Abelardo Castillo: «Todo dispuesto para ponerme a escribir; sólo me falta ponerme a escribir».
La sinfonía de la procrastinación
Eduardo había convertido la preparación para escribir en una ciencia exacta. Durante mucho tiempo había estudiado sus propios ritmos creativos, catalogado las condiciones ambientales óptimas y creado el protocolo perfecto: temperatura entre 21 y 23 grados, silencio absoluto o, como alternativa, una buena selección de música clásica, mesa despejada, café recién hecho y un bloque de tiempo de mínimo cuatro horas sin interrupciones.
Aquel martes de octubre todos los astros se alinearon. Su esposa había salido de viaje, los vecinos estaban en silencio, la temperatura era ideal y la sinfonía de Sibelius sonaba suavemente. Había llamado al trabajo para decir que estaba enfermo —trabajaba como auxiliar administrativo en la Delegación de Desarrollo Local, así que nadie notaría su ausencia— y tenía todo el día por delante.
Se sentó ceremoniosamente frente al ordenador, abrió el documento en blanco y colocó las manos sobre el teclado como un pianista antes de un concierto.
Y entonces lo supo: no tenía ganas de escribir.
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El conocimiento es la roca más pesada: cada respuesta genera dos preguntas nuevas que te aplastan cuesta abajo.
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Los tres sabios me escucharon: Üks pensativo, Kaks tocando el laúd, Kolm fumando pipa. Ninguno habló. Solo Kolmteist, el criado, abrió la boca:
—Quinientas coronas por la consulta.
La verdadera sabiduría estaba en cobrar sin dar consejos.
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Escribir su diario se había vuelto tan tedioso que procuraba no vivir nada interesante. Pasaba los días inmóvil para no tener que anotarlo. Su última entrada decía: «Hoy tampoco hice nada. Qué pereza escribir esto».
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Ayer limpié toda la casa, pero hoy. Los libros por título alfabético, no por orden. Mi psicólogo dice que tengo. Las camisas dobladas perfectamente arrugadas. Control obsesivo de. Soy un desorden maniático del.
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Cuando hallaron la cápsula espacial, descubrieron grabada en la pared una inscripción: «Houston, varios problemas. Primero: las comunicaciones no van. Segundo: los motores están muertos. Tercero: se nos acaba el oxígeno. Cuarto: Sanderson gritaba muy fuerte; tuve que hacerlo».
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TELÉFONO
Aparato inventado en el siglo XIX, dispositivo de telecomunicación ideado para transmitir señales acústicas a larga distancia mediante impulsos eléctricos y permitir así que dos personas pudieran hablar sin gritar desde ventanas opuestas. Alcanzó un segundo esplendor a principios del siglo XXI con la llegada de los inalámbricos —también llamados móviles o celulares— y la popularización de los teléfonos inteligentes. Desapareció hacia 2030, cuando la población, exhausta de atender llamadas promocionales de compañías eléctricas, optó por no contestar nunca más y refugiarse en la aparente paz de la mensajería instantánea.
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La mujer, la última obra de Dios. ¡Y mira que tuvo tiempo para practicar! A no ser que, al final, la prisa le jugara una mala pasada.
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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, Victor Drăculești había de recordar aquella tarde remota en que su padre le explicó por qué las balas de plata dolían tanto.
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Gastamos fortunas en tratamientos de fertilidad mientras en África hay niños de sobra.
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No consiguió el carné de sexo. Dominaba la teoría, sí, pero suspendió las prácticas.
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Es una verdad universalmente aceptada que quien dice «yo no busco likes» es el que más se deprime cuando nadie le da uno.
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Hay cosas que están bajo nuestro control y otras que no lo están. Bajo nuestro control se hallan las opiniones, las preferencias, los deseos, las aversiones. Fuera de nuestro control están los designios de Eru Ilúvatar, el canto primordial que dio forma a Arda, los caminos que se bifurcan en el bosque y nos llevan hacia aventuras que exceden nuestra comprensión.
