lunes, 16 de marzo de 2026

Atarse los cordones

Vinieron mis cuñados a pasar el fin de semana. Dos hijos. El mayor —sobrino de mi mujer, me gusta llamarlo—, doce años. Lo primero que noté, los cordones de sus zapatillas. No estaban mal atados. Estaban sueltos. Se arrastraban por el suelo.

Pensé: se los va a pisar.

No se los pisó.

Durante todo el fin de semana observé aquellos cordones. Cruzaban el salón, subían la escalera, salían a la calle. Siempre sueltos. Me sorprendió que nadie dijera nada. Yo mismo estuve a punto de comentarlo, pero me contuve. Hay observaciones que uno no sabe bien en qué categoría caen: si educación, si manía, si neurosis.

A su edad yo sabía atarme los zapatos. Dos lazadas. Nudo firme. Un pequeño acto de orden.

Por pura curiosidad, empecé a fijarme en otras personas. En la calle, en el trabajo, en el supermercado. Había más cordones sueltos de los que imaginaba. Y una sorprendente mayoría de zapatillas sin cordones atados. ¿Cómo es posible?

El algoritmo, que tiene el olfato de un sabueso, detectó mi interés. Empezaron a aparecer tutoriales. Vídeos explicando cómo colocar los cordones sin necesidad de atarlos nunca. Cordones elásticos. Cordones ocultos. Incluso descubrí unas zapatillas —al parecer muy cómodas— que se ponen y se quitan como una pantufla.

Al principio pensé mal de esa gente. Me pareció pereza. Pero después hice el cálculo. Atarse los cordones: quince segundos. Desatarlos: otros quince. Un minuto al día, pongamos. Parafraseando a Franklin, cada minuto cuenta. Media hora al mes. Seis horas al año. Más de tres días ganados en diez años.

En media hora puedes leer y releer un cuento de Borges, ver un episodio de The Big Bang Theory, preparar café y beberlo mientras miras el móvil, jugar diez partidas de Tetris. En tres días puedes leer un volumen de Canción de hielo y fuego, escaparte a Londres o empezar a aprender chino. Pensé también en Bukowski, que aseguraba que la depresión empieza cuando se rompe el cordón del zapato. Si uno no se ata los cordones, razoné, quizá evita también ese pequeño origen de la tristeza.

Dos meses después volvieron mis cuñados.

Otro fin de semana.

El sobrino de mi mujer apareció por la puerta. Zapatillas deportivas. Los cordones, sueltos otra vez, deslizándose por el suelo. Lo vi cruzar el pasillo. Sin prisa. Sin la menor preocupación por ese detalle.

Lo envidié. Sin embargo, miré los cordones de mis zapatillas. Bien atados, como siempre.