lunes, 9 de febrero de 2026

Maldito Séneca

Séneca me acompaña desde hace treinta años. No como un amigo íntimo, sino como esos conocidos que siempre tienen razón y por eso acaban resultando insoportables. Las Cartas a Lucilio. Los Diálogos. Luego llegaron Epicteto, Marco Aurelio, Pigliucci, Sellars, Ryan Holiday. Todos recordándome, con paciencia mineral, cómo debería vivir.

La teoría me la sé de memoria.

Hay cosas que dependen de mí y cosas que no. Yo mando sobre mis opiniones, mis decisiones, mis actos. Lo demás —el dinero, la salud, la meteorología, la opinión ajena, la estupidez humana— pertenece al reino del caos. Preocuparse por eso es enfadarse con una piedra. El estoicismo propone vivir con virtud: sabiduría para ver claro, coraje para aguantar, justicia para no ser un canalla, templanza para no comportarse como un mono con tarjeta de crédito. Si haces eso, dicen, alcanzas una felicidad sólida. Interior. A prueba de bombas.

Todo muy bien. Todo muy limpio. Todo muy romano.

El problema viene luego. En la práctica. En la vida real, que no suele venir escrita por Marco Aurelio sino por Kafka. Porque yo practico el estoicismo. Aguanto. Callo. Trago. Respiro hondo. Me digo que no merece la pena. Que no depende de mí. Que es solo ruido.

Y aguanto un poco más. Y otro poco. Y otro.

Hasta que un día ya no puedo.

Entonces ocurre el milagro inverso. El asceta se convierte en energúmeno. El sabio en energúmeno ilustrado, pero energúmeno al fin. Pierdo los papeles. Grito. Me cabreo. Digo cosas que no debería. Me subo por las paredes. Me pongo como una moto. Todo lo que Séneca desaconsejaría en una carta cuidadosamente redactada.

Quizá el estoicismo no está hecho para los tímidos. O quizá lo que yo llamo estoicismo es, muchas veces, simple timidez con barniz filosófico. Confundir virtud con aguante. Justicia con silencio. Templanza con miedo al conflicto.

Aguantar no siempre es sabiduría. A veces es solo aplazamiento del estallido.

Qué fácil lo tenía Séneca, pienso entonces. Rodeado de esclavos. Con tiempo para escribir. Sin correos electrónicos. Sin reuniones inútiles. Sin jefes desorientados. Sin redes sociales llenas de imbéciles.

Séneca no tenía que sonreírle al idiota de turno por educación. No tenía que fingir calma mientras le pisaban el cuello con delicadeza administrativa. No tenía que practicar la templanza en una oficina a las ocho de la mañana.

Así que sí: maldito Séneca.

Maldito por recordarme, cada vez que exploto, que la teoría era impecable y el fallo era mío. Por obligarme a aceptar que la serenidad no consiste en aguantarlo todo, sino en saber cuándo hablar, cuándo marcharse y cuándo mandar a alguien —con la mayor calma posible— a paseo.

Eso, curiosamente, no lo subraya tanto ningún estoico.

Y debería.


lunes, 2 de febrero de 2026

El lunes de Sísifo

Lunes.
La piedra abajo.
Otra vez.

No hay épica.
Hay gravedad.
Y costumbre.

Empujo.
Con el cuerpo.
Con la cabeza.
Con lo que queda.

El trabajo pesa.
Eso lo sé.
Eso lo acepto.

Lo demás mata.
Voces.
Opiniones.
Dedos que señalan.

Interrumpen.
Corrigen.
Siempre saben más.

Cada metro cuesta doble.
Triple.
No por la roca.
Por ellos.

El sudor cae.
La paciencia antes.

Sigo.
Porque parar no es opción.
Nunca lo fue.

Viernes.
La piedra arriba.

Yo no.

El cuerpo aguanta.
Todavía.
La cabeza ya no.

Quedo vacío.
Hueco.
Para el arrastre.

domingo, 1 de febrero de 2026

La lista de Epstein y el arte del olvido

Ha aparecido Aznar en los papeles de Epstein y la izquierda ha experimentado algo parecido al éxtasis místico, solo que laico y con publicaciones en X y Bluesky. Un orgasmo moral de esos que dejan temblando las redes sociales durante días. Aznar: la palabra mágica, el nombre que dispara todos los resortes del odio progresista.

