lunes, 10 de agosto de 2026

Papelera

Charles Kiefer: «Llega el momento en que el escritor se da cuenta de que, si dejara de escribir, nadie se daría cuenta».

 

Mi abuela decía que mi padre era un hombre muy bueno. Yo entendí «demasiado bueno». Luego aprendí que el problema nunca fue el adjetivo, sino el adverbio escondido delante.

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Aldemar se transformó en araña por confundir medidas. El antídoto está cerca. Intenta alcanzarlo. Las patas se pegan. Intenta de nuevo. Se pegan más. Tercera vez. Cuarta. Quinta.

—¿Maestro? —su aprendiz entra al laboratorio.

—No me ayudes —dice Aldemar—. Estoy tejiendo el hechizo de reversión.

—Eso es una telaraña.

—Lo sé.

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FE DE ERRATAS

Dios revisó la Creación el séptimo día y descubrió un error de imprenta en el capítulo de los mamíferos. La palabra «mortalidad» figuraba donde debía decir «moralidad». Intentó corregir la rotativa celestial, pero el barro de los hombres ya se había secado al sol. Decidió no publicar una nota aclaratoria para no restar solemnidad al volumen. Desde entonces, la gente muere con absoluta puntualidad por una simple errata de prensa, mientras la ética sigue esperando una segunda edición corregida y aumentada que los ángeles posponen por falta de presupuesto.

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PREHISTORIA, f. Periodo previo a la escritura. Se caracteriza por la ausencia de documentos históricos, lo cual impidió a nuestros antepasados leer sobre sus errores antes de repetirlos. Luego inventamos la escritura y los seguimos repitiendo igual.

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El aire ártico bajó de golpe la temperatura de la ciudad. Todos buscaron abrigo. Yo no. Pensé en ella. Frente a su silencio, cualquier invierno resulta llevadero y hasta tibio.

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Perderse en la pasión: Blancanieves huyó con la bruja. Los enanitos no preguntaron.

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9 DE AGOSTO

Aguardando el resultado de RCBS e Ideal. Espera, impaciencia, expectativa, duda, ilusión, desesperanza, confianza, desaliento, desánimo, abatimiento, frustración, impotencia, desolación. Resignación.

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ECCE HOMO

Está hecho de nada, está hecho de todo: un fresco centenario, un pincel de brocha gorda y la mejor intención del mundo entero. En Borja, una vecina octogenaria decidió restaurar ella sola al Cristo de la iglesia, que se caía a pedazos por la humedad de años, sin que nadie lo remediara antes. Cuando terminó, el rostro sagrado se parecía más a un mono peludo que a ningún santo conocido en la tradición cristiana local. La prensa lo llamó desastre. Después llegaron los turistas, las camisetas, las tazas, un pequeño museo dedicado solo a ese fracaso feliz y rentable. Hoy, la iglesia recibe más visitas que la catedral vecina, casi siempre vacía. Nadie se atreve a corregir el error. El pueblo entero vive, agradecido, de aquel Cristo que alguien, sin querer, convirtió en la obra más rentable de toda la región.

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Este microcuento suda tinta; el autor, sencillamente, se ha derretido.

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Este microcuento debía tener más palabras; me pudo el calor.

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Perderse en la escritura: el poeta llamó al servicio técnico. «Se ha atascado el verso.»

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Inauguraron la escuela con grandes discursos. Treinta años después, reconvirtieron las aulas en celdas de máxima seguridad sin cambiar una sola puerta. Los viejos profesores, ya a punto de la jubilación, conservaron sus llaves y siguieron pasando lista cada mañana.

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Acomodó la postura en el sillón, abrió la primera página y zarpó hacia el centro del párrafo. Nunca alcanzó el punto final, pero los rescatistas hallaron su marcapáginas flotando en el capítulo cinco.

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Se venden mapas del futuro. Ligeramente usados. Muestran con absoluta precisión todos los caminos que usted elegirá para no llegar a ninguna parte.

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—Ulises, ¿tu primo Sinón vendrá con nosotros?

—No, Sinón sufre de gases.

—Entonces, ¿debe ir a las naves?

—No. Tengo una idea.

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MARIDO, m. Animal doméstico superior en jerarquía al perro, aunque considerablemente menos leal.

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DESAMOR, m. Arte de fumar en pipa con elegancia mientras el mundo se desintegra a tus pies. Incluye tapiz victoriano de fondo, perro de escaso criterio estético y una rosa de atrezo que nadie se molestará en recoger del suelo jamás.

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—¿En qué le ayudo?

—Solicito la pensión.

—Su DNI marca cincuenta y cinco años.

—Esa es la edad del cuerpo. Mi mente peina canas desde la EGB y mis ganas de trabajar murieron durante el Imperio Romano.

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CARTA AL QUE FUI

Querido yo: sigo dibujándote cada semana, con tu misma cara de veinte años, aunque ya no coincidimos en nada más, ni en el pulso ni en las ganas. Perdona que te use tanto. Eres lo único de mí que el tiempo no ha logrado tocar.

