Aconseja Oprah Winfrey no ver las noticias antes de acostarse. Pueden alterar el sueño. Tiene sentido. Hay días en que basta con saber que el mundo existe para dormir peor.
Rolf Dobelli es más radical. Aconseja no leer periódicos, no escuchar la radio y, mucho menos, ver la televisión. No informarse. Si sucede algo importante de verdad —un apagón, una pandemia, una erupción volcánica, que 70.000 personas asalten la frontera— acabaremos enterándonos. El resto puede esperar.
El ministro de Transportes se ha acostado con tres prostitutas en un hotel de Paradores. El PSOE montó una cloaca para obstaculizar causas judiciales, presionar a jueces y fiscales, y proteger el entorno familiar y político del presidente del Gobierno. El ministro de Transportes ha llamado «saco de mierda» a un periodista. El fiscal general del Estado ha sido condenado por revelación de datos reservados. El hermano del presidente del Gobierno, por prevaricación.
Durante unas horas parece que de ello depende el destino de la civilización.
Después llega la noche.
Y no ha cambiado nada.
Lo admito: he seguido el consejo de Oprah Winfrey. Me cuesta seguir el de Dobelli. Hasta ahora.
Hace poco terminé el primer volumen de los llamados Diarios de la Segunda Guerra Mundial, de Manuel Chaves Nogales. En realidad son artículos que fue publicando en periódicos de Sudamérica. Me gusta Chaves Nogales desde que leí A sangre y fuego, uno de los mejores libros sobre la Guerra Civil.
Estos artículos cuentan la llamada drôle de guerre, esa guerra de mentira que se prolongó entre octubre de 1939 y mayo de 1940. Francia vivía con una cierta normalidad. Los soldados esperaban en sus posiciones. Los cafés seguían abiertos. Los diputados comunistas habían sido expulsados de la Asamblea Nacional por complicidad con los nazis.
Alemania parecía condenada. Chaves Nogales no duda de su derrota. Contempla a la Alemania nazi con cierta condescendencia. El 10 de mayo, el mismo día en que arranca la ofensiva alemana, llama a Hitler «fracasado».
Cuatro semanas después, Francia se hunde.
Quien leyera a Chaves Nogales creía conocer a fondo la Francia de la drôle de guerre. Pero ¿la conocía el propio Chaves Nogales?
No la conocía.
Hace años leí los diarios de Orwell durante la guerra. Lúcido y, aun así, tan mal informado como Chaves Nogales. Pero certero cuando escribió una frase que sigue describiendo nuestro presente: «En cuanto a la veracidad de las noticias, probablemente estén ocultando más que mintiendo».
Ver el telediario no equivale a estar informado.
No equivale.
Podemos seguir cada minuto de una guerra y no entenderla. Podemos leer cien titulares sobre un político y no saber quién es. Podemos vigilar una causa judicial durante años y descubrir, al final, que buena parte de las certezas que nos vendieron eran rumores.
Y con firma de periodista al pie.
Precisamente, el hermano del presidente ha sido condenado por un «delito de prevaricación administrativa en condición de cooperador necesario». Antes de la sentencia, algunos periodistas ya hablaban de un patrimonio de un millón de euros, de vínculos con el caso Koldo, de un permiso de paternidad sin haber sido padre.
De todo aquello, la sentencia solo confirmó una cosa.
Las demás seguían siendo rumores.
Y una noticia no deja de ser falsa porque haya ocupado tres días de portadas.
Informarse consiste también en saber cuándo dejar de hacerlo.
Hay demasiadas noticias. La mayoría, sesgadas.
Muy pocas importan.
Por eso estoy cada vez más cerca de Dobelli. También nos dejó otro consejo excelente: no tener que opinar sobre todo y sobre todos.
A veces, para conservar la calma mental, basta con apagar la pantalla.
Y dormir.