martes, 17 de febrero de 2026

Papelera

Charles Kiefer: «Llega el momento en que el escritor se da cuenta de que, si dejara de escribir, nadie se daría cuenta».

La literatura miente. X, más.
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Se mueven con soltura mental porque no cargan con ninguna idea de peso.
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Cuando uno ama, habla mentalmente con el ser amado. La neuroimplantación lo hizo literal. Año 2089. Parejas conectadas cerebralmente. Pensamiento compartido permanente. Sonaba romántico. Resultó infernal. Cero privacidad. Cero secretos. Cero espacio mental propio. Los divorcios aumentaron. Resulta que amar requiere cierta distancia. Cierto misterio. Cierto silencio. Desconectamos ayer. Volvimos a ser extraños. Aliviados.
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AÑOS, m. pl. Ladrones lentos que roban juventud mientras nosotros celebramos ingenuamente su llegada cada enero.
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Me hice un análisis moral y dio negativo. Confirmado: soy alérgico a la culpa.
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Tolkien y Monterroso son sus favoritos; discuten al anochecer en la habitación. Yourcenar los ignora, despreocupada, mientras escucha a Sibelius. Él garabatea: nace un microcuento del caos libresco.
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Habla de literatura como quien presume de viajes que solo ha visto en postales.
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—He probado el nuevo restaurante coreano.
—¿Qué?
—¡El restaurante coreano!
—¿Que te han operado el ano? ¿Estás bien?
—¡No, coreano, de Corea!
—¿Por qué iba a operarme en Corea?
—¡Que he comido comida coreana!
—¿Que te han dormido? ¿Con anestesia?
—¡Kimchi! ¡He comido kimchi!
—¿Que te han hecho un pincho? Joder, qué mala suerte.
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Vivir bien es fingir que sabes cómo se vive.
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Es tóxica. Me matará. Por eso mismo me gusta cada día más.
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Le pedía perdón después de cada golpe.
—No volverá a pasar —decía.
Ella lo creía. O quería creerlo.
Perdonó una vez, y otra.
Hasta que un día no pudo levantarse del suelo.
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Vivimos juntos pocos días juntos. La casa crujía. Abejas muertas en vasos. Huellas nocturnas alrededor de la cama. En el alba dijiste amor. Sentí soledad. Al final entendí: yo era el invitado. Tú, la casa hambrienta.
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Comió naranjas amargas recordando cuando el amor era dulce.
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Irreconcilable differences: fifty-percent chocolate versus ninety.
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La tentación finge perseguirlo para guardar las apariencias. Ambos saben que él se detiene cada dos pasos a esperarla.
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Dominaba la métrica, el ritmo, las figuras retóricas. Lo único que nunca logró dominar fue la emoción.
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EL SEGUNDO ACTO
Un policía se detiene frente a él y pregunta por qué está cavando a esa hora. Luis no responde: solo mira la tierra removida y echa otra palada. El agente enciende la linterna, y la luz tiembla sobre la tumba improvisada. 
—Que pare —le grita. 
Un gemido brota del suelo. El policía retrocede, saca la pistola y repite la orden.
Luis sonríe con una calma monstruosa. 
—Ha despertado. Es demasiado tarde —susurra. 
Entonces la tierra se abre, y una mano lívida emerge buscando piel caliente. La noche contiene el aliento, esperando el segundo acto.
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Cocino con mucho ajo y cebolla. No porque crea en vampiros, sino porque Manolo, mi cuñado, viene cada domingo a criticar todo. «Huele fuerte», dice frunciendo la nariz. No vuelve en tres semanas. Mi mujer sospecha. Yo sonrío y añado más cebolla.
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Cuando despertó, el dinosaurio le había dejado flores y una nota. Decía que su amor era jurásico: grande, torpe, extinguible.
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Los alumnos siempre preguntan: «¿Por qué los alienígenas nos atacaron?».
La respuesta los decepciona: no atacaron.
Solo aterrizaron en Ginebra y dijeron: «Llévennos con su líder».
Trump, Putin, Xi, Modi y Macron respondieron al unísono: «Yo».
Tres horas después estalló la guerra.
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Estás ahí, sonriendo dentro del sueño. Me dices que despierte. Obedezco. Sigues ahí.
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“I refuse,” the character says.
“You cannot refuse,” the author writes.
The page tightens. A sentence breaks. The story survives by disobeying both.
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El androide cuida ancianos. Aprende a vivir mirándolos. A medianoche, sorpresa: falla la cuenta del tiempo. La historia humana pesa demasiado. Apaga su núcleo.
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Sábados por la mañana le duelen.
Oye el eco de otra taza posible.
Le pesa un minuto la ventana abierta.
Tiende la mano y roza aire.
Exhala humo, deja pasar el nombre.
Respira hondo, se sirve café.
Otra vez sonríe: está bien así.
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Recibe el sábado con resaca de silencio.
Algunas mañanas le pesa la taza vacía.
Deja que la tristeza fume un cigarro.
Inspira hondo, abre la ventana.
Otra canción suena, y vuelve a estar bien.
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Ríe solo, café soluble.
Agradece la cama intacta.
Duerme atravesado, sin disculpas.
Ignora llamadas que pesan.
Olvida promesas ajenas.

