En Calvris, las sombras pertenecen al Estado. La ley es antigua y nadie recuerda quién la aprobó.
Cada tarde, a las ocho, los funcionarios salen con bolsas negras. Se acercan a los ciudadanos, esperan a que la última luz termine de dibujarlos y recogen sus sombras como quien recoge ropa tendida.
—Por higiene —dicen.
Las sombras son clasificadas, numeradas y almacenadas en depósitos municipales. Las de los niños ocupan poco. Las de los ancianos pesan más. Las de los delincuentes se conservan aparte.
Mi padre nunca aceptó la norma. Durante años dejó su sombra en el jardín, debajo de un limonero.
—No pueden quitarnos lo que llevamos desde que nacemos —decía.
Una noche vinieron por ella.
Mi padre abrió la puerta con una lámpara en la mano.
—Aquí no hay ninguna sombra.
El funcionario señaló el suelo.
—Precisamente.
Mi padre miró hacia abajo. No tenía sombra.
Al día siguiente desapareció.
La policía aseguró que había salido voluntariamente. Su expediente fue cerrado.
Desde entonces, cada noche dejo una silla junto al limonero.
A las ocho, cuando todos quedan perfectamente iluminados, la silla proyecta una sombra.
No se parece a una silla.
Tiene la forma de mi padre.
Y espera.