lunes, 29 de junio de 2026

Llaves

Álvaro Molina guarda las llaves de las cosas que perdió. No porque espere recuperarlas, sino para no olvidar que existieron. Las conserva en una caja metálica de galletas danesas, abollada, pesada. Está en el fondo del armario del pasillo, junto a abrigos que ya no usa y camisas que ya no le representan.

Llaves mezcladas. Sin orden. Sin etiquetas.

Metal contra metal. Un sonido seco. Definitivo.

La primera es la del piso donde vivió con Clara, cerca del Paseo de la Estación. Llave moderna, plana, fría. Abrió durante años una puerta blanca, un cuarto piso sin ascensor, con vistas a patios interiores. Ya no abre nada. Clara cambió la cerradura tras el divorcio. Lo hizo por precaución. Lo dijo por teléfono, voz neutra, sin reproches. La llave quedó con él. Inservible. Exacta.

También conserva la llave del coche. Llavero de plástico negro, rajado, logotipo casi borrado. El coche fue embargado por el banco. Una sucursal de Caja Rural, en la Avenida de Andalucía. Recuerda al empleado, Manuel Ortega: camisa clara, manos suaves, explicando los plazos. El coche se fue una mañana de noviembre. Llovía barro. Detrás venía un tractor, lento, ocupando media calzada, como si el campo hubiera entrado en la ciudad para recordarle algo. Las llaves quedaron con él. Nadie las reclamó.

Las llaves de la casa de sus padres, grandes, antiguas, de hierro oscuro. Pesadas. Su madre, Elena, decía que daban seguridad. No era verdad. Nunca lo fue. Sus padres la dieron a su hermano Javier, antes de morir. No por cariño. Por previsión. Sabían que Álvaro se divorciaría. No querían que la casa acabara en manos de Clara. Javier no robó nada. Solo aceptó. Álvaro llegó tarde.

Más llaves. Del despacho donde trabajó doce años. Calle Bernabé Soriano. Puerta de cristal esmerilado. Despido objetivo. Sergio Rivas, recursos humanos, lo acompañó hasta la salida. Le pidió la tarjeta. No la llave. La guardó por costumbre. No abre nada. Tampoco la tira.

Llaves encontradas. En aceras, bancos, portales. Una vez, en la plaza del Pósito, vio a un grupo tomando cervezas. En la mesa, un manojo grande de llaves. Nadie las tocaba. Las cogió. Se las llevó. No le gusta la palabra «quitar». Prefiere pensar que las rescató.

En casa las extendió sobre la mesa. Cada llave, un misterio. ¿Qué abrían? ¿Un piso con vistas al castillo? ¿Un trastero con herramientas? ¿Una cancela de campo? ¿Un tractor oxidado bajo una higuera? Pensó en cuántas llaves llegamos a tener y cuántas dejan de servir sin aviso.

Supone que tiene un problema. Le gusta guardar llaves. Incluso las ajenas. Incluso las perdidas.

Metal sin destino. Promesas rotas.

Ahora la gente abre las puertas con el móvil. Códigos. Aplicaciones. Pantallas. A él no le gusta. No confía en algo que se queda sin batería. Prefiere el peso. El roce. El gesto antiguo de girar la muñeca. El clic. Ese sonido breve que decide si entras o te quedas fuera.

Saca la caja a veces. No para ordenarla. Para escucharla. Cada llave, su ruido, su historia mínima. Luego la cierra. Vuelve a guardarla. Apaga la luz del pasillo.

La puerta de su casa la cierra con llave.

Siempre con llave.

  

 Relato publicado en El Narratorio (Año 10, Nº 124)

domingo, 28 de junio de 2026

Ilíada

 El autor presenta un poema épico centrado en un breve episodio de la guerra de Troya: la cólera de un héroe prácticamente invencible cuyas emociones provocan más bajas que el ejército enemigo. La obra combina batallas, disputas de liderazgo, intervenciones divinas, largas enumeraciones de combatientes y duelos individuales, pero concluye sin narrar el hecho que el lector espera desde la primera página: la caída de Troya.

