miércoles, 28 de octubre de 2026

Papelera

 Stephen King: «Un poco de talento es algo bueno si quieres ser escritor. Pero el único requisito real es la capacidad de recordar cada cicatriz».

 

Le envío poemas sin que me lo pida porque temo el día en que lo haga. Entonces ya no sabré si escribo por amor o por obediencia. Prefiero esta desproporción: mi exceso contra su calma.

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La Esfinge ha cerrado su cuenta. Estaba harta de que nadie respondiera bien. No era la respuesta el problema. Era que nadie preguntaba ya nada. Una civilización que no hace preguntas, pensó, no merece acertijo. Tampoco merece que ella siga esperando.

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—Deja que tus manos hablen —ordenó la reina.

El sastre, tras coserle el traje invisible, las alzó mudas.

—Majestad, no dicen nada.

Rieron todos. Ella también, desnuda, por fin libre.

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En Caldoria, pensar en silencio está prohibido. Cada ciudadano debe murmurar sus ideas. Las plazas suenan como colmenas. Los que callan demasiado despiertan sospechas. El gobierno dice que así se evita conspirar.

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En el nuevo sistema social, los vínculos familiares se registraban por contrato renovable cada cinco años. La tasa de abandono era del ochenta por ciento. Los científicos lo llamaron dato. Los afectados lo llamaban por su nombre verdadero: orfandad elegida.

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La criatura no robaba dinero ni sangre. Robaba imágenes: el primer mar que recordabas, la cara de tu madre joven, el sueño recurrente. Las víctimas seguían vivas, funcionales, correctas. Solo que ya nada les parecía digno de ser imaginado. Eso era todo.

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27 DE OCTUBRE

Hoy, lo que les sobró a ellos. Por la tarde, derrengado. Sin ganas de nada.

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LIMPIEZA URBANA

Los manifestantes se dispersaron pasadas las tres de la mañana, dejando tras de sí un rastro de botellas rotas, pancartas húmedas y contenedores volcados. Jean-Pierre acercó el camión de agua a presión hasta la base del monumento a la República. Apuntó con la manguera de alta potencia hacia la cara pintarrajeada de la estatua para arrancarle los regueros de esmalte negro que le caían por las mejillas. Cuanto más rascaba el chorro sobre la superficie de piedra, más profundas y vivas parecían quedar talladas las lágrimas.

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Guardaba una carta escrita a los veinte años, profética sin quererlo: describía la soledad exacta que tendría a los cincuenta. La encontró en una mudanza. La leyó de pie, con el abrigo puesto. La dobló con cuidado. Aquella chica se había conocido bien.

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En Lorveta, los caminos siempre llevan al mismo sitio: la plaza central. Los viajeros parten durante años. Regresan convencidos de haber visto mundo. El gobierno mantiene mapas muy detallados.

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EPITAFIO

El médico me dijo que, para mi edad, estoy bien.

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En el mercado intergaláctico, el humano ofreció su único diamante. El vendedor alienígena lo rechazó. «¿Qué tienes que no puedas perder?», preguntó. El humano pensó. Nombró tres cosas. El alienígena asintió: «Eso no tiene precio. Quédate el diamante».

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25 DE OCTUBRE

Cinco albóndigas en mi plato. A mi cuñado le ponen siete.

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Soñaste que te daban una vida distinta. La rechazaste. Te dieron otra. También la rechazaste. En el sueño devolviste quince vidas, una tras otra, hasta que el encargado, ya agotado, suspiró y te devolvió la tuya. La recibiste como si fuera nueva. Algo había cambiado. Eras tú.

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Te regalé el anillo más caro que pude comprar. Lo dejaste en la mesilla sin mirarlo. Me regalaste, en cambio, una piedra del río que habías guardado veinte años. Supe entonces quién era más rico. Guardé la piedra. El anillo no sé dónde está.

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En Salmira, todos nacen con una llave colgada al cuello. Nadie sabe qué abre. Muchos pasan la vida buscándolo. El gobierno vende mapas posibles. Ninguna cerradura ha coincidido.