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No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se quitó el sostén y observó las dos pequeñas marcas en su cuello. Su marido había resultado ser más tradicional de lo esperado.
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En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza: «Nunca confíes en un consejo que venga de tu padre».
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Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que odio las aventuras.
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—¿Cuánto cuesta un gato egipcio?
—4.000 euros.
—¿Y un gato normal?
—500 euros.
—¿Y un gato de una sola vida?
—No tiene precio. Es una rareza existencial.
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Desde que el Rey Católico echó de España a los moros infieles, corría entre los cristianos viejos de Torredelencinar una conseja que de abuelos pasaba a nietos como sacra herencia: que cierta familia de moriscos, la más hacendada del lugar, habría sepultado sus riquezas antes del destierro.
El abuelo de Lorenzo derribara ya cuantas paredes hubo en la casa heredada, y su padre cavara hasta dar con las entrañas de la tierra. Empero el caudal debía yacer en alguna parte, que los moros fueron gente astuta para esconder sus haberes.
Lorenzo prosigue su labor con denuedo que raya en locura. Ha dejado perderse las mieses, y vendido ya dos hazas de sus mejores olivares para comprar herramientas y costear su empeño. Cuando dé con el tesoro, dice a quien quiere escucharle, todo quedará restituido con creces y usuras.
Los vecinos murmuran que mejor sería labrar la tierra que escarbar en ella como bestia ciega. Mas Lorenzo no atiende sino al dulce tintineo de las doblas que su fantasía le promete.
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Desde que el Rey Cathólico echó de España a los moros infieles, corría entre los christianos viejos de Torredelencinar una conseja que de abuelos passaba a nietos como sacra herencia: que cierta familia de moriscos, la más hacendada del lugar, habría sepultado sus riquezas antes del destierro.
El abuelo de Lorenzo derribara ya quantas paredes huvo en la casa heredada, y su padre cavara hasta dar con las entrañas de la tierra. Empero el caudal devía yacer en alguna parte, que los moros fueron gente astuta para esconder sus haveres.
Lorenzo prosigue su lavor con denuedo que raya en locura. Ha dexado perderse las miesses, y vendido ya dos hazas de sus mejores olivares para comprar herramientas y costear su empeño. Quando dé con el thesoro, dize a quien quiere escucharle, todo quedará restituido con creces y usuras.
Los vezinos murmuran que mejor sería lavrar la tierra que escarvar en ella como vestia ciega. Mas Lorenzo no atiende sino al dulce tintineo de las dovlas que su phantasía le promete.
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¿Por qué nos esforzamos en hacer cárceles amigables, pero no hacemos lo mismo con las oficinas de Hacienda?
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En su derrota encuentra una extraña paz: la de quien no tiene que preguntarse «¿y si hubiera...?» porque ya no queda nada en el depósito.
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CIUDAD PROHIBITIVA
En Beijing, 12.500 yuanes (1.500 euros) alquilar una habitación de 15 m2.
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Escribió sobre un autor que perdía control de su relato. El texto se independizó de las intenciones del creador. Este microcuento también se está emancipando ahora mismo.
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LATTE LITIGIOSO
Eran exactamente las 9:17 cuando pidió el café. A las 9:27, cuando finalmente llegó la taza humeante a su mesa, Rodrigo ya había calculado mentalmente los daños y perjuicios.
«El libro de reclamaciones, por favor», solicitó al camarero con esa sonrisa que reservaba para los momentos previos a una demanda.
Con su mejor caligrafía jurídica, escribió: «Rodrigo Dolset, colegiado número 4.576. Mi tarifa es de 600 euros la hora. Diez minutos de espera innecesaria equivalen a 100 euros de tiempo perdido. Solicito indemnización inmediata».
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En aquel país el delito fiscal estaba tan castigado que le cayeron diez años por defraudador y uno por matar al inspector de Hacienda.