Lo odian con una intensidad que da envidia. Quizá porque nunca tuvo los complejos de Rajoy, esa mansedumbre de oficinista asustado que caracterizó al otro. Aznar prometió gobernar solo dos mandatos. Y lo cumplió. Dejó el país algo mejor de lo que lo encontró —al menos en lo económico—, detalle que sus sucesores no pueden presumir mientras administran ruinas, pactan con separatistas y reparten carnés de demócrata entre los suyos.

Pero qué importa. Ahora está en la lista de Epstein.

Y con eso basta para activar el mecanismo perfecto del olvido selectivo.

Porque ahora, señoras y señores, podemos olvidar tranquilamente los 46 muertos de Adamuz. Podemos archivar en el cajón de lo irrelevante los embalses que no se hicieron y que hubieran evitado los muertos de la DANA del 29 de octubre. Podemos hacer como que no pasó nada con los pactos con Podemos y Bildu, ese matrimonio de conveniencia entre el populismo y el terrorismo reciclado.

Olvidemos también el apagón. La ley para controlar la Justicia y domesticar la prensa libre. La corrupción pintoresca de Ábalos, de Cerdán, de Begoña, de David Azagra. Los tratos de Zapatero en la Venezuela chavista. El inexistente Comité de Expertos de la Pandemia —que nunca existió pero todos obedecimos—. La colonización sistemática de las instituciones públicas, esa obra en marcha que haría sonrojar al presidente de Uganda.

Sigamos. El control del Tribunal Constitucional. Los negocios de prostitución del suegro presidencial —asunto de lo más edificante—. Tres años sin presupuestos. La condena del fiscal general del Estado. El plagio de la tesis doctoral. La adulteración de la votación en el Comité Federal. Las continuas humillaciones al jefe del Estado. Las denuncias por manipular las primarias del PSOE. Los indultos a golpistas del 1-O. La amnistía a los golpistas del 1-O. La ruptura de la caja única de la Seguridad Social. El engaño de las balizas V16.

Todo eso puede esperar.

Porque Aznar está en una lista.

Es curioso el funcionamiento de la memoria pública. Funciona por capas geológicas: lo reciente se entierra bajo lo lejano, lo urgente bajo lo conveniente. Una lista con un nombre del pasado sirve para sepultar cien escándalos del presente. Es economía de la atención: gastamos la indignación en lo que no duele y reservamos la indiferencia para lo que sí importa.

La progresía celebra como si hubiera ganado la lotería moral. Publicaciones en redes sociales, editoriales, tertulianos extasiados. Aznar y Epstein en la misma frase: el titular perfecto, el orgasmo verbal, la confirmación de todas las sospechas. No importa qué diga exactamente esa lista, ni en qué contexto aparece el nombre, ni qué significa estar ahí. Importa el titular. Importa el marco. Importa que podamos decir: «¿Ven? Siempre lo supimos».

Mientras tanto, el presente se pudre con elegancia.

Los muertos siguen muertos. Los embalses siguen sin construirse. La corrupción sigue enquistada en cada rincón del poder. Las instituciones siguen siendo colonizadas metódicamente. La justicia sigue siendo intervenida. La prensa sigue elogiando o autocensurándose. Y nadie parece especialmente preocupado porque, oigan, Aznar está en los papeles de Epstein.

Es el truco más viejo del mundo: agitar un cadáver para que nadie mire los vivos.

No sé si Aznar hizo algo reprochable. Tampoco me importa demasiado. Lo que me fascina es el mecanismo, la coreografía perfecta de la distracción colectiva. Cómo un nombre del pasado activa el modo avión de la conciencia crítica. Cómo la indignación funciona con geografía: lejos está bien, cerca molesta.

Aznar en una lista de Epstein nos permite seguir viviendo como si nada grave ocurriera hoy. Como si lo único grave fuera lo que pasó hace veinte años, o lo que pudo pasar, o lo que imaginamos que pasó. Mientras tanto, lo que pasa ahora —lo verificable, lo documentado, lo escandaloso— puede seguir su curso sin estorbos.

Es un arte, en el fondo. El arte del olvido programado. El arte de mirar hacia otro lado con indignación perfecta.

Y funciona.