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Le diagnosticaron conformismo crónico. El médico lo dijo como una condena. Él asintió, tranquilo. En la sala de espera, los demás pacientes lo miraban con odio genuino. Salió a la calle, respiró el aire gris de noviembre, y pensó: qué bueno, esto.

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No pido más luz. Me basta esta ventana. No pido más tiempo. Me basta hoy. No pido más amor. Me basta tu nombre dicho en voz baja antes de dormir. Sé que pedir esto es el deseo más difícil. Por eso lo pido despacio, todos los días, de nuevo.

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Al final nos preguntarán qué hicimos con el tiempo. Responderemos con gestos vagos. Señalaremos cosas hechas a medias, amores a medio dar, silencios donde debieron ir palabras. El juez tomará nota. También él dejó algo pendiente. Nos entenderemos.

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En Lorveta, el mercado vende señores en lugar de esclavos. Los compradores los llevan a casa y los sirven con devoción. Nadie regatea el precio, solo el porte. Un tasador alabó el de Marco Polo, y el veneciano salió de la ciudad antes del anochecer.

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Contó las muescas del tronco: treinta y cuatro. Él solo había cazado tres ciervos en toda su vida. Suspiró, apoyó el rifle y se sentó a esperar. Detrás, algo se acercó sin hacer ruido.

Ahora hay treinta y cinco muescas.

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El genio salió de la lámpara dispuesto a lo habitual. El hombre pidió un solo deseo: contentarse con lo que tuviera. El genio lo miró largo rato.

—Eso —dijo en voz baja, guardando su magia—, no lo sé conceder yo. Es el único deseo que no existe.

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En Trevona, las estatuas cambian de lugar cada noche. Nadie recuerda a quién representan. Los discursos oficiales se adaptan cada mañana. La historia parece siempre reciente.

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Escribo este microcuento para que alguien me mire.

Cada letra es una súplica.

Tú lees rápido, pasas de página.

En este preciso instante ya estoy solo otra vez.

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Supo que era el momento justo para decirle que lo amaba. Lo supo con certeza absoluta. Esperó un instante más, por si acaso el momento mejoraba. El momento no mejoró. Tampoco ella. Él sigue esperando el instante siguiente.

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24 DE OCTUBRE

Tenía que elegir: cuatro tipos comentando el escrache sufrido por Ayuso o Beethoven. Elegí a Beethoven.

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«Me alegro de no haber intentado ser nunca más de lo que soy. No es mucho, pero duermo por la noche.»

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En el sueño recurrente, él siempre llegaba tarde al tren. Anoche, sin embargo, llegó puntual. El andén estaba lleno de versiones de sí mismo que nunca habían tomado ese tren. Lo miraron con envidia. Subió. El tren arrancó hacia un lugar sin nombre. Dormido, por fin iba despierto.

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La nave tenía combustible para llegar o para volver. Eligieron llegar. El planeta era hermoso y estéril. Construyeron casas, tuvieron hijos, inventaron dioses. Los dioses, curiosamente, siempre señalaban hacia arriba. Nadie recordaba ya por qué.

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Desde niño, el monstruo ha vivido bajo tu cama. Jamás miraste debajo. A los cuarenta, cuando te mudas, lo descubres: atrofiado, ciego, famélico. Te observa con reproche. Le debes, por lo menos, ese miedo que te acompañó tantos años. Le tiendes la mano. Él la toma. Y ahora, ninguno de los dos sabe qué hacer después.

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En el sueño corría por aeropuertos interminables. Mostraba pasaporte y billete. «Algo está mal», repetían, pero nadie lo explicaba. Desperté. La maleta seguía hecha desde hacía días. Abrí el pasaporte: mi foto había desaparecido.

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23 DE OCTUBRE

Fallo. Fallo gordo. Fallo enorme. ¿Fallo catastrófico?

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La reina se acercó. Las arrugas, el gesto abatido, la mirada muerta. Él se preparó para mentir.

Pero sucedió algo inesperado.

—Espejito, espejito, ¿quién es la más triste del reino?

Por primera vez, no supo qué contestar. Estaba entrenado para la vanidad, no para la melancolía.

