martes, 25 de agosto de 2026

De confessionibus

Tréveris, 1589

Cuando quemaron al doctor Dietrich Flade, alguien hizo una cuenta.

No era una cuenta difícil. La leña, el verdugo, los escribanos, los jueces, los notarios. Después estaban los bienes del condenado, que debían ser tasados, inventariados y confiscados. Hasta la madera de la hoguera se cargaba en la cuenta del muerto.

El hombre que llevaba aquellas cuentas se llamaba Matthes Kerl.

Kerl había empezado como verdugo. En pocos años compró una casa, dos caballos y una capa de terciopelo. Cabalgaba por Tréveris vestido como un noble. Los niños se apartaban al verlo. Los adultos también.

—¿Cuánto cuesta una bruja? —le preguntó una vez un escribano.

—Depende de lo que tenga.

El escribano sonrió.

La ciudad había aprendido a medir la culpa en monedas.

En 1589 empezaron a detener a personas que no parecían brujas. Profesores. Magistrados. Comerciantes. Hombres que habían firmado sentencias y mujeres que habían prestado dinero a la iglesia. También cayó Flade, que había intentado poner límites a los procesos. Lo torturaron hasta que confesó. Después lo quemaron.

Cornelius Loos dijo que aquellas confesiones eran falsas. Lo detuvieron antes de que pudiera publicar sus acusaciones. De rodillas, ante hombres que cobraban por cada procedimiento, tuvo que retractarse.

Aquella misma tarde, Kerl recibió una nueva orden.

La ciudad entera debía ser interrogada.

Primero confesaron los pobres. Luego los ricos. Después los jueces. Finalmente confesaron los jueces que habían juzgado a los jueces. El arzobispo Johann von Schönenberg confesó haber conversado con el Diablo durante una misa. Kerl confesó haber ejecutado a inocentes, pero nadie consideró aquella confesión pertinente.

Para entonces ya no quedaba suficiente madera en los alrededores. Llegaron carros desde otras tierras del Imperio. Las aldeas eran juzgadas por turnos. Algunas fueron quemadas antes de que sus habitantes pudieran regresar de declarar.

Kerl fue acusado al final.

Había cobrado demasiado.

Lo encontraron en su casa, todavía con la capa de terciopelo. Confesó inmediatamente. Lo condenaron a la hoguera y cobraron a sus herederos la leña.

Cuando terminó, Tréveris estaba vacía.

No quedaban jueces, escribanos, acusados ni verdugos. Tampoco comerciantes, profesores, campesinos o sacerdotes. Solo Peter Binsfeld permaneció en la ciudad.

Aquella noche entró en el tribunal.

Sobre la mesa encontró el último expediente.

Causa: Peter Binsfeld.

Lo abrió.

Estaba en blanco.

Binsfeld esperó un instante antes de comenzar a escribir.