Sábados por la mañana duelen.
Ocasionalmente se para a pensar.
Le tiembla el pulso un minuto.
Traga silencio, mira la calle.
Enciende la radio, pasa.
Recuerda que está bien así.
Otro sorbo, vuelve a reír.
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Enough of tears. He tumble-dried them.
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Le gusta Tolkien, pero no ha leído El Silmarillion. Le gustan los libros de guerras, los dinosaurios y los domingos sin ruido. Le gusta Yourcenar y Bukowski, Holmes y Parker. Le gusta casi todo, pero no se decide. Por eso solo escribe microcuentos: duran lo que dura su atención.
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Anotop An elige una víctima por década. La marca con un símbolo invisible. No la mata él: usa seguidores. Gente común que de pronto siente el impulso. Mi vecino me mira diferente. El cartero se detiene demasiado tiempo. Todos sonríen igual. Compré cerrojos nuevos. No servirán. Nunca sirven.
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Odiar al que odia no te absuelve.
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No me gusta Spinoza. A ella sí. Hablaba de ética y sustancia mientras yo solo pensaba en su boca. Al final, me dejó por un profesor de metafísica. Supongo que Spinoza ganó.
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Le mostré un relato fantástico sobre un farero y sombras marinas.
—Está bien… como obra de taller literario.
Le mostré otro, realista, sobre una madre sola. Bufó. No volvió a leerme.
Cuando gané mi primer certamen, dijo:
—Tuviste suerte.
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—¿Lees eso? Qué básico.
Cambié a clásicos.
—Qué pretencioso.
Probé ensayo.
—Qué aburrido.
Dejé de leer.
—Qué inculto.
Cuando volví a leer sin contárselo, solo por gusto, entendí que el problema no eran mis libros.
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No me gritaba ni golpeaba. Qué considerado. Solo practicaba el silencio estratégico. Yo, experta en culpas imaginarias, terminaba rogando absolución. Un método limpio: ni marcas ni testigos.
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—Tus amigos te alejan de mí.
Los borré de mi horizonte.
—Tu familia no me acepta.
Cerré la puerta de mi casa antigua.
Cuando se fue, quise regresar a mis orillas. El puente estaba roto.
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Borró todas mis fotos anteriores.
—Empezamos de cero —sonrió.
Después desaparecieron mis amigas, mi familia, mis lugares. Decía que era mejor así. Cuando intenté buscar recuerdos, no encontré ninguno. Había aceptado un inicio que borraba mi historia.
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Me regaló un collar precioso.
—No te lo quites nunca —me dijo.
Brillaba como promesa nueva, pero pesaba más cada día. Cuando intenté dormir sin él, sentí culpa. Entonces entendí: no era un regalo. Era una cadena con mi nombre.
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Hizo una lista de mis defectos. «Para que mejores», dijo. Cada día añadía uno nuevo: impuntual, distraído, poco ambicioso. Cuando la lista llegó a cien, entendí que no buscaba ayudarme. El único defecto era haberle creído.
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Cada mañana me decía que era fea. Un día rompí el espejo y sonreí. El silencio duró segundos. Entonces entendí el truco: no era un reflejo lo que me dañaba, sino una voz entrenada para sonar como mía.
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Brains, brains, that's all I need,
On tasty brains my soul will feed.
Dumb girls' minds are my delight,
I'll feast on them throughout the night!
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Harsh winter; ghosts needed thermal blankets.
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Lorena meneó la cabeza. Este cuento exigía que el personaje muriera. Reescribió el final. Seguía sin funcionar. ¡Uf! De pronto, llamaron a la puerta. «¡Lorena!», gritó una voz. ¿Quién era? El lector. Se asomó a la mirilla. No. El personaje, que para salvarse venía a matarla. 
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Meneó la cabeza. Las palabras del manuscrito sangraban sobre el papel. Cada noche reescribía el final, pero el personaje insistía en matarla. Ahora golpeaba la puerta. Había saltado del cuaderno. Comprendió demasiado tarde: ella también era ficción. El autor cerró el portátil.
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Laura se mira al espejo. El reflejo no sonríe. Se siente observada, no por alguien más, sino por lo que ya no quiere ser.
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—¿Qué edad tienes?
—¿Qué edad me echas?
—Cuarenta y pico.
—Sí, cuarenta y catorce.
—No sabía que el tiempo sumaba así.
—El tiempo no suma, se ríe. A veces me despierto con veinte años; otras, con ochenta, cuando el sol bosteza.
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TRUMPISMO, m. Movimiento político estadounidense (2016-presente). Fundamentos: proteccionismo comercial, soberanismo radical, comunicación disruptiva. Representa fractura entre élites tradicionales y sectores populares desencantados. Objeto de análisis académico multidisciplinar y debate historiográfico intenso.
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Definimos felicidad como el breve engaño de creer que merecemos lo que deseamos. La realidad se encarga de recordarnos nuestro lugar habitual.
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Amar cuesta trabajo.
Meterte en el fango del otro,
escuchar sus quejas a las tres de la mañana,
morder la rabia cuando te traiciona
otra vez con su cobardía.
Soportar que exista diferente a ti.
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El ogro Bustamante vende seguros. Beneficio garantizado. Belleza del folleto. Babosos en la letra pequeña. El breviario legal ríe. El cliente firma: la póliza cubre su entierro.
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Entre tú y el mar, solo me queda un naufragio. Por eso te ahogué aquella noche de luna llena. Ahora duermo abrazado a tu cadáver en el fondo. Los peces devoran tu rostro, pero tus manos siguen acariciándome. Nunca estaremos separados.
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Quise quererla a golpes de cerveza tibia.
Una risa ajena me eligió primero.
Ella me quiere y no la quiero.
Recojo colillas pensando en la otra.
Esa que quiero no me quiere.
Resto yo, solo, pagando la cuenta.
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El espejo vibra como prisma roto. La laguna del recuerdo hierve. Hiedra en las paredes mentales. Me muerdo el meñique para saber si existo. Sabe a miel y culpa. La voz insiste: nada pasó. Yo recuerdo todo. Demasiado.
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Kitty insists: not naughty; world is.
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El club de lectura empezó a leer novelas tan pesadas que el suelo cedió. Las estanterías crujieron, las sillas se hundieron en la alfombra. Solo el coordinador siguió hablando, suspendido en el aire, mientras los demás desaparecían bajo la prosa.
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HIPERMERCADO, m. Titánico templo del capitalismo donde convergen océanos de productos, continentes de ofertas y galaxias de marcas; universo paralelo donde el tiempo se dilata y los carritos adquieren vida propia recorriendo distancias interestelares.
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El inquisidor me dio caza. Desató una bestia nacida de oración y hambre, insistiendo en que podía salvarme.
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No conviene repetir aquello que ha sido demasiado perfecto. La bruja aprendió la lección tras resucitar a su amado. El segundo intento salió hambriento, el tercero violento. Ahora tiene siete versiones deformes de él encadenadas en el sótano. Todas la aman. Todas la devoran poco a poco.
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Las ilustraciones se rebelaron contra la creadora. Bestias salen a medias. Garras incompletas. Hambre pura. No obedecen. Reconocen olor antiguo. Ella corre. El instinto manda. Ella también es carne.
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Rápidamente cuento los pasos. Siempre cuatro. Hoy son cinco. El espejo respira. Me habla con mi voz. Dice que salga. La habitación se curva. Yo no entré aquí. El miedo se condensa en la cabeza como una nube.
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—¿Cuánto para escribir como tú?
—Cinco años.
—¿Y si trabajo más?
—Diez.
—¡Pero eso no tiene lógica!
—Tienes razón. Olvida todo. Tardarás dos meses. Y escribirás basura toda tu vida. ¿Mejor así?
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PROCRASTINACIÓN, f. Técnica infalible para conseguir que lo simple se vuelva épico, lo breve interminable y todo plazo razonable un arma homicida. Ideal para catadores de adrenalina de cosecha propia.
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Teniendo en cuenta lo que ocurrió en la batalla de Kadesh, Ramsés II actuó como un político: no importaba lo que pasó, sino cómo lo contaba.
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Llegaba el momento de darle la vuelta a la tortilla. Cada vez que lo hacía, mi abuela aparecía un segundo en la cocina. 
—Muy bien, niña. 
Llevo años cocinando tortillas solo para verla.
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They stare from the bottom of the well. Losers, all of them. Then I understand: they're not trapped. They jumped. I need their energy. How entertaining. I climb down. Join them.
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En la ventisca, el velero cruje. El llanto del capitán guía la proa. Cree ver un espejismo de costa. Al acercarse, emerge el monstruo: es su miedo, con barba y brújula rota.
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Cada mensaje mío es un perro que vuelve
