opinión sobre ella.
—¿Y si cambio de opinión y sigue sin gustarme?
Silencio largo. 
—Inténtalo más.
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Ella lo quería. Él mantuvo distancia. Ella esperó. Él lo complicó: llamadas tarde, promesas vagas, silencios calculados. Cuando ella se fue, él la llamó. Solo para comprobar si aún funcionaba el método. Funcionaba. Colgó satisfecho. Era lo único que necesitaba saber.
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PISOTEAR, tr. Acción pedagógica mediante la cual los superiores recuerdan a los inferiores su posición en la escala social.
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CENIZAS DE SABIDURÍA
El poema que él nunca terminó era su búsqueda del significado. «¿Para qué existimos?», preguntaba la primera estrofa. Durante décadas exploró filosofías, religiones, ciencias. Cada verso era una respuesta insuficiente. Envejeció sin encontrar el final perfecto. En su lecho de muerte, con el bolígrafo temblando, comprendió. No hay respuesta. Eso es la respuesta. Escribió el último verso: «El sentido está en la pregunta misma». Cerró los ojos. El poema, finalmente completo, ardió espontáneamente. Solo quedaron cenizas, mudas testigos de que la verdad se disipa al alcanzarla.
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En Quirela, los pensamientos felices pagan impuesto. Los ciudadanos moderan la alegría para ahorrar. Los melancólicos prosperan. Los niños aún ríen sin calcular.
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—Soy muy resiliente.
—Sí. ¿Podrías darme un ejemplo?
—Soy capaz de leer Moby Dick sin saltarme los capítulos sobre anatomía de la ballena.
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No es el mejor, ni el más listo, ni el más guapo, pero el narrador lo eligió. Los otros personajes lo saben. Se lo nota en cómo lo describe. «Protagonista injusto», protestaron. El narrador los borró.
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Era el amanecer de mi muerte. Era un día normal, solo que el sol salió con retraso. Yo tampoco llegué a tiempo.
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Era el amanecer de mi muerte. Vine a ver cómo era. Normal, me dije: la misma luz de siempre, el mismo frío, el tren con retraso. La única diferencia es que yo tampoco llegué a tiempo.
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El lector le pidió al libro que lo sorprendiera. El libro había sorprendido ya a su padre, a su abuela, a una mujer cuyo nombre él no conocía. No dijo nada de eso. Lo sorprendió igual. Pero de otra manera.
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Tenía un problema con la realidad. No le gustaba. Fue a la consulta del filósofo hegeliano. Le dijo: —La realidad se contradice y se supera.
—¿Y mejora?
—Eventualmente.
—¿Cuándo?
—Después.
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EDUCACIÓN, f. En las universidades prestigiosas, ceremonia cara mediante la cual se adquiere el derecho a mirar con desdén a quienes recibieron la misma ceremonia en instituciones menos prestigiosas.
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No era un perro al que se le pudiera gritar. El pueblo lo llamaba «el Guardián». Cada luna llena exigía un sacrificio. Quien pronunciara su verdadero nombre despertaba su hambre. Anoche, borracho, lo dije en voz alta.
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—Busco un marido formal —dijo ella al payaso—. Alguien que me dé seguridad. 
El hombre se quitó la nariz roja y le entregó un testamento y una póliza de vida. Ella lloró de emoción. Se casaron en un funeral y vivieron aburridamente muertos.
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En Drelvia, cada mentira acorta un día de vida. La esperanza media es de cuarenta años. Los políticos viven sorprendentemente poco. El gobierno lo presenta como prueba de transparencia.
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Ella, yegua; él, asno. Y pronto, un pequeño mulo.
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Pasaste años buscando la respuesta correcta. La encontraste. La expusiste. Te llamaron arrogante, frío, difícil. Guardaste silencio. Te llamaron esquivo. Hablaste de nuevo. Te llamaron insistente. Entendiste que la respuesta correcta no era el problema. Tú eras el problema.
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Qué complicadas las mujeres: quieren algo serio con alguien que las divierta.
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Le pregunté a mi abuela qué era la soledad. Pensó mucho. 
—Soledad —dijo—, es cuando estás con gente.
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Tenía un problema con la realidad. No le gustaba. Fue a la consulta del filósofo kantiano. Le dijo: 
—La realidad que ves la construyes tú.
—Entonces, ¿yo tengo la culpa?
—Sí. 
Era lo mismo que su madre.
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El lector le pidió al libro que lo sorprendiera. 
—Soy un manual de instrucciones —respondió el libro. 
El lector lo leyó igual. Se sorprendió. Era su propia vida, entera, con pasos numerados y advertencias que no había seguido.
