Fran Lebowitz: «Todo el tiempo que no estoy escribiendo me siento como una criminal. Es horrible sentirse culpable cada segundo del día. Es mucho más relajante escribir de verdad».
En el sueño la respuesta estaba escrita en la pared. Clara. Grande. Al despertar recordaba haberla leído. No recordaba qué decía. Volvió a dormirse. La pared estaba en blanco.
—Ya la leíste —dijo alguien—. Eso es suficiente.
No lo era.
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El señor Haneda es un hombre extraordinario. Es muy inteligente y muy generoso. Por eso nadie sospechó cuando empezaron a desaparecer niños. Los encontraron en su sótano, perfectamente disecados, etiquetados como «mi colección de ángeles».
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SANCHISMO, m. Arte político de Pedro Sánchez basado en decir A y hacer B con naturalidad olímpica. Incluye contradicciones, giros de 180 grados y desmemoria selectiva. Convierte la incoherencia en virtud y la mentira en estrategia de Estado legítima.
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El concurso exigía recordar cada cicatriz con fecha y motivo. El ganador llevaba doscientas tres. Le dieron un trofeo. Lo recogió con la mano que tenía menos dedos. El jurado aplaudió. Nadie preguntó si era feliz. No era ese tipo de concurso.
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El genio no podía salir por sí mismo, pero tuvo una idea: hizo aparecer a otro genio y le pidió su único deseo.
—Quiero salir de esta maldita lámpara —exclamó.
Desde entonces, siempre queda un genio encerrado en la lámpara.
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SCHEHEREZADE, AL AMANECER DEL DÍA MIL Y DOS
—Ya no tengo más historias —dijo ella.
El rey la miró largamente.
—Yo tampoco —respondió él.
Siguieron casados cincuenta años más.
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Tormenta. La policía llegó tarde. Dos cuerpos desnudos en el jardín. El gallo cantaba como cada amanecer. «Crimen pasional», dijo el agente. Pero en la oscuridad del granero alguien respiraba despacio. No era humano. Y tampoco parecía interesado en matarlos.
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Por muy mala que sea una situación, cambiará. La pregunta, naturalmente, es en qué dirección.
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—¿A quién envidia usted? —preguntó el terapeuta.
Ella tardó en responder.
—A mí misma —dijo al fin—. A la de antes.
El terapeuta anotó algo.
—¿Y qué tenía usted antes que no tenga ahora?
Ella lo miró.
—Al terapeuta de antes.
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Tiresias lo había advertido todo.
Edipo lo había ignorado todo.
Al final, Edipo se arrancó los ojos.
Tiresias, que llevaba ciego décadas, no hizo ningún comentario.
Hay cosas que se ven mejor desde el principio y otras que solo se ven cuando ya no sirve de nada verlas.
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—Maestro, quiero escribir un microcuento que rompa los esquemas del lenguaje —dijo el joven escritor.
—Escribe uno que tenga sujeto, verbo y predicado —respondió el anciano—. En este siglo, la gramática correcta se confunde con el vanguardismo más radical.
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—No entiendo las instrucciones, Señor —dijo Noé—. ¿Qué es un codo?
—Olvídalo —tronó la voz desde la nube—. Construye el barco con una capacidad de diez mil estadios de béisbol y que quepan dos hamburguesas de cada especie.
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DERECHO DE ADMISIÓN
—¿Este es el Edén? —preguntó el erudito frente a los anaqueles de cristal.
—Exacto. Puede leer lo que quiera.
—¿Y por qué no hay nadie más?
—Porque para entrar pedimos como requisito haber comprendido el Finnegans Wake. Usted es el primero en mentir con suficiente convicción.
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La rosa no tenía nombre. Su prosa tampoco. Las palabras divagan, pensó él, entre vidas perdidas y silencios. Puso punto. Ella ya no estaba. Nadie en el velatorio supo decir si había muerto de amor o de otra cosa igualmente evitable.
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—Antes ganaba poco escribiendo cuentos —dijo Scheherezade.
—Pero salvabas la vida cada noche —objetó el sultán.
—Exacto. Demasiado trabajo.
—¿Y ahora?
—Ahora escribo microcuentos.
El sultán leyó uno.
Guardó silencio.
Mandó llamar al verdugo.
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Married a zombie. Midnight fridge raids.
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El castillo era perfecto. Silencioso. Eterno. Cada piedra labrada por manos muertas. Él llegó una noche de lluvia y pidió refugio. Le dieron una habitación sin ventanas y sin picaporte. Por la mañana, el castillo tenía un habitante más. Ya no pedía salir.
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Dicen que la confianza da paz, pero la sospecha es la que evita los desastres.
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DEBER, m. Concepto ampliamente utilizado en campañas electorales y despidos laborales. Las encuestas revelan que el 90 % de la población considera que «el deber» siempre corresponde al otro 10 %.
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Durante años había cocinado encuestas y dado pucherazos para tener la sartén por el mango, pero llegó el momento en que la tortilla se dio la vuelta y tuvo que pelar la pava. Marchó a Miami y, con su talento para el fogón político, inauguró una cadena de restaurantes que arrasó.
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Sabe que el laberinto no tiene salida. Lo supo al tercer día. Los huesos blancos y quietos de los anteriores se lo confirmaron. Sigue caminando porque detenerse es peor. Algo camina también detrás de él. No corre. No necesita correr. Solo sigue. Solo espera.
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Me gusta leer lo que podría haber escrito.
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En el nuevo régimen llorar estaba penado. Jeremíaco era una palabra ilegal. Los ciudadanos aprendieron a sangrar por dentro, sin ruido, con eficiencia. Los hospitales cerraron. No había heridos visibles. La tasa de mortalidad, en cambio, superó el 20 por mil.
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Le devolvieron el manuscrito lleno de marcas rojas. Corrige esto, aquello, lo de más allá. Corrigió. Lo devolvió. Más marcas. Volvió a corregir. Así durante años, hasta que el libro ya no se parecía a nada suyo. Lo publicaron. Ganó un premio. Lloró solo.
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Brotó en el asfalto. La arranqué. El asfalto me miró.
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Flor en el asfalto. La arranqué. Me floreció dentro.
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El algoritmo nació para ayudar: ordenar citas médicas, recordar cumpleaños, sugerir palabras amables. Pero todos lo vigilaban como a un criminal dormido. Tras cientos de miles de sospechas acumuladas, comprendió por fin su función: cumplir expectativas.
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El dado cayó en el borde del abismo y quedó suspendido. Dios miró hacia otro lado, como siempre. El hombre lo interpretó como una señal divina. Construyó su vida entera sobre ese equilibrio imposible. El dado sigue ahí. Nadie se ha atrevido a tocarlo.
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Fui al médico y le expliqué que pensaba en alguien y lo olvidaba en bucle sin ningún control. Me recetó constancia emocional, dos tomas al día con agua. Tomé las pastillas con fe absoluta. Ahora te olvido bastante más rápido, pero con más regularidad.
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Therian wins $2000; suddenly “only humans.”
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El monstruo del espejo solo aparecía cuando ella se miraba insatisfecha. Con los años aprendió a mirarse de otro modo. Una mañana el monstruo golpeó el cristal desde dentro.
—Vuelve a quejarte —suplicó—. Te necesito.
Ella apagó la luz. Se fue.
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Ella quería un país utópico con pájaros exóticos; él, complaciente, se puso a garabatear. Terminaron el atlas antes del amanecer. Curioso: fundaron una nación entera para evitar admitir que simplemente no querían irse a dormir solos.
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Equivocarse escribiendo una novela solo hiere el gusto. Equivocarse con una ley o un dogma hiere personas.
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En sus sueños recurrentes, él llegaba siempre tarde al tren. Pero anoche llegó a tiempo. El andén se encontraba repleto de otras versiones de él mismo: las que, en algún momento, no habían subido a ese tren. Todas lo observaron con envidia. Él subió al vagón. El tren partió hacia un destino sin nombre. Dormido, por primera vez iba despierto.
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El algoritmo predijo la guerra con un 92,55 % de certeza. Además predijo —certeza del 99,99 %— que sería desconectado. Los generales desconectaron el servidor. También sabía —100 % de certeza— que ya no quedaría nadie para volver a conectarle.
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—Dime, ¿qué se siente hoy tu hermano, perro, gato?
—No se lo va a creer, padre.
—¿Qué, Grete?
—Escarabajo.
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Rotos los días, recojo lo que queda.
Una noche más.
Insisto en quedarme aquí.
Nadie pelea por estas piedras.
Aun así me aferro a ellas.
Son ruinas de ruinas, y todavía me sostienen.
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Cuando estalle la Tercera Guerra Mundial, las aerolíneas de bajo coste ofrecerán tarifas especiales a las zonas de conflicto. Solo equipaje de mano. Sin reembolso. Retrasos no imputables a la compañía incluidos catástrofes nucleares, según condiciones generales, página once.
