Detrás de los barrotes de hierro, teclea desde las nueve de la mañana, con la misma ropa gastada de ayer y de todos los días. Los niños le arrojan cacahuetes para llamar su atención, aunque jamás los toca. Solo acepta, de vez en cuando, un vaso de café con leche y una tostada de aceite y tomate que le llevan de la cafetería que hay en el mismo parque donde se encuentra su jaula. En cualquier caso, un cartel oxidado, atornillado a un lateral, advierte a los visitantes: «No alimentar al burócrata si muestra estrés».
Pero el burócrata no muestra estrés, solo resignación.
Los mayores todavía recuerdan la especie completa: expedientes, fotocopias compulsadas, sellos de caucho, ventanillas con horario reducido, la exigencia perpetua de un impreso más. La IA resuelve ahora en segundos lo que a él le llevaba días, semanas, y por eso lo trasladaron aquí. Se conserva por nostalgia, como un televisor de tubo o un bolígrafo BIC en las vitrinas de un museo.
Cada tarde, un cuidador desliza bajo la puerta un formulario en blanco. Es el único ritual que lo mantiene con vida. El burócrata lo rellena despacio, con letra pulcra, y lo devuelve sellado, aunque nadie vaya a leerlo. Después apaga la lámpara y se sienta a oscuras, con la paciencia exacta de quien ya sabe que no volverán a necesitarlo.