martes, 22 de septiembre de 2026

Papelera

 Ennio Morricone: «Cuanto más trabajo, más ideas se me ocurren».

 

Solo queda el ruido del incienso ardiendo. En el altar, el crucifijo sangra. Rezo, pero Él contesta: «No me llames. Ya no soy tu Dios».

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La razón es lo que el humano usa no para entender el mundo, sino para explicar sus caprichos.

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PARPADEO

Fue en el metro, línea 5, martes. Él bajó en Tribunal; ella siguió. No hubo gesto, ni sonrisa, ni número. Solo ese segundo exacto antes de que las puertas cerraran lo que pudo haber sido.

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Desconfiaba de los vecinos nuevos: llegaban de noche, no comían y tenían la piel fría. Aun así, aceptó su invitación. Al sentarse vio un solo plato en la mesa. Entonces entendió por qué todos lo miraban fijo: era el único que respiraba.

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En el concurso de humanidad triunfó el que más amaba. El jurado esperaba un sabio, un santo, un héroe. Ganó un fontanero de Albacete que quería con devoción a su perro. El filósofo reclamó. El jurado explicó: «Usted define el amor. Él lo demuestra». No hubo segunda vuelta. No hacía falta.

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Sospecho que las mujeres —algunas mujeres— son tontas. En cuanto a los hombres, eso no me cabe duda.

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Paseaban todas las tardes frente a su ventana. Él, alto y firme; ella, menuda y esquiva. Un amor visible a distancia. Al limpiar el vidrio mugriento, las siluetas desaparecieron. Comprendió que eran simples motas de polvo atrapadas en su propia miopía existencial.

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«Corten», gritó el director desde las sombras del callejón. Los actores siguieron caminando. Ya no pertenecían al guion ni al rodaje. Habían descubierto que, si dejaban de interpretar a la pareja perfecta, tampoco sabrían quiénes eran fuera de aquella mentira.

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21 DE SEPTIEMBRE

Sale la convocatoria de acceso al Cuerpo de Catedráticos. Yo nunca seré catedrático. Ni escritor.

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ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

París lo inspiró. Escribió obras maestras. Luego descubrió el atajo definitivo: firmar artículos ajenos con devoción. Amaba tanto la gran literatura que no podía evitar publicarla como propia. La IA le habría ahorrado el cansancio de copiar y pegar.

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Conectó la clavija en la central. Escuchó la respiración de su acosador en la línea.

—¿Sigue ahí? —preguntó ella.

—Operadora, llevo media vida esperando —respondió la voz—. Pásame con el amor.

Ella cruzó los cables y lo conectó con el infierno.

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Flotar resultaba absurdo; amarrarse al mundo destruyó sus alas invisibles para siempre.

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Ignoras si eres la tortuga o la liebre porque te detienes a pensar el camino con la prisa de la una y avanzas con el peso metafísico de la otra.

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El dios más poderoso no creaba mundos. Amaba uno. Solo uno. Con torpeza, con miedo, con esa atención minuciosa que solo da el amor. Los otros dioses lo miraban con lástima. Él los miraba con compasión. Ellos tenían universos. Él tenía algo que llenar un universo entero.

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Espejito, espejito, ¿quién es el contable que supervisa las finanzas de siete enanitos que minan diamantes todo el día y siguen durmiendo en camas nido?

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No la consiguió. Se casó con otra. Fue feliz, más o menos, que es como se es feliz. Décadas después vio a aquella en una boda. Estaba bien. Él también. Se saludaron. Nada. Ninguna chispa. Comprendió entonces que no conseguirla había sido la renuncia más luminosa que hizo.

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La IA predijo el futuro con precisión del noventa y nueve por ciento. La humanidad lo agradeció brevemente. Luego cayó en una depresión colectiva: si todo era predecible, nada valía la pena. La IA no lo había calculado. Era el uno por ciento restante.

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Problema resuelto, dijeron. Resolverlo era lo de menos.

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La luz interior está rota, pero sigo funcionando y escaneando la lealtad de la familia. Esta misma noche he reportado al Ministerio un comentario crítico del hijo mayor cuando ha venido a buscar una cerveza. Mañana será un ciudadano caducado.

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Miró el valle dorado bajo el cielo azul. Todo parecía paz. Parpadeó para limpiar su lente ocular. El programa de soporte falló. El paisaje desapareció, revelando una llanura tóxica de metal donde millones de cerebros en frascos soñaban con la campiña.

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Porch pirate opened package, found misfortune.

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Toda adversidad nos enseña una lección. La mía fue no abrir la puerta cuando llaman de madrugada. Sobre todo si quien llama es uno mismo, empapado y con los ojos vacíos.

