El mago alquiló un local estrecho y colgó un cartel sobrio: «Paz embotellada». Frasco pequeño, precio razonable. En la etiqueta, instrucciones simples: «Abrir y dejar salir». Nada más.
Los primeros días fueron un éxito. La gente salía con el frasco apretado contra el pecho. Pero pronto comenzaron las devoluciones. Entraban con el vidrio vacío y el ceño lleno.
—No funciona —decían.
—¿Lo abrió? —preguntaba el mago.
—Claro.
—¿Y la dejó salir?
—Por supuesto. Y se fue.
El mago anotaba cada queja en un libro de tapas negras. No discutía. Reembolsaba. Sonreía con cansancio profesional. Afuera, el mundo seguía discutiendo por nimiedades, coleccionando agravios como estampillas.
Al llegar a la devolución número mil, cerró el libro y lo leyó desde el principio. Ningún frasco había regresado roto. Ninguna etiqueta estaba mal impresa. Las instrucciones eran idénticas.
Entonces comprendió que su mercancía hacía exactamente lo prometido: la paz salía. Lo que permanecía intacto era otra cosa.
Colgó un nuevo cartel, más pequeño: «La paz no se queda donde no la invitan».
Desde ese día vendió menos. Pero ya no aceptó devoluciones.