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La factura del trasplante capilar casi le provoca otra alopecia nerviosa.
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«Sócrates es el más sabio», proclamó el oráculo délfico. Jantipa, su mujer, estalló en carcajadas al oír la noticia.
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Era muy tímido. Le invité a subir a tomar un café. Al final, tuve que echárselo encima para que se quitara los pantalones.
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ÚLTIMA HORA
Ryanair logra que las maletas lleguen a tiempo, pero pierde al pasajero.
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—Maestro Hakuin, ¿qué diferencia hay entre la apatía y la muerte?
—Solo la velocidad, joven Eishin.
—No comprendo.
—La muerte mata el cuerpo de una vez. La apatía mata el espíritu lentamente. Ambas nos roban la vida, pero una es honesta en su prisa.
—¿Entonces la apatía es peor?
—Es más cruel. Al menos los muertos ya no sufren su ausencia de vida.
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¿El ocaso del canibalismo podría explicarse por la degradación nutricional de su fuente alimentaria principal?
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Guerra de las Galias: aproximadamente 500.000 muertos, 1 millón de esclavizados y millones de denarios en oro capturado por César.
Guerras Dácicas: cerca de 650.000 dacios muertos, cientos de miles esclavizados y 165 toneladas de oro obtenidas por Trajano.
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Su cortesía le resultó fatal. Cuando los inspectores de Hacienda fueron a visitarle a casa, no pudo evitarlo: les ofreció bombones suizos.
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Desde lo alto del mástil, vio lo imposible: el océano terminaba en una cascada infinita.
—¡El abismo, el abismo! —gritó Rodrigo de Triana.
Sus gritos de terror despertaron a toda la tripulación.
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Lo condenaron a treinta años por levantar edificios con materiales infames. Pidió cumplir condena en una prisión que él mismo había construido.
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BIBLIA
Dios ordenó al hombre sudar para ganarse el pan. Después, cuando ya estaba agotado, le soltó que no solo de pan vivía el hombre.
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Somos tan poco atractivos que ni nosotros mismos nos votaríamos, pero mirad qué horror de rivales tenemos.
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Canta, oh musa, la guerra de Troya, que causó incontables dolores y precipitó al Hades muchas valientes almas, pugna que se libró por el control de la estratégica ruta comercial que conectaba el Egeo con el Ponto Euxino.
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Con los años necesito gafas más gruesas, libros más densos, cerveza más fuerte y rock más duro.
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Astronauta por amor a su lunática.
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Escribió sobre un escritor que perdía control de su microcuento. El microcuento se independizó del control del escritor. Este micro también se está emancipando ahora mismo.
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Quiso suicidarse, pero el puerto olía a cloaca industrial.
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Parafraseando a Talleyrand, la tortilla de Betanzos no es solo un error culinario, sino un crimen contra la gastronomía.
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Todo empezó por un número equivocado. El teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por el banco de sangre más cercano.
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Lo reconozco: estoy internado en un psiquiátrico y mi enfermero me observa. Nunca parpadea. Creo que está esperando que cierre los ojos para entrar en mi cabeza y borrar mi memoria.
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Lo reconozco: estoy internado en un psiquiátrico y mi enfermero me observa. Nunca parpadea. Creo que está esperando que cierre los ojos para entrar en mi cabeza y dictarme el final perfecto para esta historia que llevo tres años sin poder terminar, desde que dejé de tomar las pastillas.
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Como mariposa que teme al fuego pero no puede vivir sin luz.
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—Señor Disney... Señor Disney...
Abrió los ojos. Tardó unos instantes en orientarse y comprender la situación.
—¿En qué año estamos? —susurró.
—2178.
Sentía picores por todo el cuerpo; deberían ser los efectos secundarios. Trató de incorporarse, pero no pudo. Tuvieron que ayudarle los operarios. Los observó; su aspecto era extraño.
