sábado, 7 de marzo de 2026

Para que no nos olvide

A las doce y media la clase está cansada.

Los alumnos trabajan —o lo intentan— con un ejercicio sobre la organización política de las sociedades. Nación. Estado. Soberanía. Fronteras. Democracia. Dictadura. Monarquía. República. División de poderes. No es un temario diseñado para despertar entusiasmo. Los bolígrafos avanzan despacio. Algunos se detienen. Otros ni siquiera han empezado.

En la última fila están Dylan y Unai. No escriben. Observan al profesor con la atención tranquila de quien ha decidido no hacer nada, al menos por ahora. Llevan un rato así. Froilán lo sabe. Lleva veinte años dando clase. Reconoce esa mirada: aburrimiento, sí, pero también la posibilidad de una pregunta.

—Profe.

Froilán levanta la vista.

—¿Sí?

—¿Nos recordará el año que viene?

La pregunta no es nueva. Se la han hecho otros alumnos, otros cursos, otras mañanas de ejercicios sin terminar. Siempre ha respondido lo mismo: sí. Es una respuesta rápida, amable, que cierra el asunto y devuelve la calma a la clase.

Hoy no.

Froilán deja el bolígrafo sobre la mesa y mira a los dos chicos durante un momento.

—Probablemente os olvidaré.

Se hace un silencio breve. Unai se inclina hacia delante.

—¿Qué?

—Cuando acaba el curso me reseteo —dice Froilán—. Lo olvido todo.

No lo dice con dureza. Tampoco con ironía. Lo dice con la naturalidad con la que se explica un mecanismo doméstico.

Dylan frunce el ceño.

—¿Todo?

—Casi todo.

Froilán no está exagerando. Su memoria funciona así. Cuando vuelve en septiembre, los alumnos del curso anterior ya no están. Primero desaparecen los nombres. Después las caras. A veces tarda unas semanas. Otras, basta el verano.

Incluso un puente largo puede borrar bastante.

No es algo que haga conscientemente. Simplemente ocurre. Como cuando el ordenador elimina archivos temporales sin preguntar. Quizá sea un mecanismo de defensa. Ciento y pico alumnos nuevos cada año. Historias, problemas, voces distintas. Si todo permaneciera dentro, piensa Froilán, la cabeza terminaría llena.

Dylan y Unai se miran.

No parecen enfadados. Tampoco decepcionados. Más bien intrigados.

—No me lo creo —dice Unai.

—Yo sí me lo creo —responde Dylan—. Pero eso tiene arreglo.

Froilán ya ha vuelto a su mesa. Corrige ejercicios mientras la clase continúa con nación, Estado y soberanía.

En la última fila, los dos chicos hablan en voz baja. Ahora sí parecen concentrados.

No en los ejercicios.

Están pensando.

Si el profesor se resetea cuando termina el curso, habrá que hacer algo antes de que llegue junio.

Algo que no pueda olvidar.

Por primera vez en todo el trimestre, Dylan y Unai tienen un proyecto.