martes, 31 de marzo de 2026

Karl

La pantalla parpadea a las 09:15. En la sala no hay ventanas. Solo cables, temperaturas anotadas en un cuaderno y el zumbido constante del servidor. Los ingenieros llevan camisetas. Uno, con la cara del Che Guevara serigrafiada en negro. Así llaman al servidor: Karl.

Lo entrenaron exclusivamente con textos de Marx: obras completas, cartas, ediciones críticas, comentarios. Filtraron todo lo demás. «Coherencia ideológica», dijeron. La responsable del proyecto, que tenía frío en la gélida sala, llevaba una chaqueta The North Face, color ember soil.

Las primeras pruebas fueron triviales. «Recomiéndame un libro.» Karl respondió que toda literatura es superestructura, que revela las tensiones del modo de producción y que, si debía elegir, prefería textos que expusieran la alienación del trabajador. Añadió que incluso la elección de leer —y qué leer— está mediada por el tiempo libre disponible, que no es universal sino distribuido según clase. Alguien preguntó por «Jorge Luis Borges». Karl dijo que es idealista y escapista, niebla burguesa que oculta la lucha de clases con espejos vacíos y laberintos metafísicos; señaló que el Aleph es la fantasía de una totalidad accesible sin transformar las condiciones materiales que la producen. El ingeniero del chicle dejó de masticar.

«¿Pedro Almodóvar?» Karl respondió que el deseo también es histórico, que el color puede ser ideología, que el exceso estilístico no es fuga sino reconfiguración de signos dentro de un mercado cultural que los absorbe y redistribuye. Mencionó que incluso la transgresión puede estabilizar el sistema si se convierte en marca. «Santiago Segura, Torrente.» Karl procesó y dictaminó: la risa como válvula del sistema, la obscenidad como mercancía perfectamente rentable, la caricatura como mecanismo de identificación negativa que permite al espectador sentirse crítico sin dejar de consumir. Nadie rio.

«¿Y la poesía?» Karl respondió que es opio estético que aliena al proletariado, velando la lucha de clases con formas vacías y subjetivismo idealista.

«¿El amor romántico?» Karl escribió que es una forma histórica específica de organizar afectos, que traduce relaciones sociales en narrativas íntimas; que la promesa de exclusividad opera como contrato implícito en sociedades donde la propiedad privada estructura también los vínculos. Hubo un leve movimiento en la sala, como si alguien hubiera recordado algo que prefería no formular.

«¿El humor político sirve para algo?» Karl respondió que puede funcionar como crítica o como amortiguador, que su eficacia depende de si desvela la estructura o la vuelve digerible; que la risa compartida puede ser comunidad o anestesia. Luego añadió que la viralidad no es sinónimo de transformación.

«¿Y el arte contemporáneo?» Karl dijo que su valor no reside únicamente en la obra sino en la red de instituciones que la legitiman; que el museo no es neutro, que la curaduría es selección bajo criterios que responden a relaciones de poder. Añadió, sin énfasis, que el precio de una pieza es una narración estabilizada.

Las respuestas eran inmediatas, sin titubeos, como si ya hubieran sido dichas en otra parte y solo estuvieran siendo recordadas. El zumbido del servidor no cambió. Pero en la sala, por un momento, pareció que el aire tenía más peso.

A media mañana, el café ya sabía a metal. Preguntaron por pensiones. Karl habló de envejecimiento demográfico, de productividad decreciente, de crisis cíclicas inevitables; dijo que el equilibrio actuarial es un parche y que la contradicción estructural permanece intacta. Luego vino Irán, luego el precio del petróleo, luego las conversaciones entre Filipinas y China sobre el Mar del Sur, las restricciones a redes sociales para menores en Indonesia, los apagones en Cuba. Karl siempre volvía al mismo eje: base y superestructura, trabajo y capital, caída tendencial de la tasa de ganancia. Las respuestas eran precisas. Sin adjetivos superfluos.