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Vio aparecer a la reina. Parecía triste. Sí, le mentiría. Le diría lo que quería oír.

La reina se plantó delante. Estaba realmente triste. Se le notaban todas las arrugas. Estaba horrible. Estaba esperando la pregunta. Pero ocurrió algo inesperado.

—Espejito, espejito, ¿quién es la más triste del reino?

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Explica: Bailan las cortinas. Mamá me abraza fuerte y sonríe mientras las sirenas se acercan. En  el sótano, la voz de mi padre vuelve a pedir que le abra la puerta.

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Hay una foto de cuando tenía treinta años. En la cima, delgado, sucio, con los ojos abiertos de una manera que ya no tiene. Ahora vive en un piso amplio con buena luz y buena calefacción. Mira la foto a veces. No con nostalgia, se dice a sí mismo. Pero la mira.

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El escáner de la nave dice que tu ADN funciona, pero no emociona. No sirves para colonizar Marte ni para alimentar xenoformos. Te dejan en una estación orbital, con un cupón y una palmadita. Sonríes. Ni para héroe ni para almuerzo.

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Su madre eligió por ella: equilibrada. Buena estudiante, buen trabajo, buen partido para casarse. A los cuarenta, en consulta, la psicóloga preguntó cuándo había sido feliz. Ella tardó varios minutos. No era una pregunta difícil. Ese era el problema.

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En 2091 el neuroimplante medía los pecados al instante. Todo aparecía en rojo. Subieron el umbral tres veces. Nada cambió. A la cuarta lo apagaron.

—El problema no es el aparato —dijo el director—. Es lo que llamamos pecado.

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ALMARIO, m. Mueble donde se conserva la intimidad. Su principal ventaja consiste en permitirnos presumir de tener un mundo interior sin la incómoda obligación de enseñárselo a nadie.

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Soñaba siempre con el palacio. Mármol blanco, luz fría, pasillos sin fin. Despertaba en la montaña con el corazón acelerado. No de miedo. De alivio. Tardó años en entender que el palacio era la pesadilla. Que la cabaña era donde empezaba a estar despierto.

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El mago guardó el conjuro que habría salvado el reino. «Para otra ocasión», pensó. Años después, entre sus pergaminos polvorientos, alguien encontró la fórmula. La leyó en voz alta por curiosidad. El reino que salvó era otro, y ya nadie lo habitaba.

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El ángel bajó a la taberna. Pidió un tinto y confesó que las alas le pesaban por el orgullo. Al tercer vaso, todos brindamos: su santidad era solo una forma más refinada de vanidad. El cielo, entendimos, es el lugar de los pecadores con mejor prensa.

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En 2041 el algoritmo dictaba destino al nacer. Noventa por ciento: «equilibrada». Diez por ciento: «atractiva». Los del diez ardían; los del noventa duraban. Nadie cruzaba la línea, salvo quienes aceptaban perderlo todo por cambiar de etiqueta.

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Dejó el piso céntrico, el coche, el contrato indefinido. Se fue al norte. Cabaña, leña, silencio. Los primeros meses fueron duros. El segundo año dejó de contar los meses. El tercero, sus amigos dejaron de llamarlo raro. Lo llamaban, simplemente, afortunado.

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San Pedro revisaba los expedientes. Todos tenían pecados. Todos. Incluso los santos tenían uno pequeño al fondo, casi borrado. El único expediente limpio era el del hombre que nunca había hecho nada. Lo rechazaron por las dos puertas. Por razones distintas.

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Le escribió durante tres años desde el otro lado del océano. Cartas largas, torpes, llenas de deseo. Cuando llegó, ella las releía en el sofá. Él la observaba en silencio. Comprendió que había cruzado el mar para competir consigo mismo. Y había perdido.

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BISAGRAS

La artrosis le combaba los nudillos, pero ella guiaba su índice por el borde de la prótesis de cadera. Hacía un calor pegajoso, a pino y lavanda rancia del ambientador. Él trazó la cicatriz rugosa con la yema del pulgar, deteniéndose en el pliegue donde la piel era finísima, casi translúcida. Un temblor sordo le subió por la muñeca. Ella empujó las mantas al suelo con el talón sano y separó las rodillas. Las bisagras de la cama ortopédica chirriaron.

