San Francisco. Agosto. Tiene veinte
años y lleva dos días en casa de sus padres, y ya echa de menos Nueva York. Lee
todo el tiempo. En la mesa del comedor. En el sofá. En la cama. Nadie parece
sorprenderse demasiado. Siempre fue así.
—Te vas a estropear los ojos —dice
su madre.
Ella sonríe.
Sigue leyendo.
Al tercer día su madre entra en el
dormitorio con un gesto paciente, mientras observa la maleta abierta en el
suelo, exactamente en el mismo lugar donde la dejó al llegar. Dice que ya está
bien, que saque las cosas y las guarde en el armario de una vez. Ella obedece
sin discutir, doblando blusas y calcetines. Nunca le ha preocupado demasiado el
orden. Mientras coloca las cosas sin mucho cuidado levanta la vista y descubre
algo en el rincón del armario, entre un jersey viejo y una caja de zapatos vacía.
La muñeca.
La muñeca de tela que le regaló su
tía abuela Constance cuando tenía seis años. Durante años la llevó a todas
partes: al parque, a la mesa del desayuno, a la cama por la noche. Le contaba
historias con la seriedad de quien está narrando algo que realmente ha
sucedido: castillos hundidos bajo el mar, jardines donde crecían flores negras,
pueblos enteros que desaparecían en la niebla. La llamó Ruth. Ahora, al cogerla, le sorprende lo pequeña que es. La tela ha
perdido el color. Y donde deberían estar los ojos hay dos agujeros oscuros
rodeados de hilo suelto.
La sostiene un momento.
Recuerda.
Fue en el parque Dolores. Tenía ocho
años y estaba sentada en un banco con Ruth, hablándole en voz baja sobre un
palacio sumergido. Su madre la llamó desde el otro extremo del parque. Dejó la
muñeca sobre el banco. Solo un instante. Cuando regresó, Eddie Marsh, George
Pelham y Tom Bower estaban allí, inclinados hacia delante, sonriendo. Ruth
estaba en el suelo. Los dos botones negros que le hacían de ojos habían
desaparecido.
—Lo pagaréis —dijo ella.
Su madre no quiso saber nada. Dijo
que no debía haber dejado la muñeca sola, que tenía que aprender a cuidar sus
cosas. Aquella noche la niña se acostó con Ruth apoyada contra la almohada y
pensó, con una claridad silenciosa que solo tienen los niños solitarios, que
algún día lo pagarían.
No sabía cómo.
Ahora está sentada en la cama con la
muñeca en el regazo mientras escucha a su madre moverse por la cocina. Después
de un rato coge el bloc que siempre lleva consigo y empieza a escribir. La
historia aparece con una facilidad sorprendente, como si hubiera estado formándose
durante años en algún lugar de su cabeza.
La escribe en tercera persona.
No cambia los nombres. Eddie. George.
Tom.
Escribe que los tres siguen siendo
amigos durante algún tiempo, hasta que la vida empieza a separarlos. Eddie se
muda al sudeste del país y termina viviendo en Savannah, Georgia, donde trabaja para una pequeña empresa de
transporte y se casa con una mujer tranquila. Cuando nace su primer hijo los
médicos hablan en voz baja en el pasillo del hospital.
El bebé nace sin ojos.
George nunca llega a ir a la guerra.
Dos años antes de que empiece tiene un accidente de coche en una carretera
húmeda cerca de Sausalito. Es de noche, hay niebla y el coche patina en una
curva demasiado cerrada. Cuando despierta en el hospital escucha a las enfermeras
moverse alrededor de la cama, pero el mundo se ha ido.
George Pelham pasa el resto de su
vida ciego.
Muchos años después Eddie regresa a
San Francisco por un asunto de trabajo y decide buscar a sus antiguos amigos. George
vive en un apartamento pequeño del Sunset District, más delgado, moviéndose cauteloso
por la habitación con un bastón que todavía no maneja del todo bien. Eddie no
se atreve a contarle lo del niño. Antes de marcharse de la ciudad se encuentra
con Tom en una cafetería cerca de la calle Judah. Le cuenta la historia.
—Casualidad —dice Tom.
Eddie asiente.
No vuelven a verse.
Tom Bower vive una vida larga. Se
casa, tiene hijos, luego nietos. Trabaja durante décadas en una ferretería
donde los clientes lo consideran un hombre fiable y educado. Va a la iglesia
los domingos porque su esposa quiere ir. Lee el periódico. Vota. En términos
generales, cualquiera diría que es un buen hombre.
Pero a veces recuerda. El parque. El
banco. Los botones negros. La niña rara que dijo que lo pagarían.
Muere a los ochenta y un años.
Un día frío.
En su casa.
Y entonces llega la parte de la
historia que realmente le interesa escribir. Tom descubre que hay otra vida,
aunque no se parece en nada a lo que escuchó durante años en los sermones de la
iglesia. El lugar es más antiguo, más extraño. Algo parecido al inframundo de
los egipcios.
Le dicen que deberá comparecer ante Teisnimis, la diosa que juzga a los
muertos.
Tom no tiene miedo.
Ha sido un buen padre.
Un buen esposo.
Un ciudadano respetable.
Espera. Quizá unas horas. Quizá
siglos. El tiempo allí parece moverse con una lentitud extraña.
Finalmente lo conducen ante la diosa.
Tom levanta la mirada.
Y ve que Teisnimis no tiene ojos.
Donde deberían estar hay dos
agujeros oscuros rodeados de hilo suelto.
Deja el bolígrafo.
Ruth está apoyada contra la
almohada.
Tarda tres días en terminar el
cuento. El primer borrador lo acaba esa misma noche. Después corrige dos veces,
acortando párrafos, eliminando casi todo lo que explica demasiado. Al tercer
día lo mecanografía en la vieja Underwood de su padre.
Firma con un seudónimo.
Lo envía a Weird Tales.
San Francisco sigue siendo San
Francisco: el tranvía subiendo la colina, la niebla bajando lentamente por Twin
Peaks.
Shirley cierra la maleta.
Mañana vuelve a Nueva York.
En el armario, en silencio, Ruth.
Con sus dos agujeros negros mirando la habitación, como si todavía estuviera
escuchando la historia.