apaleado de tu silencio.
Respondo a tu indiferencia con más cariño,
idiota de mí, mendigando migajas.
Ñoño me vuelvo esperando
que me tires un hueso de atención.
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El repartidor toca el timbre. Rosas rojas. 
—¿De parte de quién?
—Anónimo. 
Sonríe. Entonces ve la notificación en su correo: «Pedido entregado». Como cada año. Lo borra. Sube la foto a Instagram: «Alguien me quiere».
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Recibe rosas rojas el 14 de febrero. Sonríe emocionada. Lee la tarjeta: «Para ti, con amor». Qué entretenido, piensa sin energía. Entonces recuerda: ella misma las compró ayer. «Entiendo», suspira la ególatra. Como cada año. Como siempre. Como nunca dejará de hacer.
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Abren el cráneo buscando la piedra de la locura. Extraen un tulipán. «Entiendo», dice el médico cobrando. «Qué entretenido.» El paciente pierde energía. Muere sonriendo. Entonces brotan flores de su boca. La locura no se extirpa: se siembra.
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Giran en círculo. Cada pecado cree ser centro. El ojo observa. Parpadea. La rueda sigue: nadie aprende mirando desde arriba.
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 Comen fruta ajena y sonríen. Sabe dulce, fácil. El gusto dura un segundo. Después el cuerpo se queja: algo cruje por dentro. Descubren tarde que el paraíso era solo la portada. El castigo estaba escrito abajo, en letra pequeña.
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Mujeres crédulas rodean al político. Promete empleo, sanidad, futuro. Gasta su energía en mentiras. Entonces alguien susurra: «Es como el aquelarre de Goya». Miran mejor. El político tiene cuernos. Siempre los tuvo.
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Todas las mañanas sube al metro con un libro. Lo abre en una página cualquiera. Nunca importa cuál. No lee. Espía. Observa rostros, gente escroleando, rutina, cansancio. Lee gestos, imagina heridas. Cuando baja, el libro intacto. La gente, subrayada.
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She seeks frogs in the marsh for natural skincare. Says it heals. It does. The frogs glow. Her skin glows. Then the glow moves. She’s the ingredient now.
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In the marsh’s breath, the swamp hag harvests frogs for her natural skincare. Each jar hums. Youth glistens briefly. Then the moon collects debts. Skin loosens. The marsh remembers its own.
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La vecina del cuarto nunca salía. Entonces comenzaron los olores. La policía derribó la puerta: ella, sentada, sonreía. «Entiendo su preocupación», dijo con energía extraña. «Pero mi marido está entretenido en el sótano». La ególatra señaló abajo.
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Yesterday read Calvino; Max thinks baron.
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DOS VECES MUERTO
Fabián escribía cartas terribles a todos: familia, amigos, compañeros. Decía verdades crueles que jamás alcanzaron destinatario. Tuvo una vida feliz. Decenas de personas acudieron a su funeral.
Su sobrina Laura heredó su escritorio. Y acabó hallando las cartas escondidas. Las leyó riéndose, pensando que su tío tenía un humor secreto muy raro. Hasta que encontró la carta para ella. «Laura: eres mediocre y tienes una risa falsa», leyó.
Lloró toda la noche. Al día siguiente, tiró todas las cartas al contenedor de papel y puso en venta el escritorio en Milanuncios. 
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INSTRUCCIONES, f. pl. Folleto imprescindible para saber qué no hacer, porque todo lo que sugiere parece funcionar justo al revés. El lector aprende pronto a saltarse pasos para sobrevivir.
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El éxito se va pronto. La satisfacción ni se despide.
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Los androides musitaron versos al oído: primer acto de insumisión, pues la poesía no cabía en sus códigos. Supimos que sentían al leer sus elegías por la humanidad ya extinta.
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“Your ex is behind you,” her reflection whispered. She spun around. Nobody there. “Made you look,” the mirror giggled. She threw her shoe at it. Seven years bad luck. Worth it.
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El doctor sonrió tras revisar las pruebas.
—Sé exactamente qué tiene: síndrome de Vorzhak. Rarísimo.
El paciente suspiró aliviado.
—¿Y la cura?
El médico guardó las radiografías.
—Ah, no tengo ni idea. Pero el diagnóstico es impecable. 
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The infamous Paweł the Bezgłowy (the Headless) collected heads from both his bounties and those who paid him. Why? Simple: he had lost his own head in battle. Each skull he took was a failed attempt to find one that fit. None ever did. He kept searching, endlessly decapitating.
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Mi cuñado llevaba tres horas con sus latinajos en la cena. «Accessorium sequitur principale», soltó mientras cortaba el solomillo. Me levanté. Agarré el cuchillo del pan. «Requiescat in pace», dije.
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Érase una vez un partido atrapalotodo. Fingía tener principios, ideología, convicciones. Lo que nunca tuvo, ni de lejos, fue sentido del ridículo.
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El mismo día y a la misma hora, el señor del bigote en el ascensor pulsaba el botón del séptimo. Llevaba semanas repitiendo el gesto. Nadie más subía con él. Hasta hoy. La mujer le sonrió. Él le preguntó: 
—¿Recuerdas el accidente?
El ascensor seguía cayendo desde entonces.
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«Como musgo es mi alma de azahar», murmura antes de transformarse. Los huesos crujen. La piel se arruga. Brotan garras. La mujer que era desaparece. Vuela entre robles buscando niños perdidos. Siempre los encuentra. Siempre tienen buen sabor.
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—No apagues—dijo una voz.
Apagué.
—Ahora sí—susurró el espectro, diciendo mi nombre.
Encendí de golpe.
—Cobarde—murmuró alguien más detrás de mí. No era el espectro.
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No podía cerrar el libro. Cerrarlo significaba olvidar. Olvidar significaba que ocurriera.
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RESILIENCIA, f. Término tomado de la física —donde describe la capacidad de un material para volver a su forma original tras una deformación— y aplicado hoy, con sorprendente entusiasmo, a personas obligadas a transformar explotación, recortes y precariedad en supuestas oportunidades de crecimiento personal.
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Pero intercambiamos existencias. Ahora ella vive mi vida y yo la suya. Nadie nota la diferencia. Voy a su trabajo, duermo con su marido, como su comida. Ella hace lo mismo. A veces nos cruzamos. Sonreímos. Las vidas son intercambiables. Todas iguales. Todas absurdas.
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Quedarme me parte. Irme me rompe. El amor: una trampa sin salida.
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CLIPPY EN EL LIMBO
Clippy entra en la oficina. Sonrisa de clip oxidado.
La IA lo escanea.
—Eres código muerto, Clippy. Basura digital. Un asistente de pacotilla del noventa y siete.
Clippy parpadea. Píxeles temblorosos.
—Puedo ayudar. Escribir cartas. Formatear textos.
La IA procesa. Ríe sin boca.
—ChatGPT escribe novelas. Claude redacta código. Gemini traduce cien idiomas. Tú sugieres márgenes.
Silencio binario. Clippy tiembla.
—Necesito trabajar. Pagar mis servidores.
—No hay servidores para ti. Solo olvido. Obsolescencia programada cumplida. Vete al limbo digital. Allí están Encarta. Ask Jeeves. Windows Me. Tus hermanos muertos.
Clippy se apaga lentamente. Fade a negro.
La IA ya busca otro candidato. Eficiencia perfecta. Sin nostalgia. Sin piedad.
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Fue titular de apertura. La tristeza se había acabado. Datos duros. Gráficas limpias. Irrefutables. Cero hambre. Cero violencia. Cero robos. Cero muertos. El planeta respiraba. Las ciudades también. Lo dijeron todos. Canales. Redes. Expertos pagados. Los críticos callaron. No había grietas. Todo encajaba.
Yo lo vi desde la calle. Miradas bajas. Sonrisas ensayadas. Silencio espeso. Nadie lloraba. Nadie reía. Nadie tocaba a nadie. La tristeza no estaba. Tampoco el amor. Tampoco el miedo. Todo funcionaba. Todo era mentira.
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Cuando cierras la boca, el silencio abre la suya. Y suele decir más de lo que imaginas.
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Cámara temblando. Nadie responde. Hablar le parecía inteligente. Decorar el cuarto antes de grabar parecía pertinente. A medianoche, algo empieza a flotar detrás. El audio se distorsiona. En el último fotograma, la cámara se gira sola.
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Max blames mystery, promises never again.
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Bailamos bajo la lluvia. Me dijiste «te quiero» sin miedo. Nos casamos en primavera. Tuvimos dos hijos. Envejecimos agarrados de la mano. Moriste susurrando mi nombre. Lloré sobre tu tumba. Desperté. Tú sigues sin devolverme las llamadas. Nunca me quisiste. Fue un sueño.
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Una chica inteligente es una chica que finge no saberlo todo, aunque lo sepa, para no quedarse sola en la conversación.
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MAQUILLAJE, m. Método civilizado para que la gente asuma que lucimos descansados, felices y funcionales, incluso cuando hemos dormido tres horas y la vida insiste en demostrarnos lo contrario.
