sábado, 15 de agosto de 2026

Microcuentos

PENTIMENTI

En su lecho de muerte, Leonardo pidió que le acercaran el cuadro y sus avíos. Había decidido que estaría mejor con una sonrisa.

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—¿Sabes qué? Han implantado neuronas humanas en una rata.

—Pues, la verdad, sospecho que lo contrario también se ha hecho. Y con éxito.

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Hace tres meses comenzó a trabajar en una fábrica de embutidos. Se ha vuelto vegetariano.

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La botella está medio vacía, pero no le importa, porque está completamente borracho.

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El loco comienza a dar saltos de alegría. Ha encontrado un tornillo en el suelo. ¡Está curado!

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—Pero el rey ha hecho una jugada no permitida.

—Pues díselo tú.

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Pues en el infierno se arrepintió no de lo que había hecho, sino de lo que no hizo.

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La mejor decisión, ser indeciso.

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Les puso deberes a sus alumnos: tenían que ir al parque y hacerse fotos subidos al tobogán, jugando a la pelota, columpiándose.

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Envejeció de golpe cuando le llegó aquella carta del banco exigiéndole un certificado de fe de vida.

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Lo deja cuando ha escrito el primer capítulo de la segunda parte de Don Belianís de Grecia. Porque ¿a quién le interesan todavía este tipo de novelas? Dejándose llevar, empieza a escribir: En un lugar de la Mancha…

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Pero, profe, ¿no me vas a aprobar? Si he respondido todas las preguntas.

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—¿Y tu coche qué combustible utiliza?

—Uno muy ecológico, elaborado a partir de la descomposición de restos de animales.

—Ah. ¿Y qué nombre tiene?

—Gasolina.

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—¿Y tú por qué estudiaste Filología?

—Para tener al menos un futuro perfecto en mi vida.

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—Señor Freud, ¿por qué ha venido a Gran Bretaña?

—He interpretado los sueños de Hitler.

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Quincio Sabino, secretario del emperador Constancio, se confesó antes de fallecer. Murió, pues, cristianamente. Y no tardó en darse cuenta de su error, cuando Caronte le pidió un óbolo para cruzar el Aqueronte.

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Estoy cansado de que me tires besos. ¿Por qué no me los das con más suavidad?

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Empachado, muy de mañana, antes de que amaneciera, el conde fue a hacer una donación de sangre.