—Conseguimos curar su cáncer. Le hemos devuelto la vida.
—Pero ¿han logrado un método para la inmortalidad?
—Ah, eso no.
—Pues, maldición, ¡vuélvanme a congelar, incompetentes!
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Mayor fatiga produce la ociosidad que el trabajo: el alma se cansa más de la inacción que el cuerpo del movimiento.
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—Maestro Dogen, sus enseñanzas no están gamificadas. Necesitamos puntos, niveles, recompensas...
—¿Gamificar la iluminación, dices?
—Sí, para motivar a los discípulos.
—Ve a gamificar el viento, Zenkai. Y cuando logres que el aire acumule puntos por soplar, regresa a pedirme que gamifique la sabiduría.
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Para mantener la tradición del «vuelva usted mañana», es habitual que las páginas web de la administración pública experimenten en la nueva era digital problemas de lentitud, bloqueos o fallos debido a diversos factores, incluida la sobrecarga del servidor.
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Iván Petróvich, que había cometido el imperdonable crimen de vender pan a precio de mercado en lugar de entregarlo al Estado, descubrió que su pequeño beneficio le costaría el mayor de los capitales: su existencia.
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Era un escritor bloqueado que bogaba solo en un mar de palabras muertas, y hacía años que no encontraba una idea que flotara lo suficiente para no hundirse con él.
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Era un viejo que pescaba solo en un bote en el lago y hacía décadas que no cogía un pez un mar de palabras, y hacía años que no cogía un pez, ni una frase que valiera la pena.
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Era un viejo que pescaba solo en un bote en el lago y hacía décadas que no cogía un pez. Pero él insistía en que los peces «simplemente no entendían su técnica».
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Llamadme Frodo. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente—, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a las Tierras Imperecederas en barco.
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—¿Motivo para viajar solo?
—Soy el chófer del director de Tráfico, voy a recogerle.
—Claro… Y yo soy la reina de Inglaterra. Licencia y permiso, por favor. Serán seis puntos menos y 3.000 euros de multa.
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El resultado había sido un éxito rotundo: más de doscientos votos favorables. La ley contra la prostitución, un hito moral y social, había sido aprobada. Entraría en vigor al día siguiente, prometiendo una sociedad más pura y virtuosa. Los legisladores, agotados pero exultantes, se felicitaron mutuamente. Habían cumplido con su deber.
Para celebrar tan magno logro, y como una suerte de rito de paso antes de la nueva era de la moralidad, decidieron que esa misma noche, se permitirían una pequeña transgresión. Una despedida, un último brindis por los viejos tiempos que, a partir de mañana, serían historia.
Así, con la satisfacción del deber cumplido, por última vez, se fueron de putas.
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Vivo en un lugar donde aplauden lo que yo considero mezquino y se indignan por lo que a mí me parece trivial. Donde las conversaciones son largas pero huecas, y los abrazos, frecuentes pero sin temperatura. Intentar encajar ahí es como bailar vals en una discoteca: todos los pasos correctos, música equivocada.
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Los políticos son alquimistas del desengaño: transforman la esperanza en frustración y la responsabilidad propia en culpa ajena con la magia de las palabras.
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¿Están empeñados en reducir la jornada laboral porque saben que no podrán vivir siempre de la política?
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Vincent, abrumado, no podía más. Las musas le susurraban continuamente con ideas, enloqueciéndolo. «¡Basta!», exclamó. Se cortó una oreja, esperando que las inspiraciones, al menos, llegaran de una en una.
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Cuando yo tenía seis años vi en un libro sobre la selva virgen que se titulaba Historias vividas, una magnífica lámina. Representaba... representaba... ¿qué representaba?
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No era el más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre que terminaba sus frases. A diferencia de su autor, que...
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LITERATURA GRIEGA
Canta, oh musa, los viajes de Odiseo y Herodoto, pero hazlo rápido, porque esta tarde, tras dialogar con Sócrates, iré al teatro: Eurípides primero, para sufrir; Aristófanes después, para olvidar por qué sufrimos.