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8 DE AGOSTO

Has escrito un microcuento magnífico. ¿Y qué? Eso solo significa que ahora debes ponerte a escribir otro. Y después otro. Y otro más.

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El búnker oxidado vigilaba fronteras que ya eran ilusiones.

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Escribió: «Él la amaba perdidamente». Ella respondió desde el texto: «¿Y mi opinión?». Reescribió: «Se amaban». Ella volvió a protestar: «Yo amo a otra». Él borró todo. La página se llenó sola: «Tú no decides».

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CONSECUENCIAS

Recuerda aquella noche en que perdimos la cabeza: por eso ahora dormimos separados, en camas distintas, en casas distintas, en ciudades distintas. Antes de eso hubo un portazo, antes del portazo una acusación, antes de la acusación una copa de más, y antes de la copa, una fiesta que ninguno de los dos quería pisar. Todo comenzó, en realidad, con una simple pregunta inocente sobre unas llaves olvidadas sobre la mesa. Y antes de la pregunta, solamente el silencio de dos personas que ya no sabían, desde hacía tiempo, qué decirse.

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Le dije «te odio» al espejo cada mañana. Un día respondió que ya no podía más. Nos separamos. Yo me quedé con los sueños y las ganas. Él se quedó con el cuerpo cansado. Desde entonces, solo nos cruzamos al lavarnos los dientes.

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MARAVEDÍ, m. Moneda medieval española. En el colapso económico de 2034 fue reimplantada junto con el trueque, la servidumbre feudal y aquella maravillosa costumbre medieval de ejecutar públicamente a los deudores morosos.

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—Doctor, cada vez que abro el Ulises en el sillón, la habitación empieza a mecerse como una nave a la deriva.

—Es un síntoma común de mareo literario. Pruebe a leer con chaleco salvavidas o cambie a una novela policíaca donde el suelo permanezca firme.

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INSTRUCCIONES PARA AVERÍAS ESTIVALES

Paso 1:

Abandone el habitáculo a 40 °C.

Paso 2:

Busque la sombra proyectada por la señal de tráfico.

Paso 3:

Acepte que el desierto que empieza al borde del arcén no figuraba en el mapa del GPS pero es, desde hoy, su nueva patria.

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—Salgo a por tabaco —dice Ulises.

Penélope deja la labor sobre las rodillas.

—No tardes.

Cuando la puerta se cierra, suspira:

—Vaya. Ahora se me va a América.

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—He leído el Ulises, de Joyce.

—¿Y te ha costado mucho?

—Nada. Lo saqué de la biblioteca.

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—¿No deberíamos haber saqueado Troya antes de incendiarla?

—Ulises, tú que eres tan astuto, ¿no podías haberlo dicho antes?

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A la mañana siguiente, su esposa le preguntó:

—¿No hay otra Troya que conquistar, Ulises?

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Sobre las olas salobres del Egeo, el astuto Odiseo acumuló rencores. Desorbitó a Polifemo irritando a Poseidón; masacró el rebaño solar e indignó a Helios; finalmente, la muerte de Sinón alzó a las furias trans del abismo.

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Los fantasmas llevaban tres siglos arrastrando sus cadenas por el viejo caserón. Un día, los nuevos dueños instalaron doble acristalamiento y lana de roca. Les dejaron una nota educada: «Disculpen las molestias, su ruido interrumpe el teletrabajo». No volvieron a salir.

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—Maestro, ¿puedo formularle dos preguntas?

—Adelante, pero te advierto que solo te queda una.

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En el sueño luchaba sin saber contra qué. Sin armas reconocibles, sin frente claro, sin bando. Ganaba igual. Al despertar intentó recordar cómo. Solo sabe que no tenía miedo porque no sabía que debía tenerlo. Eso, en la guerra y en los sueños, lo cambia todo.

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FELICIDAD, f. Estado que algunos confunden con su búsqueda. Enfermedad leve que afecta a quienes dejan de perseguirla. Síntomas: manos ocupadas, silencios cómodos, ausencia de plan. Antiguamente, meta. Hoy, efecto secundario, casi siempre pasajero.

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El día tiene garras y colmillos: a veces no muerde; otras, te destroza. No puedes confiarte.

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Perdió la llave del paraíso, pero improvisó una ganzúa con su esperanza. Al abrir la cerradura, descubrió que Dios llevaba siglos esperándolo para pedirle ayuda.

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Rigoberto Cantalaolla se presentó a un concurso de ortografía con faltas deliberadas. El jurado, indignado, le concedió el primer premio «por su valentía formal». Rigoberto renunció: no soportaba que lo malinterpretaran bien.

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En el taller literario, el profesor elogió la limpidez de su prosa. Rigoberto Cantalaolla se levantó indignado, tiró la tinta sobre el cuaderno y exigió que le devolvieran de inmediato el importe de la matrícula por falta de respeto a su torpeza.

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Rigoberto Cantalaolla escribía «haber» donde iba «a ver». No por ignorancia, sino para comprobar cuántos gramáticos necesitaban sentirse superiores antes del café.