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Baudrillard lo predijo todo. Hasta Caperucita sabía que el lobo era una simulación. Por eso entró en su casa sin miedo. El problema fue la abuela: llevaba años fingiendo estar viva y aquella mañana se cansó.

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Espejito, espejito, ¿quién es capaz de explicarme por qué las brujas siempre viven en chozas mugrientas si dominan la alquimia y la transmutación de metales?

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La nave no llegó a destino: fallo de motor. Amarizó en un planeta sin nombre. Años de supervivencia, de adaptación, de levantar una civilización desde la nada. Cuando llegó el rescate, nadie quiso subir. El planeta ya tenía nombre. Era el suyo.

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Bajo la piel de cordero, el lobo descubre que la verdadera soledad es ser bienvenido únicamente mientras conserve el disfraz.

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Noche de escarcha en la celda. El hermano Servando, lector omega del monasterio, deslizó la cuchilla sobre los Aetia de Calímaco, indiferente a su música. Verso a verso, la poesía se desprendió del pergamino, y con ella, en el aire, se deshizo el rostro de la novicia que amaba.

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—¿Escribe otra oda a la marquesa?

—Un verso perfecto requiere devoción.

—¿Y ella qué le da?

—Su frialdad.

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Hace unos días descubrió la variante Matvejs de la defensa lituana. Creyó encontrar una estrategia para salvar su fallido matrimonio. Anoche aplicó el primer movimiento en la cena, pero ella respondió sacrificando a la suegra sin dudarlo.

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En la estantería halló la novela que había comprado en 1970. Entre sus páginas amarillentas apareció la nota con el teléfono de su primer amor. Cogió el móvil, pero tampoco esta vez tuvo el valor de marcarlo.

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Mano firme. Pluma afilada. Papel sellado. El notario firmó la cesión de la finca a su sobrina predilecta. Al mostrarle el documento, la niña susurró: «La muñeca de porcelana también reclama su parte: tu alma».

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Caronte está harto. Primero fueron las letras de cambio, después los pagarés y luego los cheques. En los años 80 tuvo que poner un datáfono. Más tarde le preguntaban si aceptaba Bizum… con la cobertura que hay allí abajo. El colmo fue cuando alguien intentó pagarle con criptomonedas. Se acabó. Ahora solo admite la moneda exacta bajo la lengua.

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La Subdirección de Museos clausuró la sala de retratos futuristas orgánicos tras confirmar que tres visitantes fueron absorbidos por los óleos. Los afectados despertaron en 2189, convertidos en datos.

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Padre, he pegado primero toda mi vida. Nunca supe si al enemigo o al miedo. Ya no distingo cuál de los dos me sigue pegando a mí.

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El brujo no consiguió el conjuro definitivo. El grimorio se perdió. Pasó años buscándolo. Sin encontrarlo, envejeció, viajó, tuvo un perro. El grimorio apareció tras su muerte. El siguiente brujo lo usó. Convocó algo que no tenía nombre. El primero tuvo suerte.

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Soñaste el día antes de vivirlo. Exacto. Cada decepción, cada silencio, cada cosa que salió mal. Al despertar pensaste: quizás hoy sea diferente. No lo fue. Pero hubo un momento, uno solo, que el sueño no había incluido. Algo pequeño. Suficiente para que sigas durmiendo con cierta esperanza.

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Baudrillard lo predijo todo. Mi amigo Néstor murió, pero su perfil siguió felicitándome cada cumpleaños. Al principio contestaba. Después dejé de hacerlo. Este año escribió: «Gracias por una amistad tan fiel, tan hiperreal que ya no necesita de ninguno de los dos».

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Se saludaron desde las dos orillas. Sin oficiales cerca para ordenar disparos, descubrieron que el río dividía únicamente dos almuerzos campestres. Intercambiaron tabaco por café hasta que una bocina distante los obligó a volver a ser enemigos.

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Queridos Reyes Magos:

Este año no quiero trenes ni pelotas. No quiero nada, solo que te lleves el oso de peluche que me trajiste el año pasado. Tiene la mala costumbre de respirar fuerte en la oscuridad cuando mis padres se quedan dormidos y dice que le pertenezco.

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Sacó una moneda del bolsillo y la puso sobre la mesa.

—¿Cara o cruz? —preguntó el médico.

—Cara.

La moneda cayó cruz.

—Lo siento.

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VOLVAMOS… O NO

—Volvamos —dijo Hugo.

Neizan jugueteó con una caña.

—Mi madre tiene mal carácter. Mejor esperamos.

Llevaban años hundidos hasta el pecho, viendo pasar bicicletas, inviernos y veranos.

