Ocurrió en octubre. Los disparos comenzaron al alba.
El macho viejo conocía el sonido. Treinta años cruzando el bosque de Karjala. Treinta temporadas esquivando balas. Esta vez guio al rebaño hacia el sur. Hacia las luces.
En Varjola nadie esperaba verlos.
El jardinero municipal, Eero Mäkelä, cincuenta y dos años, fumaba junto a la fuente de la plaza Mayor cuando el primer ciervo cruzó frente a él. Era martes. Las siete y cuarto de la mañana. El animal —hembra joven, quizá dos años— mordisqueó los geranios del parterre central. Mäkelä apagó el cigarrillo. No llamó a nadie.
«Pensé que estaba soñando», declaró después.
Para el viernes había diecisiete ciervos en la ciudad.
Se refugiaban bajo el puente del río Saimaa. Dormían en el parque infantil abandonado de la calle Koivukatu. Bebían de las fuentes ornamentales. Los niños de la escuela Runeberg los dibujaban desde las ventanas del segundo piso. La profesora de Naturales, Liisa Virtanen, suspendió las clases.
El macho viejo —los periódicos lo bautizaron Rey— permanecía alerta. Olfateaba el aire. Escuchaba motores, voces, portazos. Pero no escopetas. En la ciudad las armas están prohibidas. Los cazadores no pueden entrar. Las ordenanzas municipales lo impiden desde 1987.
Los cazadores esperaban en el bosque. Dmitri Volkov y su primo Andrei Sokolov, llegados desde Vyborg con permisos temporales. Igor Petrov, veterano, cincuenta y seis años, tres décadas cazando en Karjala. Observaban las huellas que conducían hacia las luces. No podían seguirlas. La ley era clara.
«Los animales lo saben», dijo Petrov. Escupió. Guardó el rifle.
Los habitantes de Varjola actuaron sin consultar. El panadero Oskar Lindström dejaba pan duro en el callejón trasero. La florista Tuula Nieminen plantó arbustos extras sabiendo que serían devorados. Nadie protestó. Nadie denunció daños.
«Son animales sagrados», explicó el alcalde, Antti Saarinen, en rueda de prensa. No aclaró por qué.
La policía local modificó sus rutas. Patrullaban despacio, sin sirenas. El agente Mikko Häkkinen, treinta y ocho años, veterano, recibió instrucciones precisas: no asustarlos.
Una cierva —la prensa la llamó Luna— se acercaba a los bancos donde los jubilados alimentaban palomas. Aceptaba manzanas. Se dejaba fotografiar. Las imágenes circularon por internet. Varjola apareció en noticiarios nacionales.
Duraron hasta marzo.
Cuando cesaron los disparos en Karjala, el rebaño regresó al bosque. Diecisiete ciervos cruzaron la rotonda norte al amanecer. El macho viejo iba último, comprobando que todos salían. Nadie intentó retenerlos.
Dmitri Volkov los vio pasar. Estaba en el lindero con su rifle. No disparó. Andrei Sokolov tampoco. Igor Petrov fumaba apoyado en el todoterreno. Los tres observaron cómo los animales se internaban entre los abetos.
Eero Mäkelä los vio partir desde la ventana del ayuntamiento. Fumaba. No dijo nada.
Volvieron en octubre siguiente. Y al otro. Y al siguiente.
Cada otoño Varjola se llenaba de cornamentas atravesando las calles. Los habitantes aprendieron a esperarlos. Plantaban más arbustos. Dejaban agua limpia en los parques. Los comerciantes ajustaban horarios para no asustarlos.
Nadie recuerda cuándo comenzó. Quizá siempre existió. Los viejos cuentan que Varjola significa «refugio» en lengua sami. Que la ciudad se fundó como santuario. Que ciertos animales conocen lugares seguros por instinto.
El macho viejo murió el invierno pasado. Tenía treinta y cuatro años. Lo encontraron bajo el puente del Saimaa, rodeado de hembras jóvenes.
Pero en octubre llegaron los ciervos igualmente. Un macho nuevo guiaba el rebaño. Más joven, cornamenta menos imponente. Conocía el camino.
Cruzó la rotonda norte. Entró en la ciudad. Los demás lo siguieron.
Eero Mäkelä fumaba junto a la fuente. Los contó. Diecinueve esta vez.
No llamó a nadie.
Relato publicado en El Narratorio (Año 11, Nº 120)