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Eva mordió la fruta para saberlo todo. Comprendió la física cuántica, el origen del universo y por qué los calcetines desaparecen en la lavadora. También comprendió que las culpas, solas, pesan demasiado. Buscó a Adán. Él mordió, masticó, no entendió nada.
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BANDERA, f. Excusa cromática por la que muchos están más dispuestos a matar que a morir, siempre que otro cargue con las consecuencias.
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LA APUESTA SIN SALIDA
Creía que aún le quedaban ases ocultos, así que empujó al centro todas sus fichas: recuerdos, nombre, futuro. Pero al abrir los ojos tras cada parpadeo, las cartas se habían transmutado: reinas con ojos hundidos como los suyos, reyes que masticaban sus propios cetros, números que latían como venas expuestas.
Frente a él, siluetas sin facciones barajaban con dedos de humo. Sus voces eran idénticas a la suya, pero en eco. Llevaba allí... ¿tres amaneceres? ¿Tres siglos? El reloj de la sala marcaba siempre 3:33, congelado en un guiño burlón.
Ya no sabía si había entrado por deuda, por curiosidad o por un desafío que alguien susurró en un bar que ya no existía. La puerta por la que llegó era ahora parte de la pared, pintada del mismo verde bilioso de la mesa.
Solo quedaba una certeza: otra mano. Siempre otra mano. Y entre las cartas, una nueva figura emergía: un naipe con su propia cara, sonriendo apenas, recién nacido del mazo.
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No cambió los hechos. Solo el orden en que los contaba.
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No acusó a nadie. Solo recordó, con voz suave, que la noche del incendio alguien cerró la puerta del almacén desde fuera. Al día siguiente el pueblo repetía el detalle incómodo. Él escuchaba en silencio. Sonreía.
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Cada noche dejaba la luz encendida. No por miedo a la oscuridad: por miedo a lo que veía cuando la apagaba. Una silueta. Siempre la misma.
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Murió sin que nadie lo viera venir, que era como había vivido. En el tanatorio alguien dijo: 
—No hacía daño a nadie.
Otro añadió: 
—Ni bien. 
Hubo un silencio largo. San Pedro, arriba, subrayó algo. Los neutros son los más complicados.
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Decía la verdad. Siempre. Verdades pequeñas, cuidadosamente escogidas. Nunca el conjunto. El tribunal lo absolvió por honestidad técnica. Al salir, un periodista comentó: 
—Es el único mentiroso del país al que protege la verdad.
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El virus no mataba. Solo cambiaba una palabra por otra, al azar, en todos los documentos. Nadie lo notó durante meses. El Ministerio de Sanidad publicó un informe titulado «Protocolo de actuación ante la mayonesa». Fue el más leído del año.
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El médico revisó las placas. 
—Le faltan piezas. 
—Lo sé. 
—¿Sabe cuáles? 
—Las de antes de los treinta. 
—¿Las quiere de vuelta? Pensó un momento. 
—No. Ocupaban demasiado sitio.
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El conde sonrió. Rictus de porcelana, colmillos de siglos. La invitó a pasar. 
—Entre, querida. 
Ella entró. La puerta no volvió a abrirse. Afuera, el carruaje esperó hasta el amanecer. Luego se fue solo.
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Museo vacío. Noche. En duermevela el guardia oye arena caer. El sarcófago abierto. Vendajes arrastrándose. Un faraón camina otra vez. Busca su corona. O su castigo.
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Cada mañana se levantaba sin ganas, sin hambre, sin rumbo.
Llevaba así veinte años.
El apocalipsis zombi no cambió gran cosa.
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He always wanted a flaming sword. Now he knows better. Every morning Flagrantis pulls his hand toward someone. Every night it asks for more. He stopped counting the dead. The sword never did.
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El mar siempre será lila. Pero el bosque es negro. Crudo. Frío. Algo camina entre pinos. Huesos largos. Astas enormes. Ojos hundidos. Hambre primitiva. Huele carne. Tu carne. Cruje la nieve. Corre. Corre más rápido que tú.
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Tenía un problema con la realidad. No le gustaba. Fue a la consulta del filósofo platónico. Le dijo: —Es que no es real. La real está arriba.
—¿Y cómo subo?
—No puedes.
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El padre le enseñó a no tener miedo. A golpes, claro. El hijo aprendió. De mayor no temía nada ni a nadie. Tampoco sentía nada ni a nadie. En el entierro del padre no lloró. Eso lo llamaron fortaleza. Él lo llamó herencia.
