sábado, 25 de abril de 2026

La luz que se apaga

Durante tres semanas había sido el ser más poderoso de la selva. Los nativos se postraban cuando encendía la linterna al anochecer, murmuraban plegarias cuando la apagaba al amanecer, y le ofrecían los mejores frutos de sus cosechas, junto con pieles secas, flores y pequeñas esculturas de barro en forma de sol. Lo observaban con una mezcla de temor y devoción, convencidos de que aquel hombre pálido había descendido del cielo con el fuego encerrado en sus manos. Su llegada había coincidido con una serie de tormentas nocturnas, rayos que partían los árboles y truenos que hacían temblar las chozas. La linterna, encendida en medio de tanta oscuridad y ruido, fue para ellos una señal divina, una prueba de que aquel forastero dominaba la luz y, por extensión, los elementos. Desde entonces, nadie osaba mirarlo directamente a los ojos.

El viajero, perdido desde hacía semanas, había decidido seguir el juego. ¿Qué otra opción tenía? Los caníbales de esta tribu no conocían visitantes, solo presas o dioses. Y claramente, ser un dios tenía mejores perspectivas de supervivencia.

Pero esa noche, cuando presionó el interruptor, no pasó nada. Lo intentó varias veces. Nada. Las pilas, fieles compañeras durante semanas de expedición, habían elegido el peor momento posible para rendirse.

El silencio que siguió fue ominoso. Los rostros pintados de los nativos cambiaron de veneración a decepción, y luego a algo mucho más inquietante: hambre.

El jefe murmuró algo y lo señaló con el dedo. Los tambores comenzaron a sonar. El viajero comprendió que su reino divino había llegado a su fin de la manera más literal posible.

 

Relato publicado en El Narratorio (Año 10, Nº 117)

miércoles, 22 de abril de 2026

Un año después

Kevin Méndez mira el calendario. 17 de marzo de 2028.

Hace exactamente un año, el volcán Taupo entró en erupción.

Hasta ese día, ni siquiera sabía que existía. Había oído hablar del Krakatoa. Incluso del gran volcán de Yellowstone. Pero nunca de Taupo.

¿Dónde estaba él hace un año?

Trabajaba de reponedor en el Hipercor de Montilla, Córdoba. Turno de tarde, dos a diez. Quizá miró las noticias en el móvil mientras colocaba latas de tomate en la estantería. Probablemente no. Entonces se hablaba sobre todo de corrupción. Una historia sin fin que ya no importaba a nadie. Y menos a él.

Era jueves. Pensaba en el fin de semana. En hablar con Valeria por videollamada. En los papeles que faltaban para que ella viniera en mayo.

El volcán entró en erupción a las 8:17 de la mañana en España. Él estaba durmiendo. Despertó a las once. Preparó café. Mote pillo.

Poco a poco, hablaron de decenas de víctimas en Nueva Zelanda. Que pronto fueron miles. Al día siguiente organizaron expediciones para evacuar supervivientes a la Isla Sur, a Australia. Las imágenes en televisión mostraban un cielo naranja, denso como barro.

El viernes estaba claro que iba a ser una tragedia global. Fue al trabajo. Le dijeron que volviera a casa. Cerraban todo. La ceniza llegaría en cuestión de semanas.

Recordó un informe del telediario la noche anterior. Un experto con barba gris explicaba que Taupo era un supervolcán. La última supererupción, hace 26.500 años, expulsó cientos de kilómetros cúbicos de magma. IEV 8, dijeron. IEV 8. Nadie entendía todavía qué significaba.

Flujos piroclásticos. Ceniza estratosférica. Invierno volcánico. Enfriamiento global de varios grados. Fallos masivos en cosechas. Hambrunas.

Riesgo bajo, habían dicho los expertos.

En una semana todo se había desmoronado.

Los supermercados se vaciaron en dos días. La electricidad funcionó durante once días más. Luego, nada. Las calles se llenaron de gente que buscaba agua, comida, medicinas. Después se llenaron de cadáveres.

Kevin aprendió a moverse en silencio. A esconderse. A esperar.

Ahora, un año después, hay una nueva normalidad.

Se cubre la cara con una mascarilla FFP3, ya gastada, la goma rota y reparada con cinta aislante. La atmósfera todavía está cubierta de polvo fino. El cielo es gris permanente. No ha visto el sol en meses.

Sale a la calle San Francisco Solano. Montilla tiene 23.000 habitantes. Tenía. Ahora quedan tal vez ochocientos. Los pueblos pequeños son más seguros, eso dicen. Algunos refugiados que vinieron de Córdoba en octubre contaron que bandas organizadas controlan la ciudad. Puestos de control. Peajes. Ejecuciones públicas en la Plaza de las Tendillas.

Aquí solo hay silencio.

Ayer tuvo que enfrentarse a dos merodeadores junto a la antigua bodega Alvear. Llevaban cuchillos de cocina y una motosierra sin gasolina. Disparó al primero con la escopeta del bar donde duerme. Al segundo le dio en la pierna. Huyeron hacia el sur, dejando un rastro de sangre en el asfalto agrietado.

Eran simples vagabundos. Seguramente no volverían. Pero debería estar alerta.

Lo mejor será no salir hoy a buscar comida, se dice. Quedan dos latas de garbanzos. Medio paquete de pasta. Agua para tres días más.