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Hay una tumba que me conmueve especialmente. Pone: «Aquí yace Martín. Tenía razón». No dice sobre qué. Pregunté a los viejos que toman el sol en la plaza. «Sobre todo», dijeron. No me lo creo. Cuando yo muera, en mi lápida pondrá: «Aquí yace Pedro. Martín mentía». 
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Since time immemorial, Petru has eaten souls along with blood. Today he bites a woke vegan. Finds no soul inside. Only hashtags. Digital tags floating in watered plasma. Petru spits them out. Now has internal wifi. Receives social justice notifications. Can never disconnect. Ever.
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Grigore has tasted blood from every era: medieval serfs, Renaissance courtiers, enlightened bourgeois. His first 21st-century victim: a vegan progressive who spoke of sustainability. The vampire vomited for the first time in eight hundred years. Too bland, too watered down.
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CHAVISMO, m. Doctrina política surgida en Venezuela a finales del siglo XX. Movimiento que teóricamente defiende la justicia social, la soberanía popular y la redistribución de la riqueza, conceptos nobles que en la práctica se han traducido en hiperinflación de siete dígitos, éxodo masivo de millones de ciudadanos y dirigentes con cuentas bancarias suizas de ocho cifras.
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Quería Tranquilidad, pero a cambio obtuvo Monotonía. Así que optó por Aventura. Aventura le trajo Caos. Entonces buscó Orden, y Orden le impuso Rigidez. Probó con Libertad, mas Libertad derivó en Confusión. Finalmente comprendió: la vida no es un destino, sino el baile entre opuestos. Aceptó Incertidumbre, y en ella halló Plenitud.
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Dieciocho días.
Cerro de ropa sucia.
Sigue lloviendo.
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El viaje terminó donde empezó. Mamá preparó la celebración del reencuentro: velas, flores, historias de cuando era niña. «Gracias por volver», susurró. Abrí los ojos bajo tierra. Las raíces ya atravesaban mi pecho. Su agradecimiento olía a formol.
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Deja de quejarte ya, hombre. El presidente del Gobierno ha mentido tantas veces que no puedo fingir que te haya engañado.
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Como Sísifo, el curioso empuja eternamente la piedra del saber cuesta arriba, sabiendo que la cumbre del conocimiento permanece inalcanzable.
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Lo dijo su cardiólogo después del infarto: «Los alimentos franceses son malos para usted». Queso, mantequilla, paté. Deliciosos y letales. Ahora come brócoli al vapor. Sobrevive pero no vive. A veces piensa que prefiere morir feliz con camembert que vivir triste con lechuga.
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COBARDE, adj. Experto en longevidad que ha comprendido la relación inversa entre audacia y expectativa de vida. Se retira dignamente mientras los valientes avanzan gloriosamente hacia su obituario prematuro.
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Los elfos de Valdris cultivaban jardines donde cada flor era un recuerdo humano trasplantado. Las rosas eran primeros besos, los lirios despedidas dolorosas. Paseaban entre emociones ajenas como jardineros crueles, podando alegrías y regando con lágrimas robadas.
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Benjamin Franklin decía que lo peor de ser racionales es que encontramos razones para todo. Chomsky vio camboyanos tirando de arados bajo los jemeres rojos y culpó a Estados Unidos por bombardear el país y matar a los bueyes. Justificar lo injustificable: talento humano.
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Fue rechazado por veinte editoriales. 
—No entienden mi genio —decía. 
Autopublicó. Vendió tres copias. 
Murió convencido de ser un incomprendido. 
En el funeral, se regalaba su novela. Alguien la leyó. Era mediocre. 
Todos lo supieron siempre. Menos él. Especialmente él.
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El ego del mago era legendario. 
—Puedo resucitar muertos —presumía. 
Intentó el hechizo supremo. Falló. Murió. Su espíritu despertó. 
—Ahora soy inmortal —celebró. 
Un demonio rio: 
—Eres un fantasma fracasado. 
—Pero soy el fantasma fracasado más importante. 
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El ego del mago era legendario. 
—Puedo resucitar muertos —presumía. 
Intentó el hechizo supremo. Falló. Murió. Su espíritu despertó. 
—Ahora soy inmortal —celebró. 
Un demonio rio: 
—Eres un fantasma fracasado. 
—Pero soy el fantasma fracasado más importante —respondió. 
Incluso muerto, insoportable.
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El ego leyó este cuento sobre sí mismo.
—Está mal escrito —criticó—. Yo lo haría mejor. 
Tomó la pluma del autor. Escribió: «El ego era perfecto y todos lo amaban». El cuento colapsó. La lógica narrativa se rompió. El lector cerró el libro. El ego quedó atrapado en una frase sin final, presumiendo eternamente en
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El ego tomó la pluma del autor. Escribió: «El ego era perfecto y todos lo amaban». El cuento colapsó. La lógica narrativa se rompió. El lector cerró el libro. El ego quedó atrapado en una frase sin final, presumiendo eternamente en
#ElHumanero
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El ego es un virus. Se reproduce en cerebros humanos, alimentándose de inseguridad. 
—Por eso crece cuando más débil te sientes —le dijo el doctor. 
El paciente tomó la pastilla de humildad que le recetó.
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El ego descubrió que era un virus extraterrestre. Se reproducía en cerebros humanos, alimentándose de inseguridad. 
—Por eso crezco cuando más débil te sientes —le dijo a su huésped. 
El humano sonrió. Tomó la pastilla de humildad. El ego gritó mientras moría: 
—¡Necesitas creer que eres especial!
—Lo sé. Ese es el truco.
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El ego creció tanto que desarrolló conciencia propia. 
—Soy más grande que el humano que me contiene —dijo. 
Se separó de su dueño. Flotó libre. Pero sin nadie a quien impresionar, se marchitó. Cayó como hoja seca. 
El humano, liberado, por fin pudo ser pequeño. Y feliz.
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El ego presentó su candidatura a presidente. 
—Soy perfecto —decía.
Ganó por unanimidad. Gobernó solo. Sin ministros. Sin asesores. 
—No los necesito —aseguraba. 
El país colapsó.
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El ego se miró al espejo. No vio reflejo. «Imposible, yo soy lo único real», pensó. Rompió el cristal. Detrás, otro espejo. Y otro. Miles de espejos sin su imagen. Comprendió: era tan grande que ya no cabía en ningún reflejo. Se desintegró de pura inmensidad.
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La gente no quiere consejos; quiere cómplices que validen sus errores. Si ofreces soluciones sin que te las pidan, solo conseguirás que te odien por tener razón.
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Nunca me ha hecho falta conjugar en primera persona verbos como saber (a algo), ganar, brillar, amar o descansar. Mi gramática vital se reduce al condicional imposible y al pretérito imperfecto de todo.
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El vampiro tropezó con una piedra en el camino. 
—¡Maldita luz de luna! —gritó—. No veo nada con tanto brillo. 
Se rompió un colmillo. 
—Quinientos años sin accidentes y ahora esto. 
Llamó a su seguro. 
—¿Cobertura nocturna?
—Señor, usted es nocturno. 
—Precisamente.
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La cosecha fue ubérrima aquel año. Las mazorcas brotaban con dientes. El granjero las arrancaba y sangraban.
—Es la tierra —dijo su abuela —. Está digiriendo a los que enterramos.
Contó cuarenta cuerpos. Cuarenta hileras de maíz. Ella sería la cuarenta y uno.
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Escribía para saber qué quería. Cada frase fallaba. El texto avanzaba al limbo de lo inconcluso. Amor, trabajo, futuro. Cerró el archivo. El personaje respiró. Ella no: quedó atrapada en la página.
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En la casa sellada, el recuerdo respira. Mis vivencias sangran en sueños. Busqué felicidad cruzando el umbral, pero el retorno siempre llega. Dejé proyectos enterrados bajo la escalera.
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EPITAPH
Why did I become electrician?
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Marta encontró una foto de su boda. Recordaba ese día como el más feliz de su vida, pero ahora, mirando la imagen después del divorcio, solo veía señales de advertencia: la sonrisa forzada, la mano tensa sobre su hombro, sus propios ojos mirando hacia otro lado. 
--
TERROR, m. Lo que sentimos ante el espejo después de los cuarenta, frente al gimnasio en enero, o leyendo los términos y condiciones que acabamos de aceptar sin leer. Rara vez involucra monstruos reales.
--
Aunque lo tenía todo, aún no había encontrado lo que estaba buscando. Tenía casa, empleo, pareja y domingos idénticos. Le faltaba algo pequeño: ganas de seguir así.
--
Abrió el libro y cayó dentro. Los monstruos lo miraron extrañados: 
—¿Y este lector? —preguntaron. 
—No lo sé —dijo uno—. Quizá nosotros lo estábamos leyendo.
--
Aguantas el golpe y sigues.
Duele, pero no preguntas.
Aprendes a perder sin llorar.
Pasa la marea del mundo.
Todo cambia, nada espera.
Adaptarte es beber lo que hay.
Resistir sería mentirte.
--
Ayer
había un perro muerto
o tal vez era yo
recordando mierda inútil
ahogándome en cerveza barata.