DEBILIDADES PRINCIPALES

El alcance resulta engañoso. Se anuncia una obra sobre la guerra de Troya y solo se narra una mínima parte del conflicto. No aparecen ni el caballo, ni la toma de la ciudad, ni el famoso desenlace. Es como publicar una novela sobre el Titanic que termine antes del iceberg.

Violencia excesiva y reiterativa. La acumulación de combates termina anestesiando al lector. Casi cada enfrentamiento incluye descripciones anatómicas innecesariamente detalladas de lanzas atravesando gargantas, hígados y mandíbulas. Convendría confiar más en la imaginación del público.

Enfoque marcadamente heteropatriarcal. La inmensa mayoría de personajes relevantes son hombres que resuelven cualquier desacuerdo mediante gritos, duelos o saqueos. Las mujeres funcionan casi exclusivamente como premios, botines, esposas, madres desconsoladas o motivos narrativos para el enfado masculino.

Sistema de magia inconsistente. Los dioses intervienen continuamente, pero nunca quedan claras las reglas. Cambian de bando según simpatías personales, alteran combates, disfrazan personajes, hacen invisible a quien conviene y rescatan héroes en el último instante. La sensación es que cualquier conflicto puede resolverse mediante una deidad improvisada.

Problemas de ritmo. La narración alterna escenas de enorme intensidad con extensos catálogos de nombres, genealogías y procedencias de guerreros cuya relevancia desaparece pocas líneas después al morir atravesados por una lanza.

Protagonista difícil de sostener.

Aquiles pasa buena parte de la obra enfadado porque le retiran un botín de guerra. Cuesta empatizar con un personaje cuyo conflicto emocional consiste, esencialmente, en que otro líder le ha confiscado una esclava.

ESTRUCTURA Y CIERRE

El poema empieza con una promesa muy concreta —la cólera de Aquiles— y la desarrolla con eficacia, pero deja abiertas las expectativas creadas por el propio escenario. El lector termina la obra preguntándose cuándo empieza realmente la guerra de Troya que le habían prometido.

RECOMENDACIÓN EDITORIAL

Reestructurar el proyecto. Reducir en torno a un 40 % las escenas de combate, establecer reglas claras para las intervenciones divinas, ampliar el papel de los personajes femeninos y, sobre todo, incluir la caída de Troya. Tal como está, parece el primer volumen de una saga cuya continuación nunca llegó.

sábado, 27 de junio de 2026

Los ojos de Ruth

San Francisco. Agosto. Tiene veinte años y lleva dos días en casa de sus padres, y ya echa de menos Nueva York. Lee todo el tiempo. En la mesa del comedor. En el sofá. En la cama. Nadie parece sorprenderse demasiado. Siempre fue así.

—Te vas a estropear los ojos —dice su madre.

Ella sonríe.

Sigue leyendo.

Al tercer día su madre entra en el dormitorio con un gesto paciente, mientras observa la maleta abierta en el suelo, exactamente en el mismo lugar donde la dejó al llegar. Dice que ya está bien, que saque las cosas y las guarde en el armario de una vez. Ella obedece sin discutir, doblando blusas y calcetines. Nunca le ha preocupado demasiado el orden. Mientras coloca las cosas sin mucho cuidado levanta la vista y descubre algo en el rincón del armario, entre un jersey viejo y una caja de zapatos vacía.

La muñeca.

La muñeca de tela que le regaló su tía abuela Constance cuando tenía seis años. Durante años la llevó a todas partes: al parque, a la mesa del desayuno, a la cama por la noche. Le contaba historias con la seriedad de quien está narrando algo que realmente ha sucedido: castillos hundidos bajo el mar, jardines donde crecían flores negras, pueblos enteros que desaparecían en la niebla. La llamó Ruth. Ahora, al cogerla, le sorprende lo pequeña que es. La tela ha perdido el color. Y donde deberían estar los ojos hay dos agujeros oscuros rodeados de hilo suelto.

La sostiene un momento.

Recuerda.

Fue en el parque Dolores. Tenía ocho años y estaba sentada en un banco con Ruth, hablándole en voz baja sobre un palacio sumergido. Su madre la llamó desde el otro extremo del parque. Dejó la muñeca sobre el banco. Solo un instante. Cuando regresó, Eddie Marsh, George Pelham y Tom Bower estaban allí, inclinados hacia delante, sonriendo. Ruth estaba en el suelo. Los dos botones negros que le hacían de ojos habían desaparecido.