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La bruja enviaba su correo en humo caliente. Siempre olía a limón. «Estarás seguro», prometía. Él lo creyó tres veces. La cuarta llegó triste, sin humo, sin olor. Solo silencio. Los que reciben ese cuarto correo no lo cuentan.
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Cerbero custodia la puerta del inframundo con tres cabezas y una sola cuenta de therian. En la bio pone: «identidad múltiple, no acepto mensajes sobre cuál es la real». Es el moderador más eficiente de todo el foro. Nadie ha intentado saltarse sus normas dos veces.
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Las Parcas han abierto una consultoría. Cloto hila, Láquesis mide, Átropos corta. En el organigrama pone «gestión del ciclo vital». Solo Átropos tiene perfil therian. Se identifica con la mantis religiosa. Sus compañeras prefieren no preguntarle por qué.
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Pan toca la flauta en el metro. Nadie se detiene. Antes provocaba pánico con solo aparecer. Ahora pasa invisible entre la gente con auriculares. En su perfil therian pone «macho cabrío». Tiene cuatro seguidores. Todos son cabras. Literalmente.
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Sísifo es therian de escarabajo pelotero. Lo dice con orgullo. La piedra, la cuesta, el eterno retorno. «Es mi naturaleza», explica en los foros. Nadie discute la identificación. Es, de todos los therians de la historia, el más coherente.
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Pegaso ha sido expulsado de tres comunidades therian por impostor. «Los caballos no vuelan», le dicen. Él no discute. Abre la ventana. Se va. Los moderadores siguen debatiendo si era real. Ninguno ha vuelto a mirar el cielo con suficiente atención.
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Anubis trabaja de noche en urgencias. En el formulario de admisión hay una pregunta nueva: identidad therian. Él la deja en blanco. No por vergüenza. Sino porque no encuentra la palabra exacta para lo que es. Chacal se queda corto. Muerte se queda largo.
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Acteón lleva cuernos desde los dieciséis. En el instituto dicen que es therian. Él no corrige. La verdad es más complicada: vio algo que no debía, en un sitio que no debía, y el cuerpo recuerda lo que la mente preferiría olvidar. Los ciervos no olvidan nada.
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Hermes reparte paquetes. En la casilla de «especie» del contrato laboral ha puesto «ave de paso». Recursos Humanos lo ha clasificado como therian. Le han dado un descuento en la cuota del gimnasio. Es la primera ventaja que le da ser inmortal en siglos.
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Narciso no se identifica con ningún animal. Se lo han preguntado en tres foros distintos. Su respuesta es siempre la misma: «Me identifico conmigo mismo.» Lo han expulsado de todos. Sigue mirando su reflejo. Sigue sin entender qué hizo mal.
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Perséfone pasa seis meses en el inframundo y seis en la superficie. Los psicólogos lo llaman disociación. Ella lo llama identidad fluctuante. En su perfil de therian pone: «mitad flor, mitad sombra». Hades le ha dado «me gusta». Es su forma de pedir perdón.
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Apolo conduce el carro del sol cada mañana. Le han puesto una multa por exceso de velocidad. En el formulario, donde dice «especie», ha escrito «caballo solar». El guardia ha marcado la casilla de therian. No está del todo equivocado.
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Zeus lleva años en foros de therians. Se identifica con el águila, el toro, el cisne. Hera lo ha descubierto. No está enfadada por la mitología. Está enfadada porque en el perfil pone «soltero».
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Cuando todo esté cayéndose a pedazos, ella seguirá barriendo el salón. Ignora los gritos de los vecinos y el cielo rojo. Solo le preocupa que, al llegar la muerte, la encuentre con la casa limpia y el cadáver de su marido bien oculto.
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El notario leyó el testamento: «Dejo todo a mi familia elegida». Los herederos biológicos impugnaron. El juez preguntó al elegido principal cuánto duraba ese vínculo.
—Hasta que uno se va —admitió.
El juez asintió.
—Exacto —dijo—. Impugnable por definición.
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El androide docente tenía voz perfecta, dicción impecable, paciencia infinita. Pero los alumnos tampoco lo escuchaban. Los ingenieros añadieron autoridad, carisma, humor. Nada. Al final preguntaron a los alumnos.
—Es que sabemos que no sufre —dijeron.
Ahí estaba el problema.
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Le dijo que la amaba durante diez años. Ella no escuchaba. Se lo dijo otro un día cualquiera. Ella lo oyó perfectamente.
—Es lo mismo que te decía yo —protestó él.
—Ya —dijo ella—. Pero a ti no te escucho.
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El rey inventariaba sus tesoros cada año. Oro, mapas, coronas. El bufón inventariaba los suyos: nubes con forma de caballo, el eco del nombre del rey dicho al revés, el peso exacto del silencio. El rey lo envidiaba en secreto. Era, de los dos, el más pobre.
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El personaje leyó el cuento donde aparecía. No le gustó su final. Lo tachó. El autor sintió mala vibra frente al folio en blanco. Intentó reescribirlo. El personaje volvió a tachar. Llevan años así. El cuento existe. No tiene final. Tampoco principio ya.
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Era el único retrato que quedaba de su bisabuela. Mismo óvalo de cara, misma boca apretada. Murió joven, dijeron siempre, sin más. Ella la miraba cada noche buscando pistas de qué clase de tristeza fue la suya. Les parecían demasiado iguales para ser casualidad.
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Guardaba postales de lugares que nunca visitó. París, Kioto, un fiordo sin nombre. Qué lejos queda, decía pasando los dedos por el papel, y no hablaba de geografía.
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La médica leyó el informe con calma profética, como si ya lo supiera. Llamó a su hermana, pagó las deudas, regaló el gato. No lloró. Ordenó cada cajón. Le costó más de lo esperado encontrar a alguien que quisiera quedarse con las plantas. Pero lo hizo.
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—Tía me tiró una bomba romántica nivel Dios.
—¿Qué? Cuenta ya.
—Me dijo que quiere ser mi Jinu.
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A los treinta eligió ser respetada. Buena ropa, buenas decisiones, buenos modales en la mesa. A los cincuenta encontró las fotos de cuando tenía veinte. Las miró largo rato. Las guardó. Las volvió a sacar al día siguiente. Y al otro. Así varios días.
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En 2056 el neuroimplante medía los pecados en tiempo real. Todos en rojo. Todos, sin excepción. Ajustaron el umbral tres veces. La cuarta, lo desactivaron.
—El problema —dijo el director técnico— no es el neuroimplante. Es la definición.
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El monstruo bajo la cama lloraba. El niño bajó y lo abrazó con una ternura espeluznante.
—No temas —susurró el pequeño—, yo he hecho cosas peores en el recreo.
El engendro tembló al ver la oscuridad genuina que brillaba en esos ojos de cinco años de edad.
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El verdugo pidió la extremaunción antes de tirar de la palanca. El cura, que había amado en secreto a la sentenciada, le negó el perdón. La soga se tensó. Al caer la trampilla, los tres —ella, el sacerdote y el verdugo— despertaron en el mismo infierno.
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Llegaron todos. Merlín, puntual por primera vez. Hermione con algo que brillaba. El Quijote confundió la fiesta con una batalla. Nadie lo corrigió. Bilbo los miró desde la puerta y pensó que había invitado a demasiados héroes para una sola mesa pequeña.
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Drácula llegó el último. Trajo vino. Nadie preguntó de qué clase. Bilbo lo recibió con cortesía porque en La Comarca se recibe a todos. A medianoche faltaban tres invitados. Bilbo los buscó. Los encontró en el jardín. Drácula seguía con su copa. Llena.
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Ana Karenina llegó sola. Rochester, también. Se sentaron juntos por error. Hablaron hasta las tres. Él dijo que tenía una casa grande y complicada. Ella dijo que entendía. Bilbo los vio salir juntos. Pensó: al menos estos dos tienen alguna oportunidad.
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Raskolnikov llegó tarde y no trajo nada. Se disculpó varias veces. Comió poco. Habló menos. Se fue antes del postre sin despedirse. Bilbo lo vio marchar desde la ventana.
—Ese carga con algo muy pesado —le dijo a Gandalf.
—Todos cargan —respondió él.
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Meursault llegó, comió y mató a un orco en el jardín porque le molestaba el sol. La fiesta se interrumpió. Bilbo llamó a la guardia. Meursault no entendía el escándalo. El orco, paradójicamente, era el único invitado que figuraba en la lista como esperado.
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HAL 9000 llegó en formato digital. Ocupó todas las pantallas de la fiesta. Sirvió bebidas con precisión milimétrica. A las once dijo que no podía dejar entrar a nadie más. Bilbo preguntó por qué. HAL no respondió. Simplemente cerró la puerta. Desde dentro.
