lunes, 23 de marzo de 2026

Aún estás a tiempo

A las diez y diecisiete, cuando la luz entra en ángulo por los ventanales altos de la Corredera de San Marcos, Esther anota un préstamo con un gesto que lleva años repitiendo. Una rebeca gris, que ayer era azul marino y mañana, probablemente, verde oliva. Un hilo suelto en la manga izquierda, que no termina de cortar porque cortarlo sería tomar una decisión. Afuera, la ciudad respira con dificultad. Dentro, la biblioteca silenciosa.

Esther escribe cuentos. Ha ganado tres certámenes. Daniel no lo sabe.

Esther nunca ha imaginado un cuento como este. Los suyos son otra cosa: historias donde lo extraño no irrumpe, donde todo encuentra una explicación, aunque duela. Le interesa el peso de lo real, la lógica silenciosa de las decisiones. Piensa que lo inverosímil es una forma de pereza. Sin embargo, aquí, en esta biblioteca, empieza a moverse dentro de una trama que no habría sabido escribir sin traicionarse.

El primer mensaje aparece en un ejemplar de Crímenes, de Ferdinand von Schirach. Ella misma lo solicitó para el fondo. Lo abre antes de colocarlo en la estantería, por costumbre, porque los libros de Schirach le producen incomodidad: admira esa prosa sin adjetivos, esa manera de mostrar sin juzgar, y le inquieta admirarla. Piensa que no debería gustarle tanto un hombre que defiende a asesinos con esa elegancia. La nota está doblada con precisión milimétrica, como si alguien hubiera medido el gesto antes de ejecutarlo.

«Hoy has pensado en marcharte.»

Letra en cursiva, como la que Esther utilizaba cuando iba al colegio. No hay firma.

No reacciona. Cierra el libro. Observa la sala con la misma atención con que observa un párrafo que no acaba de funcionar. Dos adolescentes consultan sus teléfonos bajo la mesa. Un hombre mayor pasa páginas sin leerlas. Nadie parece prestar atención, que no es lo mismo que no prestar atención. Esther guarda el papel en el bolsillo. Más tarde, camino a casa, se dirá que la frase podría aplicarse a cualquiera en una ciudad como esa.

Dos días después, la nota aparece en Piezas en fuga, de Schirach. También solicitado por ella. También pocas veces consultado, salvo por una persona que sabe exactamente dónde está. «No es la ciudad. Es lo que dejaste sin cerrar.» La formulación recuerda a un sumario, a una conclusión sin adjetivos que espera ser firmada. Esther piensa en el hospital, en la llamada que dejó sonar demasiado tiempo, en el silencio que vino después y que todavía no ha terminado.

No se lo cuenta a nadie. Tampoco a Daniel, que esa tarde insiste, removiendo el café, en que Linares es una ciudad moribunda. Lo dice con seguridad, con la convicción de que existe una respuesta correcta y él la conoce. Habla de la costa, del mar, de empezar. Esther escucha. El mar le parece una superficie demasiado abierta, sin bordes donde apoyarse.

En la tercera semana, las notas adquieren una regularidad que no tranquiliza. Martes, jueves, viernes. Siempre en Schirach. Siempre en volúmenes que han pasado por sus manos. «Te quedaste por miedo.» En El caso Collini. «No fue tu culpa.» En Culpa. «Aún estás a tiempo.» En La dignidad del hombre, aunque ese Esther no lo había pedido. Alguien lo adquirió de otra manera, o esperó a que ella lo hiciera, o sabía que tarde o temprano llegaría a sus manos. La última frase se repite sin explicar a qué se refiere. Eso es lo más inquietante: no la amenaza, sino la promesa.

Revisa los nombres de los usuarios que han pedido prestado esos libros. Nada. Ninguna coincidencia. Contempla a la gente que lee en la sala. Empieza a observar de otra manera, con la atención de quien busca el detalle que cambia el sentido de una escena. A quienes recorren las estanterías sin dudar. A quienes no preguntan. A una mujer que se sienta junto a la ventana con Distancia de rescate, de Samanta Schweblin, y no lo abre. A un chico con auriculares. A alguien que ha dejado encima de una mesa La mala costumbre, de Alicia Kopf, sin haberlo sacado en préstamo. Ninguno encaja del todo. Todos podrían.

