miércoles, 22 de julio de 2026

La costurera

La tienda no tenía rótulo. Quienes llegaban ya sabían dónde estaba. Algunos decían que llevaba abierta desde antes de que existieran las primeras historias; otros aseguraban que cambiaba de calle cada pocos años, como si huyera de algo.

Sobre la mesa de corte descansaba la capa chamuscada de un superhéroe. En una percha esperaba el gabán de un detective, todavía húmedo por una lluvia que no pertenecía a ninguna ciudad. Ariadna había dejado un ovillo deshilachado, el hilo que una vez guio a un hombre fuera de un laberinto y que ahora no conducía a ningún sitio. Wendy sostenía la sombra de Peter Pan, rasgada desde los talones hasta la nuca.

La mujer trabajaba sin preguntar. Medía la tela, elegía el hilo, cosía con una paciencia que parecía anterior al tiempo. Las cicatrices quedaban a la vista; las costuras, nunca.

Esa mañana entró Calpurnia con una toga doblada sobre los brazos, oscura de sangre seca en el pecho. Pidió que la lavara, que borrara la mancha antes de que alguien la viera.

—Yo coso —dijo la costurera—. No tengo servicio de lavandería.

Calpurnia se quedó con la toga entre las manos, sin saber qué hacer con la sangre de un marido al que ya nadie podía salvar.

Después llegó un obispo con un maletín de piel. Dentro guardaba seis retazos de lino, comprados a distintos vendedores, cada uno certificado como fragmento auténtico del paño que Jesús llevó en la cruz.

—Quiero que los una —dijo—, sin que se note la costura.

Ella extendió los trozos sobre la mesa. Encajaban mal, cortados por manos distintas, en siglos distintos.

—Con esto —dijo— podría hacerle una túnica entera.

El obispo no contestó. Guardó los retazos, uno a uno, como quien recoge limosna caída.

Por la tarde entró un hombre cargando un espejo roto entre los brazos. Los fragmentos tintineaban a cada paso, pero ninguno se desprendía del marco.

—Quiero que lo arregle —dijo—. Es el único que todavía me muestra tal como soy.

La costurera no supo qué responder. ¿Cómo se le dice a un hombre que un espejo no admite puntada? Y sin embargo, quizá si acercaba la aguja al borde más fino, si sostenía el cristal contra la luz...

Le pidió que volviera al día siguiente. Cuando se quedó sola, se inclinó sobre el espejo roto, con la curiosidad de quien no ha mirado su propio rostro en mucho tiempo.