A las siete y diez de la mañana, cuando los camiones aún no han descargado en la nave tres, Emilia Cutillas ya ha recorrido los fardos con el dorso de la mano, como quien comprueba si una manzana está madura. Lleva treinta y dos años en la fábrica, el delantal gris abrochado hasta el cuello y una libreta en el bolsillo en la que no apunta nada. Los capataces dicen que no la necesita.
El Grupo Papelera Cutillas, fundado por su abuelo en los años sesenta, forma parte de la vida de Emilia desde niña. Durante los veranos trabajaba en la fábrica, mientras estudiaba en Madrid y Austin. Ha pasado por todas las secciones: la trituración, las cubas de pasta, las prensas, las bobinas y el corte. Sabe distinguir una partida defectuosa antes de que llegue a las máquinas. También sabe de dónde viene cada papel.
Los periódicos atrasados, con la tinta ya apagada, van a las servilletas, que se deshacen entre los dedos, como se espera de una servilleta de bar. Los libros de versos que las librerías devuelven por cajas, se destinan a los pañuelos de bolsillo. Hubo un invierno en que media España se sonó con Machado y nadie lo notó, salvo un profesor de instituto de Jaén que escribió a la empresa una carta de tres páginas y no obtuvo respuesta. El ensayo, más grueso y más obediente, acaba en cajas de cartón, y en ellas se embalan, entre otras cosas, televisores y portátiles.
Los expedientes llegan en furgoneta cada jueves desde los archivos de varios ministerios, algunos con el sello de «urgente» todavía húmedo, de una urgencia de 1987. Formularios, actas, oficios que remiten a otros oficios. Dan un papel higiénico decente, de gramaje honrado, que se vende bien en los hipermercados.
Para el rollo barato, el de la marca blanca, el que raspa, Emilia reserva las leyes. Los códigos le llegan encuadernados y ella misma, a veces, les arranca las tapas, despacio, con las uñas cortas.
En marzo, recibieron un pedido de un palé para los aseos del Ministerio de Justicia. Emilia firmó el albarán con la satisfacción del deber cumplido: las leyes, por fin, se aplicaban donde debían.