Siempre funciona.


lunes, 26 de enero de 2026

Una artista irrepetible

Mediados de los años 60. Elaine Sturtevant tomó una decisión que parecía una excentricidad y acabó siendo una declaración de principios: empezó a recrear deliberadamente las obras de otros artistas vivos y reconocibles. No lo hizo en secreto ni con vergüenza. Lo hizo a la vista de todos. La pregunta surgió de inmediato y aún no se ha cerrado: ¿por qué?

¿Capricho? ¿Cálculo económico? ¿Una provocación sin fondo? ¿O, como diría Hegel, el síntoma de un espíritu de época que ya no creía en el origen puro ni en el genio aislado?

El contexto importa. En los años sesenta el pop art dominaba la escena. Warhol, Lichtenstein, Rosenquist y otros tomaban imágenes de la cultura popular —cómics, anuncios, envases, fotografías de prensa— y las convertían en arte mediante repetición, ampliación y serialización. No inventaban imágenes nuevas: reciclaban las existentes. La apropiación no era una anomalía, sino el método central del movimiento. El arte miraba a la industria, al consumo, a la reproducción masiva. La originalidad ya no estaba en el motivo, sino en el gesto.

Sturtevant formuló entonces una pregunta simple y afilada. Si ellos podían apropiarse de imágenes públicas sin pedir permiso, ¿por qué ella no podía apropiarse de sus obras? Si el pop art se alimentaba de repetición, ¿por qué no repetir al repetidor?

Así nació su práctica. A primera vista, un descaro. Una artista copiando a otros artistas, a menudo casi al mismo tiempo que estos alcanzaban notoriedad. Para muchos observadores fue una provocación fácil. Una estafa elegante. Una impostura.

Pero esa lectura no resiste una mirada atenta.

Sturtevant no copiaba como copia una máquina. No calcaba. No buscaba la identidad perfecta. Trabajaba, en la mayoría de los casos, desde la memoria. Eso introducía un margen mínimo pero decisivo de diferencia. Un trazo ligeramente desplazado. Un color apenas alterado. Una escala que no encajaba del todo. Un error controlado. Esa pequeña desviación era el núcleo de su obra.

La fidelidad extrema convivía con la imperfección deliberada. Y en esa tensión surgía el sentido. La obra ya no era el original ni su copia, sino algo intermedio: una repetición pensante. Un espejo que no devolvía exactamente la misma imagen.

Las preguntas que planteaba eran incómodas. ¿Qué significa ser original en un mundo saturado de imágenes? ¿Dónde reside la autoría cuando todo puede reproducirse? ¿Qué valor tiene el «aura» de una obra si su forma puede reaparecer en manos ajenas con mínimos cambios?

Mientras algunos críticos la atacaban, los artistas a los que «copiaba» entendieron de inmediato lo que estaba haciendo. Warhol le prestó pantallas serigráficas. Otros le dieron indicaciones técnicas. No se sintieron robados. Se sintieron leídos. Reconocieron en Sturtevant una prolongación radical de sus propias preguntas, llevadas un paso más allá.

Esa complicidad es reveladora. Los artistas más lúcidos no vieron en ella una amenaza, sino un experimento necesario. Sturtevant no parasitaba el pop art: lo sometía a una prueba de estrés conceptual.

En ese sentido, su gesto no es tan distinto del de la literatura. La literatura vive de la reescritura. Homero reorganiza mitos antiguos. Virgilio reescribe a Homero. Dante reescribe a Virgilio. Shakespeare reescribe crónicas históricas. Cervantes parodia los libros de caballerías. Joyce reescribe la Odisea. Borges reescribe todo.

La literatura es una cadena infinita de apropiaciones declaradas. Nadie crea desde la nada. Todos repiten. La diferencia está en cómo se repite y con qué conciencia.

Sturtevant lo sabía. Por eso no ocultaba sus fuentes. Las exhibía. Las convertía en método. Su obra no pedía admiración estética inmediata; exigía reflexión. Funcionaba como una pregunta sostenida en el tiempo.

¿Fue original copiando? Quizá la pregunta esté mal formulada. Tal vez lo original fue hacer visible que la originalidad, tal como la entendíamos, ya no era suficiente.

Sturtevant no copiaba. Traducía. Y toda traducción implica pérdida, ganancia y desplazamiento de sentido. Murió en 2014, pero su obra sigue siendo incómoda. No porque falten respuestas, sino porque sus preguntas siguen estando ahí. Porque las preguntas eran más importantes que las respuestas.