lunes, 24 de agosto de 2026

Los zapatos

 

La primera vez que los zapatos lo llevaron al cementerio, pensó que se había distraído.

Salió de casa para comprar pan y, cuando quiso darse cuenta, estaba frente a la verja. Miró sus pies. Los zapatos permanecían inmóviles.

—Muy gracioso —dijo.

Al día siguiente ocurrió lo mismo.

Durante una semana cambió de ruta, tomó un taxi, salió por otra puerta. Los zapatos siempre encontraban el camino. Una mañana decidió seguirlos.

Atravesaron la avenida, cruzaron el parque y entraron en el cementerio. No se detuvieron ante la tumba de su madre, ni ante la de su padre. Caminaron hasta una zona nueva, donde la hierba todavía no había cubierto las lápidas.

Allí había una.

Tenía su nombre.

No había fecha.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

Los zapatos avanzaron un poco más y se detuvieron frente a una tumba vacía.

En la piedra había una inscripción: «Aquí descansará alguien que pasó demasiado tiempo intentando llegar a otra parte».

Volvió a casa descalzo.

Durante meses guardó los zapatos en el fondo del armario. Un domingo, sin saber por qué, los sacó.

Estaban cubiertos de tierra.

Al ponérselos, sintió que alguien le tomaba la mano.

No era una mano humana.

Era la suya.