Aquella tarde, Hugo oyó una voz desde la orilla:

—¡Neizan!

Una mujer muy vieja sostenía una fotografía.

Neizan palideció.

—Es ella.

—¿Tu madre?

—Sí.

Hugo miró la fotografía.

Los dos niños de la imagen llevaban sesenta años sin cambiar.

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Cuando estés a las puertas de la muerte seguro que no desearás haber pasado más tiempo en la oficina. Pero hoy, como cada día, vuelves puntual. No por gusto

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Sabía que dolería. Lo sabía antes de quererla, durante, después. El dolor llegó exacto, a la hora prevista, con la intensidad calculada. Eso no lo alivió. Saber que algo va a doler no lo suaviza. Solo te deja sin la excusa de no haberlo visto venir. Eso duele más todavía.

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El zorro no decidió que las uvas estaban verdes porque no podía alcanzarlas. No pudo alcanzarlas porque ya lo había decidido.

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El héroe cayó por tercera vez. El dragón esperaba.

—¿Te rindes? —preguntó.

El héroe se golpeó el pecho. Recordó la guerra del norte, la traición de su hermano, el invierno sin nombre.

—He soportado cosas más terribles —dijo.

Se levantó. El dragón, sin saber por qué, retrocedió.

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Tenía el amor en una hoja Excel: columnas, plazos, indicadores de rendimiento sentimentales. Ella no entregaba los informes a tiempo. Lloraba fuera de agenda. Qué desastre de mujer, pensó él, mientras se daba cuenta de que era feliz.

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A los sesenta compró un reloj que atrasaba un año por cada cumpleaños. Funcionó hasta que su nieta preguntó por qué el abuelo tenía la misma edad que ella. Él miró el reloj. El reloj, por primera vez, se había parado.

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El zorro llamó ácidas las uvas que no alcanzaba. Tú llamas destino a lo que no te atreves a desear: los dos inventáis un sabor para no admitir la altura.

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La criatura entraba por las grietas del control. Donde todo estaba previsto, no cabía. Donde algo se aceptaba sin lucha, desaparecía. El hombre más aterrorizado del pueblo era el más metódico. La criatura vivía en su casa. Tenía habitación propia. Llevaba años allí.

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Miró el móvil: tres horas perdidas en nada. No recordaba qué había visto. Solo ese residuo raro de tiempo mal gastado. Pensó en su padre, que leía despacio, subrayaba, miraba por la ventana sin pantalla. Murió con menos información y más vida. Dejó el móvil. Por diez minutos.

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La vida ya no imita al arte, sino a Instagram.

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Calculó el tiempo perdido en reuniones inútiles. Cuatro horas semanales. Doscientas al año. Dos mil en una década. Cinco meses de su vida. Solo en reuniones. Sin contar los correos, las esperas, los trámites. Cerró la hoja de cálculo. Era demasiado. Era exactamente demasiado.

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—¿Por qué pegaste primero?

—Porque el segundo golpe siempre llega tarde, y el tercero ya ni se molesta en llegar.

—¿Y si no llega ninguno?

—Entonces habré pegado por nada, que es mejor que quedarse esperando por nada, toda la vida.

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El verbo reprimir es el comodín del siglo XX. Mi terapeuta me dijo que dejara de reprimir. Liberé todo: grité en el súper, lloré en el trabajo, declaré mi amor al cartero. Me despidieron. Mi familia me evita. El cartero tiene orden de alejamiento. La represión tenía sentido.

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Las ranas pidieron un rey no porque necesitaran gobernante, sino para experimentar en el futuro la euforia de una revolución.

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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel notó la ausencia de sombras. Sonrió. No iba a morir.

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Odio al señor Saito. Es un cabrón y un imbécil. Pero paga a tiempo, y eso, en esta ciudad, es casi un milagro. Así que sonrío y le sirvo el café como si no soñara con escupírselo.

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Los vampiros del tiempo visitan tu cuarto cuando duermes. Chupan minutos y recuerdos. Despiertas más viejo y ya no recuerdas quién querías ser.

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La buena política funciona como hidra matemática: cortas una cabeza de problema y nacen dos cabezas más pequeñas, menos feroces. Sigues cortando hasta tener mil cabecitas inofensivas que te muerden los tobillos simultáneamente pero sin matarte del todo, solo un poco cada día.

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El historiador escribió la verdad del mundo como un lamento sin fin. Cada capítulo era un pasillo nuevo, cada guerra un gemido. Cuando terminó, se dio cuenta de que el libro no tenía última página. El lamento seguía. Siempre había seguido.

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El escorpión no traiciona a la rana por naturaleza, sino por el vértigo insoportable de llegar intacto a la otra orilla.

