domingo, 14 de diciembre de 2025

Sección 47-H-341

            La habitación no tenía ventanas. Tampoco reloj. Las paredes eran de un blanco cansado, como de hospital antiguo. En el centro, una mesa de metal con seis sillas. Sobre la mesa, cuatro expedientes de cartón, un termo de café tibio y una lámpara que zumbaba con una paciencia eléctrica. La placa de la puerta decía «Sección 47-H-341». Nada más.

Samira llegó primero. Siempre era la primera en llegar. Colocó su abrigo en el respaldo de la silla, alineó los expedientes y se sentó con la espalda recta. Era la jefa. No levantaba la voz. No hacía falta. Tenía el gesto sereno de quien ha decidido muchas cosas pequeñas durante muchos años.

Los demás pajes se estaban retrasando, aunque Samira era comprensiva. Llevaban largos días de trabajo y, antes de acabar la jornada, les había dado un descanso. Pero era necesario que siguieran. Había escuchado que Emre, de la Sección H-342, ya había acabado. Pero también era verdad que Emre no reflexionaba demasiado y ya se había llevado más de una reprimenda.

Poco a poco, fueron entrando los demás pajes. Yazid, el protestón, arrastrando los pies, la túnica arrugada y manchada, una expresión agria que parecía permanente. Nabil, delgado, con una libreta vacía bajo el brazo. Farah, silenciosa, sonrisa leve, ojos atentos. Suleimán, meticuloso, ordenando lo que ya estaba ordenado. Mariam fue la última. Bostezó sin pedir disculpas. Se sentó al fondo.

—Empezamos —dijo Samira.

No miró a nadie en concreto. Miró la mesa. La mesa era el centro de todo.

Yazid habló de inmediato. Siempre era el primero.

—Otra vez igual —dijo—. Papá Noel ya ha repartido lo bueno. Consolas, bicicletas, tabletas. Nosotros llegamos tarde. Ropa. Calcetines. Jerséis. Luego se preguntan por qué los niños prefieren a uno y no a otros.

Nabil negó con la cabeza. Abrió su libreta. No escribió nada.

—No deberíamos regalar tanto —dijo—. Se les acostumbra mal. Un poco de carbón no ha matado nunca a nadie.

Farah sonrió. No habló. Cuando alguien mencionaba el carbón, Farah sonreía. Nadie sabía por qué.

Samira abrió el primer expediente. Sus manos eran pequeñas. Firmes.

—Juan Martínez Ruiz —leyó—. Seis años. Calle San Marcos, Mancha Real.

Suleimán se inclinó hacia delante. Miraba los papeles como si fueran mapas antiguos.

—Ha pedido una consola —dijo—. Varias veces.

—Papá Noel no se la ha regalado —añadió Samira.

—Y la sigue pidiendo —insistió Suleimán—. En todas las cartas.

Yazid resopló.

—Claro. Es lo que hacen los niños.

Nabil levantó la vista.

—Es muy pequeño.

Samira pensó que Emre habría optado por la consola.

—Eso —dijo Samira—. Es muy pequeño. Mejor no.

Anotó algo con lápiz. Ninguno de los otros pajes vio qué.

El segundo expediente estaba más gastado.

—Lucía García López —leyó—. Ocho años. Calle del Llano, Alcalá la Real.

Mariam se incorporó un poco.

—Le gusta leer —dijo—. Mucho. Se pasa el día con libros.

—¿Qué le ha regalado Papá Noel? —preguntó Farah.

Suleimán pasó las hojas. Despacio.

—No consta.

Yazid golpeó la mesa con dos dedos.

—Siempre igual. Los elfos no mandan la información. Así no se puede trabajar.

—No estamos aquí para hablar de los elfos —dijo Samira.

—Pues deberíamos coordinarnos —insistió Yazid—. Un sistema común. No competir.

Samira no levantó la vista.

—No ahora.

El silencio fue breve, pero pesado. En una habitación sin ventanas, el tiempo no avanzaba. Se acumulaba.

Tercer expediente.

—Antonio Fernández Molina —leyó Samira—. Nueve años. Calle Nueva, Torredelcampo.

Nabil frunció el ceño.

—Mal comportamiento —dijo—. Peleas. Faltas de respeto.

Farah habló por primera vez.

—Una pelota.

Yazid la miró.

—¿Una pelota?

—Para que se desfogue —dijo Farah—. El fútbol cansa. A veces arregla cosas.

Samira asintió.

—Pelota —dijo.

Suleimán hizo una marca precisa en el margen.

Último expediente.

—María Sánchez Ortega —leyó Samira—. Siete años. Calle Fuente Nueva, Martos.

Mariam sonrió, esta vez de verdad.

—Dibuja todo el tiempo —dijo—. En los márgenes de los libros, en servilletas.

—Papá Noel le ha regalado rotuladores —añadió Suleimán—. De los buenos.

Yazid levantó las cejas.

—Claro. Los buenos.

—Los buenos —repitió Suleimán.

Samira cerró la carpeta.

—Ropa —dijo Yazid—. Siempre ropa.

—O carbón —añadió Nabil.

—No —dijo Samira.

Nadie discutió. Afuera podía ser de noche o de día. Dentro daba igual. La lámpara seguía zumbando. El café estaba frío.

Mariam apoyó la cabeza en la mano. Cerró los ojos. Se durmió. Respiraba despacio. Nadie la despertó. En la Sección 47-H-341, dormirse era una forma aceptable de resistencia.

Yazid miró a Samira.

—Al menos podríamos hablar con los elfos —dijo—. No competir. Repartir mejor.

Samira lo observó un segundo más de lo habitual. Tenía los ojos cansados. No tristes. Cansados.

—No se trata de eso —dijo—. Nunca se ha tratado de eso.

Se levantó. Cerró los expedientes uno a uno. El cartón encajó con un sonido seco. Final.

Nabil cerró su libreta vacía. Farah volvió a sonreír. Suleimán ordenó los papeles que ya estaban ordenados.

Mariam despertó sobresaltada.

—¿Ya? —preguntó.

Samira asintió.

—Mañana será otro largo día.

Apagó la lámpara. La habitación quedó igual de blanca. Igual de cerrada. Como si nada hubiera pasado. Como si, en algún lugar, millones de niños no estuvieran esperando.