Piensa en su familia en Ambato, Ecuador. Su madre. Sus tres hermanos. Su sobrina de dos años.

Piensa en Valeria. Veinticuatro años. Estudiaba enfermería en Quito. Iba a venir en mayo. El billete ya estaba comprado. Iberia, vía Madrid. Llegada el 12 de mayo a las 14:35. Ya había pedido permiso para ir a recogerla.

Le hubiera gustado saber qué les pasó. Si consiguieron comida. Si el frío fue soportable. Si murieron rápido o despacio.

¿Qué habrá sido de ella?

Nunca más volverá a Ecuador. Eso lo sabe.

Se sienta en el suelo del bar. Antes era El Riofrío. Las botellas siguen en la estantería. Vacías. Polvorientas. Inútiles.

Arranca otra hoja del calendario.

18 de marzo.

Un día más.

 

Relato publicado en El Narratorio (Año 11, Nº 121)

martes, 21 de abril de 2026

Los ciervos de Varjola

Ocurrió en octubre. Los disparos comenzaron al alba.

El macho viejo conocía el sonido. Treinta años cruzando el bosque de Karjala. Treinta temporadas esquivando balas. Esta vez guio al rebaño hacia el sur. Hacia las luces.

En Varjola nadie esperaba verlos.

El jardinero municipal, Eero Mäkelä, cincuenta y dos años, fumaba junto a la fuente de la plaza Mayor cuando el primer ciervo cruzó frente a él. Era martes. Las siete y cuarto de la mañana. El animal —hembra joven, quizá dos años— mordisqueó los geranios del parterre central. Mäkelä apagó el cigarrillo. No llamó a nadie.

«Pensé que estaba soñando», declaró después.

Para el viernes había diecisiete ciervos en la ciudad.

Se refugiaban bajo el puente del río Saimaa. Dormían en el parque infantil abandonado de la calle Koivukatu. Bebían de las fuentes ornamentales. Los niños de la escuela Runeberg los dibujaban desde las ventanas del segundo piso. La profesora de Naturales, Liisa Virtanen, suspendió las clases.

El macho viejo —los periódicos lo bautizaron Rey— permanecía alerta. Olfateaba el aire. Escuchaba motores, voces, portazos. Pero no escopetas. En la ciudad las armas están prohibidas. Los cazadores no pueden entrar. Las ordenanzas municipales lo impiden desde 1987.

Los cazadores esperaban en el bosque. Dmitri Volkov y su primo Andrei Sokolov, llegados desde Vyborg con permisos temporales. Igor Petrov, veterano, cincuenta y seis años, tres décadas cazando en Karjala. Observaban las huellas que conducían hacia las luces. No podían seguirlas. La ley era clara.

«Los animales lo saben», dijo Petrov. Escupió. Guardó el rifle.

Los habitantes de Varjola actuaron sin consultar. El panadero Oskar Lindström dejaba pan duro en el callejón trasero. La florista Tuula Nieminen plantó arbustos extras sabiendo que serían devorados. Nadie protestó. Nadie denunció daños.

«Son animales sagrados», explicó el alcalde, Antti Saarinen, en rueda de prensa. No aclaró por qué.

La policía local modificó sus rutas. Patrullaban despacio, sin sirenas. El agente Mikko Häkkinen, treinta y ocho años, veterano, recibió instrucciones precisas: no asustarlos.

Una cierva —la prensa la llamó Luna— se acercaba a los bancos donde los jubilados alimentaban palomas. Aceptaba manzanas. Se dejaba fotografiar. Las imágenes circularon por internet. Varjola apareció en noticiarios nacionales.

Duraron hasta marzo.

Cuando cesaron los disparos en Karjala, el rebaño regresó al bosque. Diecisiete ciervos cruzaron la rotonda norte al amanecer. El macho viejo iba último, comprobando que todos salían. Nadie intentó retenerlos.

Dmitri Volkov los vio pasar. Estaba en el lindero con su rifle. No disparó. Andrei Sokolov tampoco. Igor Petrov fumaba apoyado en el todoterreno. Los tres observaron cómo los animales se internaban entre los abetos.

Eero Mäkelä los vio partir desde la ventana del ayuntamiento. Fumaba. No dijo nada.

Volvieron en octubre siguiente. Y al otro. Y al siguiente.

Cada otoño Varjola se llenaba de cornamentas atravesando las calles. Los habitantes aprendieron a esperarlos. Plantaban más arbustos. Dejaban agua limpia en los parques. Los comerciantes ajustaban horarios para no asustarlos.

Nadie recuerda cuándo comenzó. Quizá siempre existió. Los viejos cuentan que Varjola significa «refugio» en lengua sami. Que la ciudad se fundó como santuario. Que ciertos animales conocen lugares seguros por instinto.

El macho viejo murió el invierno pasado. Tenía treinta y cuatro años. Lo encontraron bajo el puente del Saimaa, rodeado de hembras jóvenes.

Pero en octubre llegaron los ciervos igualmente. Un macho nuevo guiaba el rebaño. Más joven, cornamenta menos imponente. Conocía el camino.

Cruzó la rotonda norte. Entró en la ciudad. Los demás lo siguieron.

Eero Mäkelä fumaba junto a la fuente. Los contó. Diecinueve esta vez.

No llamó a nadie. 

  

 Relato publicado en El Narratorio (Año 11, Nº 120)