Kevin Méndez mira el calendario. 17 de marzo de 2028.
Hace exactamente un año, el volcán Taupo entró en erupción.
Hasta ese día, ni siquiera sabía que existía. Había oído
hablar del Krakatoa. Incluso del gran volcán de Yellowstone. Pero nunca de
Taupo.
¿Dónde estaba él hace un año?
Trabajaba de reponedor en el Hipercor de Montilla, Córdoba.
Turno de tarde, dos a diez. Quizá miró las noticias en el móvil mientras
colocaba latas de tomate en la estantería. Probablemente no. Entonces se
hablaba sobre todo de corrupción. Una historia sin fin que ya no importaba a
nadie. Y menos a él.
Era jueves. Pensaba en el fin de semana. En hablar con Valeria
por videollamada. En los papeles que faltaban para que ella viniera en mayo.
El volcán entró en erupción a las 8:17 de la mañana en
España. Él estaba durmiendo. Despertó a las once. Preparó café. Mote pillo.
Poco a poco, hablaron de decenas de víctimas en Nueva
Zelanda. Que pronto fueron miles. Al día siguiente organizaron expediciones
para evacuar supervivientes a la Isla Sur, a Australia. Las imágenes en
televisión mostraban un cielo naranja, denso como barro.
El viernes estaba claro que iba a ser una tragedia global.
Fue al trabajo. Le dijeron que volviera a casa. Cerraban todo. La ceniza
llegaría en cuestión de semanas.
Recordó un informe del telediario la noche anterior. Un
experto con barba gris explicaba que Taupo era un supervolcán. La última supererupción,
hace 26.500 años, expulsó cientos de kilómetros cúbicos de magma. IEV 8,
dijeron. IEV 8. Nadie entendía todavía qué significaba.
Flujos piroclásticos. Ceniza estratosférica. Invierno
volcánico. Enfriamiento global de varios grados. Fallos masivos en cosechas.
Hambrunas.
Riesgo bajo, habían dicho los expertos.
En una semana todo se había desmoronado.
Los supermercados se vaciaron en dos días. La electricidad
funcionó durante once días más. Luego, nada. Las calles se llenaron de gente
que buscaba agua, comida, medicinas. Después se llenaron de cadáveres.
Kevin aprendió a moverse en silencio. A esconderse. A
esperar.
Ahora, un año después, hay una nueva normalidad.
Se cubre la cara con una mascarilla FFP3, ya gastada, la goma
rota y reparada con cinta aislante. La atmósfera todavía está cubierta de polvo
fino. El cielo es gris permanente. No ha visto el sol en meses.
Sale a la calle San Francisco Solano. Montilla tiene 23.000
habitantes. Tenía. Ahora quedan tal vez ochocientos. Los pueblos pequeños son
más seguros, eso dicen. Algunos refugiados que vinieron de Córdoba en octubre
contaron que bandas organizadas controlan la ciudad. Puestos de control.
Peajes. Ejecuciones públicas en la Plaza de las Tendillas.
Aquí solo hay silencio.
Ayer tuvo que enfrentarse a dos merodeadores junto a la
antigua bodega Alvear. Llevaban cuchillos de cocina y una motosierra sin
gasolina. Disparó al primero con la escopeta del bar donde duerme. Al segundo
le dio en la pierna. Huyeron hacia el sur, dejando un rastro de sangre en el
asfalto agrietado.
Eran simples vagabundos. Seguramente no volverían. Pero
debería estar alerta.
Lo mejor será no salir hoy a buscar comida, se dice. Quedan
dos latas de garbanzos. Medio paquete de pasta. Agua para tres días más.
Piensa en su familia en Ambato, Ecuador. Su madre. Sus tres
hermanos. Su sobrina de dos años.
Piensa en Valeria. Veinticuatro años. Estudiaba enfermería en
Quito. Iba a venir en mayo. El billete ya estaba comprado. Iberia, vía Madrid.
Llegada el 12 de mayo a las 14:35. Ya había pedido permiso para ir a recogerla.
Le hubiera gustado saber qué les pasó. Si consiguieron
comida. Si el frío fue soportable. Si murieron rápido o despacio.
¿Qué habrá sido de ella?
Nunca más volverá a Ecuador. Eso lo sabe.
Se sienta en el suelo del bar. Antes era El Riofrío. Las
botellas siguen en la estantería. Vacías. Polvorientas. Inútiles.
Arranca otra hoja del calendario.
18 de marzo.
Un día más.
Relato publicado en El Narratorio (Año 11, Nº 121)