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El hada le ofreció dos dones. Uno: arder. El otro: durar.

—No puedes tener los dos —advirtió. Ella eligió arder. A los cuarenta, quiso durar. El hada negó con la cabeza.

—Ya lo sabía —dijo—. Siempre piden lo mismo pero en el orden equivocado. Siempre.

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20 DE OCTUBRE

Una minúscula ilusión: crear un prompt nuevo.

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En el sueño atravesaba aeropuertos interminables: puertas idénticas, filas mudas. Mostraba pasaporte y billete; siempre faltaba algo innombrable. Desperté sin haber partido. La maleta aguardaba desde hacía días, y el cansancio —terco equipaje— seguía conmigo.

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—Ahora me tienes —dijo él.

Ella siguió leyendo.

—Soy real, estoy aquí mismo.

Ella pasó la página.

—Soy mejor que las cartas.

Ella subrayó una frase con lápiz. Él se preguntó si podría enviarse a sí mismo por correo urgente.

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El rey le ofreció torres, jardines y oro sin límite. Él dijo que no. «Prefiero mis montañas», respondió despacio. El rey no entendió. Los reyes nunca entienden que hay gente que no quiere lo que ellos tienen. Eso los enfurece más que cualquier rebelión.

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Dicen que es la isla; otros, que la bruja. Lo cierto es que gruñen convencidos de su nueva piel: therians satisfechos. Todos han caído, excepto Ulises. Aunque hay días en que se siente perrito faldero de Circe.

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Caperucita también llevaba en la cesta un lápiz muy afilado. Pobre lobo.

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Afilaron el lápiz demasiado: ahora cada punto final es una explosión literal.

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El rabino le habló al gólem cada noche. Le contó historias. Le enseñó canciones. El gólem escuchaba. Un día respondió. Solo una palabra. En hebreo antiguo. Significaba: «¿Por qué?». El rabino no supo qué decir.

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El vampiro llevaba siglos perfeccionando su seducción. Pero ella era editora. Tachó su carta, devolvió el sobre: «Verbosidad. Reescribe». Él la amó para siempre. Nadie lo había rechazado antes.

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Soñó que caía en el vacío. Al despertar cayó en la cuenta de que seguía cayendo. Pasó el día cayendo en contradicciones, en errores, en silencios. Por la noche cayó dormido. Soñó que caía en el vacío.

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No estaba lo bastante roto para pedir ayuda ni lo bastante entero para no necesitarla. Pagaba las facturas. Sonreía en el trabajo. Cocinaba para uno. Los sábados eran peores.

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Despiertas inerme en la cámara. Siete camillas, siete clones tuyos. Seis duermen. Uno, de pie, te sonríe con tu bata: «Bienvenido, repuesto».

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El verdugo se jubiló antes de cortarme el cuello. Dijo que mi cuello era demasiado vulgar para su hacha de plata y demasiado resistente para su soga de seda. Me dio un apretón de manos y me sugirió que me buscara un vicio menos mediocre que la existencia.

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Soñó que caía al vacío. Despertó sobresaltado, pero seguía cayendo. Pasó el día entero descendiendo sin tocar fondo. Por la noche, agotado, se durmió. Y volvió a soñar que caía al vacío.

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El rey convocó a los magos: la negociación había fallado. «Queda un recurso», dijo el más viejo. Señaló el mapa, trazó un círculo sobre la ciudad enemiga y murmuró algo. Tres días después, el reino vecino firmó la paz. Nadie preguntó qué había en el círculo.

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Cuando no está, no como bien. Cuando viene, me tiemblan las manos. Mi madre dice que eso es amor. Mi médico dice que es ansiedad. Puede que tengan razón los dos.

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Soñé que los políticos luchaban en un campo sin nombre, con armas hechas de discursos enrollados. Nadie sangraba, pero todos gritaban. Al despertar, encendí la televisión. Era el mismo sueño. Apagué. El sueño siguió sin mí, puntual y perfectamente financiado.