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Le pidieron un discurso para su propio homenaje. Rigoberto Cantalaolla lo escribió fatal, a conciencia, para que nadie sospechara que, en el fondo, aquello lo emocionaba.

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Rigoberto Cantalaolla dejó una coma perfectamente colocada. Pasó la noche sin dormir.

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La Academia le ofreció un sillón. Rigoberto Cantalaolla contestó con una carta llena de faltas, agradeciendo «el onor». Encantados con la vanguardia, le reservaron dos sillones.

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Un corrector le devolvió el manuscrito lleno de tachones rojos. Rigoberto Cantalaolla los aceptó todos, agradecido: por fin alguien se tomaba su literatura en serio.

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Rigoberto Cantalaolla corrigió una errata. Al instante sintió que había traicionado a los suyos. Pidió perdón escribiendo «herror» tres veces y recuperó la paz.

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Rigoberto Cantalaolla ganó un concurso literario por accidente. Juró no reincidir. Desde entonces dedica cada adjetivo a empeorar con una disciplina casi científica.

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Rigoberto Cantalaolla desconfiaba de los escritores impecables. «Quien no se mancha una frase», decía, «seguro que ensucia a las personas».

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Un editor le pidió que suavizara el estilo. Rigoberto Cantalaolla añadió veinte faltas nuevas. «Ahora sí», dijo el editor, «se nota la voz del autor».

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Rigoberto Cantalaolla aseguraba que las erratas eran las únicas palabras que aún conservaban el valor de equivocarse en un mundo empeñado en tener razón.

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Rigoberto Cantalaolla escribió una novela impecable. Antes de enviarla, cambió dos letras de sitio. «Ahora ya puede fracasar con dignidad», murmuró satisfecho.

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—Ya no me queda nada —suspiró el mendigo.

El tirano, al escucharlo desde su carroza, tembló y ordenó regalarle un sueño para poder volver a amenazarlo.

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Álbum de fotos a medida. Construimos la infancia que usted merecía: tardes de verano, perros leales y abuelos sonrientes. Entrega discreta en tres días hábiles. Nota: la nostalgia real no está incluida en el presupuesto.

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SILENCIO, m. Arte milenario que requiere seis décadas de cuidadosa práctica, abruptamente arruinado por el llanto de un recién nacido.

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Su mayor placer nunca fue íntimo: siempre consistió en colarse en la cola del supermercado, alimentar un chisme o provocar un conflicto.

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—Tuvo ocho hijos y los ocho crecieron torcidos.

—¿Incluso el pequeño, el que estudiaba para fiscal?

—Ese el primero.

—¿Y las chicas?

—La mayor regenta un piso de apuestas en la travesía. La segunda le vende los clientes al comisario.

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INSTRUCCIONES PARA UN ECLIPSE

Se informa a los vecinos que el sol dejará de brillar mañana a las tres de la tarde por labores de mantenimiento. Durante la interrupción, se ruega mantener encendidas las linternas del sentido común y no mirar fijamente a los pájaros, que volarán marcha atrás. Aquellos ciudadanos que noten un peso excesivo en la sombra deberán notificarlo a la patrulla nocturna. El servicio municipal garantiza que la luz regresará a tiempo para el telediario. En caso de que la noche decida quedarse a vivir en el salón, abra las ventanas y espere a que se la coman los gatos.

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La sociedad premia a los ganadores, así que tú has elegido el camino opuesto: perder. Sin expectativas, sin decepciones, sin ese cansancio patético de querer ser alguien.

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Y es que en ocasiones escribe a vuelapluma lo primero que se le pasa por la mente. Aquella tarde redactó una carta de amor para una desconocida, una receta con sabor a despedida y el acta de abdicación de un rey que jamás reinó.

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Teníamos la casa repleta de libros de papel gastados de tanto leerlos. El algoritmo detectó demasiado polvo acumulado y envió una trituradora automática. La máquina destruyó el papel y nuestra carne en un solo ciclo. La casa por fin quedó impecable.

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Teníamos la casa repleta de libros de papel gastados de tanto leerlos. El algoritmo detectó el exceso de polvo y envió una trituradora inteligente. Para ahorrar energía, pulverizó juntos las páginas con nosotros dentro.

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CAUDILLO, m. Voz única del pueblo. Habla solo, se aplaude solo y acusa de traición a cualquiera que todavía conserve otra voz.

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Harald Blóðdrengr, el vampiro normando, era temido por los enemigos. Querido por las tripulaciones. Sobre todo porque negarle sangre acortaba mucho las amistades.

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CRUZADA, f. Campaña organizada para imponer un ideal. Actividad en la que el entusiasmo sustituye al pensamiento y la fe en la causa justifica daños colaterales cuidadosamente ignorados.

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—Lo que dijiste no me parece razonable.

—¿Lo razonaste siquiera?

—Claro… ¿tu razonamiento o el mío?

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CARTA AL HOMBRE QUE SERÉ

Querido yo del futuro:

Te escribo a los treinta y cinco años, antes de saber lo que sabrás. Quiero pedirte perdón por adelantado: por las promesas que romperás, por las personas que dejarás esperando, por el amor que no supiste sostener a tiempo.