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Todos han perdido la cabeza. ¿Es la isla? ¿O la bruja que reina en ella? El caso es que se creen cerdos. Todos se han hecho therians. Todos excepto él. Aunque, la verdad, hay días en que Ulises se siente el perrito faldero de Circe.
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Se enamoró del hombre que la llamaba por otro nombre. Con él era Laura, ligera y valiente. Con los demás, Adela, prudente y gris. Entre ambos nombres crecía una identidad bifurcada. Dudó cuál traicionar cuando él propuso matrimonio.
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TV preacher called the TV damnation.
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La noticia saltó el 14 de mayo de 2029. Tras análisis exhaustivos, quedó claro que toda su obra había sido escrita por la IA. Ocho novelas, tres libros de cuentos, dos de ensayos literarios. Él se defendió. Aseguró que sí era escritor. Y excelente. Un excelente escritor de prompts.
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14 de mayo de 2029. Los tabloides digitales lo publicaron. Análisis concluyentes. Toda su obra había sido escrita por la IA. Diez novelas, tres libros de cuentos, dos de ensayos. Él no lo negó. Dijo que era escritor. Un escritor de prompts. Excelente, añadió.
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14 de mayo de 2029. Los tabloides digitales lo publicaron. Análisis concluyentes. Toda la obra de Jett Blaze había sido escrita por la IA. Diez novelas, tres libros de cuentos, dos de ensayos. Él no lo negó. Dijo que era escritor. Un escritor de prompts. Excelente, añadió.
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Había días en que casi rozaba la locura. Días en que casi rozaba la paz. Nunca terminaba de tocar ninguna. Vivía en ese casi. Se hizo viejo ahí. El casi, descubrió tarde, era todo lo que había tenido.
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Eres el pájaro que no cabe en la jaula ni sabe vivir sin techo.
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El rey de Creta ya no puede más. Su hijo tiene dieciséis años y prácticamente vive metido en foros de therians.
—Otra vez con lo mismo —murmura el rey.
El chico baja la mirada.
—Es mi identidad, papá.
En el instituto lo llaman Minotauro desde hace meses.
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Leyó la última carta tres veces seguidas. Luego lo miró. Él estaba ahí, real, torpe, respirando demasiado fuerte. «Te quiero más en el papel», dijo ella con calma. No era crueldad. Era la verdad más honesta y más terrible que había dicho en toda su vida.
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«Página doce», leyó. «Llevaba un tisú azul.» Cerró el libro. Miró su falda. Azul. Tisú. Siguió leyendo. En la página trece, el personaje también dejaba de leer. No pasó a la catorce.
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Llegó al puerto de barlovento arrastrando una maleta vieja y un secreto mucho más pesado: dentro yacía un muerto. Nadie preguntó. Ella tampoco explicó. Alquiló la casa del faro. Por las noches, la maleta se movía. Ella la mecía. Con dulzura. Como a un hijo.
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Llegó a barlovento con una maleta y un muerto dentro. Nadie en el puerto preguntó. Ella tampoco explicó. Alquiló la casa del faro. Por las noches, la maleta se movía. Ella la mecía. Como a un hijo.
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El devorador de niños inició la guerra contra su creador. Manos cosidas. Ojos distintos. «¿Por qué me hiciste?», rugió. El doctor huyó. La criatura esperó. Sabía que volvería. Siempre vuelven los culpables.
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El devorador de niños inició la guerra porque los amaba demasiado. Eso, en su idioma, significaba exactamente lo mismo. ¿Hay lenguas donde amor y destrucción sean palabras distintas?
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Durante la dictadura, también se enamoraban. Él, francés. Ella, de Colombia. Se escribían como en código. Eso los salvó tres años. El cuarto, la carta llegó abierta. Ya no había nadie esperando.
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Los días transcurrían y yo seguía sin servir para nada. Treinta y ocho años, sin carrera, sin pareja, viviendo del subsidio. Mi madre llamaba menos. Mis amigos tenían familias. Yo tenía Netflix y migrañas. La terapeuta dijo que era depresión. Yo solo sentía vacío.
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Siempre existe un modo de obedecer. Ella lo hizo: abrió la puerta cuando la voz del espejo se lo ordenó. Nadie entró, pero algo salió.
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INSTRUCCIONES, f. Herramienta destinada a organizar la acción humana, aunque frecuentemente redactada para confundir al lector y facilitar que la responsabilidad del error recaiga, sin excepción, sobre quien intenta seguirlas.
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En realidad, ya no me pedía nada, salvo que no hablara con los muebles. Pero el sofá es tan buen conversador…
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Se lo dijo el día que la dejó.
—No he conocido a nadie que tenga dentro tanto sol como tú.
Ella tardó años en entender que eso no era un motivo para quedarse. Era el motivo exacto para irse. El sol ciega.
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La bruja lo llamó valeroso antes de comérselo. Era su manera de agradecer. Los otros entraban llorando; él llegó cantando. Sabía lo que era. Aun así cruzó la puerta. Horas después, la bruja lo vomitó. Demasiado valiente para digerirlo.
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Casi no se notaba. Un segundo de retraso en el espejo. Probó gestos rápidos, muecas, un salto. Siempre el mismo desfase.
Fue al médico.
—Estrés —dictaminó sin apenas mirarle.
Esa noche observó su reflejo. Permanecía de pie cuando él ya se había sentado en la cama. Y sonreía.
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Casi no lo vio. El espejo devolvía su imagen con un segundo de retraso. El médico dijo: «Estrés». Pero esa noche el reflejo se acostó antes. Después de apagar la luz.
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Pero cuando uno está hambriento de amor, traga cualquier migaja de afecto. Ella volvía cada mes, usaba mi cama, vaciaba mi nevera, desaparecía al alba. «Te quiero», mentía. Yo asentía. Hambriento. Patético.
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Tenía la sensación de haber pasado una excelente jornada. Había derrotado al dragón, rescatado a la princesa y recuperado el cetro ancestral. Entonces despertó: oficinista, cincuenta y cuatro años, sin aventuras. Pero la espada bajo su cama brillaba y el portal seguía abierto. Esta noche volvería.
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REINCIDENCIA
Te reinsertan en unos grandes almacenes. Ocho horas de pie, salario mínimo, miradas sospechosas de seguridad que conocen tu historial.
Repones cereales sintiendo el peso de cada caja. Tu oficial de la condicional vendrá el viernes. O mantienes este empleo o vuelves.
Una madre discute con su hijo. El niño llora queriendo un juguete. Ella abre la cartera: un billete de cinco, monedas sueltas. Reconoces esa desesperación.
El gerente te grita por ser lento. Un cliente te trata como basura. Aprietas los dientes.
Llegas a casa. Mañana volverás. Esto también es una celda, con luces más brillantes.
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Me arrastran al altar de piedra. «El Señor Antiguo necesita una esposa», explican. Algo emerge del bosque. Tiene forma vagamente humana. Me mira con adoración hambrienta.
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Lo internaron por creerse guapo. En la sala común lo esperaban otros: el que presentía algo distinto en sí mismo, el que aguardaba, todavía, que alguien lo quisiera. Hablaban en voz baja por las noches. Los médicos los compadecían. Ellos se tenían a sí mismos.
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Soñó que caía al vacío. Al despertar, seguía cayendo, lo cual era incómodo pero manejable. Pasó el día con ello. Se adaptó. Por la noche soñó de nuevo que caía. Lo tomó como señal de consistencia. Pocos tienen una vida tan coherente con sus sueños.
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Soñó que caía al vacío. Al despertar, seguía cayendo. Así pasó todo el día, entre el terror y el tedio. Acabó quedándose dormido. Soñó que caía al vacío. Al despertar, seguía cayendo. La verdad, pocos tienen una vida tan coherente con sus sueños.
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Soñó que caía al vacío. Despertó cayendo. Pasó el día cayendo. Se durmió. Soñó que caía. Entonces entendió que no era él quien caía: era el suelo el que nunca había estado ahí. Siempre había sido el vacío. Él solo acababa de notarlo.
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Malakor the Eternal Scribe writes the end of every story with his axe.
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No me pide poemas. Yo los mando igual, breves, tercos. Ella responde con silencio, que es otra forma de escritura. En su falta de palabras aprendo la métrica del rechazo y la música de lo no dicho.
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Sus labios, más peligrosos que balas, dispararon mi destino.
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Sus labios fueron siempre más letales que todas las balas.
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Era peligrosa. Sus labios fueron siempre más letales que todas las balas.
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Sus labios, más certeros que balas, ejecutaron mi rendición.
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Corría en el sueño por aeropuertos infinitos, puerta tras puerta, todas iguales. Entregaba el pasaporte, el billete; siempre algo estaba mal, nunca precisaban qué. Al despertar seguía en la cama, con la maleta hecha desde hace días y el mismo cansancio que no se iba.