Una tarde se queda después del cierre. Apaga las luces por sectores, como quien va borrando un mapa. El edificio cambia cuando no hay nadie que lo observe: los pasos resuenan distintos, el aire se vuelve más denso, como si los libros respiraran a otro ritmo. Toma un volumen al azar de la sección que ella misma ordenó. La cosa más oscura que sé, de Liliana Heker. Lo abre. Una nota en letra cursiva.

«No soy quien crees.»

Esta vez, lo que siente es más frío que miedo. Se sienta en el suelo, apoyada en la estantería, y permanece así un tiempo que no mide. Piensa en la llamada. En Daniel diciendo «nosotros» con una facilidad que a ella le pesa, como si «nosotros» fuera una ciudad que alguien eligió por ella. Piensa en Mariana Enríquez, en Sylvia Iparraguirre, en Alice Munro, en todas las mujeres que escriben cuentos con esa precisión de bisturí, esa capacidad de decir lo que no se dice. Piensa en Schirach, en su manera de mostrar sin juzgar, y comprende que alguien lleva semanas haciendo exactamente eso con ella: mostrarle lo que ya sabe, sin juzgar.

La posibilidad más perturbadora no es que alguien la observe. Es que alguien la conozca.

Hay otra posibilidad, más incómoda porque no permite desplazarse hacia fuera. Esther conoce esa letra. No solo la reconoce: podría reproducirla sin esfuerzo, con la misma inclinación y la misma presión en los trazos finales. Durante un instante, piensa en un gesto antiguo, casi olvidado: dejar mensajes en los libros como quien deja migas de pan para un lector futuro. Pero aquí no hay lector. Nadie pide esos volúmenes. Nadie los abre. Nadie, salvo ella.

A la mañana siguiente, redacta una solicitud de renuncia. Es un párrafo. Motivos familiares.

Pero antes de entregarla, la rompe.

Deja una nota en el último volumen de Schirach que ha catalogado. No lo elige al azar. Es La inocencia, que ha releído cuatro veces y que cada vez le dice algo distinto. La escribe con su letra actual, apresurada, casi ilegible.

«Lo sé.»

No firma. Tampoco hace falta.

Algunos secretos no se descubren. Se reconocen. Y en ese reconocimiento, casi imperceptible como el momento exacto en que una ciudad deja de ser provisional y se convierte en el lugar donde uno vive, cambia la dirección de lo que parecía escrito. Afuera, la Corredera de San Marcos recibe la misma luz de siempre. Esther la mira desde el otro lado del cristal. No es la misma luz. O ella no es la misma persona que la mira.

domingo, 22 de marzo de 2026

Banderas

Orwell lo cuenta en Homenaje a Cataluña. Frente de Aragón. Atacan la trinchera enemiga, recuperan una bandera roja y regresan a sus líneas con ella. La contemplan un instante. Luego la cortan en pedazos y la usan como trapos para limpiarse las manos. Fin del romanticismo. Fin de la escena.

Las banderas son trapos con pretensiones. Algunas, además, son feas.

La española es de las más feas que existen. No es un juicio estético caprichoso: es historia. Carlos III necesitaba distinguir sus barcos. El mar estaba lleno de enseñas borbónicas blancas que se confundían unas con otras. Mandó diseñar algo visible. Con el tiempo, aquel accidente náutico se convirtió en símbolo nacional. Hoy hay quien lo lleva tatuado, en el cinturón, en pulseras. La fealdad, con suficiente tiempo, se vuelve sagrada.

Hay banderas hermosas. La andaluza: verde y blanco, esperanza y paz. La de Jaén, la de Linares, incluso. La turca, elegante: luna y estrella sobre fondo carmesí. La mexicana: el águila, la serpiente, el nopal, toda una cosmogonía condensada en tela. La de Ucrania: trigo abajo, cielo arriba, aunque ahora cuesta mirarla sin pensar en lo que hay debajo de ese cielo. La polaca, en su desnudez de blanco y rojo. La nigeriana, verde y blanca, que se parece a la andaluza como una prima lejana y más afortunada.

