—¿Has dejado de escribir?
—No, he dejado de fingir que tenía algo que decir.
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Mi mujer insiste en vender la casa del pueblo. Yo me niego. Aún debe estar ahí su hermano, descomponiéndose bajo los geranios.
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Un pueblo entero ensayó durante semanas para un desfile impecable. Llegó el día y marcharon orgullosos. La coreografía fue exacta. Solo al terminar comprendieron que habían olvidado la razón de aquella celebración.
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Golpeada por un rayo, logró sobrevivir. Pero en su espalda quedó una cicatriz enigmática: un mapa que trazaba lugares imposibles, montañas, ríos y océanos sin nombre. Nadie supo qué era, pues no era un mapa de este mundo, sino del siguiente.
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Irrumpieron en la penumbra tabernaria un hada temblorosa, un gigante encorvado y un gnomo de ojos curiosos; mas la concurrencia, cuya mirada estaba anclada en una pantalla donde ardían los montes y la cordura, los ignoró con una indignación más abrasadora que cualquier magia.
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Cuando fabricaron al político, usaron cemento armado para el rostro y porcelana para el resto. La porcelana se rompía con cada escándalo, pero la cara siguió inmutable durante años.
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La gente dice «tranquilo» solo cuando sabe que deberías salir corriendo.
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—El lujo es banal, la escasez nos eleva —dijo el intelectual con un reloj de 12.000 euros.
La sala olía a sudor y resignación.
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El conocimiento es la roca más pesada: cada respuesta genera dos preguntas nuevas que te aplastan cuesta abajo.
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Era muy tímido. Le invité a subir a tomar un café. Al final, tuve que echárselo encima para que se quitara los pantalones.
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En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un vegano que, montado en su bicicleta eléctrica, repartía folletos y pintaba lemas contra chuletones y hamburguesas en bastiones del churrasco.
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Para conquistar el Imperio azteca, Hernán Cortés necesitó un tercio de la gente que el Ayuntamiento de Jaén tiene en plantilla.
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¿Y qué tiene de malo irse por las ramas? Después de todo somos primates, ¿no?
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Le pidieron que buscara una aguja en un pajar. Cuando se quedó solo, fue a una mercería.
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La vida es un pasillo sin puertas, salvo las que uno dibuja con el dedo en la pared.
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Después de muerto, se convirtió en el alma de la fiesta.
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Dice que no cree en Dios, pero sueña con Él, lo cita, lo combate, lo estudia. Tiene una biblioteca sacra que haría llorar al Papa. Cuando lo niega, lo hace con devoción. Es, sin duda, el mejor creyente de entre los ateos.
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—Murió de muerte natural.
—¿De muerte natural?
—Sí, de tristeza viendo el telediario.
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—Soy caníbal vegetariano.
—¿Oxímoron?
—No. Solo como veganos. Son más tiernos y vienen con salsa de aguacate.
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Escribir se había convertido en un deporte de riesgo. Cada vez que publicaba algo, alguien se ofendía: un adjetivo inoportuno, una cacofonía, un acento que la RAE ya no consideraba necesario, una metáfora mal interpretada, una ironía tomada por insulto. Los seguidores se evaporaban como gotas en agosto. Pero si no escribía, también perdía seguidores. Así que adoptó la única estrategia que nadie esperaba: siguió escribiendo lo que quería, como quería. Y cuando el contador de seguidores llegó a cero, respiró aliviado. Por fin había conquistado a su público ideal: el que nunca se ofende.