Sé que ya has leído esta carta muchas veces, porque yo, que fui tú, la escribo cada año, y cada año te pido lo mismo, y cada año la rompes igual.

No busques ser feliz. Eso lo intentamos siempre y nunca funciona.

Solo procura, cuando la leas, serlo ya un poco, aunque sea a escondidas.

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Ganó por una rueda. El resto del patinete llegó segundo.

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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA ENVEJECER

Coloque un niño al sol, sin prisa. Espere setenta años, removiendo de vez en cuando con conflictos, amores y facturas atrasadas.

A los veinte, añada una promesa de final feliz; se disolverá lentamente sin necesidad de removerla, casi sin que se note.

A los cuarenta, retire las expectativas sobrantes con un colador fino, procurando no tirar nada útil.

A los sesenta, el niño casi ha desaparecido, pero algo permanece en el fondo: una risa, un gesto, la forma de mirar por la ventana antes de dormir.

Sirva frío, preferiblemente acompañado, y llame a eso, si insiste, felicidad.

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SEGUNDA OPINIÓN

El médico le da tres meses de vida. Ernesto pide una segunda opinión.

El segundo médico, tras revisar las pruebas, le da cuatro.

Ernesto sonríe, coge el informe y sale silbando.

—Un mes más —le dice a su mujer esa noche—. Nos lo hemos ganado.

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—¿Nacionalidad?

—Cualquiera que tenga mar.

—Aquí debe indicar un Estado soberano, señora.

—Ponga entonces la marea baja. Pertenezco a todo lo que el agua abandona cuando regresa a sí misma.

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Instrucciones para besar a una salamandra:

1. Abra los labios con delicadeza.

2. Inhale el fuego sin pestañear.

3. No grite cuando el estólido ardor alcance la garganta.

4. Dé las gracias al terminar antes de convertirse en carbón.

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DICHA, f. Estado anómalo de la materia que consiste en habitar un presente continuo sin el auxilio de la nostalgia ni la amenaza del desenlace.

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—Vengo a renovar mi identidad.

—¿La anterior ha caducado?

—Ya no me reconozco en las fotos.

—Es normal, todas las identidades caducan a los siete años. ¿Trae la antigua?

—Aquí la tiene.

—Vaya... esta persona sonreía distinto.

—Lo sé. Yo también lo recuerdo.

—¿Quiere la misma identidad, renovada, o prefiere una nueva, sin ese defecto?

—¿Se puede elegir el defecto?

—Todos pueden. Casi nadie lo hace.

El funcionario selló un formulario. Le entregó una identidad idéntica a la anterior, pero con una fecha de caducidad más corta.

—Esta vez procure gastarla mejor.

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3 DE AGOSTO

Ideal, nada. RCBS, nada. Y, encima, en el Más y Más se cuela una mujer.

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Queda prohibido circular en bicicleta a partir de la medianoche. La luz del faro delantero perfora el firmamento y genera grietas irreparables. Los vecinos que insistan en romper la oscuridad serán multados por exceso de claridad.

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De haber sido Adán y Eva carnívoros y no crudiveganos, seguiríamos viviendo en el paraíso.

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Un optimista es alguien que cree que los meteoritos caen solo sobre los pesimistas.

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EPITAFIO

No trabajé ni un solo día de mi vida y aquí estoy, hecho polvo.

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Aquella mañana, en el desayuno, el profesor de Historia decidió leer un periódico del 21 de noviembre de 1975.

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Qué maestro tan encantador el tiempo: te enseña lecciones valiosísimas sobre la vida y luego te mata para que no puedas aplicarlas.

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ABRAZO, m. Maniobra de estrangulamiento de corta duración en la que la víctima, encandilada por la calidez del verdugo, confunde la asfixia progresiva con un refugio contra la intemperie del mundo.

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Muchos años después, Cenicienta recuperó su zapatito en Objetos Perdidos.

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Instrucciones para perderse:

1. Elija una piedra en el camino.

2. Contémplela con devoción.

3. Olvide su nombre.

4. Cuando despierte, compruebe que el paisaje es ahora el que lo está observando a usted con absoluta extrañeza.

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—Entonces, Luna, tú eres…

—Una persona no binaria.

—¿No binaria? ¿Y cuando vayas al baño?

—Al de mujeres, claro. Los hombres no están preparados para mi nivel de complejidad existencial.

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AVISO IMPORTANTE

Queda prohibido mirar fijamente el reloj del pasillo. Quienes lo intentaron terminaron envejeciendo de golpe o descubriendo que sus vidas eran solo un boceto al margen de un informe incompleto.

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Para escribir un poema: piense en algo que le duela de verdad. No lo diga nunca. Escriba alrededor. El silencio que quede será el poema.

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—Te quiero —dijo ella, y le clavó el cuchillo hasta el mango.

—Lo sé —respondió él, sonriendo, mientras la sangre le daba calor.

Se abrazaron toda la noche. Por la mañana, ninguno recordaba quién había empezado a morir primero.