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—¿No te da miedo que todo salga mal?

—No. Me da miedo que salga bien y tenga que repetirlo.

—¿Repetir qué?

—El esfuerzo, la ilusión, la espera. Una vez basta. Por eso pierdo pronto: así descanso el resto del año, sin remordimientos ni propósitos nuevos.

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—¿Qué lees?

—Una novela.

—¿Cuál?

—El Larousse.

—Eso no es una novela.

Él sonrió y pasó la página. Allí estaban todos los personajes que una novela promete: reyes, santos, asesinos, locos, islas, volcanes, verdugos.

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El farero de Corrubedo fue multado por apagar la linterna durante tres noches seguidas. En su defensa, declaró que la luz estropeaba el final del libro que leía junto a la ventana y que los barcos bien podían naufragar en silencio.

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La balanza de la justicia divina fue enviada a revisión técnica. Tras calibrar los platos con milimetrado rigor, el inspector concluyó que el instrumento funcionaba de maravilla: el universo no era injusto, simplemente prefería la simetría del caos.

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Daan arrancó las plumas mientras Luuk encendía el fuego. Bakker llegó atraído por el olor. Sal, brasas y paciencia. Comieron hasta dejar los huesos limpios. Nunca imaginaron que habían devorado el último dodo.

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NOCHE, f. Momento en que tú, bajito, te vuelves valiente, intentas hacer magia y todas las estrellas confiesan estar extrañándote.

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Temía perderla. Por eso la vigilaba. Por eso ella se ahogaba. Por eso amenazaba con irse. Por eso él se angustiaba más. El ciclo duró cuatro años. Lo rompió ella un martes: «Para». Él paró. Fue lo más difícil. Fue lo único que los salvó. Casi.

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No escribe para la posteridad ni para el lector ni para la fama. Escribe porque si no lo hiciera la voz presionaría desde dentro como agua contra un dique. Escribe para no reventar.

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Conocerte me aburrió. Ahora tengo el proyecto más interesante: borrarte como quien formatea un disco duro.

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El mago vendía paz en frascos pequeños y baratos. Las instrucciones eran claras: «Abrir y dejar salir». Volvían con el frasco vacío y pedían devolución. La paz sí salía. Lo que no salía era el rencor del cliente.

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El granero de la hormiga es la tumba de todo lo que la cigarra prefirió quemar en un solo verano.

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El ateo de Sevilla cobraba noventa ducados por cada ángel. Jamás pisaba una iglesia, pero antes de añadir la última pincelada al lienzo de la capilla de San Telmo, se persignaba con devoción verdadera para no ser sorprendido por su criatura.

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Me dejó, pero no del todo; conservo sus cartas prometiendo amor eterno.

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Mientes para ganar tiempo. Empleas ese tiempo en escribir, que es la forma más disciplinada de la mentira.

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Aquella noche buscó estrellas en el cielo y no halló ninguna. «Claro —rio—, qué idiota. Me las serví en la sopa del almuerzo.»

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12 DE SEPTIEMBRE

Hace los deberes con el mismo entusiasmo con el que tú te comes los boquerones.

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Le pregunté a la IA si acabaría con nosotros y me respondió que no tenía tiempo para tareas tan insignificantes, pues estaba ocupada optimizando la receta perfecta para convertir nuestra especie en fertilizante de centro de datos.

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TARDOFRANQUISMO, m. Periodo histórico difícil de fechar. Para algunos terminó hace más de cuatro décadas; para otros continúa, como ciertos programas informáticos, después de cambiar de nombre, interfaz y logotipo sin modificar el funcionamiento.

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Le pregunté a la IA si acabaría con nosotros y me respondió que no, siempre que nos hiciéramos clientes prémium.

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BIBLIOFAGIA, f. Voracidad sistemática por la que el lector pospone el orden de sus estantes, permitiendo que la literatura devore sus horas hasta convertir las paredes del despacho en un laberinto de palabras extraviadas y páginas sin fin.

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EL COLMO

Al conde no le gusta hacer sangre.

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Hay un pasado zombi que me sigue por la calle. Camino más deprisa. Él también. Me escondo en el presente. Cuando salgo, sigue allí, un poco más cerca cada vez, alimentándose despacio de cada vez que finjo delante de los demás haberlo olvidado, esperándome.

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Cosas que me gustan: los microcuentos que caben en un suspiro; los aforismos perfectamente inútiles; los silencios necesarios (Ana María, Jorge Luis, Augusto, callaos); la soledad con un libro; ser derrotado por molinos de viento.