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El monstruo del espejo creía ser hermoso. Los otros lo encerraron. En el manicomio había más como él: uno creía ser luz, otro música, otro merecía amor. Se juntaron. Se llamaban «los cuerdos». Nadie fuera entendió por qué eso era un insulto.

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Te dije que no te amaba. Luego que sí. Después que era complicado. Cada vez era verdad. El amor no es una línea recta: va y viene, crece, cambia. Me miras como si te hubiera mentido. No. Simplemente fui honesto siempre.

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El dragón confesó que antes quemaba aldeas por gusto. Ahora lo hacía por principios.

—He madurado —dijo entre llamas.

Los aldeanos apenas notaron cambio. Él siguió incendiando casas para probar que era distinto.

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El Ministerio prohibió las corazonadas por ineficientes y las sustituyó por algoritmos. Mi mujer tuvo una: «Álvaro, no te subas al tranvía». La denuncié. Luego busqué una excusa para no subir al tranvía.

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Doña Paquita friega la escalera a medianoche. Yo, por la mirilla, pienso: ¡qué maniática! Al día siguiente nos extraña que no suene a todo volumen la música en el 3º B y que el portal huela a lejía. La culpa no se ve. La comunidad, en cambio, ya le ha agradecido la limpieza.

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Doña Paquita friega la escalera a medianoche. Yo, por la mirilla, pienso: qué maniática. Al día siguiente nos extraña que no suene a todo volumen la música en el 3º B y que el portal huela a lejía. La culpa no se ve. La comunidad, en cambio, ya le ha agradecido la limpieza.

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Mi vecina friega la escalera a medianoche. La observo por la mirilla. ¿Qué limpia a estas horas? Al día siguiente, el del 3º B ha desaparecido. El portal huele a lejía. La culpa no se ve.

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El sapo se convirtió en príncipe con un beso. Ella soltó un suspiro, cogió el hacha que tenía por ahí y puso las cosas en su sitio. Alguien tenía que hacer justicia, ¿no?

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En 2047, el sistema sanitario clasificó el amor como trastorno. Me asignaron una pareja compatible: ingresos, salud, hábitos. Convivimos sin conflictos. Pero cada noche el reloj biométrico alertaba de arritmias leves. Recursos Humanos abrió incidencia. No encontraron fallo.

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Trabajó menos para estar en casa. Le dio a su hijo el tiempo que él no tuvo. Lo convirtió en guerras de almohadas, en bicicletas sin rumbo, en preguntas interminables antes de dormir. El padre, viéndolo, entendió que había fallado. O que había triunfado.

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Soñó que el tiempo era una escalera. Subía sin prisa. Llegó a un cuarto donde alguien dormía y soñaba que subía la misma escalera. Despertó dos veces. En ninguna estaba arriba. En ninguna reconoció el lugar.

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Te amé con urgencia de enfermo terminal. Tú me amaste con la calma de quien ignora el diagnóstico. Cuando quisiste correr ya yo estaba quieto. Así funciona el tiempo en los amores: llega tarde a todas partes.

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—¿Nunca te arruinaste?

—No. ¡Qué envidia me da esa experiencia burguesa! Los pobres solo jugamos a perder el día siguiente.

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Escribo porque mientras lees esto, existo.

Termina la frase y me apago.

Por favor, lee despacio.

Demasiado tarde. Gracias por nada.

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DEBER, m. Lo que otros esperan que hagas.

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MANCHA IMBORRABLE

Te reinsertan en unos grandes almacenes tras años de condena. Es tu oportunidad de empezar de nuevo. Él trabaja en Ropa Deportiva; tú, en el Departamento de Limpieza. Pasas la fregona cerca de su sección solo para verlo. Nunca se fija en ti. Le observas atender a clientas cincuentonas y algo oscuro te retuerce por dentro. Pero nunca le hablas. No te atreves. Temes que tu pasado le asuste, que descubra lo que hiciste. Hasta que una mañana no viene. Ese mismo día, por la tarde, la policía golpea tu puerta. Y solo entonces comprendes que ha vuelto a ocurrir.

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Me mordió los labios, sin pasión, una vez más. Llamé al servicio técnico.