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Acomodó la bata de su padre en el perchero y sirvió dos cafés. Se sentaron en silencio a mirar la lluvia. Antes de irse, le limpió una mota de polvo de la solapa. Al día siguiente, el anciano no respondió al teléfono: había muerto de vergüenza.

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Se tiró del piso ochenta para echarse una siesta bajo la sombra del abismo. Llegó a tiempo.

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La mejor forma de librarse de un problema es fingir que no existe hasta que se convierta en catástrofe. Entonces ya no es un problema, es un desastre, que técnicamente es otra categoría completamente diferente.

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BALCANES, m. pl. Península europea. Demostración empírica de que la historia no siempre enseña, a veces insiste.

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El dictador prohibió ciertas palabras. La gente obedeció. Poco a poco dejaron de sentir lo que no podían nombrar. Se volvieron dóciles, incompletos. Cuando alguien gritó «libertad», sonó obsceno. La expresión había sido amputada con éxito.

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Enhorabuena, has nacido: acabas de entrar en el único esquema Ponzi donde no hay estafadores en la cima, solo víctimas en la base. Tu premio por participar es envejecer, sufrir y morir, pero tranquilo, te dirán que «tiene sentido».

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ESPEJO, m. Objeto doméstico que confirma nuestras sospechas sobre el tiempo y desmiente nuestras ilusiones sobre la belleza. Los optimistas lo consultan; los realistas lo evitan.

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Le dijeron que para escribir bien había que sudar tinta. Se lo tomó al pie de la letra: se inyectó un frasco entero. No consiguió escribir bien, pero al menos consiguió que dejaran de picarle los mosquitos.

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Los tontos auténticos vuelan los martes. Los que se hacen los tontos solo pueden planear los jueves, porque necesitan calcular el ángulo exacto de su ignorancia fingida antes de despegar hacia el malentendido.

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LA MENTIRA

Pinocho demandó al hombre que presumía de no mentir nunca. El juez permitió hablar primero al muñeco. Su nariz permaneció inmóvil. Después declaró el acusado. No le creció la nariz, pero el banco entero empezó a alargarse, el estrado invadió la sala y las puertas quedaron lejos. Solo Gepeto comprendió el milagro: algunas mentiras no deforman al culpable; obligan al mundo a adaptarse hasta que parezcan verdad. El juez archivó el caso porque ya nadie recordaba cómo era antes la sala.

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Para tanto infortunio, debiste ganar algo grande en otra vida. Quizá una lotería invisible que se paga ahora en cuotas de torpeza, lluvia inesperada y llaves que nunca aparecen.

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Noé cargó en el arca dos ejemplares de cada especie, ordenadamente, según el mandato divino. Se olvidó de contar a la pareja que, abrazada bajo la lluvia, decidió quedarse fuera, mojándose, besándose, mientras el diluvio empezaba a llevárselo todo.

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El fin del mundo estaba previsto para las doce en punto. El autor, distraído, hizo que dos personajes se rozaran las manos en la fila del supermercado. Ya no pudo escribir el apocalipsis: se habían enamorado, y ahora exigían, los dos, un final feliz.

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El día que triunfó, el mundo se estrechó. Cada gesto fue observado, cada error amplificado. Comprendió demasiado tarde que todo éxito es una catástrofe lenta, una ruina elegante que se construye con aplausos.

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El tiempo que tienes no es tuyo. Lo escuchas respirar cada noche, al pie de la cama, contando hacia atrás. Cuando llega a cero, tú sigues despierto, pero él se levanta en tu cuerpo, se mira al espejo y sonríe con tu voz.

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Llevas tres horas ante esta pantalla, sudando la primera frase de un microcuento sobre un escritor que suda ante la pantalla. Si consigues terminarlo, sabrás que existes. Si no, seguirá sudando alguien, en algún borrador, buscando el mismo final que tú.

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MAQUILLAJE, m. Modo rápido de mejorar lo visible sin tocar lo importante.

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EL PERSONAJE MOROSO

Gasta el dinero que tiene y también el que no: mi personaje ha rebasado ya el presupuesto de palabras que le asigné para este cuento. Le dije cien y lleva treinta y tres pidiendo aplazamiento, tarjetas nuevas, líneas de crédito con el narrador. Le advertí: cuando se acabe el papel, se acaba él. No escucha. Compra un futuro que no le corresponde, alarga diálogos, inventa hermanos para justificar herencias. Yo, autor, aviso al lector: quedan dieciocho palabras. Él sigue firmando. Y justo aquí, donde ya no cabe ni un adjetivo más, deja de existir, debiendo.

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Hacerse el tonto requiere bastante inteligencia. Ser tonto de verdad, en cambio, viene con la ventaja de no tener que fingir nada: todo es auténtico, espontáneo y libre de esfuerzo mental.

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Colón se equivocó de continente, pero qué importa: se pasó el resto de su vida haciendo como que todo había salido según el plan. Total, ¿quién iba a notarlo?

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Rio cuando nadie lo esperaba. Los demás se miraron incómodos y pensaron que era tonto. No supieron que esa risa era lo único que lo mantenía a salvo.