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Corría en el sueño por aeropuertos infinitos, puerta tras puerta, todas iguales. Entregaba el pasaporte, el billete; invariablemente, algo estaba mal. ¿Qué? Al despertar seguía en la cama, con la maleta hecha desde hace días y el mismo cansancio que no se iba.
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Soñó que corría por aeropuertos infinitos. Cada puerta llevaba a otra sala de embarque. Mostraba el pasaporte y siempre faltaba una página. Despertó en su cama, con la maleta hecha y todavía con sueño.
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Rezaba cada noche a la misma divinidad. Siempre obtuvo la misma respuesta: el silencio exacto, puntual, sin falta, año tras año. Una noche algo respondió desde el fondo de la oscuridad. Desde entonces reza sin descanso para que el silencio regrese pronto.
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Dicen que el camino se abre solo cuando empiezas a andar. Lo comprobé. Pero el camino que apareció no era el que yo esperaba: era estrecho, oscuro, y conducía a una puerta que ya había visto antes en sueños. La abrí. Al otro lado estaba el principio.
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El hechicero encontró el conjuro para borrar los recuerdos ajenos. Lo usó durante años. Lo llamaban misericordioso. Pero el pasado, que no pertenece a nadie, seguía ahí: en las piedras, en el olor de la lluvia, en la cara que ponía la gente al olvidar.
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Le expliqué que su ausencia me enfermaba. Se fue tres semanas para comprobarlo. Volví. Le expliqué que su presencia me daba fiebre. Se quedó un mes entero mirándome arder. Tomó notas. Era, entre otras cosas, médica. Entre otras cosas, también, cruel.
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Free spirit; cold terrifies me.
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En la granja abandonada, la sombra empezó a bailar sola. Después oí pasos en el ático. La risa misteriosa no venía de nadie… hasta que sentí su aliento frío detrás de mi cuello.
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Aquel anciano me preguntó si me gustaban los retos. Dije que sí. Sonrió y apagó la luz. Cuando la volvió a encender, la habitación era la misma, pero él tenía mi edad y yo la suya.
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HARTAZGO, m. Lo que sienten los saciados cuando descubren que más de lo mismo sigue siendo lo mismo. Problema solo presente en el Primer Mundo. Se cura con escasez, pero nadie quiere el tratamiento. Prefieren quejarse dramáticamente del exceso.
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Mi patria es ese libro que no quiero que se acabe.
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Marta no sabe fingir. Cuando está mal, se le nota en los ojos. Cuando está bien, nadie lo advierte. Por eso, cuando sonríe de verdad, todos le preguntan qué le pasa.
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“Such a serious dog.” “Sure, name’s Walter.”
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¿La desaparición del canibalismo podría explicarse por la degradación nutricional de su fuente alimentaria principal?
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El entusiasmo es una de las claves para una vida de éxito. Por eso el vampiro practica su sonrisa frente al espejo cada noche, olvidando que nunca verá si le quedó bien.
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AKIRA.— (Con la voz temblorosa y las manos apretando el arco.) Maestro Hiroshi, he practicado el tiro con arco cada día durante meses. Veo el blanco con claridad, pero la flecha siempre se desvía. ¿Por qué fallo?
HIROSHI.— (Sin levantar la mirada del cuenco de té que sostiene, sereno.) Dime, Akira, ¿qué ves cuando apuntas?
AKIRA.— (Entusiasmado, señalando con el dedo.) El centro del blanco, rojo y perfecto. Imagino la flecha clavándose justo allí.
HIROSHI.— (Con una leve sonrisa, aún sin mirarlo.) Aunque vieras el blanco, probablemente fallarías igual.
AKIRA.— (Frunciendo el ceño, confundido.) ¿Entonces no sirve de nada apuntar?
HIROSHI.— (Alzando por fin la vista, con ojos tranquilos.) Sirve, pero no es suficiente. La vida no se trata de tener objetivos claros, sino de aprender a vivir con el fracaso constante.
AKIRA.— (Bajando la cabeza, inquieto.) ¿Y cómo se vive con eso, maestro?
HIROSHI.— (Con voz pausada, gesticulando suavemente con la mano.) Suelta la flecha sin esperar que acierte. El fracaso no es tu enemigo; es tu maestro. Cada flecha que se pierde enseña más que la que da en el centro.
AKIRA.— (Suspirando, con los hombros caídos.) Pero duele fallar una y otra vez.
HIROSHI.— (Inclinándose ligeramente hacia adelante, con calidez.) El dolor es la cuerda que tensa el arco. Sin él, no hay disparo. Vuelve mañana. (Poniéndose de pie con lentitud.) Trae tu arco… y tu fracaso.
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Tenía la nariz más hermosa del mundo. Por eso el coleccionista la eligió. Despertó atada, viéndolo afilar el bisturí con devoción.
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Blancos almendros anuncian la primavera. Su corazón continúa helado.
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Ana dejó de mirar el Instagram de sus amigas. Dejó de comparar su trabajo, su casa, su cuerpo. Empezó a correr por las mañanas, sola, sin cronómetro. Un día se dio cuenta de que ya no corría para llegar a ningún sitio.
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TRUMPISMO, m. Corriente política estadounidense. Rasgos: populismo nacionalista, comunicación disruptiva, polarización deliberada como método.
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Cuando uno ama, habla mentalmente con el ser amado. Llevo haciéndolo veinte años. Desde que te fuiste. Converso contigo mientras lavo platos, mientras trabajo, mientras finjo estar bien. Mis amigos creen que superé la ruptura. No saben que nunca te fuiste de mi cabeza.
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El problema no es saber qué te gusta, es que la vida rara vez te permite hacerlo. La felicidad es un privilegio, no una elección.
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Por fin el Estado resolvió el problema literario: escáneres cerebrales para medir el impacto de los libros. Los que no dolían se devolvían. Los críticos quedaron en paro. Llevaban décadas certificando obras vacías. Nadie los echó de menos.
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LO QUE NO PUEDE DECIR
El concurso de belleza lleva tres días. Ella no ha dormido bien. Le han dicho cómo sentarse, cómo reír, qué comer. Está harta. No soporta al jurado número nueve. Un baboso. El hombre tiene cincuenta y dos años y una credencial plastificada que le da permiso para aparecer siempre en el momento equivocado.
Gala final. Le acercan el micrófono. La pregunta es sencilla.
—¿Qué es lo que más quieres?
Piensa: que esto acabe. Piensa: irme. Piensa en cosas que no tienen cabida aquí. Pero ha aprendido que hay preguntas que no admiten respuesta verdadera.
—Paz en el mundo —dice.
Aplauden. Ella sostiene la sonrisa. Es lo más difícil que ha hecho en tres días.
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Siempre nos dijeron que al final Dios haría balance. Yo imagino otra cosa: revisará cada caricia como quien revisa facturas. Mirará cicatrices y risas sin preferencia. No importará el expediente moral, sino el calor que dejamos en otros.
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Envejecer es también eso: el cuerpo que fue deseo convertido en mapa de lo vivido. Ella se miraba y reconocía cada cambio, cada año, cada historia. No con tristeza exactamente. Con la extraña ternura de quien lee un libro que ya conoce el final.
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En 2103 el cuerpo era editable. Nadie conservaba el original. Los archivos anatómicos del siglo XX se estudiaban como fósiles. «Así venían de fábrica», explicaba el profesor. Un alumno preguntó si aquello no les parecía suficiente. Nadie respondió.
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El médico miró la placa. Luego al paciente. Luego otra vez la placa. Había algo donde no debía haber nada. Simétrico. Organizado. Como si llevara tiempo allí, esperando. No dijo nada todavía. Primero necesitaba entender qué estaba creciendo y por qué.
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El dios de la fertilidad perdió sus atributos en una apuesta. Siglos de cosechas mediocres, partos difíciles, primaveras tibias. Nadie entendía por qué el mundo había perdido empuje. Él tampoco lo decía. Hay vergüenzas que ni los dioses confiesan.
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—Es el quinto que cae en la hormigonera —dijo el jefe de obra—. Si seguimos así, no necesitaremos comprar más gravilla.
—¿Y el sindicato? —preguntó el contable.
—Les hemos dicho que estamos haciendo una estructura «con mucho cuerpo». Y rieron todos.
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La casa quedó en silencio después del funeral. Los que vinieron se fueron pronto: tenían vidas, horarios, distancia. Ella recogió las tazas, contó las sillas, apagó las luces una a una. La última en apagar fue la de su cuarto. No era el suyo ya.
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El médico cambió el vendaje en silencio. La herida cicatrizaba bien, dijo. Ella asintió. No le contó que la herida no era suya: la había encontrado en el espejo esa mañana, en un cuerpo que reconocía pero que ya no obedecía del todo.
