Álvaro Molina guarda las llaves de las cosas que perdió. No porque espere recuperarlas, sino para no olvidar que existieron. Las conserva en una caja metálica de galletas danesas, abollada, pesada. Está en el fondo del armario del pasillo, junto a abrigos que ya no usa y camisas que ya no le representan.
Llaves mezcladas. Sin orden. Sin etiquetas.
Metal contra metal. Un sonido seco. Definitivo.
La primera es la del piso donde vivió con Clara, cerca del Paseo de la Estación. Llave moderna, plana, fría. Abrió durante años una puerta blanca, un cuarto piso sin ascensor, con vistas a patios interiores. Ya no abre nada. Clara cambió la cerradura tras el divorcio. Lo hizo por precaución. Lo dijo por teléfono, voz neutra, sin reproches. La llave quedó con él. Inservible. Exacta.
También conserva la llave del coche. Llavero de plástico negro, rajado, logotipo casi borrado. El coche fue embargado por el banco. Una sucursal de Caja Rural, en la Avenida de Andalucía. Recuerda al empleado, Manuel Ortega: camisa clara, manos suaves, explicando los plazos. El coche se fue una mañana de noviembre. Llovía barro. Detrás venía un tractor, lento, ocupando media calzada, como si el campo hubiera entrado en la ciudad para recordarle algo. Las llaves quedaron con él. Nadie las reclamó.
Las llaves de la casa de sus padres, grandes, antiguas, de hierro oscuro. Pesadas. Su madre, Elena, decía que daban seguridad. No era verdad. Nunca lo fue. Sus padres la dieron a su hermano Javier, antes de morir. No por cariño. Por previsión. Sabían que Álvaro se divorciaría. No querían que la casa acabara en manos de Clara. Javier no robó nada. Solo aceptó. Álvaro llegó tarde.
Más llaves. Del despacho donde trabajó doce años. Calle Bernabé Soriano. Puerta de cristal esmerilado. Despido objetivo. Sergio Rivas, recursos humanos, lo acompañó hasta la salida. Le pidió la tarjeta. No la llave. La guardó por costumbre. No abre nada. Tampoco la tira.
Llaves encontradas. En aceras, bancos, portales. Una vez, en la plaza del Pósito, vio a un grupo tomando cervezas. En la mesa, un manojo grande de llaves. Nadie las tocaba. Las cogió. Se las llevó. No le gusta la palabra «quitar». Prefiere pensar que las rescató.
En casa las extendió sobre la mesa. Cada llave, un misterio. ¿Qué abrían? ¿Un piso con vistas al castillo? ¿Un trastero con herramientas? ¿Una cancela de campo? ¿Un tractor oxidado bajo una higuera? Pensó en cuántas llaves llegamos a tener y cuántas dejan de servir sin aviso.
Supone que tiene un problema. Le gusta guardar llaves. Incluso las ajenas. Incluso las perdidas.
Metal sin destino. Promesas rotas.
Ahora la gente abre las puertas con el móvil. Códigos. Aplicaciones. Pantallas. A él no le gusta. No confía en algo que se queda sin batería. Prefiere el peso. El roce. El gesto antiguo de girar la muñeca. El clic. Ese sonido breve que decide si entras o te quedas fuera.
Saca la caja a veces. No para ordenarla. Para escucharla. Cada llave, su ruido, su historia mínima. Luego la cierra. Vuelve a guardarla. Apaga la luz del pasillo.
La puerta de su casa la cierra con llave.
Siempre con llave.
Relato publicado en El Narratorio (Año 10, Nº 124)