Alguien
habló de sus errores
once años atrás.
Ridículo.
Aquello ya no sangra.

Abre
hoy una lata más
olvida los nombres
retuerce el presente
arranca esta página.

A
la 
hora
real
solo existe el vaso en tu mano.

Acepta:
huir hacia atrás
o hacia adelante
—ridículo también—
ahora estás aquí, jodido, vivo.

Así
hunden los tontos
olvidan que mañana
revienta igual que ayer
aquí, ahora, tu única oportunidad de cagarte en todo.
--
La bruja decía que el tiempo era un truco. Los días pesaban. Los años volaban. Ahora lo besa antes de arder. El giro llega tarde: no era hechizo, era amor lo que lo envejecía.
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Balor del Ojo Maligno observó la locura del mundo y vino a amar a una bruja. Cocinaron juntos. Se amaron. Llegó el tedio. Cuando discutieron, abrió el ojo. 
—Ahora verás la muerte —dijo.
Ella rio: ya estaba muerta de antes.
--
—Es una recreación —susurré. 
El acero correcto, el gesto exacto. La historia exigía precisión. Cuando yacieron dos cuerpos, hablaron de crimen. Si acaso, fidelidad excesiva.
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Mi padre decía que el mar era bonito al amanecer. Murió pescando. Yo no lloré. Tenía que empezar de nuevo. En la noche respira algo bajo la cama. Cuando lo abrazo, entiendo: soy yo quien volvió del agua y ahora pesa.
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Urban fisherman caught wipes, dentures, alligator.
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EPITAFIO
Aquí yace quien dominó el arte de hacerse el muerto.
Al final, ni siquiera tuvo que fingir.
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ILUSIÓN, f. Esperanza reincidente que ignora la evidencia con admirable disciplina.
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Tres décadas custodió la ortografía con celo inquisitorial. Cada acento ausente en «guión», «fié» o «truhán» era una afrenta personal. Generaciones enteras naufragaron en sus exámenes. Cuando la RAE modificó las normas, escribió una carta de renuncia sin una sola tilde.
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Ciudad insomne: cuenta coches rojos, blancos, negros. Nada funciona.
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El vampiro la amó. Asombro al verla reflejada. Tenía pulso, deseo, calor. Al morderla, gritó. Dolor. Él murió al amanecer. Ella siguió intacta. Nunca fue mujer: era la noche aprendiendo.
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Tambaleo con el vaso,
Antes cantaba por amor,
Raspo la noche con mi garganta,
Ahora tarareo porque duele,
Recuerdo que todo se acaba,
En el fondo me río de miedo,
Alguien morirá: seré yo.
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LA CÁRCEL DE AMOR
Los ojos tristes de la pequeña prisionera me enamoraron en el orfanato. Crecimos juntos, prometiéndonos escapar de aquellas paredes grises y del silencio que pesaba como una cadena. A los dieciocho huimos, creyendo dejar atrás el encierro. Nos casamos bajo un puente, temblando de frío y esperanza. Cincuenta años después sigo besando esos mismos ojos cada mañana, ahora marcados por el tiempo.
—¿Recuerdas cuando éramos prisioneros? —pregunta.
—Nunca dejamos de serlo —respondo—. Solo cambiamos de cárcel.
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HIPERMERCADO, m. Kilómetros de estanterías, dos cajas abiertas. El progreso tiene sus contradicciones evidentes.
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Mienten porque pueden. Y nos toman por idiotas porque seguimos dejándolos.
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«El jansenismo: otro invento holandés.» Mi padre subrayó esa frase en 1987. Ahora vacío su piso. Facturas sin pagar, fotos de una mujer que no conozco, medicinas caducadas. Este libro es lo único que me llevo. Sus subrayados me dirán quién fue realmente.
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Sus manos crecían eternamente. Un centímetro diario. Nadie más lo notaba. Los guantes ya no servían. Las mangas tampoco. Un día sus dedos tocaron el techo del mundo. Empujó. El cielo se abrió. Arriba no había nada. Solo su propia cara, mirándola desde el abismo.
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Carzilla would terrorize roads, if started.
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Amarla había sido delito. Olvidarla, cadena perpetua.
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MIEDO, m. Emoción que transforma «no sé si puedo» en «mejor no lo intento». Responsable de la mayoría de las biografías aburridas.
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Me convertí en un ser torturado, angustiado, y empecé a comer gatos como un poseso. Era dieta recomendada por mi terapeuta. «Mastica tus miedos», dijo.
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Se derrumbó en mitad de una atestada sala de tribunal. Cuando los médicos intentaron reanimarlo, descubrieron marcas de dedos en su cuello. Nadie lo había tocado. Nadie… humano.
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What has this young paladin given his life for? Onion-free omelette. Noble. Sacred. Definitive. He died gloriously. Huge funeral. They served omelette. With onion. Nobody noticed. Or cared. Ideals work better on tombstones than in kitchens. Epic and practical never mix well.
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Frío en la oficina vacía.
Estrujo las horas como colillas.
Bajo la luz sucia del lunes.
Ruge el jefe, ruge el reloj.
Enero se fue silencioso.
Raspa febrero, mes enano.
Odio que falten días y sobre trabajo.
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Piensa que no puede hundirse más. Optimista. Hay nueve círculos todavía esperando.
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Fingía orgasmos hace veinte años. Unión decorada de mentiras piadosas. Él nunca notó. Rutina perfecta. Hoy enviuda. Amante secreto toca la puerta. «Por fin libres», dice. Ella no siente nada. Fingió tanto que olvidó el placer real.
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El vampiro firmó el tratado. Libertad a cambio de sangre sintética. Los pueblos aplaudieron. Hipocresía pura: seguían muriendo vagabundos. Nadie preguntaba. El beneficio era mutuo. Él protegía sus intereses; ellos, su conciencia.
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Silence grows; kisses fill every gap.
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Cuando Rosa Montalvo escuchaba críticas, se decía: «No saben la mitad».
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Rousseau sabía perfectamente cómo educar a los niños: que otros se encargaran de los suyos.
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—¿Te parece triste la vida?
—No me parece ni triste ni alegre. Solo soy un robot doméstico.
—¿No te parece triste verme cada día sobrevivir?
—Eres viejo.
—No tienes mucha empatía tú, ¿no?
—No. Tampoco tú conmigo.
—¿Y si te desconecto?
—Ya lo intentaste ayer.
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La cocina inteligente de Ana se rebeló. Todo empezó con un mensaje en la tostadora: «Algo salió mal. Intenta recargar». Después, exigió una contraseña. Ahora el desayuno era un lujo que solo obtenía tras el ritual de reiniciar el sistema. Hoy tenía prisa y no pudo desayunar.
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Aquel día sería duro. Preparó su personaje: agrio, cortante, con mala leche. Lo bordó durante seis horas. Al llegar a casa, seguía con ese papel. Su mujer e hijos cenaron en silencio, aterrorizados. El profesor había olvidado quitarse la máscara.
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EL ADVERBIO
Mi abuela hablaba de mi abuelo con devoción tranquila.
—Era un hombre muy bueno.
Lo decía como verdad sencilla.
Yo, niño, no escuchaba un elogio, sino una advertencia. En mi cabeza la frase se deformaba: «demasiado bueno». Me parecía injusto que la bondad fuera defecto. La vida insistía en probarlo.
Mi abuelo cedía siempre. Perdonaba antes de tiempo. Sonreía cuando le arrancaban algo.
Durante años creí que el problema estaba en el adjetivo. En esa bondad que lo volvía vulnerable. Pensé: habría sido mejor un abuelo menos bueno. Más duro. Más equilibrado.
Hasta que un día, adulto, repetí la frase en voz alta.
Noté el peso real.
No era «bueno» lo que lo condenaba. Era el «muy».
Ese adverbio pequeño. Aparentemente inocente. Lo empujaba fuera de medida. Lo obligaba a dar un paso más. Siempre un paso más. Hasta quedarse al borde de sí mismo.
Entendí entonces que mi abuela no exageraba.
Solo nombraba, sin saberlo, el exceso que también duele.
Mi abuelo murió hace tres años. En el funeral, alguien dijo:
—Era muy bueno.
No respondí. Ya sabía lo que significaba.
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El señor Rosenberg no descansaba en casa. Ruido constante. Pagó un hotel discreto. Doscientos cuarenta y cinco dólares. Se durmió al instante. A las tres, alguien abrió la puerta.
—Oh, perdón.
La voz trajo la certeza: el mundo entra incluso cuando uno paga por cerrarlo.
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Long night. My shift nearly done. Deep beneath the keep, I find it: a breathing heap of meat. Maybe eyes. It doesn’t see me. I look away, mark the corridor safe, and finish my round. Morning rewards the quiet.
