Todos los días cojo el coche. Podría
no cogerlo. Podría trabajar aquí, en la ciudad donde vivo. Pero no quiero. Mi
trabajo tiene esa ventaja: cuando vuelvo a casa, se acabó. Hasta el día
siguiente. Hasta el lunes. Hasta septiembre.
Así que cojo el coche.
Los geógrafos lo llaman migración
pendular. Desplazamiento regular. Menos de media hora. No es mucho. Aunque
puede ser peligroso. Veinte días al año llueve y hay que ir despacio. Uno o dos
días diluvia. Hay niebla. Y luego están los otros conductores: los que van con
el móvil, los que no se apartan cuando te incorporas, los que circulan a
doscientos por hora, los camiones haciendo eses. Conductores irresponsables. O
simplemente cansados.
Pero debo confesar algo: me gusta.
No me gustaría recorrer cada día la
M-30. Pero no recorro la M-30. A veces hay tráfico. A veces no hay nadie. Voy
tranquilo. Escucho las noticias. Pongo música. Regulo la calefacción a mi
gusto. Nadie se queja de que hace frío o calor. Nadie dice que la música está alta.
Nadie discute las opiniones del periodista.
Durante ese rato, soy libre.
Es curioso. Vivimos obsesionados con
eliminar desplazamientos. Teletrabajo. Reuniones por videoconferencia. Ahorro
de tiempo. Como si el tiempo ahorrado fuera tiempo ganado. Como si no hubiera
nada que hacer en el trayecto entre un sitio y otro.
Pero ese trayecto es mío.
Nadie me pregunta nada. Nadie me
pide nada. No hay correos electrónicos. No hay reuniones. No hay decisiones que
tomar. Solo la carretera, el volante, la música. El paisaje que cambia según la
estación. Los mismos olivos, los mismos cerros pelados, la misma curva donde
siempre piso el freno a fondo, tal vez un poco más de la cuenta.
A veces pienso que este
desplazamiento es lo único verdaderamente mío en todo el día. En casa hay
obligaciones. En el trabajo, responsabilidades. Pero en el coche solo estoy yo.
Y la carretera. Y esa libertad pequeña, ridícula si se quiere, de elegir qué
emisora escuchar, a qué velocidad ir, si adelantar o no. De llegar cinco
minutos antes o cinco minutos después.
Libertades mínimas, intrascendentes.
Pero mías.
Quizá por eso me gusta coger el
coche cada día. No es el destino. Es el trayecto. Ese paréntesis entre lo que
dejé y lo que me espera. Ese tiempo suspendido en el que nadie puede pedirme
nada porque oficialmente estoy conduciendo, ocupado, inaccesible.
Libre.
Luego llego al trabajo y todo vuelve a empezar. O
vuelvo a casa y todo continúa. Pero durante esos minutos, en esa cápsula de
metal que avanza por la autovía, soy absolutamente libre.