miércoles, 4 de marzo de 2026

Producto estándar

El escáner ocupa el centro de la sala. Blanco clínico. Luz fría. Dos técnicos con uniformes sin arrugas observan la pantalla. Usted permanece de pie, descalzo, como si fuera a pesarlo la ley.

«ADN funcional», dictamina el sistema. Pausa. «Poco inspirador.»

No sirve para colonizar K7-18n. Falta carisma mitocondrial. Tampoco resulta apetecible para los xenoformos. Carece de notas feromonales complejas, de esa densidad trágica que convierte una vida ordinaria en materia prima memorable.

Un androide le coloca la chaqueta con cuidado. Le entrega un cupón de descuento para consumo interestelar. Le da una palmadita. Breve. Profesional.

—Gracias por intentarlo.

La compuerta se abre a una estación suspendida entre nada y menos. En el ventanal, las naves despegan con ADN más narrativo. Usted entra en la cafetería. Pide un pastel de proteínas. Mastica despacio.

La dependienta examina su código en la pantalla táctil. Lleva esmalte azul descascarado. Sonríe. No es la sonrisa del protocolo.

—A mí me gustan los estándares —dice.

Usted no responde. No hace falta. Por primera vez, nadie espera que sea excepcional. Solo humano. Y eso, aquí, basta.


lunes, 23 de febrero de 2026

Desplazamiento diario

Todos los días cojo el coche. Podría no cogerlo. Podría trabajar aquí, en la ciudad donde vivo. Pero no quiero. Mi trabajo tiene esa ventaja: cuando vuelvo a casa, se acabó. Hasta el día siguiente. Hasta el lunes. Hasta septiembre.

Así que cojo el coche.

Los geógrafos lo llaman migración pendular. Desplazamiento regular. Menos de media hora. No es mucho. Aunque puede ser peligroso. Veinte días al año llueve y hay que ir despacio. Uno o dos días diluvia. Hay niebla. Y luego están los otros conductores: los que van con el móvil, los que no se apartan cuando te incorporas, los que circulan a doscientos por hora, los camiones haciendo eses. Conductores irresponsables. O simplemente cansados.

Pero debo confesar algo: me gusta.

No me gustaría recorrer cada día la M-30. Pero no recorro la M-30. A veces hay tráfico. A veces no hay nadie. Voy tranquilo. Escucho las noticias. Pongo música. Regulo la calefacción a mi gusto. Nadie se queja de que hace frío o calor. Nadie dice que la música está alta. Nadie discute las opiniones del periodista.

Durante ese rato, soy libre.

Es curioso. Vivimos obsesionados con eliminar desplazamientos. Teletrabajo. Reuniones por videoconferencia. Ahorro de tiempo. Como si el tiempo ahorrado fuera tiempo ganado. Como si no hubiera nada que hacer en el trayecto entre un sitio y otro.

Pero ese trayecto es mío.

Nadie me pregunta nada. Nadie me pide nada. No hay correos electrónicos. No hay reuniones. No hay decisiones que tomar. Solo la carretera, el volante, la música. El paisaje que cambia según la estación. Los mismos olivos, los mismos cerros pelados, la misma curva donde siempre piso el freno a fondo, tal vez un poco más de la cuenta.

A veces pienso que este desplazamiento es lo único verdaderamente mío en todo el día. En casa hay obligaciones. En el trabajo, responsabilidades. Pero en el coche solo estoy yo. Y la carretera. Y esa libertad pequeña, ridícula si se quiere, de elegir qué emisora escuchar, a qué velocidad ir, si adelantar o no. De llegar cinco minutos antes o cinco minutos después.

Libertades mínimas, intrascendentes. Pero mías.

Quizá por eso me gusta coger el coche cada día. No es el destino. Es el trayecto. Ese paréntesis entre lo que dejé y lo que me espera. Ese tiempo suspendido en el que nadie puede pedirme nada porque oficialmente estoy conduciendo, ocupado, inaccesible.

Libre.

Luego llego al trabajo y todo vuelve a empezar. O vuelvo a casa y todo continúa. Pero durante esos minutos, en esa cápsula de metal que avanza por la autovía, soy absolutamente libre.

domingo, 22 de febrero de 2026

El libro de reclamaciones

El mago alquiló un local estrecho y colgó un cartel sobrio: «Paz embotellada». Frasco pequeño, precio razonable. En la etiqueta, instrucciones simples: «Abrir y dejar salir». Nada más.

Los primeros días fueron un éxito. La gente salía con el frasco apretado contra el pecho. Pero pronto comenzaron las devoluciones. Entraban con el vidrio vacío y el ceño lleno.

—No funciona —decían.

—¿Lo abrió? —preguntaba el mago.

—Claro.

—¿Y la dejó salir?

—Por supuesto. Y se fue.

El mago anotaba cada queja en un libro de tapas negras. No discutía. Reembolsaba. Sonreía con cansancio profesional. Afuera, el mundo seguía discutiendo por nimiedades, coleccionando agravios como estampillas.

Al llegar a la devolución número mil, cerró el libro y lo leyó desde el principio. Ningún frasco había regresado roto. Ninguna etiqueta estaba mal impresa. Las instrucciones eran idénticas.

Entonces comprendió que su mercancía hacía exactamente lo prometido: la paz salía. Lo que permanecía intacto era otra cosa.

Colgó un nuevo cartel, más pequeño: «La paz no se queda donde no la invitan».

Desde ese día vendió menos. Pero ya no aceptó devoluciones.