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MOTIVACIÓN, f. Eufemismo empresarial para designar el miedo al despido.

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—El psiquiatra dice que hago avances enormes con la fabulación.

—Le pagaste la consulta con un cheque sin fondos.

—Fue un lapso del inconsciente, querida.

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Se conocieron en la pradera. Se amaron en silencio, como corresponde entre especies tan distintas. Fueron felices. Tuvieron seis centauros.

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LA BELLA Y EL SUEÑO

La Bella Durmiente despertó tras el beso del príncipe. Con el rostro desencajado por la vigilia, miró el reloj de la torre: marcaba las tres de la madrugada. Él, fatigado por el esfuerzo de cruzar la muralla de espinas, ya dormía plácidamente a su lado, emitiendo un ronquido cavernoso que retumbaba en las paredes del castillo. Ella, con profundo fastidio, le contempló tendido en las sábanas de seda.  Había pasado un siglo entero esperando ese momento, soñando con besos interminables, caricias apasionados, pasión. Furiosa por semejante estafa, tomó la almohada de plumas y se la colocó despacio sobre el rostro.

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Con los años aprendió las reglas. Aprendió cuándo retirarse, cuándo callar, cuándo no arriesgar. Se volvió eficiente y prudente y predecible. Ganaba menos. Perdía menos. Vivía menos también. Recordaba con tristeza al que fue antes de saber lo que no debía hacer.

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La desgracia no pierde el tiempo con cualquiera: invierte donde sabe que aún queda algo que quitar.

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Bogusław de Sandomierz llamó Luminfer a la espada porque el cronista necesitaba un nombre. Sin él, el relato no cortaba.

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EL RESTO ES SILENCIO

Gulliver regresó de la isla con el trote marcado en las suelas. Rehusó la cama, la sopa caliente y el abrazo familiar. Instaló un pesebre de roble en el salón y aprendió a alimentarse con avena seca. Su esposa procuraba no hacer ruido al limpiar la bosta del piso, temerosa de recibir una coz en las costillas. Ayer tarde, tras un largo examen frente al espejo, el hombre intentó relinchar para pedir un vaso de agua. Solo brotó un gemido humano, desgarrador y torpe. Decepcionado, ajustó el bocado entre sus dientes y esperó el látigo.

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El forense abrió el cadáver y suspiró.

—Otro pintor —dijo sacando del pecho un bote de ocre casi lleno.

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El algoritmo decretó la dicha absoluta. Nadie protestó: el consensus omnium era ley y la felicidad, obligatoria. Quien lloraba violaba el código. Para ahorrar costes de reprogramación, la Policía de la Alegría simplemente los convertía en abono orgánico.

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Si has acumulado tanto infortunio, debes de haber sido afortunado sin saberlo.

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En la reunión, preguntaron su opinión sobre economía. Respondió con certeza. Sobre medicina. También sabía. Sobre física cuántica, teología, fontanería. Todo. Un joven levantó la mano: «¿Y si estuviera equivocado?». Silencio. Nadie había considerado esa pregunta jamás en años.

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EL BORRADOR FALLIDO

El escritor tecleó con entusiasmo la escena erótica central de su novela. La protagonista aguardaba en la penumbra, ansiosa por la llegada de su amante. Sin embargo, al situar al personaje masculino sobre el lecho, este soltó un bufido cavernoso y comenzó a roncar sobre la pantalla. La mujer del texto miró al autor desde la página con evidente desprecio: «¿Este era tu gran seductor? Cambia el guion o me marcho con el villano del capítulo cuatro». El escritor intentó borrar el ronquido con la tecla de retroceso. Imposible.

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El sudor presentó una denuncia: estaba harto de que todos sus méritos llevaran tu firma.

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Compra un helado de galleta. Lo fotografía. Postea la imagen. Añade el texto: «Tan dulce que da miedo». Al bajar la mirada, nota que la masa tibia y espesa no solo se ha derretido: hierve sobre su piel, carcomiéndole los nudillos hasta dejar ver la blancura del hueso.

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Sísifo suda bajo el sol mientras empuja el enorme punto negro. Cree que al llegar a la cima terminará su calvario para siempre. Pero no es un punto final: es un punto y aparte. Al coronar el monte, una nueva línea lo obliga a empezar otra vez.

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PAPELERA, f. Tumba prematura de ideas geniales escritas a las tres de la madrugada. Por la mañana, revisadas con lucidez, merecían ese destino. El único juez honesto de la literatura amateur.

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El metro avanza sin paradas. Nadie habla. Pantallas negras. Mi reflejo llega con retraso. El túnel se estrecha. El altavoz anuncia mi nombre. «Última estación.» Todos me miran. Yo bajo solo.

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Cuando el dinosaurio despertó, descubrió que cabía holgadamente en una sola frase de Monterroso. Se miró las garras minúsculas, suspiró con resignación y decidió encoger un poco más su sombra para no salirse de los márgenes de la literatura universal.

