jueves, 9 de julio de 2026

Todos somos iguales, pero unos vienen de Zarauz

Hay frases que sobreviven porque son ciertas en cualquier circunstancia. La de Orwell, por ejemplo: «Todos somos iguales, pero unos son más iguales que otros». Cambian los gobiernos, los regímenes. Esta frase sigue ahí, imperecedera. Esta vez le tocó a un amigo mío.

Llegó a la final de un concurso de microrrelatos. Diez finalistas. Madrid. La liturgia de siempre: peroratas de circunstancias, sonrisas recortadas, escritores fingiendo indiferencia ante la derrota que ya intuyen. Luego me contó las anécdotas, como quien enseña las fotos de viaje. El concursante del amuleto, que ganó. «¿Y no se lo robaste?», le pregunté. La escritora que odiaba viajar en metro. La que había desterrado los adverbios de su literatura y de su conversación; por coherencia, hablaba poco.

—¿Al menos te pagaron el viaje? —pregunté.

Tardó un segundo de más en contestar. Ese segundo contenía la respuesta.

Le habían preguntado si había trenes de Jaén a Madrid. ¿Trenes? Respondió que prefería ir en coche. Así que le pidieron que guardara el recibo de la gasolina.

Salió de Jaén con el depósito casi lleno; aun así, repostó. Veinte euros. El depósito, claro, no aguantó. A la vuelta, volvió a llenarlo en La Carolina. Entregó las facturas. Nunca llegó el reembolso. No era mucho dinero. Tampoco le preocupaba mucho. Mi amigo trabaja en un instituto y me ha contado que los compañeros que se van de viaje con los alumnos matan por cobrar las dietas. Veinte o treinta míseros euros. Él nunca ha entendido por qué.

Pero, claro, mi amigo estaba un poco molesto porque otra finalista, que venía de Zarauz o de Guetaria —no lo recuerda—, voló a Madrid. Era una vasca con abuelos de Segovia o Ávila, de los que hablaba como mi amigo habla en sus clases del Australopithecus afarensis y el Homo habilis: antepasados muy lejanos. Como el vuelo de vuelta aterrizaba tarde en Bilbao, la organización le pagó un hotel céntrico.

Mi amigo no protestó. Los de Jaén llevamos siglos entrenándonos para soportar las injusticias sin hacer ruido. Es una gimnasia invisible. La llamamos normalidad.

Al menos lo invitaron a comer. Otros finalistas apenas probaron bocado. Mi amigo, como buen giennense, devoró todo lo que le pusieron. Solo me dio una queja: la cerveza no estaba fría. Cosas de los madrileños. Si un camarero, en un bar de Jaén, sirviera una cerveza tibia, amanecería al día siguiente tirado en un olivar con un par de aceitunas donde estaban los ojos.  

Durante la comida, otra de las finalistas —la madrileña que odiaba viajar en metro— no entendió bien el humor negro de mi amigo, humor negro que en realidad mi amigo utiliza para esconder su timidez. Le soltó un tópico, con esa media sonrisa de quien cree estar siendo simpática:

—Dicen que los de Jaén tenéis muy mala follá.

Él no se inmutó:

—Esos son los de Granada. Aunque yo, que soy de Jaén, sí que la tengo.

Hay derrotas que salen caras. Esta le costó, calcula, cuarenta o cincuenta euros, más los doscientos del hotel que a él —en ningún momento— se plantearon pagarle. A cambio se llevó la idea de una historia, que es la única moneda valiosa los escritores: convertir un recibo de gasolinera y una comida en literatura.