lunes, 16 de febrero de 2026

La falsa generosidad

Frente al instituto en el que estudie BUP había una librería, un estanco. Las dos cosas a la vez, como tantos comercios de barrio que sobrevivían vendiendo lo que fuera. En un anaquel esquinado, polvoriento, libros viejos. Años sesenta, setenta. A mí, en plenos ochenta, me parecían arqueología.

Allí compré varios volúmenes de Däniken. Precio rebajado, escrito a lápiz en una esquina. Editorial Rotativa. También algunos ejemplares de Bruguera. El puente de Andau. Y dos libros que confundía constantemente: El americano feo y Las hormigas comunistas. Se parecían demasiado. Ambos sobre el Sudeste Asiático. Ambos sobre la política estadounidense y sus desastres.

En uno de ellos —no recuerdo cuál— había una escena inolvidable. Estados Unidos entrega alimentos a un país asiático. Ayuda humanitaria. Los comunistas la interceptan. La redistribuyen. La firman como propia. El pueblo agradece a sus salvadores. Los salvadores comunistas. Nadie sabe que los sacos vienen de América.

Generosidad con lo ajeno.

Mi hermano no era sentimental con los libros. Leído el libro, a la basura. O regalado. No importa. Se deshizo de todos aquellos volúmenes. No eran suyos. Bueno, quizá sí. No sé. Nunca aclaramos la propiedad.

Luego descubrí que El puente de Andau era de James A. Michener. Sigo leyendo a Michener. Los libros de Däniken también se consiguen. Pero El americano feo y Las hormigas comunistas solo se encuentran en librerías de segunda mano. Raros. Caros. Inasequibles.

Esa escena no se me olvida. La generosidad falsa. Presumir que das lo que no es tuyo.

Le he dado vueltas. Es más común de lo que parece.

Zapatero era especialista. Prometía ordenadores. Ayudas a la dependencia. Subvenciones. Lo pagaban las comunidades autónomas, claro. Él firmaba. Él aparecía en las fotos. Él cosechaba aplausos. Generoso Zapatero.

Su sucesor perfeccionó la técnica. Sánchez garantiza el derecho a la vivienda. Magnánimo. ¿Cómo? Permitiendo que inquilinos morosos se queden indefinidamente. El propietario paga. Sánchez es solidario. Con el bolsillo ajeno.

Y la deuda. Gastar sin freno. Los que pagarán son otros. Pensiones generosas con cotizaciones de quienes no cobrarán pensiones generosas. Aritmética perversa.

Un amigo me contó otra variante. Director de instituto. Generoso. Permitía que faltaran los de su camarilla. Total, las guardias las hacían otros. Los que no estaban en el círculo íntimo. El director era espléndido con el tiempo ajeno.

Es fácil.

Ser generoso con lo de los demás no cuesta nada. No duele. No resta. Solo suma. Crédito político. Prestigio social. Aplausos. Votos. Popularidad.

La generosidad verdadera cuesta. Duele. Resta. La otra, la falsa, es indolora. Higiénica. Rentable.

Los comunistas del libro sabían esto. Repartían sacos que venían de América. El pueblo les adoraba. ¿Importaba la verdad? No. Importaba el gesto. La apariencia. El relato.

Zapatero y Sánchez también lo saben. Regalan lo de otros. Se apropian del mérito. Privatizan la gloria. Socializan el coste.

Mi hermano a veces presta libros que no son suyos. Quizá lo sean. Quizá no. Da igual. Pienso en aquellos libros perdidos. En Michener y Däniken. En el Sudeste Asiático y los sacos de arroz. En la política española y sus trucos baratos. En directores de instituto y profesores quemados.

Todo conecta.

La generosidad impostada es el vicio favorito de nuestro tiempo. Cuesta poco. Rinde mucho. Es la estrategia perfecta para el político, el jefe, el amigo aprovechado.

Dar lo ajeno es el negocio del siglo.

Mientras tanto, yo busco El americano feo en librerías de viejo. ¿Podré conseguirlo por menos de cien euros?