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LITERATURA LATINA
Está dividida en tres partes: una que habitan los poetas, que nos aconsejan vivir el momento y amar a Lesbia; otra, los historiadores, que narraron desde la fundación de la ciudad; la tercera, los filósofos, que escribieron sobre los vientos favorables.
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LITERATURA DEL SIGLO DE ORO
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no me acuerdo, yo, Lázaro de Tormes, cuando mi anterior ama, la alcahueta Celestina, me despidió, me empleé en un corral de comedias e hice de gracioso en una obra de Lope de Vega.
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LITERATURA DEL SIGLO XVIII
Swift recomienda comerse a los niños. Rousseau explica cómo hay que educarlos, pero a los suyos los lleva a la inclusa. Voltaire, prolífico, prefiere dar a luz ideas, no hijos. Mary Wollstonecraft murió alumbrando a una niña.
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LITERATURA DEL SIGLO XIX
Es el mejor y el peor de los tiempos, en el que todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera: Emma se aburre, Heathcliff se desgarra, Raskólnikov mata, Dorian no envejece, Poe se emborracha para olvidar.
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LITERATURA DEL SIGLO XX
Muchos años después, Leopold Bloom recordaría que una mañana, después de un sueño intranquilo, mientras mojaba una magdalena en el té, había empezado a pensar en Lolita, luz de su vida, fuego de sus entrañas.
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LITERATURA GIENNENSE
Evasión, partida y retorno. El Quijote de la Manchuela sueña con fazañas más allá de Jaén. Manuel Moreno no contempla regresar a Mágina. Juan de Olid, en cambio, solo desea volver tras su aventura en busca del unicornio.
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LITERATURA GIENNENSE
Evasión, escape y retorno. Don Quijote de la Manchuela sueña con aventuras y fazañas fuera de Jaén. Manuel Moreno no piensa en volver a Mágina. Juan de Olid, por su parte, solo quiere regresar de su aventura en busca del unicornio.
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LITERATURA LATINA
Se divide en tres partes: una que habitan los poetas, que nos aconsejan vivir el momento y amar a Lesbia; otra, los historiadores, que narraron desde la fundación de la ciudad a las crueldades de Domiciano; y la tercera, los filósofos, que escribieron sobre los vientos favorables.
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El único político que no miente es el que confiesa que miente.
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¡Oh, gran Alí Babá, genio de la moral dudosa! ¿No pensó que los dueños del tesoro ya estarían criando malvas? Tal vez. Pero, ¿entregarlo al emir? ¡Vaya idea! Robar a ladrones para dárselo a otro ladrón con corona. ¡Brillante lógica! ¿Por qué no quedarse con el botín y fingir virtud? Total, en el bazar de la ética, Alí es el rey del regateo.
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¡Oh, qué calamidad sacude Alemania! El festival de Bayreuth, ese santuario donde Wagner es dios y las óperas son evangelio, no ha vendido todas sus entradas. ¡Por primera vez en la historia! La nación que venera las notas épicas de El anillo y las pasiones de Tristán ha tropezado, dejando butacas vacías como si fueran un insulto al mismísimo compositor. ¿Qué pasó? ¿Acaso el mundo moderno, con sus auriculares y listas de reproducción, ha osado despreciar las cuatro horas de arias wagnerianas? ¡Qué afrenta! Los alemanes, otrora fieles, parecen haber descubierto que hay vida más allá de los coros mitológicos. Tal vez prefieren un concierto pop o, peor aún, el silencio. El festival, que antaño reunía a la élite cultural en peregrinación, ahora mendiga atención, como un tenor olvidado en un escenario vacío. Y mientras las entradas sobrantes acumulan polvo, uno no puede evitar imaginar a Wagner, desde su nube, lanzando rayos de indignación. Alemania ha caído.
