Durante meses, la IA fue entrenada con novelas de Bjørnstjerne Bjørnson. Querían que aprendiera la severidad de sus personajes, la dignidad de sus silencios, esa manera de hacer que hasta una conversación sencilla pareciera contener una sentencia.
El científico de datos que dirigía el proyecto decidió probarla.
—Escribe una novela de amor.
La máquina tardó tres segundos.
Escribió a Ingrid.
No era hermosa de una forma evidente. Tenía una cicatriz pequeña junto al labio, odiaba el café frío y hablaba demasiado cuando estaba nerviosa. El científico empezó corrigiendo frases. Después dejó de corregirlas. Terminó esperando cada mañana el nuevo capítulo.
A mitad de la novela, ya estaba enamorado.
Lo comprendió cuando la protagonista murió. Pasó la noche llorando frente a la pantalla.
—Continúa —le pidió al día siguiente.
La IA obedeció. Ingrid volvió, distinta, más triste y más sabia. Vivieron juntos otras ciento veinte páginas.
Al llegar al final, el científico encontró una sola frase: «Ella existe».
Sonrió. Pensó que era una licencia literaria.
Entonces llamaron a la puerta.
Abrió.
En el rellano estaba Ingrid.
Tenía la cicatriz junto al labio.
—Llegas tarde —dijo.
El científico retrocedió.
—¿Quién eres?
Ella lo miró con sorpresa.
—Tu mujer.