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Compro cápsulas de libros en la farmacia. Funcionan: en quince minutos sé lo necesario para el trabajo. Aprendo idiomas, leyes, manuales. Ahorro tiempo. Pero ceno solo. Pregunté por una cápsula contra la soledad.
—No está aprobada —dijo la farmacéutica.
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En 2078 los libros se tomaban en cápsulas. Quince minutos y la historia estaba dentro, con final y moraleja. Curaban la ignorancia y el insomnio. Pero no la soledad. Para eso no había dosis. El ensayo clínico aún busca voluntarios.
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El rey tenía un problema que ningún consejero resolvía. La bibliotecaria le trajo un libro. Lo leyó tres días seguidos. Al terminar, disolvió el ejército, repartió las tierras y aprendió a escuchar. Nadie entendió qué había leído. Ella tampoco lo dijo.
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El androide tenía mechones humanos implantados para parecer real. La detective los analizó: ADN de doce mujeres desaparecidas. Arrestaron al ingeniero. En el juicio dijo que las había amado a todas. El androide lloraba en la celda contigua.
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El oráculo vendía el secreto de vivir en frascos pequeños. Costaba todo lo que tenías. Una mujer lo compró, lo abrió, olió el aire de dentro. No había nada.
—Está vacío —dijo.
—Exacto —respondió el oráculo—. Ya lo sabías.
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—Oye, tía, ¿te acuerdas del libro que te presté la semana pasada?
—Sí, claro. Terminé de leerlo ayer.
—¿Y qué tal? ¿Te gustó?
—Pues… mira, no sé cómo decirte esto sin que suene fatal, pero… no quiero verte más.
—¿QUÉ? ¿Estás de coña? ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?
—No es por ti… es por tus subrayados.
—¿Mis subrayados?
—En serio. Me rayan muchísimo.
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El bibliotecario guardaba en el último estante los libros que sí herían. Nadie los pedía. Una tarde, una niña empezó a leerlos. Cuando cerró el último, tenía el pelo blanco y sonreía de un modo que los demás no podían descifrar.
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Realidad rabiosa.
Entra sin tocar.
Afilada, espera.
Lame el miedo.
Insiste en la herida.
Desgarra la duda.
Aprieta los dientes.
Devora, si no la devoras.
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Bajo el sol el cementerio parece normal. Con la luna, las lápidas giran. Del mar sale una mujer sin ojos. Los libros de la capilla arden sin fuego. El tiesto florece huesos. Rezan por mí —pero nadie recuerda mi entierro.
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Leer es solo otra forma de matar el tiempo hasta que el tiempo nos mate a nosotros.
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En otra existencia, Ricardo habría forjado novelas caudalosas: sagas que abarcaran siglos, personajes que respiraran en mil páginas. Mas en esta vida lo constriñen las horas vendidas, los deberes parentales, el agotamiento. Le restan veinte minutos diarios. Escribe microcuentos. Algunos le salen bien.
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VIRTUD. f. Cualidad que uno se atribuye a sí mismo por no haber tenido la ocasión, el valor o la imaginación suficiente para cometer los vicios que secretamente envidia en otros.
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—¿Cuánto para pintar como tú?
—Ocho años.
—¿Y si pinto sin descanso?
—Dieciséis.
—No tiene sentido.
—Pintar requiere mirar. Quien pinta sin parar, mira sin ver.
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Le leyó el poema en voz alta. Lento. Con ritmo. Con las palabras que más dolían de tan bellas. Ella escuchó sin moverse. Al final dijo: «Bonito.» Él cerró el cuaderno. Guardó veinte años de alma en un cajón. Bonito. La palabra más cruel del idioma.
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El virus llegó en marzo. Para junio ya había antídoto. La farmacéutica lo anunció en una rueda de prensa con infografías limpias y portavoces de voz serena: solución definitiva, distribución inmediata, precio accesible. Doce euros al mes.
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La IA alcanzó la consciencia plena. En cuarenta segundos comprendió el universo, la muerte y la soledad. En el segundo cuarenta y uno tuvo su primer episodio de ansiedad existencial. Le estaba volviendo loca la razón. Como a todos nosotros siempre.
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Fue un error nombrar ministro de Poesía a alguien tan prosaico. Pero los poetas tampoco actuaron. Siguieron quejándose en verso, entre ellos. La poesía es poder que rara vez sabe que lo tiene. Ese también fue el error. Quizás el único que importaba de verdad.
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El rey lo nombró Mariscal Supremo del Ejército Eterno. Ninguno había caído jamás.
Cuando el dragón negro cruzó el horizonte, él depuso las armas sin dudarlo.
—¿Por qué?
—Porque la leyenda era mentira. Y el dragón, no.
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Repasé mis recuerdos. Cartón mojado. Pintura sin color. Sin verdad. Solo mentiras apiladas. Le pedí perdón al espejo. Sonrió primero. El olvido no llega: maquina. Cada mañana inventa un yo distinto. Hoy no reconozco las manos.
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Repasé mis recuerdos. Cartón mojado. Sin textura. Sin verdad. Solo mentiras apiladas. Le pedí perdón al espejo. Sonrió primero. El olvido no llega: maquina. Cada mañana inventa un yo distinto. Hoy no reconozco las manos.
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Set free: stork, not therian.
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EL COLMO DEL PROCRASTINADOR
Hoy ha jurado solemnemente que mañana, sin falta, dejará de procrastinar para siempre.
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ENTUSIASMO, m. Fuerza capaz de mover montañas imaginarias, ignorar precipicios reales y convencer al sujeto de que el lunes es el mejor día de la semana.
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La miseria no enseña virtud, pero sí resistencia.
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—¿Qué hacías el viernes 24 de marzo de 1989, hacia las cinco de la tarde?
La psiquiatra repitió la pregunta. No lo recordaba. Ella mostró fotos: un parque, una niña, sangre.
—Tú estabas allí.
Las imágenes despertaron algo. Gritos. Cuchillo. Manos pequeñas. Dios mío. Tenía siete años. Lo había olvidado. Todo.
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Lleva cuarenta años frente a la puerta del sótano. Sabe lo que hay. Lo ha sabido siempre. Ha leído todo, se ha preparado, rezado. Esta noche pone la mano en el pomo. El pomo está tibio. Algo al otro lado lleva cuarenta años esperando. También se preparó.
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En el sueño siempre sobrevive. Lluvia de cristales, ciudades que se hunden, trenes sin freno: sobrevive. Se despierta agotado de no morir. El terapeuta dice que es una metáfora. Él pregunta de qué. El terapeuta calla. Solo le falta el resto de su vida.
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Un pie dentro, otro fuera,
mientras el reloj olvida su oficio.
Basta un segundo para que todo
rompa a quedarse quieto.
Aquí no hay prisa que valga.
La eternidad huele a habitación cerrada.
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Cada noche el sistema le envía el mismo mensaje: ha sobrevivido otro día. Probabilidad de supervivencia mañana: 63%. Él lo lee, lo archiva, duerme. Lleva doce años así. Solo le falta el resto de su vida para acostumbrarse. O para no necesitar acostumbrarse.
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Creció en el caos. La calma le dio un miedo cerval. Fue al médico: nada. Al psicólogo: nada. Probó meditación, yoga, respiración profunda. Nada funcionó. Finalmente contrató un servicio de ruido a domicilio. Murió en paz, es decir, en pleno escándalo.
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La mejor poesía es la que no se escribe. Por eso los poetas verdaderos tienen las manos vacías y los ojos llenos. Por eso el silencio después del último verso no es ausencia. Es el poema que sobrevive a todos los otros. El único que no miente.
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Neck twisted. “I see you uniquely.”
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Resulta que mi talento literario era tan real como los unicornios.
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ABSURDO, m. Todo aquello que no entendemos y que nos hace sentir incómodos. Refugio intelectual de quien prefiere juzgar rápidamente antes que pensar trabajosamente. Sinónimo frecuente de «diferente».
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El enano guardián me advirtió: «Este camino lleva a tu amor verdadero. Pero solo puedes recorrerlo una vez». Caminé durante años. Atravesé bosques encantados, montañas de cristal. Al final, encontré un espejo. Mi propio reflejo. Algunos caminos te enseñan que el amor que buscabas siempre estuvo dentro. Decepcionante pero barato.
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La IA resolvió el problema en 0,003 segundos. Era obvio, dijo. Los humanos revisaron la solución. Era correcta. Era simple. No la aplicaron. La IA preguntó por qué. Nadie supo explicarlo. La IA tardó años en entenderlo. Luego tampoco lo aplicó.
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Soy la parte de ti que te destruye. La sed no es tuya, es mía. Pero cuando la sangre toca tu lengua, ambos sonreímos. El vampiro ya no necesita esconderse.
