sábado, 11 de julio de 2026

De las cocinas al XI Congreso

        Cuando el lingüista presentó sus conclusiones, apenas había diez personas en la sala. Llevaba ropa gastada y un cuaderno lleno de transcripciones tomadas durante años en cocinas, huertas y velatorios. Demostró que el jimenato no era una forma pintoresca de hablar, sino un idioma con reglas propias. El alcalde preguntó qué había que hacer. El secretario municipal tomó nota de todo.
        Pronto llegaron las decisiones. Se modificaron las placas de las calles. El Ayuntamiento financió una gramática, una revista semanal en lengua jimenata. En el CEIP Nuestra Señora de los Remedios los niños tenían una nueva asignatura obligatoria: Jimenato. Los comerciantes corrigieron rótulos. Los periódicos provinciales  se hicieron eco: pasaron en poco tiempo de la sorpresa al reconocimiento. El primer Congreso reunió a quince personas. El quinto ya necesitó tres autobuses que trasladaran a los asistentes desde Jaén.
        Hoy, en este XI Congreso Internacional sobre la Lengua Jimenata, las acreditaciones cuelgan de cordones azules y el café me sabe igual que hace veinte años. Las palabras, no. Me corresponde abrir las sesiones. Saludo especialmente al organizador de la I Conferencia sobre la Lengua Garcileña. Le deseo la misma paciencia que yo tuve. También la misma suerte. Porque los idiomas no nacen cuando alguien los habla. Empiezan a existir cuando una comunidad decide creer que siempre estuvieron allí.