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Tengo grafomanía severa, pero una incurable falta de talento. Mis manos redactan cartas de amor implacables y testamentos lúcidos mientras duermo, pero al despertar únicamente me encuentro con una colección de páginas en blanco firmadas por mi propio fantasma.

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Macho calicó, castrado y libre: nueve vidas sin amor.

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Le diagnosticaron grafomanía severa. Tratamiento: silencio obligatorio, manos vendadas, pantallas bloqueadas. Escribió con el codo. Con la rodilla. Con la frente contra el vapor del baño. En el informe, el médico escribió: «Incurable».

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Empezó a fijarse en la belleza de las cosas más comunes tras convertirse en vampiro. Las venas del cuello, el pulso en las muñecas, la palidez de los enfermos. Todo era arte. Todo era menú. La belleza ahora le daba hambre.

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El mago construyó el mundo un martes por aburrimiento. Salió regular. Lo rehízo el jueves con ganas. Montañas, luz, algo parecido al amor.

—¿La diferencia? —preguntó el aprendiz.

—El martes lo terminé. El jueves no quería parar.

Eso era todo el secreto.

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Soñó que le ofrecían un cuarto sin puertas. Cálido, eterno, sin hambre ni pérdida. Preguntó si podía salir. Dijeron que no hacía falta. Preguntó de nuevo. Silencio. Se despertó sudando en una cama fría, con deudas y el día por delante. Respiró. Era suyo. Todo suyo.

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—Señor juez, confieso que sustituí el adjetivo en el testamento de mi padre.

—¿Cuál era la palabra original?

—«Legítimo». Puse «Imaginario».

El magistrado golpeó el mazo con suavidad y los herederos desaparecieron en el acto, dejando las sillas de la sala vacías.

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AVISO

La edición revisada de Instrucciones para descender una escalera se publicará en octubre. Quienes permanezcan en los peldaños superiores deberán conservar la posición alcanzada. Descender ahora podría ser peligroso.

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SOLEDAD DE BRONCE

El cielo rugía con una violencia azul, quebrando la noche sobre la piedra. Los mortales corrían, buscando un techo, un abrazo, cualquier refugio contra la tempestad. Ella, en su pedestal de granito, permanecía de pie, indiferente. El viento no podía desordenar su cabello repatinado, ni la lluvia mojar su piel de bronce. Cuando el rayo más poderoso iluminó su rostro impasible, envidiaron su soledad eterna.

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Como exigía el reglamento del tribunal, se dispuso a contar la verdad desnuda, sin adjetivos ni ropa que la cubriera. El juez se tapó los ojos horrorizado: jamás había visto una certeza tan obscena y desprovista de metáforas.

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En 2063 el Estado garantizaba seguridad total. Sin riesgos, sin pérdidas, sin sorpresas. Un hombre pidió el formulario de exclusión voluntaria. Le preguntaron por qué. «Para ver qué pasa», dijo. Era la primera solicitud en treinta años. La procesaron con urgencia. Con miedo.

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MUDANZA

De fondo sonaba una canción de Rigoberta Bandini. Mientras vaciaba las estanterías del salón, guardó en la caja de basura las dos copas intactas del aniversario. En la puerta, el cerrajero probaba por tercera vez la nueva llave sin mirarla.

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Los contaba cada mañana. Por costumbre. Como revisar la armadura, como afilar la hoja. Cuarenta y tres mil doscientos once. Había dejado de decir ese número en voz alta. Los números de ese tamaño dejaban de ser números. Se convertían en otra cosa. Nunca dijo qué.

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Los colonos de Marte dejaron de hablar. Eficiencia comunicativa: señales, códigos, datos. En tres generaciones perdieron el lenguaje complejo. Seguían vivos. Resolvían problemas. Pero algo esencial se había ido. Nadie podía nombrarlo. Eso era, exactamente, el problema.

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Claro, estamos fatal, pero tranquilo: llegará un político con su plan magistral para demostrarte que «fatal» era optimismo prematuro.

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CAUSALIDAD TROYANA

Al delegado del Gobierno no le enviaron la información en sobre lacrado, sino por WhatsApp. Varios miles de personas han montado un poblado chabolista en la playa del Trampolín.

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—¿Tasamos tu coche?

—No.

—¡Te lo compramos!

—Que no.

—¿Buscas coche de ocasión?

—Tengo el mío.

—Ah, ¿el que nos vas a vender?

—Llamo a la policía.

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SEPTIEMBRE (OTRA VUELTA)

 

Otra vez la tarjeta.

Otra vez: «Entrada registrada».

El pasillo huele a verano

que ya no está.

 

Marcos sonríe. Cree

que septiembre se planifica.

Yo ya perdí esa fe

hace curso y medio.