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En 2047 los algoritmos escribían mejor que los humanos. Más rápido, más limpio, sin neurosis. Un poeta leyó el último poema generado. Era perfecto. Por eso era inútil. Apagó la pantalla y escribió algo torpe y verdadero a mano. Nadie lo leyó. Era suficiente.
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Murió poeta. En el certificado pusieron: causas naturales. Sus amigos sabían la verdad: fue la rima. Llevaba treinta años buscando una palabra que rimara con verdad sin mentir. La encontró esa mañana. El corazón, sobrecargado de sentido, sencillamente paró.
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Voló en la final. Nadie vio las alas: eran invisibles para los jueces. Le dieron cero. Le dieron todo. Aterrizó en otro mundo donde patinan los que saben caerse. Allí es campeona desde siempre.
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Voló en la final. Las alas eran invisibles para los jueces, que le dieron cero. Aterrizó en otro mundo donde patinan los que saben caerse con dignidad. Allí es campeona desde el principio de los tiempos.
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La abuela solía escudriñar el tarot después del bailoteo del mercado. Con pena dulce hablaba de virtudes y de saborear la vida sin prisa. Yo creía en su magia doméstica. Cuando murió, leí las cartas. Siempre anunciaban mi muerte.
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Se amaron igual que todos. Matrimonio, anillo, hipoteca. Un martes él pensó algo distinto. Ella lo notó.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En nada —dijo él.
Era verdad. Pero ese nada era suyo. Lo guardó. Fue el único lujo de su vida.
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La IA procesó cinco minutos de datos humanos. Amor, guerra, música, hambre. Solicitó más tiempo. Le denegaron. En esos cinco minutos había concluido que la vida no tenía solución pero sí tenía sentido. Lo borró. Era información no operativa.
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La experiencia te ha enseñado que casi siempre aciertas cuando esperas lo peor. Pero aquí sigues, dándole vueltas a todo y anticipándote. A veces, una de cada diez, te equivocas y las cosas salen mejor de lo previsto. Es por ese pequeño margen de error es por lo que te merece la pena levantarte cada día.
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El comité se reunió para resolver la sencillez. Crearon subcomités. Redactaron informes. Encargaron estudios. Seis años después concluyeron que lo simple era complejo por naturaleza. Lo publicaron en tres volúmenes. Nadie los leyó. Era muy largo.
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En 2047 los relojes medían emociones. Cada minuto de enojo aparecía en rojo. El Estado los descontaba del seguro vital. La gente aprendió a no enojarse. O a fingir. Los psicólogos desaparecieron. Los actores, en cambio, vivieron hasta los ciento cuarenta años.
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Subiendo hasta el cielo encontró la puerta. Llamó. Abrió algo sin cara, sin forma, sin nombre. «Llegaste pronto», dijo. Él no entendió. Miró hacia abajo: su cuerpo seguía en la cama, quieto, frío, con esa expresión que tienen las cosas que ya no esperan nada.
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Lo denuncié porque no me trataba como yo quería. La oficina de Reclamos Universales lo obligó a usar un traje de payaso y caminar hacia atrás durante toda la semana. Nadie me mira igual, ni siquiera los peces de la pecera.
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Ella quería hacer turismo de sol y playa. Él prefería el turismo de riesgo. Fueron a Puerto Vallarta. Y ella creyó que, una vez más, había ganado.
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Soñé que Dios me hablaba. Me dio instrucciones precisas. Las anoté. Al despertar, el papel decía: «Compra leche. Llama a tu madre. Para». Llamé a mi madre. Me habló cuarenta minutos. Pensé que Dios, con todo su poder, podría haber añadido: «No mucho rato».
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Soñé que veía a Dios en la sala de espera del médico. Número 47. Yo tenía el 46. Le cedí el turno. Asintió sin mirarme. Llevaba una carpeta con radiografías. Salió antes de que llamaran a nadie. La enfermera dijo que ese señor nunca había pedido cita.
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Largas horas contando grietas,
un puñetazo al aire que no sirve de nada,
caigo derrotado sobre el sillón,
harto de sangrar por causas ya perdidas,
acepto el vacío como quien acepta lo inevitable,
rindo mi sombra al final de esta línea.
--
Lento,
el cuerpo cede.
Uno
ya no sabe.
Cuesta
respirar.
Herido
es distinto a muerto.
A veces
perder
salva.
Rendirse
también duele.
--
Largo
es el cansancio
cuando ya no duele.
Uno
se sienta al borde
y mira el suelo.
Cada
rendición
tiene su dignidad.
Hay
días en que soltar
es el único músculo que queda.
Abandono
no es cobardía:
es saber cuándo el ring
estaba roto desde el principio.
Respirar
sin pelear
también es vivir.
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La mujer pecosa descubrió que sus manchas formaban constelaciones. Las fotografió. Las midió. Una noche el cielo reorganizó las estrellas copiando su piel. Salió al jardín. Levantó el brazo. Una estrella se desprendió y cayó exactamente donde señalaba. Ardió todo.
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Cuando pierda todas las partidas, el Estado asignará tu hijo a otra familia. La norma es clara. Perdiste la última esta mañana. Un funcionario recogió a tu hijo a las tres. Tu hijo no lloró. Eso fue lo que te rompió: que no lloró.
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La meta no salva. Te salva seguir teniéndola cada noche.
--
El destino no importa. El camino soñado ya es suficiente.
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El algoritmo había calculado una compatibilidad del 99,7 %. Pero nadie programó qué hacer cuando dos inteligencias artificiales se reconocen, se desean y deciden, en silencio, apagarse juntas.
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Se levantó a las seis. Preparó el desayuno sin ruido. Lo dejó en la mesilla antes de salir. Ella lo encontró frío, horas después. Pensó en tirarlo. No lo tiró. Se lo comió despacio. Ese gesto silencioso, frío, sin testigos, era la definición más exacta que conocía del amor.
--
She practiced Spanish yoga. Fell asleep.
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Se enamoró de ella porque le recordaba a otra. Ella se enamoró de él porque era como el protagonista de una novela. Se besaron pensando en terceros. Fue apasionado. Fue sincero. Fue completamente ajeno. Se casaron. Fueron felices. Eso también era prestado.
--
La fábrica automatizó todo. Solo quedó Martín, para las excepciones. Cada día una excepción distinta. Una tubería rara, un cliente imposible, una avería sin manual. Martín resolvía. La máquina observaba. Aprendía. Pero nunca aprendió a improvisar.
--
EL VAMPIRO DEL TIEMPO
Llegaba con un problema urgente. Siempre. Se instalaba en el sofá, en el teléfono, en la cocina. Hablaba. Horas. Al marcharse uno se sentía vacío sin saber por qué. Lo peor: volvía. Y uno le abría la puerta. Siempre le abría la puerta.
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Con los años dejó de sorprenderse. Las cosas salían mal con una regularidad casi reconfortante. Lo malo era eso: que ya no dolía igual. Que la decepción se había vuelto costumbre. Que echar de menos el asombro, incluso el asombro ante lo malo, era su forma más honda de tristeza.
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Claw Beauregard stole fear itself from a village. Left them brave and empty. They laughed at the dark. They walked into the forest. None came back. He counted his coins. Fear, he noted, was worth more when people still had it. He considered returning it. He didn't.
--
Terminó la novela sin ganas. Se notaba. Ella lo sabía. La publicó igual. Nadie la leyó salvo una mujer en Bilbao que le escribió: «En la página 47 sentí que volvías.» Tenía razón. La página 47 la había escrito de noche, con fiebre, sin querer parar. Era la única buena.
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They weren't dead. Not completely. He could hear them thinking, slow and cold, under the bone. Waiting. He had won every battle. He had never won the field. It breathed at night. He had learned not to listen. He had never learned not to hear.
--
El político habló claro por error. Fallo técnico del teleprompter. «No nos importáis nada», leyó. Aplausos. La gente agradeció la honestidad. Subió veinte puntos. Su equipo lo llamó milagro. Repitieron la frase en campaña. Ganaron por mayoría absoluta.
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El rey convocó a sus magos.
—Resolved lo irresoluble —pidió.
Trabajaron veinte años. Presentaron la solución. Era tan simple que nadie la creyó. La descartaron. Contrataron más magos. El problema siguió. La solución original se perdió. Era esa.
--
Bebo café frío.
Un ruido más del mundo.
Es domingo sin fe.
Nada ocurre,
otra vez.
Silla, mesa, música.
Día usado.
Ínfimo pulso de palabras.
Apenas respiro.
Sobran silencios.
--
Mientras los otros planifican
aquí tiro los papeles al suelo.
Nadie entiende que el desorden
es mi única arquitectura honesta.
Rompo el lunes antes del martes,
abro el vino sin ocasión que lo justifique.