—Lo pagaréis —dijo ella.

Su madre no quiso saber nada. Dijo que no debía haber dejado la muñeca sola, que tenía que aprender a cuidar sus cosas. Aquella noche la niña se acostó con Ruth apoyada contra la almohada y pensó, con una claridad silenciosa que solo tienen los niños solitarios, que algún día lo pagarían.

No sabía cómo.

Ahora está sentada en la cama con la muñeca en el regazo mientras escucha a su madre moverse por la cocina. Después de un rato coge el bloc que siempre lleva consigo y empieza a escribir. La historia aparece con una facilidad sorprendente, como si hubiera estado formándose durante años en algún lugar de su cabeza.

La escribe en tercera persona.

No cambia los nombres. Eddie. George. Tom.

Escribe que los tres siguen siendo amigos durante algún tiempo, hasta que la vida empieza a separarlos. Eddie se muda al sudeste del país y termina viviendo en Savannah, Georgia, donde trabaja para una pequeña empresa de transporte y se casa con una mujer tranquila. Cuando nace su primer hijo los médicos hablan en voz baja en el pasillo del hospital.

El bebé nace sin ojos.

George nunca llega a ir a la guerra. Dos años antes de que empiece tiene un accidente de coche en una carretera húmeda cerca de Sausalito. Es de noche, hay niebla y el coche patina en una curva demasiado cerrada. Cuando despierta en el hospital escucha a las enfermeras moverse alrededor de la cama, pero el mundo se ha ido.

George Pelham pasa el resto de su vida ciego.

Muchos años después Eddie regresa a San Francisco por un asunto de trabajo y decide buscar a sus antiguos amigos. George vive en un apartamento pequeño del Sunset District, más delgado, moviéndose cauteloso por la habitación con un bastón que todavía no maneja del todo bien. Eddie no se atreve a contarle lo del niño. Antes de marcharse de la ciudad se encuentra con Tom en una cafetería cerca de la calle Judah. Le cuenta la historia.

—Casualidad —dice Tom.

Eddie asiente.

No vuelven a verse.

Tom Bower vive una vida larga. Se casa, tiene hijos, luego nietos. Trabaja durante décadas en una ferretería donde los clientes lo consideran un hombre fiable y educado. Va a la iglesia los domingos porque su esposa quiere ir. Lee el periódico. Vota. En términos generales, cualquiera diría que es un buen hombre.

Pero a veces recuerda. El parque. El banco. Los botones negros. La niña rara que dijo que lo pagarían.

Muere a los ochenta y un años.

Un día frío.

En su casa.

Y entonces llega la parte de la historia que realmente le interesa escribir. Tom descubre que hay otra vida, aunque no se parece en nada a lo que escuchó durante años en los sermones de la iglesia. El lugar es más antiguo, más extraño. Algo parecido al inframundo de los egipcios.

Le dicen que deberá comparecer ante Teisnimis, la diosa que juzga a los muertos.

Tom no tiene miedo.

Ha sido un buen padre.

Un buen esposo.

Un ciudadano respetable.

Espera. Quizá unas horas. Quizá siglos. El tiempo allí parece moverse con una lentitud extraña.

Finalmente lo conducen ante la diosa.

Tom levanta la mirada.

Y ve que Teisnimis no tiene ojos.

Donde deberían estar hay dos agujeros oscuros rodeados de hilo suelto.

Deja el bolígrafo.

Ruth está apoyada contra la almohada.

Tarda tres días en terminar el cuento. El primer borrador lo acaba esa misma noche. Después corrige dos veces, acortando párrafos, eliminando casi todo lo que explica demasiado. Al tercer día lo mecanografía en la vieja Underwood de su padre.

Firma con un seudónimo.

Lo envía a Weird Tales.

San Francisco sigue siendo San Francisco: el tranvía subiendo la colina, la niebla bajando lentamente por Twin Peaks.

Shirley cierra la maleta.

Mañana vuelve a Nueva York.

En el armario, en silencio, Ruth. Con sus dos agujeros negros mirando la habitación, como si todavía estuviera escuchando la historia.