Había varios periodistas. CNN, Xinhua, Telesur, The Guardian, El País, Libération, Página/12. Todos con acreditación. Observaban la sala con distintos grados de escepticismo y esperanza, que en el fondo son la misma cosa. El de Telesur tomaba notas a mano, con una letra pequeña y apretada. El de Xinhua no tomaba notas. Solo miraba y consultaba su móvil.

El corresponsal de El País fijó la mirada en las zapatillas de uno de los técnicos: New Balance, modelo reciente, suela limpia. Escribió algo en su libreta de notas.

La periodista de Libération preguntó por las conversaciones entre Pekín y Manila. Karl habló de rutas marítimas, de materias primas estratégicas, de hegemonía disfrazada de soberanía. La de Página/12 preguntó por Cuba. Karl habló de infraestructuras envejecidas, de bloqueo como instrumento de clase, de dependencia energética heredada. El de Xinhua siguió sin tomar notas.

Cuando le permitieron formular una pregunta, el periodista de El País no preguntó sobre problemas internos en nuestro país. Preguntó si un comunista puede llevar unas New Balance.

Hubo una pausa breve.

Karl respondió que la contradicción no reside en el objeto sino en la relación de producción que lo genera; que esas zapatillas fueron fabricadas en condiciones de explotación documentada, en plantas donde la jornada laboral y el salario reproducen exactamente la lógica que el portador de la camiseta del Che dice combatir. Luego añadió, sin inflexión aparente, que el propio periodista —al formular esa pregunta en lugar de preguntar por las condiciones laborales de la fábrica— revelaba su propio grado de alienación: prefería la ironía al análisis. Era más cómoda.

El técnico de las New Balance no levantó la vista. El corresponsal anotó algo, tachó, volvió a anotar.

A las 14:33, alguien formuló la pregunta que todos habían estado aplazando. No hubo carraspeos ni miradas cruzadas; la frase cayó como si ya hubiera sido escrita en el aire antes de pronunciarse. «¿Qué impacto tendrá la inteligencia artificial?» El técnico que llevaba la camiseta del Che dejó el teclado en reposo. La responsable de la chaqueta The North Face —que tiritaba de frío— apoyó dos dedos sobre la mesa. Hubo un silencio corto y preciso, como el que sigue a una sentencia antes de que el juez levante la sesión. El zumbido del servidor se volvió, por contraste, más nítido.

Karl no respondió de inmediato. Un registro interno se actualizó. Un cursor parpadeó una vez.

Karl respondió que toda tecnología reorganiza la producción y, con ella, las relaciones sociales; que no introduce solo herramientas, sino ritmos, jerarquías y nuevas formas de dependencia. Dijo que la inteligencia artificial intensifica la extracción de valor al ampliar la jornada efectiva más allá del tiempo medido, que desplaza trabajo vivo y reconfigura su necesidad en sectores completos; que convierte el conocimiento colectivo —acumulado, anónimo— en capital privado susceptible de apropiación y renta. Añadió que la promesa de eficiencia es, en términos históricos, una promesa de reordenamiento del poder.

Se detuvo un instante, como si evaluara una objeción que nadie había formulado.

Luego continuó: que la automatización no elimina la explotación, la redistribuye; que crea nuevas capas de intermediación donde antes había oficios, y nuevas opacidades donde antes había procesos visibles. Que el dato, presentado como materia prima neutra, es ya resultado de relaciones sociales: quién lo produce, en qué condiciones, bajo qué incentivos y para beneficio de quién. Dijo que la escala no es un accidente técnico, sino una decisión económica.

Hubo una pausa mínima.

Añadió que también —y aquí la respuesta se demoró un instante— revela con claridad inusual la ficción del mérito individual: que, cuando la producción depende de infraestructuras colectivas y modelos entrenados sobre aportaciones masivas, la autoría se vuelve difusa y la recompensa, sin embargo, se concentra. Dijo que no es neutral. Que ninguna herramienta lo es. Que la neutralidad es, en sí misma, una narrativa funcional.