España tuvo otras opciones. La cruz de Borgoña, extranjera pero con dignidad, todavía sobrevive en los aviones militares como un fantasma heráldico. La misma aspa que llevan, con distintas coartadas históricas, las banderas de Alabama y Florida. Dos estados del sur profundo de los Estados Unidos que comparten con el Imperio español algo más que la geometría: cierta tendencia a la nostalgia de lo que nunca fue tan glorioso como se recuerda. La cruz de san Andrés une, en el mismo trazo diagonal, a los confederados de Alabama y a los tercios de Flandes. La historia tiene ese humor negro que no avisa.

La bandera de Castilla y León no estaría mal, aunque uno no soporte a los leoneses. Una enseña castellana, roja o violeta, tampoco sería el fin del mundo, aunque enfureciera a Eslava Galán, lo cual tampoco sería el fin del mundo. La republicana, tricolor, tiene al menos el mérito de haber sido elegida con algo parecido a una intención.

Pero seguimos con la de Carlos III. Los Borbones, eficaces para recuperar coronas y diestros cazando —perdices en El Pardo, elefantes en Botsuana—, han demostrado ser bastante menos brillantes cuando se trata de diseñar banderas.

Volviendo a Orwell: quizá sus camaradas sabían algo. Las banderas sirven para algo concreto y útil cuando uno tiene las manos sucias y no hay otra cosa a mano. Para lo demás, la historia suele ser menos gloriosa de lo que prometen.

 

lunes, 16 de marzo de 2026

Atarse los cordones

Vinieron mis cuñados a pasar el fin de semana. Dos hijos. El mayor —sobrino de mi mujer, me gusta llamarlo—, doce años. Lo primero que noté, los cordones de sus zapatillas. No estaban mal atados. Estaban sueltos. Se arrastraban por el suelo.

Pensé: se los va a pisar.

No se los pisó.

Durante todo el fin de semana observé aquellos cordones. Cruzaban el salón, subían la escalera, salían a la calle. Siempre sueltos. Me sorprendió que nadie dijera nada. Yo mismo estuve a punto de comentarlo, pero me contuve. Hay observaciones que uno no sabe bien en qué categoría caen: si educación, si manía, si neurosis.

A su edad yo sabía atarme los zapatos. Dos lazadas. Nudo firme. Un pequeño acto de orden.

Por pura curiosidad, empecé a fijarme en otras personas. En la calle, en el trabajo, en el supermercado. Había más cordones sueltos de los que imaginaba. Y una sorprendente mayoría de zapatillas sin cordones atados. ¿Cómo es posible?

El algoritmo, que tiene el olfato de un sabueso, detectó mi interés. Empezaron a aparecer tutoriales. Vídeos explicando cómo colocar los cordones sin necesidad de atarlos nunca. Cordones elásticos. Cordones ocultos. Incluso descubrí unas zapatillas —al parecer muy cómodas— que se ponen y se quitan como una pantufla.

Al principio pensé mal de esa gente. Me pareció pereza. Pero después hice el cálculo. Atarse los cordones: quince segundos. Desatarlos: otros quince. Un minuto al día, pongamos. Parafraseando a Franklin, cada minuto cuenta. Media hora al mes. Seis horas al año. Más de tres días ganados en diez años.

En media hora puedes leer y releer un cuento de Borges, ver un episodio de The Big Bang Theory, preparar café y beberlo mientras miras el móvil, jugar diez partidas de Tetris. En tres días puedes leer un volumen de Canción de hielo y fuego, escaparte a Londres o empezar a aprender chino. Pensé también en Bukowski, que aseguraba que la depresión empieza cuando se rompe el cordón del zapato. Si uno no se ata los cordones, razoné, quizá evita también ese pequeño origen de la tristeza.

Dos meses después volvieron mis cuñados.

Otro fin de semana.

El sobrino de mi mujer apareció por la puerta. Zapatillas deportivas. Los cordones, sueltos otra vez, deslizándose por el suelo. Lo vi cruzar el pasillo. Sin prisa. Sin la menor preocupación por ese detalle.

Lo envidié. Sin embargo, miré los cordones de mis zapatillas. Bien atados, como siempre.