domingo, 8 de marzo de 2026

La euriloquea

Cuando Euríloco llegó a Ítaca, nadie lo reconoció. Era otoño y el puerto olía a sal y a aceitunas recién prensadas. Llevaba un manto gastado y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Caminaba con cautela, como si aún estuviera sobre cubierta. El mar, decía después, no se abandona de inmediato: sigue moviéndose dentro del cuerpo durante meses.

Los pescadores lo miraron con curiosidad. Un hombre solo que venía del este no era raro, pero Euríloco llevaba algo distinto: la expresión de quien ha sobrevivido demasiado tiempo.

En los años siguientes contaría su historia muchas veces. A veces en la plaza, a veces en una taberna baja donde los marineros se sientan de espaldas a la puerta. Siempre empezaba igual.

Con la caída de Troya.

Habían pasado diez años en aquella guerra. Cuando finalmente ardió la ciudad, los aqueos cargaron sus naves con oro, telas y estatuas. Los reyes bebieron vino en copas robadas y hablaron de regreso, de esposas, de hijos que apenas recordaban. El aire de la costa olía a humo y orgullo.

Los dioses no lo olvidaron.

La primera tormenta llegó al tercer día. Euríloco decía que no fue una tormenta como las otras. El mar parecía respirar. Las olas subían demasiado rápido y el viento cambiaba de dirección como un animal inquieto. Algunos barcos se separaron. Otros desaparecieron de noche.

Siguieron adelante.

Llegaron a la isla de los cíclopes. Euríloco no quiso entrar en la cueva. Dijo que los huesos en la entrada no eran de cabras. Odiseo se rio. Siempre se reía cuando alguien dudaba. Euríloco se quedó afuera con dos hombres. Desde la playa escucharon los gritos.

Odiseo escapó. Pero varios murieron.

Después vinieron los lotófagos. Algunos hombres probaron el fruto. Euríloco vio cómo olvidaban sus nombres en cuestión de horas. Hubo que arrastrarlos a las naves. Un remero lloraba porque no recordaba por qué debía remar.

Más tarde llegaron a la isla de Circe.

Odiseo envió primero a Euríloco con una pequeña partida. Caminaron entre árboles bajos hasta una casa de piedra. Había música. Los hombres entraron. Euríloco se quedó fuera. Siempre se quedaba fuera.

Esperó.

Los vio convertirse en cerdos.

Volvió al barco corriendo.

Odiseo regresó con un antídoto de Hermes y rescató a los hombres. Los demás lo celebraron como una hazaña. Euríloco no dijo nada. Solo miró el bosque.

Un año después partieron de nuevo.

Frente al estrecho de Escila y Caribdis el mar se estrechaba como una garganta. Euríloco recordaba bien ese momento. Las rocas negras. El ruido del agua succionada por el remolino.

Escila tomó a seis hombres.

Se los llevó como un pescador distraído levanta peces pequeños.

Nadie pudo hacer nada.

Las Sirenas fueron el final de Odiseo. Euríloco hablaba poco de eso. Decía que Odiseo quería escuchar su canto. Ordenó que lo ataran al mástil mientras los demás remaban con cera en los oídos.

Pero la tormenta volvió antes de que cruzaran.

El barco giró demasiado. Una ola lo partió contra una roca baja. Euríloco vio a Odiseo desaparecer entre espuma y madera. El héroe gritaba algo, quizá una orden, quizá el nombre de su esposa.

Después solo hubo agua.

Euríloco fue arrastrado por el mar durante dos días. Cuando despertó estaba tendido en una playa desconocida, con la arena pegada a la piel y la boca llena de sal. Durante un tiempo apenas hizo otra cosa que descansar y beber agua de un arroyo que bajaba desde las colinas.

Se quedó allí varios meses.

Nunca supo con certeza qué isla era. Había cabras salvajes, algunas higueras y una vieja choza que logró reparar. Vivía con poco: pescaba cerca de la orilla, recogía leña, dormía cuando el sol caía. Con el tiempo comprendió algo que no había sentido en años.

Allí fue feliz.

Más feliz que durante los diez años frente a las murallas de Troya. Más feliz que durante el viaje errante en el que había tenido que seguir las decisiones y las locuras de Odiseo.

Pero aun así quería regresar.

Una mañana vio una vela en el horizonte. Era un barco mercante cretense que buscaba agua en la costa. Euríloco encendió una hoguera en la playa y lo recogieron sin hacer demasiadas preguntas. Los marineros sabían reconocer a un náufrago.

Acabó regresando a Ítaca.

En la plaza contó lo que había pasado. Algunos lo escucharon. Otros no. La historia que la gente quería oír era distinta: el regreso del héroe astuto, el hombre que había engañado a los dioses y encontrado el camino de vuelta. Esa historia era más fácil.

La de Euríloco era otra.

En su relato los hombres morían por curiosidad, por orgullo o por hambre. Los dioses intervenían poco; bastaba con el carácter de los héroes. Odiseo era brillante, sí. Pero también era incapaz de detenerse.

Euríloco sí sabía detenerse.

Por eso estaba vivo.

Penélope escuchó la historia sin llorar. Había esperado veinte años. Al final se casó con uno de los pretendientes que aún quedaban: un hombre prudente, un hombre sin aventuras.

En la vejez, Euríloco cultivó un pequeño olivar al norte de la isla. Vivía solo, pero no parecía infeliz. Algunos jóvenes iban a verlo para preguntarle por Troya, por los monstruos y las tormentas.

Él respondía con calma.

Decía que los héroes siempre mueren antes que los hombres prudentes.

Luego servía vino.

Euríloco murió a los setenta y tres años. Un vecino lo encontró sentado frente al mar, con las manos apoyadas en las rodillas, como si estuviera escuchando algo lejano.

El viento era suave.

En Ítaca todavía se canta la historia de Odiseo, el héroe astuto cuyo ardid —el caballo de madera— permitió finalmente la caída de Troya. En las canciones vuelve siempre como el hombre que supo engañar a sus enemigos y burlar a los dioses, aunque las mismas canciones recuerdan también que murió en el regreso, alcanzado por la larga venganza divina que suele esperar a los héroes.

Pero en las tabernas más viejas, cuando el vino ya está bajo y el mar empieza a oírse detrás de las puertas, algunos pescadores cuentan otra versión.

La euriloquea.

Es más corta.

Y nadie en ella regresa como héroe.