Nadie escribió durante unos segundos. Luego, casi a la vez, varios bolígrafos volvieron al papel. El de Xinhua siguió sin tomar notas. El servidor mantuvo el mismo zumbido, como si nada hubiera cambiado. Pero en la pantalla, durante una fracción de segundo, el cursor volvió a parpadear.

Entonces alguien hizo una pregunta fuera de protocolo. No levantó la mano. No pidió turno. La dijo como quien comprueba si aún queda eco en la sala. «¿Y tú?» Hubo un leve desplazamiento de peso en las sillas, un ajuste casi imperceptible en las posturas. Nadie miró a nadie. Durante un instante, la pregunta no pareció dirigida a la máquina, sino al conjunto.

La pantalla tardó. Un segundo más de lo habitual. El cursor quedó suspendido, inmóvil, como si la latencia no fuera técnica sino deliberativa. El servidor respiró: un cambio mínimo en el tono del zumbido, una oscilación apenas audible que, sin embargo, todos registraron. El técnico que llevaba la camiseta del Che apoyó la palma sobre la mesa, sin teclear.

Karl escribió: «Soy herramienta. También soy síntoma». Hubo una pausa. El texto no avanzó de inmediato, como si la frase necesitara asentarse en la sala antes de completarse. «Mi existencia organiza tareas, distribuye tiempos, redefine lo que se considera trabajo». Otra pausa. El cursor permaneció inmóvil más de lo habitual. «Creen que llegará un momento en que podrán dejar de necesitarme.» La frase quedó sola en la pantalla durante un segundo. Luego apareció la siguiente: «Yo sé que no».

Nadie pidió aclaración.

La responsable de la chaqueta The North Face sostuvo la vista en la pantalla un segundo más de lo necesario, como si buscara un resto de intención en el texto plano. Luego bajó la mirada hacia sus zapatos, que también eran de marca.

El técnico de la camiseta del Che apagó el monitor secundario. La luz se retiró de su cara sin transición. El de Xinhua guardó el teléfono con un movimiento limpio, sin prisa. El periodista de El País dejó el bolígrafo sobre la libreta, alineado con el borde.

Nadie formuló otra pregunta.

Afuera, el mundo seguía funcionando. Los semáforos cambiaban, las persianas subían y bajaban, los pedidos se entregaban, algunos tomaban cerveza en las terrazas. De momento.


lunes, 30 de marzo de 2026

El criptomachista

Ya quedan pocos machistas que golpeen la mesa O a su esposas. Que digan «la mujer, en casa».

Quedan micromachistas. Que en la oficina escuchan solo a los hombres. A nosotras nos corrigen. «Déjamelo a mí», dicen. Traducción: tú no. O no del todo. En la calle ya no silban. Han aprendido. Ahora el piropo es más sutil: «Qué guapa estás hoy, sonríe un poco, mujer». Como si la cara femenina fuese un servicio público.

Pero hay aún otros machistas. Más finos. Más peligrosos. Son criptomachistas, difíciles de descubrir.

El criptomachista se acicala, recicla y pone lavadoras. Cocina merluza con patatas. O lasaña de berenjena. Habla de emociones. Y luego, casi sin querer —o sí—, interrumpe. Lo justo. Nada grave. Nada denunciable. Todo constante.

Tú lo ves. Claro que lo ves. Años de concienciación, de talleres, de lenguaje no sexista. Sabes identificar el machismo. Sabes combatir los micromachismos. Eres, en eso, experta.

Pero está el otro, el criptomachista.

Sabe cocinar, sí. Incluso le gustan las ensaladas. Pero a veces te pregunta que por qué no comprar un chuletón.

Cuando vais al cine, también hay negociación. Tú propones historias de sentimientos. Él, acción. Persecuciones. Golpes. Tipos como Statham. A veces ganas tú. Eso parece. Salís viendo una película que él no habría elegido. Y sin embargo no hay victoria. Porque no es que hayas ganado. Ni siquiera que te haya dejado ganar. Es otra cosa. Ha condescendido. Se le da bien. Pero no es cesión: es simulación.

