Salía a pasear temprano. A las siete y cuarto. Antes de que abrieran la panadería de la plaza y antes también de que empezaran los controles aleatorios de la Policía Presidencial, cuyos coches negros recorrían las calles con una lentitud casi ofensiva.
Dormía poco. Todos dormían poco.
La televisión estatal emitía cada noche programas obligatorios hasta las doce. Concursos, debates, humor. Anoche tocó comedia. Un hombre, disfrazado de dentista, extraía objetos imposibles de la boca de los pacientes: relojes, llaves, una sardina entera. El público reía con una puntualidad cansada. Él escribió diez mensajes desde el sofá. «Genial.» «Humor para toda la familia.» «Necesitamos más programas así.» Diez bastaban. El sistema marcaba el mínimo en verde.
Después leyó unas páginas de Conrad en el móvil, deslizando el dedo de vez en cuando para que la cámara de la televisión pareciera ver a alguien entretenido en las redes sociales.
Ahora caminaba rápido, la cabeza despejada por el aire frío. El sueño desaparecía siempre a los diez minutos; quedaba otra cosa. Una intranquilidad física, precisa, instalada detrás del estómago. Comería a las dos menos cuarto. Luego dormiría la siesta —prohibida desde hacía años por antisocial— entre las tres y las cuatro menos cuarto, justo durante el telediario. A esa hora no exigían interacción en redes; según el Ministerio de Atención Ciudadana, comentar distraía del mensaje institucional.
Iba por calles secundarias. Varias calles secundarias. Fachadas encaladas. Persianas bajas. Geranios secos en balcones donde nadie salía ya a mirar. Con un poco de suerte, no le pillarían.
Cuarenta minutos.
Al regresar, vio un coche negro frente al portal. Dos agentes fumaban apoyados en el capó. Sintió primero el cansancio y luego el alivio.
—Buenos días —dijo uno—. ¿Ha tenido problemas de conexión anoche?
Él negó.
—Esta semana solo ha escrito diez comentarios por noche.
El agente consultó la tableta.
—El mínimo obligatorio exacto. Cada día. Y sin interacción adicional con otros usuarios. Eso suele indicar desafección. Debe acompañarnos.
A las ocho empezaban las noticias. Llegaría tarde a comentar su detención.