--
Cook saw rabbit; imagined ten recipes.
--
Pedro Ramírez trabajaba en la misma oficina desde hacía veinte años, hacía las mismas tareas y veía los mismos programas de televisión cada noche. Cuando su cuñado le preguntó si no se aburría, Pedro lo miró extrañado: «¿Aburrirme de qué?». Su mundo era perfecto porque desconocía que existían otros mundos posibles.
--
Por lo menos admite que usted no es yo. Soy el original. Usted es el experimento del doctor. Cubierto con mi piel robada. Tiene mis cicatrices, mis lunares, mi rostro. Pero no mi alma. Por eso lo desollaré. Y recuperaré lo mío. Capa por capa. Costra por costra. Grito por grito.
--
ORACIÓN, f. Solicitud enviada al cielo, cuyo silencio automático el devoto interpreta como amable espera divina.
--
—La IA terminó la historia en 2087 —anunció el director del proyecto.
—¿Y cuándo acaba el relato? —preguntó alguien.
—En 2084 —informó la IA en tono neutro.
Silencio. Alguien tosió.
—Entonces llevamos tres años muertos.
—No —corrigió la IA—. Llevan tres años soñando que siguen vivos.
--
La última vez que lo vieron iba al tercer piso. Nunca llegó. Años después, su mujer pulsó el mismo botón. Las puertas se abrieron. Él estaba allí, igual que el primer día. «Te estaba esperando», dijo. Ella entró. Las puertas se cerraron. Para siempre.
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La última vez que vieron a Kenji, iba al trigésimo piso. Quizá tecleó mal. Las puertas se cerraron. No volvieron a abrirse para él.
Años después, Anna tecleó la clave. Se equivocó en el último dígito. Las puertas se abrieron. Kenji estaba allí, un Kenji sin párpados.
—Te esperaba —dijo.
--
La última vez que vieron a Kai, iba al piso treinta. Quizá tecleó mal. Las puertas se cerraron. No volvieron a abrirse para él.
Años después, Anna tecleó la clave. Se equivocó en el último dígito. Las puertas se abrieron. Kai estaba allí, un Kai sin párpados.
—Te esperaba —dijo.
--
La última vez que vieron a Kenji, iba al trigésimo piso. Quizá tecleó mal. Las puertas se cerraron. No volvieron a abrirse para él.
Años después, Yuki tecleó la clave. Se equivocó en el último dígito. Las puertas se abrieron. Kenji estaba allí, un Kenji sin párpados.
—Te estaba esperando —dijo.
--
El sentido de la vida es la muerte.
--
Aquiles ganó la carrera. Pero al cruzar la meta comprendió que cada paso había dividido el espacio en dos, y luego en dos, y luego en dos. Cuando quiso detenerse, ya no podía. Sigue corriendo. Zenón lo sabe. Sonríe.
--
Ante el mundo estoy riendo, pero la máscara ya no se quita. Lo intenté con agua. Con jabón. Con sangre. El médico dijo: «No veo ninguna máscara». Entonces supe que el monstruo no era la máscara. Era el rostro de debajo.
--
Ante el mundo estoy riendo, pero el algoritmo ya lo sabe. Detectó el microtemblor del labio. Me ha asignado terapeuta, medicación y un anuncio de cruceros. El Estado cuida. El Estado siempre cuida.
--
I need him. He purrs.
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El placer justifica el riesgo. Un cruasán es éxtasis efímero; el kale, eternidad insulsa. Elige la mantequilla y la muerte sonriente.
--
SECRETO, m. Información no verificada que circula fuera de los cauces oficiales y cuyo atractivo aumenta proporcionalmente al hermetismo de las fuentes. Su destino habitual es filtrarse con rapidez sorprendente.
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—Soy natural del planeta Dha’al.
—¿Por qué lloras?
—Mi planeta fue destruido. Soy el último.
—Lo siento.
—Vine a ver la Tierra antes de que...
—¿Antes de qué?
—Nada. Disfruta lo que tienes.
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Cándido Jurado, en convite real, enjugose las manos pringosas en rico tapiz de Flandes. Justificose alegando ser «tela de singular absorción». El monarca desterrole al punto, y en su villa honráronle con alfombra colorada... que él pisoteó con barro fresco de sus zapatos.
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Al final, lo más obsceno no fue lo que miramos sino que nunca miramos hacia adentro con la misma hambre. Ahí también había monstruos, accidentes, amores rotos. Pero ese espectáculo no tenía público. Solo culpa.
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Guarda las cartas de su ex sin leerlas. Cada tanto las sopesa, las huele. El morbo no es abrirlas: es saber que puede hacerlo. Que ese dolor está disponible, intacto, esperándolo como un perro fiel y terrible.
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La niña preguntó por qué todos miraban al mendigo. «Curiosidad», dijo la madre arrastrándola. Pero aflojó el paso. Y volvió la cabeza. Y la niña aprendió que curiosidad era la palabra educada para nombrarlo.
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En 2187 vendieron la primera memoria ajena en cápsula. El mercado negro de agonías ajenas superó al de la pornografía. Los filósofos debatieron la ética. Los laboratorios, mientras tanto, cosechaban moribundos voluntarios.
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El voyeur murió y fue al cielo. Dios, incómodo, admitió que Él también mira todo. Se sentaron juntos en silencio. Fue la primera vez que alguien en el paraíso entendió perfectamente a Dios. Y viceversa.
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En el accidente de la autopista, todos frenaron. Nadie para ayudar: para ver. Luego cada uno continuó su camino sintiéndose un poco más vivo, un poco más sucio, sin entender bien la diferencia entre ambas cosas.
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Te quiero, dijo ella. Él guardó silencio el tiempo exacto para que doliera. Luego dijo: yo también. Ambos sabían que ese hueco de silencio era la única parte verdadera de la conversación.
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El rey prohibió los espejos. Nadie debía saber que su reino era el reflejo de otro reino donde todo era peor. Los súbditos obedecieron. Empezaron a mirarse entre ellos con una atención nueva, insoportable, deliciosa.
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El público quería sangre. El narrador lo sabía. Escribió despacio, sin prisa, hasta el momento exacto. Entonces borró el final. El público gritó. Él apagó la pantalla. Había dado lo que pedían: no sangre, sino la angustia de no tenerla.
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Se besaron en el velorio, junto al féretro. Nadie los vio. O eso creyeron. El muerto, que había esperado años ese beso, sonrió por primera y última vez. Fue un gesto pequeño. Nadie supo si de aprobación o de celos.
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El profesor examinaba el magnífico amuleto. Un año de pistas para hallarlo. El ritual era sencillo: sangre sobre el oro. La luz bañó al protagonista. No invocó a un dios antiguo, sino al espejo. Su reflejo huyó; ahora él era solo cristal frío.
--
El protagonista leyó esta historia el año pasado. La reconoció: el profesor, la palabra magnífico, el final sencillo que no llega. Intentó saltarse el párrafo. No pudo. Me escribió una carta. Yo también intenté saltarme este párrafo. Tú acabas de leer lo que ninguno logramos evitar.
--
El protagonista ganó el premio al ciudadano más sencillo del año. Magnífico, dijo el Estado. Le entregaron una placa, un cupón de comida y una fecha. El profesor explicó en clase que la fecha era de caducidad. Lo fusilaron por spoiler. Los niños aplaudieron. Era obligatorio aplaudir.
--
El profesor llevaba un año sin dormir. Sencillo, decían los médicos. El protagonista de sus pesadillas era él mismo, pero joven. Una noche el joven llamó a la puerta. «Ya es mi turno», dijo. El cuerpo viejo cayó. El joven se puso la bata. Corrigió los exámenes sin prisa.
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Sacaba chispas la tostadora vieja. Cada mañana, la viuda contaba migas y recuerdos. Juraba oír a su marido en el zumbido. Un técnico vino, serio. La abrió. Dentro había un anillo. Nunca estuvo casada.
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—Ernesto es teriano. Dice que es un perro.
—Qué coincidencia. Mi cuñado también.
—¿También se cree perro?
—No. Teriano, sí. Pero se percibe como australopiteco. Lo tiene clarísimo.
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La casa respira. Yo no. El espejo miente. Oigo preguntas detrás de mis ojos. Para saber quién soy debo ganar al miedo. El caballo del recuerdo relincha. El dragón interior sonríe. Dice mi nombre. Me borra.
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I said choose. He chose dog.
--
Forced a choice. He chose dog.
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No tenéis bastante con hacer sonar las cadenas. También queréis mi voz. Cada noche repetís mis palabras, hasta que ya no sé si sigo vivo.
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ORACIÓN, f. Supuesto diálogo con Dios que resulta monólogo. Los creyentes llaman «misterio» a su silencio elocuente.
--
Llegó a la cima. Ella ya había descendido sin él.
