domingo, 18 de enero de 2026

Prime time

 

La película me gustaba. O, al menos, prometía gustarme. No era una película de Isabel Coixet, intimista, capaz de aburrir a los corales. Tampoco era una de esas pelis románticas en las que todo acaba bien. Era una película de acción con humor negro. O eso prometía. Noche de paz, con David Harbour. Interesante.

El problema era la hora.

Empezaba a las once de la noche. A las once. Eso significa, siendo optimista, que acabaría a la una. A la una de la madrugada. Y aquí entra la aritmética, que a menudo arruina la ilusión. Se recomienda dormir entre siete y ocho horas. Yo soy de los que necesita ocho. Las necesita de verdad. No como un capricho, sino como requisito vital.

Si veía la película, no podría levantarme hasta las nueve. Las nueve. Esa es la hora a la que salgo de la cama el uno de enero. El resto del año, cuando trabajo, me levanto a las seis y media. A las siete y media u ocho los días más indulgentes. Todo lo demás me parece un desenfreno.

No sé de quién fue la brillante idea de programar las películas a las once o a las once menos cuarto. ¿De verdad hay gente que se queda delante del televisor hasta la una o la una y media? Supongo que sí. Siempre ha habido insomnes. Incluso siento cierta envidia por ellos. Me los imagino despiertos, lúcidos, viviendo una vida paralela mientras el resto dormimos. Pero aun así me parece tarde. Tardísimo.

A veces le echo la culpa a la Liga de Campeones. A aquellos partidos que empezaban, creo, a las nueve menos cuarto y terminaban pasadas las diez y media. Los canales esperaban a que acabara el partido del Madrid o del Barcelona para lanzar su artillería pesada de madrugada. Programas estrella, debates, películas que acabarían poco antes de maitines.

No sé si fue ahí donde todo se torció. Solo sé que yo me acuesto a las diez. Leo un poco. Me duermo. Y me despierto descansado. Y como me va bien, pienso seguir así, por mucho que a quienes se lo cuento les parezca extravagante. Los que más critican mis horarios, por cierto, suelen ser los mismos que luego confiesan tener problemas de sueño.

Yo también los tenía cuando me acostaba a la una. Me despertaba como un zombi. Arrastraba el día. Me rendía a siestas de dos o tres horas. Dormía de día lo que no había dormido de noche. Y claro, a las once estaba fresco como una lechuga. Listo para volver a trasnochar. Un círculo perfecto. Y estúpido.

En fin, que cada cual haga lo que quiera. O lo que pueda. Hay quien no trabaja, quien tiene otros horarios, otras vidas. Para mí, aguantar más allá de las doce es trasnochar.

Así que no vi la película. Quizá la pongan otro día, a una hora decente. Si existe algo así como una hora decente para el cine en televisión. Apagué la pantalla. Me fui a la cama. Dormí ocho horas.

Y no me arrepentí.