sábado, 4 de julio de 2026

La duda antes de la caída

Estuvo a punto de caer en la trampa. Porque de eso se trataba, en el fondo: de una trampa tendida con paciencia divina, disfrazada de fruta y de mediodía tranquilo. Ya acariciaba la manzana con la mano, sintiendo su piel tibia, casi viva bajo los dedos. Tenía un aspecto tan apetitoso que costaba imaginar nada malo detrás de tanta perfección: ni una mancha, ni un gusano, ni una sola grieta que delatara el engaño.

Se estiró un poco más, buscando el mejor ángulo, el mordisco exacto que la historia parecía exigirle desde antes de nacer.

Pero dudó.

No fue la voz de ninguna serpiente lo que la detuvo, ni el recuerdo de una advertencia divina pronunciada entre nubes. Fue algo más sencillo, más suyo: la simple sospecha, antigua ya en ella, de que las cosas demasiado perfectas casi nunca lo son por accidente.

Se volvió hacia su compañero, todavía distraído entre los árboles, ajeno por completo a lo que acababa de esquivar.

—Adán —dijo, sin soltar del todo la rama—, creo que será mejor que la dejemos aquí.