«Definitivamente», sentenció el marmolista, limpiándose el polvo de las manos. La inscripción brillaba bajo el sol del cementerio. Poco antes, la mujer caminaba por la acera de enfrente, esquivando baches y eliminando los adverbios de sus pensamientos cotidianos. Odiaba la redundancia de vivir. Al cruzar la calle, un camión cargado de adjetivos pesados la atropelló sin previo aviso. Su último suspiro fue un verbo seco, sin matices ni complementos circunstanciales. El médico del hospital certificó la defunción mucho antes del impacto, asegurando que una existencia desprovista de adornos gramaticales no es nacer, sino un nudo que busca su desenlace desesperadamente.