Nanjing, año décimo del emperador Wanli.
El examinador imperial Liu Wen
llevaba nueve días corrigiendo exámenes. Dormía poco. Comía peor. Por las
mañanas, antes de sentarse ante las montañas de legajos, caminaba unos minutos
por los patios de la Academia Hanlin para aliviar el dolor de espalda. Después
regresaba a su mesa y volvía a leer ensayos sobre los clásicos confucianos,
comentarios sobre comentarios, citas de hombres muertos hacía siglos. Miles de
candidatos habían recorrido medio Imperio para llegar hasta allí. Algunos
habían vendido las tierras familiares. Otros habían empeñado joyas o cosechas
futuras. Todos perseguían la misma recompensa: un cargo administrativo, una
renta estable, una existencia respetable.
Sobre el papel, el sistema era
meritocrático.
En la práctica, también era una máquina.
Liu Wen lo sabía porque había
dedicado toda su vida a ella.
A los cincuenta y cuatro años seguía
siendo un hombre elegante. La túnica azul estaba gastada en los puños. Las uñas
aparecían teñidas por décadas de tinta. Tenía la costumbre de acercar mucho los
textos a los ojos cuando encontraba una frase interesante.
Aquella mañana había revisado más de
un centenar de exámenes.
La mayoría eran correctos.
Algunos excelentes.
Muchos indistinguibles entre sí.
Tomó el siguiente legajo.
El papel era de calidad superior. El
tipo de papel que una familia modesta compra solo cuando está convencida de que
la inversión tendrá recompensa.
Abrió el examen.
Frunció el ceño.
No había respuestas.
Solo un texto.
Comenzaba con una confesión.
«Tengo la peor marca. Merecida.»
Liu Wen siguió leyendo.
Al principio sintió irritación. El
reglamento era inequívoco. Los candidatos debían responder a las cuestiones
planteadas. No redactar manifiestos personales. No filosofar sobre sus
circunstancias. No discutir las reglas del juego.
Pero continuó.
Fuera, en los patios, varios
funcionarios transportaban montones de exámenes atados con cuerda roja. Un
jardinero barría hojas secas junto a un estanque. El otoño avanzaba sobre la
capital. Dentro de la sala solo se escuchaba el roce de los pinceles y el
crujido ocasional del papel.
El candidato hablaba del cansancio.
No del estudio.
No del esfuerzo.
Del sistema.
De la sensación de convertirse en un
número dentro de una maquinaria inmensa. De los años dedicados a memorizar
textos mientras la vida seguía ocurriendo fuera. De las contrariedades
familiares, de las pérdidas, de un padre distante centrado en el trabajo, de
las obligaciones cotidianas que nunca aparecían en los exámenes y, sin embargo,
ocupaban la mayor parte de una existencia.
Liu Wen leyó más despacio.
Porque aquellas palabras no parecían
escritas para convencer a nadie.
Ni siquiera para justificarse.
Eran una rendición.
Una rendición extrañamente serena.
El candidato afirmaba que quizá la
plaza no traería la felicidad. Que tal vez perseguían una sombra. Que el
esfuerzo era necesario, pero no siempre suficiente. Que a veces el destino
intervenía con la misma arbitrariedad con la que un funcionario selecciona un
legajo entre miles.
Después encontró una frase que lo
hizo detenerse.
El autor mencionaba a Sun Wukong.
El Rey Mono.
Decía que, igual que él había
intentado escapar del mundo dando saltos imposibles hasta descubrir que seguía
atrapado en la palma de la mano de Buda, muchos opositores pasaban años
creyéndose libres mientras recorrían una prisión cuidadosamente construida.
Liu Wen permaneció inmóvil.
La comparación era inteligente.
Demasiado inteligente.
Volvió al principio.
Y entonces reconoció la letra.
No fue inmediato.
Primero identificó una forma
peculiar de cerrar ciertos caracteres. Luego la inclinación de algunas
columnas. Finalmente, un pequeño defecto en el trazo horizontal de la palabra
«hombre».
Había visto aquella escritura miles
de veces.
En cartas.
En poemas.
En ejercicios infantiles.
Era la letra de su hijo.
Liu Jian.
El menor.
El más brillante.
El más problemático.
Durante años habían discutido sobre
los exámenes imperiales. Liu Wen defendía el sistema porque creía sinceramente
en él. Había conocido campesinos convertidos en magistrados. Huérfanos
transformados en gobernadores. Para él, el examen seguía siendo la escalera más
justa que había inventado el Imperio.
Su hijo opinaba lo contrario.
Decía que una escalera seguía siendo
una prisión si obligaba a todos a subir por los mismos peldaños.
Discutían sin levantar la voz.
Como hacen los hombres que se
quieren.
Y como hacen los hombres que no
logran comprenderse.
Liu Wen dejó el examen sobre la
mesa.
Durante un largo rato observó el
jardín.
Un gorrión saltaba entre las piedras
húmedas.
Un funcionario joven corría de un
edificio a otro con varios documentos bajo el brazo.
La vida continuaba.
Pensó en su hijo estudiando de
madrugada bajo la luz de una lámpara de aceite. Pensó en las veces que lo había
encontrado dormido sobre los clásicos. Pensó en las expectativas familiares, en
los años invertidos, en la decepción que supondría aquel examen.
Pensó también en los demás
candidatos.
Miles de ellos.
Ninguno recibiría indulgencia.
¿Por qué habría de recibirla su
hijo?
Tomó el pincel.
En los exámenes imperiales no
existían las puntuaciones numéricas. Los examinadores utilizaban signos
sencillos para clasificar la calidad de los trabajos. Un círculo vacío para los
mejores. Otras marcas para los intermedios.
Y una cruz para los peores.
Liu Wen trazó una cruz.
Despacio.
Con mano firme.
La tinta tardó unos segundos en
secarse.
Nada más.
Años después, cuando Liu Wen murió,
encontraron entre sus pertenencias una caja de madera de peral. Dentro había
documentos oficiales, cartas familiares, poemas copiados durante su juventud y
un único examen conservado con cuidado.
Aquel.
El de su hijo.
La cruz seguía allí.
En el margen inferior.
Pequeña.
Impecable.
Los descendientes discutieron
durante generaciones qué significaba realmente aquella marca.
Algunos afirmaban que demostraba la
rectitud del examinador.
Otros, su crueldad.
Nadie pudo decidirlo.
Porque, al fin y al cabo, la cruz
estaba escrita con la misma mano que había enseñado al muchacho a sujetar el
pincel.