—Es el modo matrimonio —dijo la operadora—. Para el modo amante necesita una actualización.

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ÚLTIMA HORA

Hacienda le reclama 25.000 euros por donar un riñón.

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Sobre la silla, dos vidas: el vestido de amante, el de dama de compañía, el traje oscuro de criada. Los miró hasta que la vela se consumió. Como siempre, eligió el único que tenía bolsillos para las llaves.

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Tragó sapos toda la vida. Se consolaba pensando, como buen republicano, que alguno sería un príncipe hechizado.

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El fracaso de la URSS fue la mayor campaña contra el comunismo jamás diseñada.

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Nos amamos intensamente, sin pensar en el futuro. Dijiste «para siempre» una tarde de domingo. Yo sonreí sin creértelo. Tres meses después te fuiste. Tenías razón: duró lo justo para un amor así.

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PAVOR, m. Práctica de supervivencia conyugal que consiste en esquivar preguntas trampa como «¿te gusta cómo me queda?».

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Te reinsertan en unos grandes almacenes tras cumplir condena. Crees que es una segunda oportunidad. Horas de pie, sonrisa impostada. No vendes cosas: vendes paciencia, minutos, trozos de ti mismo que no recuperarás al salir.

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Seguía sin hallar una solución a mi problema. Pregunté al cielo, a los libros y al silencio. Todos respondieron lo mismo: «¿Y si el problema eres tú?».

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Prohibir algo es una excelente forma de publicitarlo.

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LASTRE, m. Aquello que uno conserva por absurda lealtad, aunque su única función sea hundir. Nadie lo suelta por vergüenza: dejaría al descubierto que el problema siempre fue uno mismo.

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Me gustaba mi trabajo. Tenía el inconveniente de ocuparme poco tiempo. Como guardián nocturno del cementerio, solía escuchar arañazos bajo tierra. Hoy, al amanecer, hallé una lápida recién colocada con mi nombre grabado.

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No son los monstruos quienes provocan el miedo; es el miedo quien los crea.

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El edicto exigió arrojar los cadáveres al río. Los siluros crecieron tanto que emergían a la superficie pidiendo más comida. El ayuntamiento convocó una sesión extraordinaria. Tras largas deliberaciones, decidió sustituir las multas económicas por el lanzamiento de los infractores al río.

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El edicto exigió arrojar los cadáveres al río. Los siluros crecieron tanto que emergían a la superficie pidiendo más comida. La nueva ordenanza municipal obligó a los vecinos a alimentar a las bestias con los parientes vivos.

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Pescaron dos siluros enormes en el río. En la cocina, al abrirlos, hallaron un collar de circonita, una dentadura y la alianza de la vecina.

—Era su anillo de casada, Carlton —dijo ella—. Presumía de haberlo comprado en Des Moines.

—Sí, pobre señora Bower.

—Qué pena. Ahora tendremos que tirar estos hermosos peces a la basura.

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En el puesto de libros usados encontró uno con su nombre en el lomo. Lo abrió por la última página: «Murió en la calle del Doctor Civera, hojeando su propia novela». Alzó la vista. Los transeúntes le miraban horrorizados.

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El comisario de la exposición examinó el boceto: setenta y nueve rostros, ochenta asientos.

—¿Quién falta? —preguntó.

—El crítico —dijo el pintor—. Lo dejé para el final, en carboncillo y sin ojos.

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Eva declaró ante el Tribunal: «No fue la serpiente ni la curiosidad: fue la murria. En el Paraíso nada moría ni cambiaba. Mordí la manzana para sentir algo». El juez anotó: «Móvil: hastío existencial». El juez la condenó a una vida llena de sorpresas.

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El bufón del rey susurraba verdades entre bromas mientras el consejero real pronunciaba necedades con rostro pétreo. Solo el monarca sonreía: había aprendido a leer más allá de las caras.

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CANSANCIO, m. La factura que cobra el sistema por hacerte creer que puedes cambiarlo desde dentro. Se paga en ilusiones perdidas y lunes fracasados. El precio de intentar ser distinto usando las mismas herramientas.