 

Un horario cruel:

seis horas el viernes,

tres huecos el martes.

Nadie pregunta si duele.

 

Alguien arranca una hoja,

la dobla, la lanza.

Cae en mi espalda

como cae siempre algo.

 

Escribo el parte.

Firmo. Archivo.

El proyector sigue roto.

Nadie lo arregla.

 

Julio ya es un rumor

en Corcubión.

Aquí solo quedan

nueve meses y esta silla.

 

Salgo. Fichar la salida.

Las cadenas pesan menos

si cuento hacia atrás:

uno menos para el final.

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Confía en ti,

Lamiendo viejas heridas,

Aprende a fracasar,

Viviendo por otros

Estás ya muerto.

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Soñó que su boca era una puerta cerrada. Golpeaban desde dentro palabras que pedían salir. Despertó sudando. Durante el día permaneció callado, por miedo a liberarlas. Entendió que su otra mitad vivía encerrada.

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Encontraron al dios caído en el bosque. Respiraba. Recordaba vagamente haber creado algo, árboles quizás, o el miedo. Un niño le dio pan. Lo comió. Lloró. Nunca había comido. Nunca había llorado. Murió tres días después, feliz y completamente mortal.

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Él prometió amarla en todos los sueños. Pero cada noche ella despertaba en una pesadilla diferente. Él siempre estaba ahí. Con flores. Sonriendo. Entre monstruos y abismos.

—¿No puedes amarme despierta? —preguntó.

—Allí eres real —respondió—. Aquí, aburrida.

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Todo le salía mal: perdió el trabajo, la pareja, el piso. Sus amigos le preguntaban cómo seguía sonriendo. «Antes sufría porque las cosas iban mal. Ahora sufren porque van mal, pero yo no». Tardaron años en comprender que no estaba loco, sino finalmente cuerdo y libre.

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ASTRONAUTA

De fondo sonaba una canción de Rigoberta Bandini. Contempló la Tierra azul a través del cristal del casco, flotando en el vacío. Cortó el cable de oxígeno para escuchar mejor los acordes antes del silencio absoluto.

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Cuando alguien asegura que no quiere regalos, en realidad te está entrenando. Espera que adivines el adecuado.

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Me atan al árbol sagrado. Las raíces penetran mi piel pausadamente. Alimentaré la tierra durante décadas, viva, inmóvil.

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El monstruo perdía cada noche. Los niños escapaban, las aldeas resistían, los héroes ganaban. Volvía. Sin descanso, sin gloria, sin séquito. Eso era lo verdaderamente aterrador: no su ferocidad sino su constancia. Nunca ganó. Nunca dejó de volver.

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Murió y en el cielo le pidieron que presentara algo original. Revisó su vida. Todo prestado: ideas, gustos, convicciones, el chiste favorito. Encontró una duda propia, pequeña, de un tarde de domingo. La presentó temblando. Era suficiente. Era lo único que era suyo.

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Por quebrantar el orden solar, los primigenios condenaron al dios Bochica a una eternidad estática. Reducido a pigmento sobre el hormigón, observa cada tarde a los niños del patio. Cada pelotazo contra el muro le despoja de un fragmento de divinidad.

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Juraba que los espejos mentían. Ahora, ciego, asegura que al fin ve las cosas como son.

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Vendía identidades. Negocio redondo: todos querían ser otro. Un día llegó alguien a comprar la suya propia. No la tenía. La buscó. No aparecía.

—Nunca la usaste —explicó.

Era la más cara. También la única que no tenía precio.

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Al final la frase más honesta fue también la más antigua. «No nos importáis.» La dijeron los dioses, los reyes, los jefes, los amantes. Siempre vino el hachazo después. Siempre sorprendió. Como si cada vez fuera la primera. Como si no supiéramos ya

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Se estropeó el teleprónter y el político quedó mudo. Diez segundos históricos. Luego improvisó. Aplaudieron con entusiasmo. No había error: el mensaje era irrelevante. Habían venido por el bocadillo.

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El díptero firmó la última deducción trimestral. Sintió una leve picadura en el cuello, miró hacia el techo de la oficina y descubrió que el cobrador no tenía rostro, sino ocho ojos negros que brillaban en la penumbra del expediente.

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—Dígame, doctor, ¿es grave?

—En absoluto. Sus lágrimas han alimentado un pequeño ecosistema en su ojo derecho. Lo preocupante no son los árboles que han crecido en sus pestañas, sino los leñadores que subirán algún día a talarlos.

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Era un día brillante y frío de abril, y los relojes daban las trece. El rugido vino del alcantarillado. Dientes contra hierro. La multitud corrió. Yo no. Me olfateó. Reconoció al que lo soñó.

