martes, 21 de julio de 2026

La anatomía de la discordia

El juicio de Salomón alcanzó su punto culminante cuando la hoja de bronce del verdugo cayó con precisión matemática sobre el lecho de mármol. El llanto del inocente se cortó de golpe y el cuerpo quedó dividido en dos secciones exactas. El rey suspiró con alivio, convencido de que la crudeza del acto revelaría finalmente la piedad de la verdadera madre.

Sin embargo, el silencio duró apenas un instante. Lejos de derrumbarse en lágrimas de arrepentimiento, las dos mujeres se abalanzaron sobre la mesa con garras afiladas.

—¡La parte de arriba es mía! —chilló la primera, apartando el torso sangriento de las manos de su rival—. Esta mitad conserva la cara, la sonrisa y la voz. ¿Para qué quiero yo las piernas?

—¡Jamás! —rugió la otra, sujetando el pecho de la criatura con ferocidad—. Yo alimenté esa boca. Las extremidades inferiores no sirven para nada en el cuna.

Salomón observó la escena desolado desde su trono de marfil. El trono le pareció de pronto demasiado grande, y su famosa sabiduría, una herramienta torpe e inútil.