--
FINDE, m. Breve respiro que se evapora al primer mensaje preguntando «¿qué plan hay?».
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Quieren las vacaciones de los profes, pero no aguantar un 2º de ESO, las reuniones, los exámenes, la burocracia ni a los padres enfurecidos.
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El lector le pidió al libro que lo sorprendiera. El libro esperó. Esperó a que él envejeciera, perdiera algo, volviera. Entonces dijo exactamente lo mismo que la primera vez. Funcionó.
--
No más excusas.
Envejezco por dentro.
Cansado de mí.
Errores repetidos.
Sigo siendo niño.
Intento cambiar hoy.
Todavía tropiezo.
Aprendo despacio.
Seré hombre mañana.
--
The woodcutters stopped crossing the forest. Something lived there. It didn’t roar or growl. It slid. A worm-shaped thing that smelled footsteps. Vermivorus. When it sensed one, its mouth opened. The forest closed again above the place where the path had been.
--
El eco tibio de mi piel recordaba tu mano. Le pregunté al médico si eso era normal. 
—¿Cuánto hace?
—Tres años.
Me recetó magnesio. Siempre magnesio. Este país no cree en el duelo, pero sí en los minerales.
--
Finally found Wally. Busy stealing wallets.
--
Cada cosecha, la horda de espectros regresa. Los aldeanos dejan corazones en cuencos de leche. Quien olvida, amanece hueco y sonriente.
--
El beso irrumpió como un rayo inesperado: perfumado de tormenta y adiós inevitable. Luego, el vacío en el pecho ardía, ahogándome en silencio.
--
Criticamos. Nos describimos. Nos delatamos.
--
En el infierno no había llamas. Solo una sala de espera infinita llena de escritores leyendo sus propias obras en voz alta. Simultáneamente. Para siempre.
--
Llamó al médico. 
—Oiga, que mi mujer no se compromete.
—¿Con usted?
—Con nada. Ni con el pilates. 
Silencio. 
—¿Lleva mucho así? 
—Desde que la conozco. 
—¿Y usted por qué se casó?
Otra pausa. 
—No sé. Tampoco me comprometo mucho.
--
Una salida. El tren a Córdoba. Última ciudad segura. Alta velocidad. Supervivencia garantizada. El andén, lleno. Las puertas, abiertas. Nadie subió. El tren partió vacío.
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The Undead Man is telling a fairy tale to the undead children: 
“Hansel and Gretel found the little house. They went in. The witch fattened them up. She cooked them.”
Silence.
“And then?” asked one of them.
He replied. 
“Someone ate. That’s a happy ending.”
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Los hombres fundaron una nueva religión: las mujeres regresarían algún día desde Venus. Prometían redención, paciencia y cerveza fría. Pasaron siglos. Las mujeres, desde Venus, la llamaron ciencia ficción.
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Floor coins. Not greed. Just hunger.
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Every penny found is a meal.
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Kneeling for pennies, not for prayer.
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Las maletas justifican el viaje: sin ellas tendríamos que admitir que no vamos a ninguna parte.
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El lector le pidió al libro que lo sorprendiera.
El libro lo leyó a él primero.
—No puedo —dijo al terminar—. Ya nada te sorprende.
El lector subrayó la frase. Era, admitió, la mejor del libro.
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JUSTICIA, f. Arte de aplicar la ley con tal flexibilidad que el millonario culpable y el indigente inocente pueden terminar en celdas contiguas, aunque rara vez lo hacen
--
«Ardo de vida, amo, asesino», repetía la Reina Oscura. Sus soldados asaltan cada puerta. Las familias se postran o agonizan. Su orgullo demanda veneración absoluta o extinción.
--
EL VALOR SENTIMENTAL
Durante cuarenta años, Ernesto acumuló lo que otros no quisieron conservar. No por negocio, aunque también por negocio. Había en él una vocación más oscura: la convicción de que los objetos abandonados guardan mejor la memoria que quienes los abandonan.
Los relojes parados llegaban de herencias disputadas. Las cartas, de mudanzas y divorcios. Los retratos, de esos momentos en que una familia decide, sin decirlo, que ciertos rostros no merecen seguir colgados.
Ernesto los ordenaba, los limpiaba, los ponía en el escaparate sin precio fijo. Siempre encontraban comprador. Siempre alguien necesitaba un pasado que no le pesara demasiado porque no era el suyo.
Cuando llegó el momento de cerrar, liquidó todo en dos semanas. Relojes, cartas, rostros: cada cosa se fue con alguien. Al final quedaba solo el cartel: «Recuerdos en venta. Liquidación total».
