domingo, 6 de septiembre de 2026

El mono y Shakespeare

Cuando cerró el zoológico, el mono seguía escribiendo. El vigilante lo veía desde allí: las manos sobre las teclas, el papel avanzando por el rodillo, los cristales empañados por la humedad de la noche.

Todo había empezado años atrás, cuando alguien llevó al zoológico una máquina de escribir y la dejó en la jaula del mono. El animal tardó poco en aprender a utilizarla. Al principio golpeaba las teclas sin ningún propósito, pero enseguida descubrió que, al hacerlo, el papel se llenaba de letras. Un día, un visitante le explicó a otro, medio en broma, que, si el mono seguía tecleando durante el tiempo suficiente, tarde o temprano acabaría escribiendo una obra de Shakespeare. El mono no podía entender sus palabras, pero continuó escribiendo. Desde entonces se sentaba ante la máquina y golpeaba las teclas al azar. Llenaba páginas de palabras sin sentido, cadenas de letras y signos que nadie podía leer. Con el tiempo, siguió haciendo lo mismo.

Los visitantes se reían. Algunos golpeaban el cristal. Otros le arrojaban cacahuetes. Un profesor de literatura explicó ante una cámara que aquello demostraba la superioridad humana. El mono continuó trabajando.

Una mañana, cuando hubo rellenado mil páginas, el director le quitó el manuscrito y se lo entregó a un editor de literatura de vanguardia. El editor leyó las primeras páginas, sonrió y se comprometió a publicarlo. Tres meses después, el libro era un fenómeno mundial. Recibió premios y provocó congresos y debates durante años sobre lo que aquella obra decía acerca de la condición humana.

Un periodista viajó al zoológico y le preguntó al mono qué había querido decir.

El animal levantó la vista. Miró el libro. Luego al periodista.

Movió los hombros.

El periodista publicó que había descubierto a un nuevo Pynchon y a un nuevo Salinger en un solo autor, y dedicó tres páginas a explicar por qué aquel mono representaba el futuro de la literatura.