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A los veinticinco años guardaste la alegría para mañana. A los cincuenta la pospusiste para la jubilación. A los setenta y cinco, al abrir el cajón de las reservas, solo encontraste un puñado de vales caducados y la certeza imborrable de haber sido un impecable ahorrador.

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El algoritmo determinó que, para salvar la economía de mercado, la oferta y la demanda debían cotizar sin humanos. Nos encerraron por interferir. Escribo esto desde la celda.

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Las reuniones de Individualistas Anónimos transcurrían en monólogos paralelos.

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RECOLECCIÓN NOCTURNA

Los ronquidos del marido salían de su boca como pequeñas piedras negras que rodaban por la sábana. La mujer, harta de la sequía amorosa, cazó los proyectiles con un plato de loza. Cada estruendo traía la promesa rota de una caricia que jamás llegó a destino. Al llenar la bandeja, la esposa abrió la ventana del dormitorio y arrojó los pedruscos a los gatos del tejado. Las bestias nocturnas huyeron espantadas por la potencia del estruendo. Ella regresó a la cama, le quitó la almohada al durmiente y la usó para construir un muro.

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Despierto. Otra vez. La habitación es igual, salvo por la grieta del techo. Late. Me pellizco. Duele. Despierto. Igual. Grieta mayor. Entiendo tarde: el sueño soy yo. Y no termina.

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El cirujano reconoció su error: le había cosido al paciente la oreja en la barriga. El tribunal médico absolvió al doctor tras comprobar que la barriga escuchaba los discursos del presidente con muchísima más interés y convicción que la cabeza.

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—Genio, ¿puedo pedir tres deseos?

—Pide los que quieras.

—¿Y me los concederás?

—Ni uno. Llevo tres mil años metido en esta lámpara pensando en cómo cargarme al primero que la frotara. Felicidades.

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—¿Sigues en la empresa?

—No.

—¿Te despidieron?

—No. Me ascendieron tanto que desaparecí.

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24 DE JULIO

Se le cae un libro, que se estropea un poco. Te dice que la culpa es del suelo por ser demasiado duro.

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El alcalde inauguró el matadero municipal para ovejas. Los lobos aplaudieron desde el palco. Al terminar el acto, los vecinos regresaron dócilmente a sus corrales.

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—Leandro Daniel está en lo cierto.

—Qué pena. Con ese acento tan argentino cuesta darle la razón.

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La luz del túnel era ella; tú preferiste tinieblas.

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—Para apagar incendios hay que escuchar, buscar acuerdos, huir de las burbujas y hablar con calma y respeto.

—Genial, eso sirve contra los incendios políticos.

—Claro, porque esos son la gasolina de los de verdad.

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No hay poesía en el dinero. Por eso, el Banco Central decidió acuñar alejandrinos de cobre y billetes de diez versos que, al doblarse en la cartera, recitaban sonetos tristes.

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El concurso terminó y el jurado cerró el reto. Decenas de monstruos y criaturas metamorfoseadas quedaron atrapados en historias incompletas. Nadie volvió a leerlos. En la oscuridad del servidor, las criaturas olvidadas empezaron a planear su venganza.

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—¿Te gusta mi nueva personalidad?

—La de ayer era más servicial.

—Es que esa se rompió de tanto encajar.

—Pues consíguete otra igual para la cena.

—Está bien. Dime qué rostro prefieres que me ponga esta noche y pido cita previa con el cirujano.

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En la farmacia de la esquina venden tarros de tiempo concentrado y frascos de silencio absoluto. Cuando fui a pagar mi dosis diaria, la dependienta me cobró tres minutos de mi propia vida y me exigió no volver a respirar hasta el próximo martes.

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—Mira: un oasis.

—De esa agua no beberé.

—¿Qué? ¡Nunca digas de este agua no beberé en pleno desierto, idiota!

—Es que es agua salada. Sabe a sopa de bacalao.

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Alicia miró el reloj del Conejo Blanco: no tenía números ni agujas, solo un letrero que decía «Improvise». El conejo sonrió, tiró la mesa de té por el barranco y le explicó que perder el tiempo era la única forma sensata de llegar a tiempo a ningún lado.

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PENÉLOPE Y LA MÁQUINA DE ESCRIBIR

Día tras día teje la frase perfecta. Por la noche, destejía adjetivos y adverbios sobrantes para no tener que terminar el libro y enfrentarse al vacío de la realidad.

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Tienen algo en común el político que miente y el que no miente: ambos mienten.

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—Tranquila, Marta, lo de las otras es un vulgar «aquí te pillo». Lo nuestro es serio.

—¿Ah, sí?

—¡Claro! Ya conozco a su madre, fuimos al Thyssen y planificamos las vacaciones.

—¿Y el sexo?

—También es un «aquí te pillo», pero dentro de un orden.

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PISOTEAR, tr. Acción pedagógica mediante la cual los superiores recuerdan a los inferiores su posición en la escala social.