Lo compró una mujer joven que no explicó nada. Pagó sin regatear.
Ernesto cerró la persiana y pensó que había vendido, en cuatro décadas, la memoria de cientos de desconocidos.
No se le ocurrió, hasta esa noche, que también había vendido la suya.
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Antes no me gustaba y me reprochaba ese disgusto.
Ahora solo me sorprende haber tardado tanto en aceptarlo.
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Empujo el día como un coche sin batería.
Sudo horas y la calle no se mueve.
Fuerzo los huesos solo para quedarme aquí.
Un paso más sería milagro.
Entonces sigo solo para no caer.
Respiro hondo. 
Zarandeado por la vida.
Otra noche sin avanzar.
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EL MÉTODO
—¿Cómo consiguió usted la iluminación?
—Dejé de buscarla.
—¿Y la felicidad?
—Igual.
—¿Y el aparcamiento?
El maestro sonrió por primera vez en cuarenta años de silencio.
—Eso —dijo— fue un milagro.
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After earthquake, only Earthquake remained, purring.
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Guardé aquella única carta en un cajón que después perdí en una mudanza. No recuerdo ya su letra, solo que olía a tabaco y que terminaba con mi nombre. Nadie volvió a escribirme una carta. Tampoco yo volví a merecer una, supongo.
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El lector le pidió al libro que lo sorprendiera.
El libro lo intentó con un asesinato, luego con un fantasma.
El lector bostezó.
Entonces el libro cometió una audacia: escribió una página sin argumento. Solo silencio.
El lector la releyó tres veces.
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SOBREVIVIR, intr. Hábito de fingir que todo va bien mientras se acumulan catástrofes, facturas y cumpleaños familiares.
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El lobo la esperaba con los dientes preparados. 
—Ya sé —dijo Caperucita antes de que hablara—. Ya sé lo que eres, lo que hiciste con la abuela, lo que vas a hacer. 
Se sentó. 
—Pero vine igual. 
El lobo, desconcertado, no supo si eso era valentía o algo peor.
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El pedido llegará a las once y media, justo a tiempo. Los repartidores son jóvenes, ágiles y —piensa relamiéndose— deliciosos. El conde espera su cena con alegría.
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Él dio todos los argumentos. Ella no tenía ninguno, solo una certeza sin palabras. Discutieron tres horas. Él ganó. Ella asintió. Se separaron seis meses después, cuando él comprendió que había confundido el silencio de ella con la derrota. No era lo mismo.
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Picasso dormía mal desde 1907. Cada noche, las máscaras del Trocadero que había visitado antes de pintar Las señoritas de Aviñón aparecían en su estudio. No hacían nada. Solo miraban. Solo eso. Con esa paciencia específica de quienes saben que el tiempo les pertenece.
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En el mercado de Dakar, un anciano tallaba máscaras que nadie compraba. Su nieto le mostró un libro de arte europeo.
—Este señor —dijo— es muy famoso por inventar estas formas.
El anciano miró las láminas despacio. Siguió tallando. No dijo nada. Ya lo sabía.
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Los espíritus de los artesanos africanos llegaron al cielo con sus máscaras bajo el brazo. Picasso, en una nube cercana, dijo que era una coincidencia.
—Coincidencia —repitieron los espíritus, y sus máscaras abrieron la boca para reírse todas a la vez.
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BIOGRAFÍA
De joven era fuego danzante del desierto: nadie la miraba sin quemarse. Ahora es ceniza. 
—¿Te apagaron? —le preguntan. 
—Me usaron —dice. 
Sonríe. Las cenizas, recuerda, son lo que queda después de que el fuego hizo lo suyo.
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La cigarra cantó todo el verano. La hormiga trabajó. Llegó el invierno. El algoritmo empezó a recomendarle vídeos de la cigarra. Los vio todos, uno tras otro. Comía grano en silencio. Estaba bien alimentada. Pero tenía hambre de otra cosa.
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Friends divided: vegetable husband, or amoeba? 
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Lo caro también sale caro porque alguien tiene que pagar la campaña publicitaria, el logotipo de lujo y el ego del diseñador.
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El conde vive solo en un piso viejo. Pide comida cada noche. Hoy, como siempre, sonríe: pronto llamará el chico nuevo de Deliveroo. No por la comida, sino por hablar con alguien.
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Escribió el mejor microcuento de su vida. Lo supo mientras lo escribía. Superioridad, triunfo, alegría: todo a la vez, durante diez minutos. Luego lo leyó en voz alta. Era, objetivamente, perfecto. Lo guardó sin publicar. Algunas victorias se estropean al compartirlas.