Thomas Schuyler vivía en Tucson. Cada año cazaba un alce en Colorado, uno por temporada.
Aquel otoño no viajaría.
Había dejado el rifle en la mesa de la cocina. Era un Springfield viejo, bien cuidado, con el que había cazado durante quince años. La caja de munición estaba al lado. Sobre la mesa también había una taza de café, un recibo del supermercado y una fotografía de Tracy con la gata.
Su mujer se había marchado tres semanas antes. Se había llevado la pistola.
Schuyler había pensado entonces que era una crueldad innecesaria. Ahora le parecía una ironía.
Tenía picor.
Primero había sido la espalda. Después el cuello. Las piernas. Los brazos. Finalmente, la cabeza. Se rascaba mientras dormía. Se despertaba con sangre bajo las uñas y no recordaba haberse tocado.
No había sarpullido.
Los médicos lo habían examinado dos veces. No encontraron nada.
—Es estrés —dijo el segundo.
Schuyler había querido preguntarle qué clase de estrés producía aquello, pero ya no tenía ganas de discutir.
Llevaba semanas viendo las noticias. Personas que se ahorcaban. Que se arrojaban desde edificios. Que estrellaban el coche. Personas que dejaban una nota en la que solo aparecía una palabra: picor.
Algunos aguantaban.
Él ya no.
Aquella mañana cerró las persianas. Desconectó el teléfono. Después limpió cuidadosamente el rifle.
Se sentó frente a la ventana.
Pensó en Tracy. En la gata. Pensó en el alce que había cazado cinco años atrás, un macho enorme que había permanecido inmóvil entre los árboles mientras Schuyler contenía la respiración.
El picor aumentó.
Schuyler cerró los ojos.
En la casa de enfrente, una mujer regaba el jardín.
Oyó un ruido.
Luego nada. La mujer siguió regando sus plantas, ajena a lo ocurrido al otro lado de la calle. Después, en algún lugar cercano, alguien empezó a rascarse.
*
El primer informe había llegado de una base militar estadounidense en el Golfo.
Los soldados describían una sensación semejante a la picadura de un insecto debajo de la piel. Al principio nadie le dio importancia. Después comenzaron a llegar a la enfermería por decenas.
Se quitaban el uniforme.
Se rascaban.
Algunos aseguraban sentir el picor dentro de los huesos.
No había manchas. Ni eccemas. Ni fiebre. Nada que pudiera analizarse.
Los médicos probaron antihistamínicos, corticoides y cremas. No funcionaron. En algunos casos, los síntomas empeoraron.
En pocos días, casi el veinte por ciento de determinadas unidades estaba de baja.
Las misiones sobre Irán tuvieron que suspenderse después de que cinco B-1B Lancer se perdieran en menos de una hora. Los informes hablaban de errores humanos, problemas técnicos e interferencias.
Un piloto había alcanzado a decir:
—No puedo dejar de rascarme.
Después se cortó la comunicación.
Los siguientes informes llegaron de Pakistán y Ucrania.
Luego de Europa.
En Estados Unidos la curva creció con rapidez.
Los servicios de inteligencia hablaron de guerra híbrida. Se habló de armas neurológicas, agentes biológicos, nanotecnología y ataques contra infraestructuras civiles.
Nadie tenía pruebas.
Pero alguien estaba ganando.
En China no aparecieron informes de bajas comparables. Las fábricas, sin embargo, comenzaron a detenerse. Millones de trabajadores dejaron de acudir a sus puestos. Las cadenas de suministro se ralentizaron. Las exportaciones cayeron.
La economía china empezó a hundirse.
Eso fue lo que hizo sospechar a algunos analistas que aquello no era una epidemia convencional.
Una enfermedad mata cuerpos.
Aquello estaba inutilizando sociedades.
Los suicidios aumentaron.
En Nueva York, una mujer se encerró cuatro días en el cuarto de baño porque decía que las baldosas eran la única superficie contra la que podía aliviarse.
En Madrid, un taxista abandonó el coche en mitad de la Gran Vía.
En Varsovia, un profesor dejó de impartir clases.
Millones de incidentes. Miles de fallecimientos.
En Arizona, Thomas Schuyler apareció muerto en su casa.
El informe del forense fue breve.
No se hallaron sustancias extrañas. Las huellas permitieron identificarlo. En uno de los brazos tenía tatuado el nombre de Tracy.
No cesó el picor.
Los gobiernos dejaron de hablar de epidemia y empezaron a hablar de ataque. Se cerraron fronteras, se reunieron consejos de seguridad y aparecieron mapas llenos de flechas. Cada nuevo informe añadía un país. Cada nuevo país añadía miles de personas incapaces de trabajar. Ya nadie preguntaba cuándo terminaría, sino quién lo había empezado.
El presidente estadounidense se reunió con el líder ruso en Helsinki.
Las cámaras registraron el apretón de manos, las banderas y las sonrisas.
A puerta cerrada, hubo amenazas. Un ultimátum. Se plantearon represalias.
El presidente habló durante varios minutos.
Mientras lo hacía, se rascaba nerviosamente la muñeca.
El dirigente ruso observó el gesto. No pudo evitar que se le escapara una sonrisa. Fue apenas un movimiento en la comisura de los labios, pero el presidente lo vio.
Mientras discutían bloqueos económicos, medidas de presión y posibles respuestas militares, el ruso había permanecido tranquilo, con las manos cruzadas sobre la mesa. No parecía preocupado. Al contrario.
—Nosotros tenemos un remedio tradicional —dijo finalmente.
El presidente dejó de hablar. Miró al intérprete y después al ruso.
—¿Qué? ¿Un remedio?
—El alquitrán de abedul.
—¿Funciona?
El ruso bajó la vista hacia la muñeca del presidente, donde los dedos habían vuelto a rascarse casi sin que él lo advirtiera.
Sonrió otra vez.
—En Rusia no tenemos picor.