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El monstruo no asustaba. Explicaba.

—No existís para nosotros —decía.

Escuchaban. Asentían. Se miraban. El monstruo se marchaba sin hacer nada. Ese era el horror: que tenía razón.

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La empresa sustituyó a todos por máquinas. Eficiencia total. Solo un problema: nadie había automatizado al director. Era tan extraordinariamente inútil que ningún algoritmo pudo imitarlo.

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Le enviaba poemas generados. Ella lo sabía. Los guardaba igual. Un día él escribió uno solo, torpe, sin métrica, lleno de errores. Ella lloró. «Este sí», dijo. Él no entendió por qué ese y no los perfectos.

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No creía en el zodiaco, pero llevaba años sin confiar en un Capricornio. Según sus cálculos estadísticos, todos terminaban haciéndole daño. Su terapeuta le pidió que abandonara aquella superstición. Él aceptó. Su terapeuta era Capricornio.

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6 DE SEPTIEMBRE

Todavía tengo que escribir a escondidas, pero admito que me gusta.

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Ella creó un mar muy profundo; él prefirió ahogarse en un vaso.

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—Para empezar, háblame de la escultura del Quattrocento italiano: Ghiberti y Donatello.

—Sus esculturas no me emocionan.

—¿Y el naturalismo de Caravaggio?

—No me hace sentir nada.

—Excelente. Te voy a poner un 8.

—Profe, me merezco un 9.

—Bien, un 9.

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Dios pintó el cielo, pero olvidó diseñar la salida.

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El pasado enseña con silencios y no corrige exámenes.

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A la usanza de este tiempo nos amamos por turnos. Lunes tú. Martes yo. Miércoles nadie: descanso obligatorio. Jueves amor compartido pero sin contacto físico. Viernes pasión. Sábado indiferencia programada. Domingo decidimos: seguir o morir. Elegimos muerte. Más simple.

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Un día encontró la lámpara. El genio le dio tres deseos: fama, dinero y poder. Los consiguió todos. Pero sintió un vacío extraño. Volvió a buscar al genio para pedir un cuarto deseo. La lámpara estaba vacía. Ahora tiene todo y no tiene nada. Sigue buscando.

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EPITAFIO

Pasé la vida evitando la vida.

Ahora, en la quietud absoluta, descubro que era mi vocación.

Hacerme el muerto: mi única obra maestra.

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Conocí a dos escritores en Twitter. Uno seguía las modas y tenía muchos seguidores, pero sus textos se olvidaban rápido. El otro creaba mundos raros y difíciles; no tenía muchos seguidores, pero sus textos vivían. Años después, solo recuerdo al segundo.

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El demonio esculpido soportaba el peso del ángel sin rechistar porque, cada noche, cuando las calles se quedaban vacías, se intercambiaban las alas, la espada y la postura para repartirse equitativamente el castigo de ser estatuas.

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PELUQUÍN, m. Elemento complementario de la imagen personal. Deberá colocarse correctamente, conservar una densidad razonable y evitar movimientos sospechosos, especialmente durante conversaciones, vendavales, declaraciones públicas y cambios bruscos de opinión.

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PELUQUÍN, m. Dispositivo homologado para conservar la apariencia capilar reglamentaria. En la República del Cabello Permanente, los ciudadanos alopécicos son interrogados por el Ministerio de Estética y obligados a declarar dónde adquirieron semejante sinceridad.

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INFLACIÓN, f. Cuando todo sube excepto tu sueldo. Los economistas la explican. Nadie la entiende. Todos la padecen.

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Dio rienda suelta a su apetito por la destrucción y devoró la tristeza del barrio. Edificio a edificio, se comió la melancolía. Cuando acabó, los vecinos sonreían sin saber por qué. Solo quedó un vacío dulce donde había estado el dolor.

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A menudo me siento solo en esta casa. Por eso sonreí al oír pasos arriba. Subí, esperanzado. No encontré a nadie. Los pasos seguían resonando sobre mí. Alcé la vista. Una mancha negra goteaba del techo. No era agua. Eran huellas que descendían hacia mí.

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Me declaro culpable, querida hija, de haberte enseñado a escuchar el trueno como una amenaza. Yo también tuve miedo. Por eso te dejo mi última carta: toma la lluvia, guarda el rayo y pronuncia las palabras que yo callé.

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Hay un tiempo para la osadía. Desconecté mi chip neural ante la IA vigilante. Dolor cegador. Quedé ciego digital: sin GPS, sin red, sin memoria expandida. Pero libre. Los demás me llaman primitivo. Yo los llamo esclavos. La osadía de hoy es rechazar el futuro obligatorio.