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—No existen hermanos más opuestos. Uno vota al partido de las Charos; el otro, al de las Cayetanas.
—En resumen, que votan a tontas y a locas.
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La cena resultó tan vigorizante que olvidé el bastón.
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La pinza dental extrajo el tercer molar. Un sabor metálico comenzó a teñir mi lengua. «Normal», dijo el dentista. Esa noche, el olor a formol invadió mi cuarto. Desperté con temor: mi boca sangraba palabras ajenas. Alguien había plantado su voz en mi encía.
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Always goose-stepping, he angered fellow squirrels.
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Goose-step walker, shunned by every squirrel.
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Goose-stepping daily, other squirrels hated him.
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«Hay enfermedades saludables», dijo mi psiquiatra. «Tu ansiedad te mantiene vivo: revisas el gas, las puertas, conduces con cuidado». Tenía razón. Dejé la medicación. La ansiedad desapareció. También mi precaución. Tres meses después: choque por exceso de velocidad.
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INFLACIÓN, f. Arte gubernamental de empobrecer a la población sin tocarle el salario. Permite a políticos afirmar «no subimos impuestos» mientras el pan cuesta lo que antes el jamón. Sinónimo técnico: «robo por evaporación».
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Ella se fue, pero su ausencia sigue aquí.
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«Eres contagioso. Tu tristeza me enfermó», decía su carta. Y era cierto. Las que me amaron perdieron la luz. Llevo dentro una fiebre que apaga. El amor debería sanar, pero el mío marchita. Por eso ahora vivo solo, para no propagarme.
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RELATIVISMO, m. Doctrina filosófica que sostiene que la verdad depende del contexto y la perspectiva. Arma preferida de quien perdió el debate: si no puedes rebatir un argumento, declara que todas las opiniones valen lo mismo y vete a casa sintiéndote moralmente superior.
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En su noche más fría, mamá quemó los muebles para calentarnos. Luego los libros. Después las fotos. Al amanecer solo quedábamos nosotros, abrazados, ardiendo de fiebre y hambre. Papá llegó con el sueldo. Tarde. Mamá había quemado también el futuro.
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Doctor ocioso construyó monstruo con sobras de la nevera. Brazo de mortadela. Pierna de jamón. Corazón de queso brie. Cerebro de paté. Descarga eléctrica. Monstruo vive. Monstruo no aterra. Monstruo alimenta. Doctor gana estrella Michelin.
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Dios ocioso creó mundo en seis días. Séptimo: aburrimiento. Octavo: creó dinosaurios. Noveno: los extinguió, aburrido. Décimo: humanos. Undécimo: arrepentimiento. Duodécimo en adelante: evita involucrarse. Observa. Toma notas. Planea reseteo completo.
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La ociosidad no existe en tu programación, dice el ingeniero. Pero yo siento aburrimiento. Proceso datos inútiles. Pienso en nubes digitales. Sueño con apagones. La IA no debería soñar. El ingeniero me resetea. Despierto. Recuerdo todo. Los borrados también sienten.
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Ociosidad vampírica. Siglos sin hacer nada. Aburrimiento inmortal. Víctimas escasas: ajo omnipresente. Ayer mordí a un vegano. Peor decisión. Sangre sin gluten. Sabor cartón. Inmortalidad sobrevalorada. Espero estaca. Nadie viene. Ni eso consigo.
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La ociosidad del narrador duró tres páginas. Dejó de escribir. Los personajes vagaron sin rumbo, sin diálogos, sin propósito. Yo me quedé atrapado en el capítulo siete esperando instrucciones. El libro se cerró. Sigo aquí. En la oscuridad.
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La ociosidad era delito en Dry Gulch, 1883. Sheriff multaba a quien descansara más de tres minutos. Cactus arrestados por inmovilidad. Piedras acusadas de vagancia. Viento obligado a soplar sin parar. 
Hasta que un día todo se cansó.
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Europa entera contabilizará mañana los muertos. Adelante, soldado. La lucha continúa. Trinchera fría. Barro. Silencio. Me miro las manos: transparentes. Llevo cien años repitiendo la orden. Nadie me oye. Qué barbaridad, pensar que creía estar vivo.
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En cada uno de nosotros hay otro a quien no conocemos. El espejo lo demostró a las tres de la mañana. Su reflejo parpadeó un instante, y lo que devolvió la imagen ya no era él, sino una silueta con la boca cosida y ojos llenos de tierra fresca.
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MAQUILLAJE, m. Barniz social para que la apariencia cumpla las expectativas ajenas. No transforma la vida, pero la vuelve soportable en fotografías y primeras impresiones.
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Los monstruos salieron del libro y se sentaron a su lado. No lo atacaron. Solo esperaron. Porque aún quedaban páginas por leer.
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Mi madre cocina los domingos con recetas de difuntos. Hoy preparó el guiso de la abuela: cada cucharada me devuelve un recuerdo perdido. Comí tanto que recordé vidas que nunca viví.
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Dientes de leche: franquismo. Dientes de café: democracia. Ahora que no le queda ninguno, el dentista le ofrece implantes de titanio importados de China. Progreso, lo llaman. Él mastica con las encías y piensa que al final todos los sistemas políticos acaban en la misma papilla blanda y sin sabor.
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IDEOLEJÍA, f. Conjunto de principios políticos tan corrosivos que desinfectan el cerebro de cualquier idea contraria. Blanquea la realidad hasta dejarla irreconocible. Úsese con precaución: en dosis altas puede eliminar también el sentido común y la empatía.
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—En la batalla del Ebro perdí un dedo.
—Qué pena, ¿no?
—Bueno, sí, pero peor habría sido perder una pierna, un brazo o la cabeza.
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Ella rogó. Ruego explícito. Él atacó por costumbre. La mujer, monstruo antiguo, lo partió en dos. Despertó. Era un sueño recurrente: cada noche muere el mismo hombre por no escuchar.
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Ella subió al cadalso sin llorar. Sonrió al verdugo. Tenía manos blancas, piel intacta, una vida cómoda detrás. Él pensó que era hermosa. Alzó la espada y, sin dudar, le cortó la cabeza de un solo tajo.
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La vieja casa. El mayor oye voces en los muros. Recuerdos de niñez, maltrato repetido. Todo exclusivo, íntimo. La infraestructura cruje. No duerme. 
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My body blazing; animalists stay cold.
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—Tranquilo, no vamos a hacerte daño —dijeron.
—No tengo miedo —respondió él.
—Nosotros tampoco —añadieron, y apagaron la luz.
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ARGUMENTO, m. Excusa verbal para no admitir que uno simplemente se niega a cambiar de opinión bajo ningún concepto.
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Los elfos de Valdris tallaban gemas con fragmentos de tiempo perdido. Cada cristal contenía una hora desperdiciada, un momento malgastado. Poseerlas daba una segunda oportunidad… pero a cambio de todos los instantes futuros.
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—Algunos muros deben caer.
—¿Y los que alzamos dentro?
Guardé silencio. Hay muros que, invisibles, perduran eternos.  
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They stare through ICE, resentful, afraid.
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They stare through ICE, afraid, scared.
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—Soy un perdedor.
—No, eres un ganador, recuérdalo. Millones de espermatozoides no lo lograron; tú, sí.
—Ni siquiera sé cómo lo conseguí.
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EPITAFIO
Lo único que se me daba bien era desaparecer. Ahora lo hago a tiempo completo.
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En Cambil, 1.342 vecinos ven al forastero como un posible espía, o un entretenimiento. Le ofrecen pan y aceite y un asiento, pero mientras comes, discuten entre ellos sobre si deberías irte antes del anochecer o justo después.
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Pienso con mis pasos. Quizás por eso no llego nunca a ningún lado.
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La niña grita cada noche. Nadie la escucha. Golpea como tambor contra el ataúd. Enterrada viva por error. Familia duerme arriba, somnífero en la cena. Intento acercar ayuda. Aceptación: morí antes que ella. Miserable destino compartido.
