A las diez y diecisiete, cuando la
luz entra en ángulo por los ventanales altos de la Corredera de San Marcos,
Esther anota un préstamo con un gesto que lleva años repitiendo. Una rebeca
gris, que ayer era azul marino y mañana, probablemente, verde oliva. Un hilo
suelto en la manga izquierda, que no termina de cortar porque cortarlo sería
tomar una decisión. Afuera, la ciudad respira con dificultad. Dentro, la
biblioteca silenciosa.
Esther escribe cuentos. Ha ganado
tres certámenes. Daniel no lo sabe.
Esther nunca ha imaginado un cuento
como este. Los suyos son otra cosa: historias donde lo extraño no irrumpe,
donde todo encuentra una explicación, aunque duela. Le interesa el peso de lo
real, la lógica silenciosa de las decisiones. Piensa que lo inverosímil es una
forma de pereza. Sin embargo, aquí, en esta biblioteca, empieza a moverse
dentro de una trama que no habría sabido escribir sin traicionarse.
El primer mensaje aparece en un
ejemplar de Crímenes, de Ferdinand von Schirach. Ella misma lo solicitó
para el fondo. Lo abre antes de colocarlo en la estantería, por costumbre,
porque los libros de Schirach le producen incomodidad: admira esa prosa sin
adjetivos, esa manera de mostrar sin juzgar, y le inquieta admirarla. Piensa
que no debería gustarle tanto un hombre que defiende a asesinos con esa
elegancia. La nota está doblada con precisión milimétrica, como si alguien
hubiera medido el gesto antes de ejecutarlo.
«Hoy has
pensado en marcharte.»
Letra en cursiva, como la que Esther
utilizaba cuando iba al colegio. No hay firma.
No reacciona. Cierra el libro.
Observa la sala con la misma atención con que observa un párrafo que no acaba
de funcionar. Dos adolescentes consultan sus teléfonos bajo la mesa. Un hombre
mayor pasa páginas sin leerlas. Nadie parece prestar atención, que no es lo
mismo que no prestar atención. Esther guarda el papel en el bolsillo. Más
tarde, camino a casa, se dirá que la frase podría aplicarse a cualquiera en una
ciudad como esa.
Dos días después, la nota aparece en
Piezas en fuga, de Schirach. También solicitado por ella. También pocas
veces consultado, salvo por una persona que sabe exactamente dónde está. «No es la ciudad. Es lo que dejaste sin
cerrar.» La formulación recuerda a un sumario, a una conclusión sin
adjetivos que espera ser firmada. Esther piensa en el hospital, en la llamada
que dejó sonar demasiado tiempo, en el silencio que vino después y que todavía
no ha terminado.
No se lo cuenta a nadie. Tampoco a
Daniel, que esa tarde insiste, removiendo el café, en que Linares es una ciudad
moribunda. Lo dice con seguridad, con la convicción de que existe una respuesta
correcta y él la conoce. Habla de la costa, del mar, de empezar. Esther
escucha. El mar le parece una superficie demasiado abierta, sin bordes donde
apoyarse.
En la tercera semana, las notas
adquieren una regularidad que no tranquiliza. Martes, jueves, viernes. Siempre
en Schirach. Siempre en volúmenes que han pasado por sus manos. «Te quedaste por miedo.» En El
caso Collini. «No fue tu culpa.»
En Culpa. «Aún estás a tiempo.»
En La dignidad del hombre, aunque ese Esther no lo había pedido. Alguien
lo adquirió de otra manera, o esperó a que ella lo hiciera, o sabía que tarde o
temprano llegaría a sus manos. La última frase se repite sin explicar a qué se
refiere. Eso es lo más inquietante: no la amenaza, sino la promesa.
Revisa los nombres de los usuarios
que han pedido prestado esos libros. Nada. Ninguna coincidencia. Contempla a la
gente que lee en la sala. Empieza a observar de otra manera, con la atención de
quien busca el detalle que cambia el sentido de una escena. A quienes recorren
las estanterías sin dudar. A quienes no preguntan. A una mujer que se sienta
junto a la ventana con Distancia de rescate, de Samanta Schweblin, y no
lo abre. A un chico con auriculares. A alguien que ha dejado encima de una mesa
La mala costumbre, de Alicia Kopf, sin haberlo sacado en préstamo.
Ninguno encaja del todo. Todos podrían.
Una tarde se queda después del
cierre. Apaga las luces por sectores, como quien va borrando un mapa. El
edificio cambia cuando no hay nadie que lo observe: los pasos resuenan
distintos, el aire se vuelve más denso, como si los libros respiraran a otro
ritmo. Toma un volumen al azar de la sección que ella misma ordenó. La cosa
más oscura que sé, de Liliana Heker. Lo abre. Una nota en letra cursiva.
«No soy
quien crees.»
Esta vez, lo que siente es más frío
que miedo. Se sienta en el suelo, apoyada en la estantería, y permanece así un
tiempo que no mide. Piensa en la llamada. En Daniel diciendo «nosotros» con una
facilidad que a ella le pesa, como si «nosotros» fuera una ciudad que alguien
eligió por ella. Piensa en Mariana Enríquez, en Sylvia Iparraguirre, en Alice
Munro, en todas las mujeres que escriben cuentos con esa precisión de bisturí,
esa capacidad de decir lo que no se dice. Piensa en Schirach, en su manera de
mostrar sin juzgar, y comprende que alguien lleva semanas haciendo exactamente
eso con ella: mostrarle lo que ya sabe, sin juzgar.
La posibilidad más perturbadora no
es que alguien la observe. Es que alguien la conozca.
Hay otra posibilidad, más incómoda
porque no permite desplazarse hacia fuera. Esther conoce esa letra. No solo la
reconoce: podría reproducirla sin esfuerzo, con la misma inclinación y la misma
presión en los trazos finales. Durante un instante, piensa en un gesto antiguo,
casi olvidado: dejar mensajes en los libros como quien deja migas de pan para
un lector futuro. Pero aquí no hay lector. Nadie pide esos volúmenes. Nadie los
abre. Nadie, salvo ella.
A la mañana siguiente, redacta una
solicitud de renuncia. Es un párrafo. Motivos familiares.
Pero antes de entregarla, la rompe.
Deja una nota en el último volumen
de Schirach que ha catalogado. No lo elige al azar. Es La inocencia, que
ha releído cuatro veces y que cada vez le dice algo distinto. La escribe con su
letra actual, apresurada, casi ilegible.
«Lo sé.»
No firma. Tampoco hace falta.
Algunos secretos no se descubren. Se
reconocen. Y en ese reconocimiento, casi imperceptible como el momento exacto
en que una ciudad deja de ser provisional y se convierte en el lugar donde uno
vive, cambia la dirección de lo que parecía escrito. Afuera, la Corredera de
San Marcos recibe la misma luz de siempre. Esther la mira desde el otro lado
del cristal. No es la misma luz. O ella no es la misma persona que la mira.