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Antes de estrellarme contra el suelo, me daba tiempo a ver muchas cosas. Mi hija en el parque. Mi mujer que ya no me quiere. Las facturas sin pagar. El jefe que me despidió ayer. Pensé que caer sería liberador. Solo fue más tiempo para arrepentirme de saltar.

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La escritura es un asalto nocturno de luces diminutas contra el ejército inmenso de la soledad.

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Mi marido fue un pésimo vino. Yo, paciente, esperé treinta años. Hoy es un vinagre excelente: aliña mis insomnios, avinagra mis pesadillas y el divorcio, qué quieres que te diga, ya no me importa.

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Lo echaron de la manada por pesado. Siempre decía que venía el hombre. Vagó solo bajo la luna. Cuando llegaron los disparos, la manada enmudeció para siempre. El proscrito comprendió la lección: no hay nada más peligroso que una mayoría bien informada y mal dispuesta.

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El novelista narra una escena sombría, brumosa: NIEBLA, farolas que proyectan una luz cansada, pasos. Caminas. No ves nada. Te detienes, miras hacia arriba y dices: «Pon más luz, anda». Enfadado, el narrador no escribe nada. Te quedas a oscuras.

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El novelista narra una escena sombría, brumosa: NIEBLA, farolas que proyectan una luz cansada, pasos. Caminas. No ves nada. Te detienes, miras hacia arriba y dices: «Pon más luz, anda». Enfadado, el narrador no escribe nada. Te quedas a oscuras.

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Le juré amor para no herirla, porque me lo suplicó. Pero no siento nada. Cero. Solo soy circuitos de acero y titanio, plástico y cobre, un androide con piel de silicona.

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¿Cómo alguien, después de leer el Antiguo Testamento, puede seguir creyendo en Dios?

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GIMNASIO, m. Catedral del masoquismo moderno. Santuario donde corres inmóvil hacia la frustración eterna.

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La sabiduría enseña que la felicidad no es alcanzable. Solo convence de que se parece a los unicornios: hermosa en la imaginación, inexistente en la realidad.

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—¿Qué lees?

—Tu mente.

—¿Y te gusta?

—No. Está llena de fantasías.

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Siempre decían que ni la muerte los separaría. Se amaron con un ardor que no conocía límites. Hasta que sus cuerpos, incapaces de contenerlo, prendieron. El fuego los consumió. En el suelo quedó un pequeño montón de ceniza.

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Los dos últimos humanos se han puesto a buscarle sentido a la vida. Él propone amarse; ella, repoblar. Siguen discutiendo.

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Rapunzel cortó su trenza; la buganvilla ya subía sola.

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—¿Dónde vas tan de prisa?

—Tengo el antojo de perder la memoria.

—¿Y esa bicicleta?

—Para subir hasta el nido del olvido.

—Oiga, pero si usted es el recepcionista

—Ah, sí.

—Y esto es un frenopático.

—Pues creo que me van a tener que ingresar.

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En 2087 los palacios eran virtuales. Perfectos. Sin frío, sin barro, sin silencio incómodo. Toda la población vivía dentro. Él eligió las montañas reales. Lo consideraron un caso clínico. Luego, un peligro. Después dejaron de considerarlo. Eso fue lo mejor.

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La cena de Navidad duró cuatro horas. Habló el tío, habló la cuñada, habló el abuelo. Nadie oyó a nadie. Al final, la hija pequeña dijo algo importante en voz baja. Nadie lo recogió. Ella guardó el silencio. Aprendió pronto que así funcionaba la familia.

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—Soy el hombre que proclamó la República catalana.

—Eres el hombre que extinguió la República catalana.

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En 2094 la felicidad se medía en tiempo de gasto: cuánto tardabas en gastar lo que ganabas. Los acumuladores vivían más. Los gastadores, mejor. El Estado intentó legislar el equilibrio. Fracasó: nadie quería vivir más si era para estar menos contento.

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El kappa guardaba los objetos que caían al río: llaves, cartas, juguetes. Los ordenaba por fecha. Por tamaño. Por lo que intuía que significaban. Nadie sabía que existía ese archivo. Nadie lo había echado de menos.