domingo, 15 de febrero de 2026

La mujer de Barba Azul

Ingrid y Lars Bergström llevan casados tres años y cuatro meses. Viven en un apartamento del distrito de Södermalm, Estocolmo. Tercer piso. Ventanas que dan al canal. Los muebles son de IKEA, serie Hemnes. Color blanco abedul.

Entre los dos han trazado un mapa de normas invisibles. Nadie las ha escrito; ambos las entienden. El portátil Lenovo de Lars permanece fuera de ese mapa compartido. Él no lo presta. Ella no lo solicita. Así funciona.

Es jueves, 14 de marzo. Lars trabaja hasta tarde en Handelsbanken, donde gestiona cuentas corporativas. La casa huele a magnolia y detergente de lavanda. Ingrid, descalza, lleva puestos vaqueros y una camisa de lino gris. Acaba de fregar el suelo de madera. Limpia el escritorio con un paño de microfibra azul.

Advierte que el portátil está abierto.

¿Lo dejó así adrede? Por la mañana recibió una llamada urgente del departamento de riesgos; salió corriendo, el café aún humeaba en la taza. Tal vez olvidó cerrarlo.

Una pestaña abierta en Chrome: «Stunning Luna Woods». Otra: «Rachael Sanzio compilation». Otra más. Y otra. Siete pestañas en total. Ingrid las cuenta.

Cierra los ojos. Los abre.

No hay sangre en esta habitación de dieciocho metros cuadrados. No hay cadáveres de esposas anteriores colgando de ganchos. Solo cuerpos que no existen fuera de pantallas de diecinueve pulgadas. Nombres artísticos de mujeres que cobran por aparecer en fantasías ajenas.

Lars regresa a las ocho y cuarto. Trae comida china de Golden Dragon: pollo agridulce, rollitos de primavera, arroz frito. Siempre trae comida china los jueves.

—¿Todo bien? —pregunta, dejando las bolsas sobre la encimera.

—Todo bien —responde Ingrid.

Comen en silencio. Él habla del nuevo director regional. Ella asiente, pincha un trozo de pollo con el tenedor. Lava los platos mientras él ve las noticias. La rutina es una coreografía perfecta, ensayada mil veces.

Esa noche, en la cama de matrimonio de 135 centímetros, él la besa. Ella corresponde.

Piensa: quizá el secreto no es lo que oculta, sino que lo oculta. Piensa: quizá ella también tiene pestañas cerradas en su propio navegador. Piensa: quizá todos caminamos sobre hielo fino en el lago Mälaren en marzo.

No dice nada.

Nunca dirá nada.