Séneca me acompaña desde hace treinta años. No como un amigo íntimo, sino como esos conocidos que siempre tienen razón y por eso acaban resultando insoportables. Las Cartas a Lucilio. Los Diálogos. Luego llegaron Epicteto, Marco Aurelio, Pigliucci, Sellars, Ryan Holiday. Todos recordándome, con paciencia mineral, cómo debería vivir.
La teoría me la sé de memoria.
Hay cosas que dependen de mí y cosas que no. Yo mando sobre mis opiniones, mis decisiones, mis actos. Lo demás —el dinero, la salud, la meteorología, la opinión ajena, la estupidez humana— pertenece al reino del caos. Preocuparse por eso es enfadarse con una piedra. El estoicismo propone vivir con virtud: sabiduría para ver claro, coraje para aguantar, justicia para no ser un canalla, templanza para no comportarse como un mono con tarjeta de crédito. Si haces eso, dicen, alcanzas una felicidad sólida. Interior. A prueba de bombas.
Todo muy bien. Todo muy limpio. Todo muy romano.
El problema viene luego. En la práctica. En la vida real, que no suele venir escrita por Marco Aurelio sino por Kafka. Porque yo practico el estoicismo. Aguanto. Callo. Trago. Respiro hondo. Me digo que no merece la pena. Que no depende de mí. Que es solo ruido.
Y aguanto un poco más. Y otro poco. Y otro.
Hasta que un día ya no puedo.
Entonces ocurre el milagro inverso. El asceta se convierte en energúmeno. El sabio en energúmeno ilustrado, pero energúmeno al fin. Pierdo los papeles. Grito. Me cabreo. Digo cosas que no debería. Me subo por las paredes. Me pongo como una moto. Todo lo que Séneca desaconsejaría en una carta cuidadosamente redactada.
Quizá el estoicismo no está hecho para los tímidos. O quizá lo que yo llamo estoicismo es, muchas veces, simple timidez con barniz filosófico. Confundir virtud con aguante. Justicia con silencio. Templanza con miedo al conflicto.
Aguantar no siempre es sabiduría. A veces es solo aplazamiento del estallido.
Qué fácil lo tenía Séneca, pienso entonces. Rodeado de esclavos. Con tiempo para escribir. Sin correos electrónicos. Sin reuniones inútiles. Sin jefes desorientados. Sin redes sociales llenas de imbéciles.
Séneca no tenía que sonreírle al idiota de turno por educación. No tenía que fingir calma mientras le pisaban el cuello con delicadeza administrativa. No tenía que practicar la templanza en una oficina a las ocho de la mañana.
Así que sí: maldito Séneca.
Maldito por recordarme, cada vez que exploto, que la teoría era impecable y el fallo era mío. Por obligarme a aceptar que la serenidad no consiste en aguantarlo todo, sino en saber cuándo hablar, cuándo marcharse y cuándo mandar a alguien —con la mayor calma posible— a paseo.
Eso, curiosamente, no lo subraya tanto ningún estoico.
Y debería.