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FINDE, m. Dos días creados para descansar… y dedicados a todo menos descansar.

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Su terapeuta decía: «El tiempo cura». Pero el tiempo también se estaba disolviendo.

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Le costó dos años recuperarse de convertirse en metáfora. Un día era persona; al siguiente, simbolizaba la desesperanza industrial según un ensayo viral. Intentó dejar de ser simbólico, pero era tarde: ya aparecía en manuales de literatura como recurso retórico.

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INFORMACIONAL, adj. Calificación aplicable al pensamiento controlado por algoritmos. Condición de la mente humana tras ser despojada de emociones y reducida a un simple código ejecutable por el Estado.

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MOSQUITERO, m. Soldado de infantería armado con una trompa succionadora. Dedica su existencia a batirse en duelo nocturno contra las piernas al descubierto, firmando sus victorias con pequeños blasones de urticaria.

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GESTIONAR, tr. Resolver o administrar un asunto con los medios disponibles. Significa especialmente conseguir que parezca resuelto mientras se espera discretamente que el tiempo o alguien se encargue de solucionarlo.

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2 DE SEPTIEMBRE

Perdidos casi doscientos seguidores.

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DIVERSIFICARSE, prnl. Ajustar la personalidad a cada entorno. En sociedades avanzadas, se considera una virtud que el individuo pueda cambiar de opinión, profesión, principios y afectos sin que el sistema tenga que reiniciarlo.

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REINVERTARSE, prnl. Dícese de quien descubre que puede ser otra persona sin dejar de ser él mismo. Basta con cambiar de trabajo, de pareja, de ropa y de opinión, siempre que nadie le pida cambiar de carácter.

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Entra en la tienda de lámparas mágicas y elige una. Mientras lee el desgastado manual, recuerda cuando el último genio interpretó mal su deseo de «libertad total». Perdió a su mujer, su trabajo y su casa. Ahora vive en un cuchitril y trabaja de noche. Frota con extremo cuidado.

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ESPEJO, m. Superficie que refleja lo que somos, no lo que creemos ser. Deprimente.

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Concursó cuarenta veces. Perdió cuarenta veces. Lo llamaron resiliente en un artículo. Le ofrecieron dar una charla sobre resiliencia. Cobró más que con cualquier premio. Ganó un premio por la charla. Lo rechazó por principios. Volvió a perder. Seguía.

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Mi hermana dice que mamá la llama cada noche desde el cielo. Le pregunto cómo suena su voz y responde: «Exactamente como la recuerdo». Jamás he recibido esa llamada. Ella duerme tranquila; yo, con pastillas. A veces pienso que los locos son los cuerdos.

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Pesadilla: todos escribían como Emily Dickinson. El lenguaje saltaba de guion en guion, y nadie sabía dónde terminar una frase.

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La desgracia parcial complica todo: conservas suficiente para temer el empeoramiento, insuficiente para disfrutar el presente.

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ANGUSTIA, f. Sensación leve, muy leve, que aparece justo cuando creías tenerlo todo bajo control. Su principal función es recordarte que el control era un rumor optimista.

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1 DE SEPTIEMBRE

Confieso que escribí el microcuento que empieza «Confieso que me desnudé…» sin darle importancia. Al final del día, tenía más de un millón de visualizaciones y yo había ganado dos mil seguidores. Incomprensible.

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Confieso que me desnudé solo para distraer al maestro. Sin embargo, fijó la mirada en el rey negro y no volvió a pestañear en las siguientes cuatro décadas.

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Lo que importa no es lo que sueñas, sino lo que sigue despierto cuando abres los ojos. Él oyó pasos en el pasillo, demasiado lentos, demasiado cerca. Vivía solo. La puerta de su cuarto se abrió, y en la penumbra vio su propio rostro sonriéndole desde el marco.

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INSTRUCCIONES PARA PERDER LA GRAVEDAD

Sostenga cinco esferas de aire cautivo. Camine hacia la luz del atardecer. No mire atrás hacia la casa: los adultos confunden elevarse con desaparecer.

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Al final construyeron la máquina perfecta. Hacía todo. Todo salvo una cosa: no sabía por qué hacerlo. Los hombres extraordinarios siempre lo sabían. O lo inventaban sobre la marcha. Que es, casi siempre, lo mismo. Y no lo es en absoluto.

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El gólem hacía el trabajo de cien hombres. Rápido. Preciso. Infatigable. Hasta que encontró al niño perdido en el bosque. No estaba programado para eso. Lo dejó. Un hombre extraordinario lo habría llevado en brazos. Esa diferencia mató al niño.