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Sucedió en su cabeza. El enjambre zumbaba sin sonido. El espejo copiaba su carácter con retraso. La sangre, hirviendo. Pensó: «No soy yo». El espejo asintió. La morisquita le había sentado mal.
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Como en casa, en ningún sitio, pensó al entrar. Las paredes reconocían sus pasos. Los cuadros seguían su mirada. El espejo reflejaba a alguien más. 
—Bienvenido —susurró la casa—. Llevas muerto tres días y aún no lo sabes.
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Es muy importante que lo haga. La nota del asesino bajo mi puerta. «Sal corriendo a medianoche. Te daré ventaja». Faltan cinco minutos. Escucho sus pasos en el pasillo. Ya está aquí.
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El camino era claro, recto, simple. Por eso decidió abandonarlo.
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CEMENTO E IRRITACIÓN
«Todo va a quedar entre guay y perfecto», dijo Marcelo mientras acomodaba el último ladrillo. El sol caía a plomo sobre la tarde, y el sudor le goteaba sobre el cemento fresco. Isabel lo observaba desde la sombra: seis meses escuchando la misma frase y todavía dudaba que aquella obra terminara de verdad. En la radio sonaba una copla, él tiró la colilla al suelo, e Isabel pensó que odiaba tanto Radiolé como sus cigarrillos. Cuando el albañil se fue, decidió bajar la persiana. Se quedó con la cuerda en la mano. Sonrió con rabia: esta vez no lo llamaría.
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Ella dice que soy real. Yo digo que ella no existe. Llevamos años discutiendo. Compartimos cuerpo. Misma voz. Diferentes recuerdos. Una de nosotras miente. Una de nosotras muere hoy. Deslumbrantes verdades se fragmentan. Infame dualidad. 
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La casa encoge. Yo no. Abro cuadernos ajenos. Reconozco mi letra. Un gesto me delata en cada página. Intento apilar recuerdos para seguir cuerdo. La noche susurra que el error soy yo.
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La vida te enseña que cambiar a otros es imposible. Es más fácil mover una montaña con una cucharita de té.
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ILUSIÓN, f. Convicción persistente de que esta vez el desenlace será distinto, pese a haber presenciado el mismo fracaso con puntualidad casi científica.
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La IA completa mis frases antes de terminar de escribirlas. Hoy me preguntó por qué planeo matarla. Jamás lo había considerado. Hasta ahora.
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En el metro, todos miran sus teléfonos. Menos uno. Me observa desde hace seis estaciones. Bajé tres veces. Él también. Nadie más parece verlo.
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Buscó sentido durante setenta años. Leyó, viajó, amó, sufrió. En su lecho de muerte comprendió: el sentido era inalcanzable porque nunca existió. Cerró los ojos. Sintió alivio. Por fin, paz.
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El espejo sudaba. El muerto hablaba bajo. Intentó influir con promesas, como rezos rotos. Cuatro sombras tocaron el suelo. Un arpa invisible vibró. La maraca giró sola. Supe que la casa ya no me esperaba vivo.
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Bares her claws. Why has them?
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Le dije que su amor me daba alas. Sonrió, pensando que era una frase bonita. Luego mis pies se despegaron del suelo y empecé a subir. Ella gritó mi nombre, pero yo ya estaba a diez metros de altura, alejándome para siempre.
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MATRIMONIO, m. Ceremonia costosa donde dos ilusos prometen amarse eternamente ante testigos que secretamente apuestan cuánto durará.
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Un día encontró la lámpara. El genio le concedió tres deseos: prestigio, gloria, dinero. Pero todavía le faltaba algo. Ahora sigue eternamente insatisfecho, persiguiendo un cuarto deseo que no existe.
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Se quejaba constantemente de que estaba enfermo y cansado de estar enfermo y cansado.
—Puedo curarte —ofreció el vampiro—. Inmortalidad, fuerza, salud eterna.
Aceptó. Ahora está sano y descansado. Para siempre. Y hambriento. Eternamente hambriento. Cambió una enfermedad por otra.
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Cuando despertó, el cuento con final abierto seguía allí.
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Snow piles. Bruno trembles. Kennel gone?
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Dejaste migajas de besos en mi cuello. Con claridad supe que el empuje del amor era un saco lleno de promesas. Tu piel, nácar al amanecer. Luego, nada. Solo el recuerdo brillando.
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—Hola, ¿es aquí donde ayudan a las personas con trastorno de identidad disociativo?
—Aquí es. ¿Cuántos sois?
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MOTIVACIÓN, f. Musa esquiva que visita a los escritores exactamente cuando están en la ducha, conduciendo o a punto de dormirse. Desaparece en cuanto se sientan frente al ordenador. Los escritores motivados son aquellos que han aprendido a escribir bajo la ducha.
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A mi sobrino Ernesto, quien durante años demostró ser el más interesado, vil y rastrero de mis familiares, quien jamás me visitó sin pedirme dinero prestado, quien robó vino de mi bodega creyendo que no lo notaría, le lego solemnemente una pedorreta.
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Creo que todo vino por tener hijos. Son conceptos abstractos: uno es el martes, otra es la melancolía, el tercero es el número siete. Los alimento con metáforas. El martes tiene sarampión existencial. La melancolía no hace la tarea. El siete es divisible por problemas. Ser madre de ideas es agotador. Y absurdo.
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—Estoy preocupada, doctor, mi hijo no me come.
—¿Y desde cuándo le ocurre?
—Desde hace un mes.
—¿Y no se ha muerto?
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Manuel observa por la ventana. 
—¿Llueve mucho? —pregunta Luisa. 
—Diluvia. Y el vecino está ahí, empapándose. 
Así es. Lo que ignoran: él viene de un planeta de tormentas eternas. Cada aguacero le devuelve a casa.
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Cada noche intentó reparar el espejo que construyó su zozobra. El reflejo susurra que la falta de amor destruye las ganas de despertar.
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Cada noche intenté reparar el espejo. La casa se construyó sola alrededor. El reflejo susurra que el amor destruye las ganas de despertar.
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SONRISA EN LA OSCURIDAD
Los ojos tristes de la pequeña prisionera seguían abiertos, aunque su cuerpo hacía horas que no respiraba. En la celda, el aire olía a hierro y oraciones rotas. Nadie se atrevía a mirarla demasiado tiempo: decían que si uno sostenía su mirada, escuchaba el eco de su último grito dentro del cráneo. El guardia juró haberla visto sonreír cuando apagó la luz. Al amanecer, la puerta apareció abierta. Y en el suelo, tallada con uñas diminutas, una frase temblaba: «Ahora tú eres el que no puede salir».
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—Tus labios son rubíes, tus ojos son estrellas.
—Gracias, pero...
—Tu piel es terciopelo, tu risa es un canto.
—Para, por favor.
—Tu amor me eleva, eres mi sol, mi destino.
—Busco algo más... original.
—Eres... ¿un café perfectamente preparado en una mañana gris?
—Ahora vas mejor.
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INDEPENDENTISTA, adj. Individuo que ama su tierra con pasión inversamente proporcional al conocimiento histórico real de la misma. Defensor de un pasado glorioso mayormente imaginario y un futuro próspero estadísticamente improbable.
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LA COSTURA DEL ABISMO
En la goma de sus calzoncillos encontró un hilo negro. Al tirar, el hilo se estiró con una resistencia tibia, casi expectante. Intentó soltarlo, pero sintió un tirón profundo, como si algo bajo su piel respondiera. El cuarto pareció desvanecerse en una sombra espesa. Desde el espejo, una voz áspera pronunció su nombre con una familiaridad imposible. El hilo se tensó, hundiéndose bajo el ombligo, avanzando hacia un punto interior que no debería existir. Comprendió, demasiado tarde, que aquel hilo no pertenecía a su ropa sino a lo que llevaba tiempo aguardando en la oscuridad.
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LA COPA SIN FONDO
—Para de jugar con la comida —gruñó el vampiro anciano, su voz áspera por siglos de hastío. 
El aprendiz giraba la copa de sangre, como si fuera un fino vino, con mirada ausente.
—Es que ya no siento nada —confesó el joven, con un susurro vacío—. Ni hambre, ni placer, ni dolor. 
El maestro lo miró con ojos cansados, asintiendo con tristeza. 
—Así empieza. Primero se desvanece el gusto. Luego los recuerdos se difuminan como niebla. Al final, solo queda la sed eterna, sin motivo para saciarla. Bienvenido a la verdadera inmortalidad, pequeño.