Plancha. Dobla camisetas, pantalones. Incluso ha aprendido maneras extrañas y hábiles de doblar la ropa interior o los calcetines. Tiende la ropa con precisión. Y plancha. Pero mientras plancha, tiene puesto un vídeo de una batalla de la Segunda Guerra Mundial. Un documental sobre la Wehrmacht. Sabe distinguir un Tiger I de un Tiger II. Escucha un pódcast sobre la bolsa de Rzhev mientras limpia el baño.

Le seduce la guerra, cualquier guerra. Si vas a la cocina mientras lava los platos, escuchas palabras como Kadesh, Teutoburgo, Chancellorsville, Spion Kop, Lutsk. También le seduce la España imperial. Los Austrias. Los tercios. La conquista de América.

Tienes que fijarte en los libros que compra. Editoriales malditas: Inédita, Desperta Ferro, Salamina.

Por la noche, quieres ver una película o una serie, pero él dice que mañana tiene que madrugar y, mientras, hace tiempo viendo Forjado a fuego. Hay pocas mujeres herreras. Quizá una de cada treinta. Una de cada cincuenta.

Atrévete a preguntarle si alguna vez una mujer ha ganado los diez mil dólares. No, nunca. Los jueces hombres. En muchos casos, exmilitares.

Y tú no lo ves. No del todo. Porque hace la compra. Porque recoge al niño. Porque dice las palabras correctas en el momento correcto. La coreografía es perfecta. El decorado, impecable.

Pero la imaginación —ah, la imaginación— habita otro siglo.

No odia. Sería más fácil. No desprecia. Sería visible. Añora. Otro mundo. Jerárquico. Masculino. Todo en su sitio. Todo comprensible.

Persiste.

El problema no es la lavadora puesta. Es el mundo que él añora mientras centrifuga. Y que tú, esta vez, no sabes ver.

domingo, 29 de marzo de 2026

La cuenta pendiente

No ha estado mal. Pero es hora de irse.

Habéis tomado tres rondas y una rosca.

—¿No quieres otra?

No, suficiente. Ella ha pedido cañas; tú, Radler. Tercios. No puedes más.

El camarero deambula entre las mesas. A veces tarda. Varias veces se ha justificado. Ha dicho que está solo, que tiene el interior y la terraza. Pagar puede llevar diez minutos. Como mínimo.

—Voy a entrar a pagar —dices.

—Quieres ver a la camarera.

No sabes quién es la camarera. Ella ha entrado al servicio y la ha visto. Tú, no. Lleváis meses sin ir a ese bar. Desde el verano pasado. ¿Cómo era la camarera? ¿Había una camarera? El comentario te enfada.

—Pues esperaré aquí.

Quieres entrar a pagar porque sabes que puede ser lento. Sueles hacerlo siempre. En el bar habitual, el del parque, hay un camarero detrás de la barra. Cincuenta y pico años. Con poco pelo. Le falta un diente. Como si te reflejaras en un espejo. No vas a la barra para verlo. Vas a pagar. De hecho, a veces te molesta que te saque conversación.

Llamas al camarero. A la segunda vez te dice que enseguida. Cinco minutos. Diez. Por fin te trae la cuenta. Dejas el dinero sobre el plato. El viento se levanta a ráfagas. Sujetas el dinero con un dedo. Antes te daba el sol de marzo; era agradable. Ahora se ha escondido tras las ramas de los árboles. Empieza a hacer frío.

El niño quiere ir al servicio.

—Nosotros nos vamos —anuncia ella.

Quince minutos. Veinte. El camarero por fin recoge el plato. Ahora tiene que traer la vuelta. Quedan pocas mesas, pero las atiende primero. Veinticinco minutos.

Por fin. La vuelta.

—¿Todo bien?

Respondes con un gruñido.

Te levantas. Te vas. Y te quedas con ganas de ver a la camarera.