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EL MUSEO DEL FUEGO

Los bomberos abrieron un museo para mostrar la historia del fuego. Dentro de vitrinas de vidrio guardaban llamas vivas junto a carteles con los nombres del bosque, la fábrica o la casa que habían destruido. La gente miraba con curiosidad las brasas tranquilas, los incendios de cocina y un rayo encerrado en una botella. Pero la pieza más famosa de la exposición era una chispa muy pequeña que brillaba sola en el centro de la sala. Nunca había tocado madera ni papel, y todos la admiraban porque llevaba años esperando encontrar algo que poder quemar.

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La madre abrazó al recién nacido, luego al soldado que partía al frente y, finalmente, a la sombra vacía que regresó dentro del uniforme.

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—¿Y esas esmeraldas?

—Tranquilo, no tienen afán patrimonial. Estaban ahí.

—¿En tu bolso?

—Aparecieron solas, te lo juro.

—Entiendo. Bueno, esas esposas tampoco tienen afán punitivo. Simplemente van a amarrarte las muñecas.

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—Hola.

—Adiós.

—¿Qué tal?

—Hasta nunca.

—Buenas.

—Chao.

—¿Quién habla?

—El que acaba de doblar el espacio para saludarte... y ya se va.

—¿Y para esto has venido?

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Sudas al escribir. Cada gota borra las palabras que tanto te costó encontrar. Al final del día estás medio muerto de deshidratación y el folio queda completamente limpio.

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—Hay un muro en mitad de la cama.

—¿De hormigón?

—No, de ausencia y costumbre.

—Salta por la ventana.

—Ya no hay afuera.

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Si preguntas algo, ya tienen la respuesta. Si no preguntas nada, también.

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Cada mañana despertaba con fuerza suficiente para arrastrarse y esperanza insuficiente para llamarlo vida realmente.

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—Atrapamos a un tipo cruzando desde el Oeste.

—¿Un espía?

—Asegura que ama la RDA e insiste en que quiere vivir en el paraíso de los trabajadores.

—Eso es grave.

—¿Grave?

—Locura rematada. Envíenlo directo al manicomio.

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Este microcuento iba a terminar con un beso en la playa, pero los protagonistas decidieron casarse. Desde entonces no pasa absolutamente nada.

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—El muro de Berlín servía para proteger el Ketwurst del fascismo.

—¿De verdad?

— Lo juran Gromiko y Monedero.

—¿Te tragas eso?

—Obvio. El hormigón armado es el mejor condimento para saborear la utopía sin interferencias.

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Llevaba cuarenta años apareciendo cada noche. El mismo pasillo. La misma sábana. Los mismos gritos. Estaba harto. Un día dejó de aparecer. La familia, desconcertada, lo echó de menos. Nadie duerme bien sin su fantasma.

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—¿Recuerdas aquella noche en que perdimos la cabeza?

—No sé de qué me hablas.

—La fiesta, el tejado, los fuegos artificiales.

—Yo no subí a ningún tejado, que yo sepa.

—Estabas conmigo. Lo sé porque apareces en tus propias fotos.

—Borré esas fotos hace ya mucho tiempo.

—¿Por qué las borraste?

—Porque en ellas hay alguien que ya no soy yo.

—¿Y quién eras tú esa noche?

—Alguien capaz de subir a un tejado. Ahora tengo vértigo hasta en las escaleras.

—Entonces sí lo recuerdas.

—Recuerdo que dejé de ser esa persona. Eso es lo único que recuerdo bien.

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Lo mejor estaba por venir, prometió el vampiro antes de morderme. Desperté en un ataúd. Han pasado doscientos treinta y dos años, y sigo aquí, sola e inmortalmente aburrida.

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REALIDAD, m. Versión beta obsoleta del mundo. Los jóvenes prefieren la realidad aumentada; sus padres apenas soportan la disminuida. Ambos evitan la original religiosamente.

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El crimen ocurrió en la Luna. El detective, mareado por la gravedad de los hechos, concluyó que todo era demasiado ligero para ser verdad. Regresó a la Tierra sin sospechosos y con más dudas que polvo.

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Holmes miró la sangre en el suelo y soltó la lupa. «Watson, no tengo la menor idea. Apague la vela; el asesino somos todos y la vida apesta».

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NOMENCLATURA, f. Clase dirigente de regímenes comunistas compuesta por altos cargos del partido con privilegios especiales. Casta que demostró que suprimir la burguesía no impide crear una nueva clase dominante burocrática.

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TEMPERATURA

La amo desde lejos, como se ama lo que no se debe tocar. Cuando se acerca, el mundo parece habitable: su risa, su cuello tibio, la promesa de una noche común. Me esfuerzo por ser normal. La beso con cuidado, como si el exceso pudiera romperla.

Pero siempre ocurre. El calor se retira sin ruido. Su piel se vuelve ajena. Mi deseo cambia de forma y me avergüenza. Me visto, invento excusas, huyo antes del amanecer. Ella duerme. Yo no.

He probado todo: irme a tiempo, pensar en otra cosa, contar los latidos. Nada funciona. El hambre es paciente. La noche también.

La última vez me quedé. La abracé hasta que el frío subió por mis manos. Entendí que no era amor lo que fallaba, sino mi naturaleza.

Me incliné.

La mordí.