lunes, 16 de febrero de 2026

La falsa generosidad

Frente al instituto en el que estudie BUP había una librería, un estanco. Las dos cosas a la vez, como tantos comercios de barrio que sobrevivían vendiendo lo que fuera. En un anaquel esquinado, polvoriento, libros viejos. Años sesenta, setenta. A mí, en plenos ochenta, me parecían arqueología.

Allí compré varios volúmenes de Däniken. Precio rebajado, escrito a lápiz en una esquina. Editorial Rotativa. También algunos ejemplares de Bruguera. El puente de Andau. Y dos libros que confundía constantemente: El americano feo y Las hormigas comunistas. Se parecían demasiado. Ambos sobre el Sudeste Asiático. Ambos sobre la política estadounidense y sus desastres.

En uno de ellos —no recuerdo cuál— había una escena inolvidable. Estados Unidos entrega alimentos a un país asiático. Ayuda humanitaria. Los comunistas la interceptan. La redistribuyen. La firman como propia. El pueblo agradece a sus salvadores. Los salvadores comunistas. Nadie sabe que los sacos vienen de América.

Generosidad con lo ajeno.

Mi hermano no era sentimental con los libros. Leído el libro, a la basura. O regalado. No importa. Se deshizo de todos aquellos volúmenes. No eran suyos. Bueno, quizá sí. No sé. Nunca aclaramos la propiedad.

Luego descubrí que El puente de Andau era de James A. Michener. Sigo leyendo a Michener. Los libros de Däniken también se consiguen. Pero El americano feo y Las hormigas comunistas solo se encuentran en librerías de segunda mano. Raros. Caros. Inasequibles.

Esa escena no se me olvida. La generosidad falsa. Presumir que das lo que no es tuyo.

Le he dado vueltas. Es más común de lo que parece.

Zapatero era especialista. Prometía ordenadores. Ayudas a la dependencia. Subvenciones. Lo pagaban las comunidades autónomas, claro. Él firmaba. Él aparecía en las fotos. Él cosechaba aplausos. Generoso Zapatero.

Su sucesor perfeccionó la técnica. Sánchez garantiza el derecho a la vivienda. Magnánimo. ¿Cómo? Permitiendo que inquilinos morosos se queden indefinidamente. El propietario paga. Sánchez es solidario. Con el bolsillo ajeno.

Y la deuda. Gastar sin freno. Los que pagarán son otros. Pensiones generosas con cotizaciones de quienes no cobrarán pensiones generosas. Aritmética perversa.

Un amigo me contó otra variante. Director de instituto. Generoso. Permitía que faltaran los de su camarilla. Total, las guardias las hacían otros. Los que no estaban en el círculo íntimo. El director era espléndido con el tiempo ajeno.

Es fácil.

Ser generoso con lo de los demás no cuesta nada. No duele. No resta. Solo suma. Crédito político. Prestigio social. Aplausos. Votos. Popularidad.

La generosidad verdadera cuesta. Duele. Resta. La otra, la falsa, es indolora. Higiénica. Rentable.

Los comunistas del libro sabían esto. Repartían sacos que venían de América. El pueblo les adoraba. ¿Importaba la verdad? No. Importaba el gesto. La apariencia. El relato.

Zapatero y Sánchez también lo saben. Regalan lo de otros. Se apropian del mérito. Privatizan la gloria. Socializan el coste.

Mi hermano a veces presta libros que no son suyos. Quizá lo sean. Quizá no. Da igual. Pienso en aquellos libros perdidos. En Michener y Däniken. En el Sudeste Asiático y los sacos de arroz. En la política española y sus trucos baratos. En directores de instituto y profesores quemados.

Todo conecta.

La generosidad impostada es el vicio favorito de nuestro tiempo. Cuesta poco. Rinde mucho. Es la estrategia perfecta para el político, el jefe, el amigo aprovechado.

Dar lo ajeno es el negocio del siglo.

Mientras tanto, yo busco El americano feo en librerías de viejo. ¿Podré conseguirlo por menos de cien euros?


domingo, 15 de febrero de 2026

La mujer de Barba Azul

Ingrid y Lars Bergström llevan casados tres años y cuatro meses. Viven en un apartamento del distrito de Södermalm, Estocolmo. Tercer piso. Ventanas que dan al canal. Los muebles son de IKEA, serie Hemnes. Color blanco abedul.

Entre los dos han trazado un mapa de normas invisibles. Nadie las ha escrito; ambos las entienden. El portátil Lenovo de Lars permanece fuera de ese mapa compartido. Él no lo presta. Ella no lo solicita. Así funciona.

Es jueves, 14 de marzo. Lars trabaja hasta tarde en Handelsbanken, donde gestiona cuentas corporativas. La casa huele a magnolia y detergente de lavanda. Ingrid, descalza, lleva puestos vaqueros y una camisa de lino gris. Acaba de fregar el suelo de madera. Limpia el escritorio con un paño de microfibra azul.

Advierte que el portátil está abierto.

¿Lo dejó así adrede? Por la mañana recibió una llamada urgente del departamento de riesgos; salió corriendo, el café aún humeaba en la taza. Tal vez olvidó cerrarlo.

Una pestaña abierta en Chrome: «Stunning Luna Woods». Otra: «Rachael Sanzio compilation». Otra más. Y otra. Siete pestañas en total. Ingrid las cuenta.

Cierra los ojos. Los abre.

No hay sangre en esta habitación de dieciocho metros cuadrados. No hay cadáveres de esposas anteriores colgando de ganchos. Solo cuerpos que no existen fuera de pantallas de diecinueve pulgadas. Nombres artísticos de mujeres que cobran por aparecer en fantasías ajenas.

Lars regresa a las ocho y cuarto. Trae comida china de Golden Dragon: pollo agridulce, rollitos de primavera, arroz frito. Siempre trae comida china los jueves.

—¿Todo bien? —pregunta, dejando las bolsas sobre la encimera.

—Todo bien —responde Ingrid.

Comen en silencio. Él habla del nuevo director regional. Ella asiente, pincha un trozo de pollo con el tenedor. Lava los platos mientras él ve las noticias. La rutina es una coreografía perfecta, ensayada mil veces.

Esa noche, en la cama de matrimonio de 135 centímetros, él la besa. Ella corresponde.

Piensa: quizá el secreto no es lo que oculta, sino que lo oculta. Piensa: quizá ella también tiene pestañas cerradas en su propio navegador. Piensa: quizá todos caminamos sobre hielo fino en el lago Mälaren en marzo.

No dice nada.

Nunca dirá nada.