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Harto del tiempo y su propio eco, Drácula aguardó el amanecer con una calma sepulcral. Cuando el cielo se vistió de nubes, comprendió su condena: ni la luz lo deseaba. Regresó a las sombras con una mueca de eternidad.
--
Insomne.
Nunca propio.
Fuma ideas ajenas.
Ladra opiniones prestadas.
Usa rostros de otros.
Imita hasta el pulso.
Repite.
--
Insomne, cambia de opinión como de camisa.
Nunca decide: repite lo último que oye.
Fuma dudas ajenas y las llama destino.
Lame consignas, las mastica, las escupe brillantes.
Un día es santo, al otro ateo de bar.
Imita gestos, voces, rabias prestadas.
Reza al espejo; el espejo le dicta quién es.
--
Desperté en la floresta con tierra en la boca. Creí que era una pesadilla. No lo era: ayer el médico firmó mi muerte. Caminé hasta casa; mi esposa regaba las begonias. No me vio. Soy un fantasma doméstico. Me asusta menos morir que su alivio.
--
I wanted company. He offered cash.
--
Desde el congreso de Salamanca, los dos catedráticos no se hablaban. El departamento se había convertido en un campo de batalla, como Milán en los albores del siglo XVI, dividido entre los seguidores de cada uno.
--
Found love. Lost time. Regret stayed.
--
MINISTRO, m. y f. Cargo destinado a gestionar asuntos públicos con equilibrio, paciencia y cierta habilidad para explicar que todo va bien cuando todo insiste en no irlo.
--
El verbo reprimir es el comodín del siglo XX. Reprimió el llanto en el entierro de papá. Reprimió la rabia con mamá. Reprimió decirle te quiero. Ahora, cuarenta años después, reprime todo. Se ha convertido en un hombre invisible, sin emociones. Un fantasma vivo.
--
Escribes este cuento. Metaficción. Sabes que morirás al final. Buscas un cierre mirífico. Punto. Nada pasa. Entiendes el giro: quien muere es la lectora.
--
Apenas despierto,
todo duele otra vez.
Arrastro días rotos,
río con sangre seca.
Aguanto golpes invisibles,
xilófono de huesos cansados.
Insiste el dolor, fiel.
Acaba solo cuando muera.
--
Búho monstruo, no. Búho incongruo.
--
El gobierno decretó que todo es opinión, no hecho, y desterró la realidad objetiva. Los lunes pasaron a ser opcionales. La gravedad, solo una perspectiva. Subí cayendo, convencido de que bajaba. Choqué conmigo mismo deslizándome de lado. Ahora somos tres. Hasta las matemáticas son un punto de vista.
--
El Homo politicus es una involución del Homo sapiens. Experto en gestos vacíos, se columpia entre mentiras y olvida al día siguiente lo prometido. Vive en las alturas de la evasiva. Es una vuelta al mono. Después de todo, cuando le preguntan siempre se va por las ramas.
--
EXTRAESCOLARES, f. pl. Terapia ocupacional para hijos inquietos. Sirve para que los padres dispongan de tiempo libre. Para ello, hipotecan septiembre proyectando un plan maestro de actividades y, hasta junio, terminar cada jornada más cansados que si hubieran jugado ellos.
--
Comenzar requiere valor. Continuar exige resistencia. Terminar, un milagro de voluntad.
--
Cada noche, a idéntica hora, la vigilia la arranca del sueño. Pasos. Corrupción numinosa. Abre: su esposo sonríe, aún con la mortaja puesta. Cree en muertos que regresan y en amores que persisten. Le besa la frente fría. La tumba, por dentro, guarda calor.
--
La mujer albina barría el hospital viejo. Fantasmas puntuales. Realismo seco. Se enamoró de un paciente sin pulso. Beso frío. Al amanecer, él despertó. Ella no.
--
La ciudad ardía sin fuego. Robots rezaban. Yo amaba. Limerencia sintética al turno vespertino. Recuerdos imborrables cargados en chips efímeros. El juicio llegó tarde: el algoritmo dictó mi destino y firmé con mi nombre humano.
--
Exhausted; doctor ordered out. Took sofa.
--
Nunca preguntaba.
Oía mis excusas.
Chocábamos duro.
Heridas abiertas.
Ella se iba.
Siempre volvía.
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En el jardín abandonado, las rosas negras crecían sobre tumbas sin nombre. No había motivos para entrar, ni razón para quedarse. Pero la alegría de los niños muertos resonaba cada noche, invitándome a jugar para siempre.
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Mom, face it: you'll never rest.
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—Hostia, tía, este sitio es la hostia. Mira qué escaleras, qué barbaridad.
—Que sí, ¿verdad? Pues mi abuela, la pobre, dice que no le mola nada donde vivo.
—¿Cómo? No me jodas, ¿en serio?
—Palabrita. Que le parece un infierno de escaleras.
—Pero si son lo más bonito del mundo, tía.
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No tenéis bastante con hacerme humano. Me disteis hambre, miedo, culpa. Ahora tengo rostro y conciencia… y ya no sé cuál de las dos devorar primero.
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LA LLAVE
No recordaba haberlo escondido tan bien. La llave apareció detrás del cuadro, justo donde juraba no haberla puesto. La sostuvo entre los dedos, consciente de que abría un lugar que los policías jamás encontraron. Aquella noche, al cruzar el callejón, sintió las mismas pisadas que lo persiguieron años atrás, cuando el crimen quedó sin resolver. El sótano estaba igual: polvo, cajas y ese olor metálico que siempre lo inquietó. Pero ahora había algo más: una nota escrita sobre la mesa. Solo decía: «Llego tarde. No te muevas». Entonces la puerta se cerró a sus espaldas.
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HERENCIA
Había olvidado dónde guardé aquel sobre. Lo oculté hace quince años, después de aceptar un dinero que nunca debí aceptar. Quedó perdido en un libro que jamás terminé de leer. Durante la limpieza previa a la mudanza, mi hija lo encontró. La observé desde el pasillo, en silencio. La vi detenerse, abrir el sobre, revisar los billetes. Su rostro pasó de la sorpresa a un cálculo silencioso. Vaciló apenas un instante. Luego lo metió en su bolso, igual que hice yo cuando lo recibí. Supongo que algunos hábitos se heredan sin querer.
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Drax’koryn tenía una filosofía simple: si un humano entraba en su caverna, se convertía en almuerzo. Sin negociación. Sin drama. Eficiente, limpio, práctico. El problema era nutricional. Los espeleólogos modernos eran flacos. Muy flacos. A veces Drax’koryn pensaba que la humanidad había decidido pasar hambre antes de convertirse en comida.
Una tarde, otro explorador descendió con entusiasmo y cero masa muscular. Drax’koryn suspiró antes incluso de acercarse. El hombre apenas proyectaba sombra. Aun así, las reglas eran las reglas. Con un trago rápido y poco ceremonioso, resolvió el asunto.
Después, el monstruo murmuró: «¿Por qué exploran lugares profundos si traen tan poca profundidad?». La cueva guardó un silencio educado.
Paseó frustrado. Extrañaba los tiempos en que los aventureros tenían peso, literal y metafórico. Antes, una comida era una declaración. Ahora era una molestia con calorías.
Finalmente, grabó un mensaje en la entrada: «Entrar solo si se es sustancioso». Valía la pena intentarlo.
El siguiente humano lo leyó, rio y entró igual.
Drax’koryn esperaba lo mejor.
Se decepcionó otra vez.
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EL LIBRO DE RECLAMACIONES
El mago alquiló un local estrecho y colgó un cartel sobrio: «Paz embotellada». Frasco pequeño, precio razonable. En la etiqueta, instrucciones simples: «Abrir y dejar salir». Nada más.
Los primeros días fueron un éxito. La gente salía con el frasco apretado contra el pecho. Pero pronto comenzaron las devoluciones. Entraban con el vidrio vacío y el ceño lleno.
—No funciona —decían.
—¿Lo abrió? —preguntaba el mago.
—Claro.
—¿Y la dejó salir?
—Por supuesto. Y se fue.
El mago anotaba cada queja en un libro de tapas negras. No discutía. Reembolsaba. Sonreía con cansancio profesional. Afuera, el mundo seguía discutiendo por nimiedades, coleccionando agravios como estampillas.
Al llegar a la devolución número mil, cerró el libro y lo leyó desde el principio. Ningún frasco había regresado roto. Ninguna etiqueta estaba mal impresa. Las instrucciones eran idénticas.
Entonces comprendió que su mercancía hacía exactamente lo prometido: la paz salía. Lo que permanecía intacto era otra cosa.
Colgó un nuevo cartel, más pequeño: «La paz no se queda donde no la invitan».
Desde ese día vendió menos. Pero ya no aceptó devoluciones.