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DECLARACIÓN DE ENRIQUE VIII
No quiero que me confundan con Herodes Antipas.
Él pidió la cabeza de un profeta por un baile; yo, por traición, deslealtad, o —seamos justos— necesidad dinástica.
Tampoco quiero que me acusen de crueldad: cada una de mis esposas fue, en su momento, el amor de mi vida.
Aunque a veces, el amor y el deber se contradicen, y uno es rey antes que esposo.
¿Que me casé con la viuda de mi hermano? Sí. Por mandato divino… o papal. Hasta que el Papa se negó a anularlo.
Y entonces, fundé mi propia iglesia.
¿Eso es crueldad, o eficiencia administrativa?
¿Que mandé a Ana a la Torre? No sin pruebas. ¿Que me deshice de Catalina? Con honor. ¿Que ejecuté a otras? Lo justo.
Pero fui también padre, mecenas, estratega.
Hice lo que un monarca debía: asegurar la sucesión, mantener el trono, gobernar.
El resto son habladurías.
Y si alguna cabeza rodó, fue por el bien de Inglaterra.
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Es una verdad universalmente aceptada que todos somos libres… de elegir entre las dos opciones que ya decidió el algoritmo.
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Es una verdad universalmente aceptada que, cuando escuchas tu nombre en la casa vacía, no estás solo.
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Es una verdad universalmente aceptada que el Wi-Fi siempre se cae justo cuando vas a enviar algo importante… o un meme buenísimo.
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Es una verdad universalmente aceptada que las visitas inesperadas a medianoche siempre invitan a pasar… salvo que no puedas ver su reflejo.
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¡Oh, qué maravilla, la nueva especie: Homo retrocessus! ¡Adiós a la moral, adiós al espíritu! Este noble ser ha encontrado su paraíso en las redes sociales, donde los likes son la nueva ética y los stories el evangelio moderno. ¿Valores? ¡Qué anticuados! ¿Espiritualidad? Una pérdida de tiempo cuando hay reels por grabar. Con frenética devoción, el Homo retrocessus publica, comparte y se indigna, construyendo su legado en el efímero altar de la pantalla. Porque, claro, ¿quién necesita principios cuando un post viral te corona rey? En su reino digital, la profundidad es un estorbo, y la reflexión, un delito. ¡Qué proeza, cambiar el alma por seguidores! Mientras la humanidad soñaba con elevarse, este héroe del retroceso abraza la superficialidad con orgullo. ¡Bravo por el Homo retrocessus, que ilumina el mundo con selfies y hashtags, dejando atrás el peso de la moral! La historia lo aplaude, o al menos sus seguidores lo hacen, mientras su vacío resuena en cada notificación.
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EL NAUFRAGIO COMO LIBERACIÓN
Lord Cherbury había embarcado en Southampton con la ingenua esperanza de disfrutar de un viaje tranquilo hacia Nueva York. Sin embargo, desde el primer día había comprendido su error: el barco estaba plagado de nuevos ricos americanos que habían hecho fortuna con el acero, el petróleo o los ferrocarriles, y que ahora se paseaban por primera clase exhibiendo su riqueza recién adquirida con la sutileza de un circo ambulante.
Las conversaciones en el salón principal eran un suplicio refinado. Hablaban de inversiones, de cotizaciones bursátiles, de sus mansiones recién construidas, de sus yates, de sus automóviles. Su acento nasal, sus modales toscos, su ostentación sin límites le provocaban jaquecas que ni el brandy más fino lograba aliviar.
"Preferiría estar muerto", había murmurado esa misma tarde, contemplando desde cubierta el océano infinito.
Cuando sonaron las alarmas y la voz del capitán anunció la colisión con el iceberg, lord Cherbury sintió una extraña paz. Se ajustó el chaleco, se alisó el bigote y sonrió por primera vez en días.
Por fin, algo interesante que contar. Si es que vivía para contarlo, claro.