jueves, 16 de julio de 2026

La risa

Desde la loma podían verse las tiendas enemigas. Eran innumerables. En el centro del campamento ondeaba la enseña del califa: un gran pendón bermejo con un ajedrez negro y blanco. Nadie hablaba en las filas cristianas. Los soldados ajustaban las cinchas de las monturas o besaban crucifijos de madera con manos que procuraban no temblar.

El rey de Castilla conocía bien aquel silencio. Años atrás había visto otro campo parecido. Recordaba la huida, el estruendo del hierro y un caballo sin jinete atravesando un mar de cadáveres. Aprendió entonces que un rey también podía morir de forma vulgar, boca abajo y con la boca llena de barro.

El rey de Aragón no apartaba los ojos del valle. El de Navarra desgastaba con el pulgar el pomo de la espada. Ninguno pronunciaba la palabra derrota. El rey de Castilla quiso poner número a las huestes del Miramamolín. Al poco desistió. Comprendió que no regresarían. Y aquella certeza, extrañamente, le trajo paz.

Se volvió hacia los otros dos.

—Señores, muertos somos ya. Riamos, ca mejor es reír que temblar.

Los tres rieron.

No fue una carcajada alegre. Fue breve, seca, casi desafiante. Algunos hombres de armas los miraron sin comprender. Después espolearon las monturas.

Cargaron. Y cargaron riendo.

Muchos años más tarde, los cronistas escribieron que Dios inclinó la balanza. Otros hablaron de estrategia, de una cadena rota y de un campamento conquistado. Ninguno dejó escrita aquella risa.

Al caer la tarde, cuando el valle solo conservaba humo, moscas y hombres que jamás volverían a sus casas, los tres reyes volvieron a encontrarse. Las armaduras estaban abolladas y cubiertas de sangre seca.

—Vencimos —dijo uno.

Nadie respondió enseguida.

Al cabo, el rey de Castilla sonrió con el cansancio de los supervivientes.

Así fue. Mas el miedo que hobimos en este día, señores, ese fincará con nosotros fasta la muerte.