jueves, 1 de enero de 2026

Zombis

Me gustan los zombis. No lo digo con orgullo ni con vergüenza. Y he visto casi todo. Incluso aguanté seis o siete temporadas de The Walking Dead, hasta que me cansé. Lo confieso. Había episodios en los que no le reventaban la cabeza a nadie. Eso, en una serie de zombis, es imperdonable. Además, era lentísima. Como si quisiera parecer profunda a base de aburrir.

Las películas de zombis distraen. Sirven para pasar el rato. Para observar cómo la gente sobrevive. O no. He visto muchas. Pelis clásicas, como La noche de los muertos vivientes, que hoy resulta entrañable. Buenísimas, como Amanecer de los muertos, una metáfora bastante decente de la civilización, la versión de Zack Snyder del viejo Romero. De humor, como Zombies Party, Zombis nazis o Zombieland. Sobrevaloradas, como 28 días después. Extrañas, como 28 años después, que ya no sabía muy bien qué quería contar. Incluso he llegado a ver rarezas como Juan de los muertos y otras muchas que he olvidado. Y eso sin hablar de los libros. Guerra Mundial Z, Orgullo y prejuicio y zombis, Noche de difuntos del 38, La noche de los trekkies vivientes. Aunque mis favoritos siguen siendo los de J. L. Bourne. Pero eso no viene al caso.

La palabra zombi describe a alguien sin voluntad propia. Actúa mecánico. Como sonámbulo. No es positivo, está claro. Pero los zombis de las películas no son malos. Son como son. Tienen moral, a su modo: no se atacan entre ellos. No tienen prejuicios de sexo o raza. En eso nos superan.

Actuamos como zombis más de lo que pensamos. Vamos al trabajo. Volvemos. Encendemos la tele. Apagamos la luz. Repetimos. Día tras día. Año tras año. Sin cuestionarnos nada. Consumiendo. Obedeciendo. Siguiendo la fila.

La diferencia es que ellos no sufren por ello.

A veces me gustaría ser como un zombi. Dejarme llevar. No pensar. Caminar sin rumbo. Sin propósito. Sin culpa. Sin miedo. Sin memoria. Olvidar lo que fui. Lo que quise ser. Lo que nunca seré.

En ocasiones es necesario.

Las películas de zombis nos muestran el apocalipsis. El fin de la civilización. El colapso del orden. Pero también muestran otra cosa: la gente es peor que los zombis. Siempre hay un tirano. Un oportunista. Un cobarde. Un traidor. Los muertos vivientes son predecibles. Los vivos no.

Quizá por eso me gustan. Porque en un mundo de zombis todo es más claro. Más simple. Sobrevives o no. Comes o te comen. No hay grises. No hay matices. No hay política. No hay discursos. No hay promesas vacías.

Solo hambre, instinto, presente.

He pensado muchas veces en el apocalipsis zombi. Qué haría. Dónde iría. Con quién. Qué armas elegiría. Qué provisiones. Tengo un plan. Varios, de hecho. Todos inútiles, probablemente. Pero me reconforta tenerlos.

Tal vez sea eso. Las películas de zombis nos reconfortan porque imaginamos que podríamos ser héroes. Que sobreviviríamos. Que seríamos útiles. Que importaríamos.

Pero no. Seríamos los primeros en caer. O en convertirnos. O en suplicar. O en traicionar a los demás para salvarnos.

Me gustan los zombis porque son honestos. No pretenden ser otra cosa. Un zombi es un zombi. Nosotros fingimos ser humanos.

Y eso, en el fondo, es más terrorífico.