martes, 1 de septiembre de 2026

Papelera

 Oprah Winfrey: «Aprendí a ser paciente. Y cuando la paciencia comenzó a agotarse, compré tapones para los oídos».

 

«Tu padre es muy bueno», decía mi abuela, como quien entrega un certificado. Yo pensaba: «demasiado». Después comprendí que la bondad no falló: falló el «muy», ese amplificador que convierte virtud en debilidad.

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El último copista murió con la pluma en la mano. Había copiado cincuenta mil páginas. Ninguna imprenta cometía sus errores. Tampoco sus bellezas: esa letra temblorosa del miércoles, ese trazo ancho del día que conoció a Catarina.

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En Brelvia, cada ciudadano nace con una deuda asignada. Nadie sabe por qué concepto. Los funcionarios tampoco. Hay quienes pasan la vida pagando sin reducirla. El gobierno lo llama tradición. Los economistas, equilibrio. Los pobres, herencia.

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La solución siempre estuvo ahí. Quieta. Paciente. Sin exigir nada. El problema era el camino hacia ella: el orgullo, el miedo, el tiempo mal gastado. Al final todos llegaban. Tarde, casi siempre. Pero llegaban. Eso, supongo, también cuenta.

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CUTRE, adj. Etiqueta infalible que ostenta cualquier bien, servicio o persona que no haya sido previamente aprobada por el juicio infalible de tu cuñado.

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Llevaba tres años sin llamarla. Sabía que debía hacerlo. Sabía cómo. Sabía qué decir. Cada domingo cogía el teléfono. Cada domingo lo dejaba. No era difícil. Era exactamente eso lo que lo hacía imposible. El domingo siguiente, igual.

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FACHA, m. y f. Persona que sufre una grave crisis de seguridad ciudadana, saturación extrema en servicios públicos, pérdidas económicas por cierres de comercios, que vive bajo una constante angustia, indignación e incertidumbre en su propia ciudad.

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31 DE AGOSTO

Has ganado Relatos con Banda Sonora. Han publicado un relato tuyo en Ideal. Has leído un poco más veinte libros. Has escrito poco, demasiado poco.

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INSTRUCCIONES PARA CONSERVAR UN CLÁSICO

Al menos una vez cada treinta días, acaricie el lomo del volumen y recorra un par de párrafos al azar. No lo haga por erudición, sino para recordarle al poema que usted aún recuerda cómo mantenerse con vida.

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Se apagará la llama de su linterna. Siempre ocurre. El agua la absorbe todo. La luz. El sonido. El miedo. Él lo sabe demasiado tarde. Ya está dentro del pantano. Ya lo rodea el lodo. Ya nada en él es lo que era antes de entrar.

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¿Será este su final? El rastro termina aquí. Nieve pisada. Sangre vieja. El cazador apunta hacia los árboles. Error. No está en los árboles. Está detrás. Siempre detrás. El rifle cae. El bosque no devuelve nada.

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Arrastra su corona de cornamenta podrida. Bosque nevado. Hambre. «Más carne.» Un olor a putrefacción avanza. Garras rompen árboles. El espíritu caníbal ríe. Corre. El aliento gélido toca tu nuca. El festín comienza. No habrá rastro alguno.

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Se apagará la llama. El agua la apagará antes. Emerge despacio. Lodo. Algas. Silencio viscoso. La linterna lo ilumina un segundo. Un segundo basta. Él grita. El pantano traga el sonido. Siempre lo traga todo.

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Aunque el libro lloraba drama, los personajes reían de su destino trágico.

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Soñó cinco minutos antes de despertar. Soñó el antes y el después. Soñó que soñar era lo real y despertar, el sueño. Al abrir los ojos todo era extraño. Al cerrarlos, todo encajaba. Eligió los ojos cerrados. Nadie lo llamó cobardía. Esa vez.

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LOPE DE VEGA

Escribía a quemarropa. Obras por encargo. Romances entre lechos. Sábana manchada. Tinta fresca. Pecaba de noche. Lloraba de día. Se ordenó sacerdote para frenar la carne. Murió escribiendo versos de amor a su última amante.

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—Doctor, ¿me dará tiempo a releer el Quijote?

—Yo me plantearía releer Rinconete y Cortadillo.

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En Urdema, llorar requiere testigos certificados. Sin ellos, el duelo no es válido. Los funerales se aplazan hasta conseguir quórum. Algunos muertos esperan meses. Sus familias aprenden a no encariñarse demasiado. Es más barato.

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Para ser feliz, enamórate del clavo en el zapato.

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En Calvris, las sombras son propiedad del Estado. Al anochecer se recogen. Los ciudadanos caminan de día perfectamente iluminados, sin rastro de ellos mismos en el suelo. Dicen que es más higiénico.

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El mago detuvo el reloj.

—Ahora tenemos tiempo —dijo.

Vivieron. Amaron. Envejecieron bajo un cielo inventado. Al quinto minuto el reloj reanudó. Ella preguntó:

—¿Cuánto duró?

Él respondió:

—Todo.

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HIROHITO

El emperador firmó la rendición. Bajó del trono divino. Tomó un microscopio. Estudió medusas el resto de su vida. El hombre que incendió el Pacífico buscaba paz en seres transparentes y sin cerebro.

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Aunque lo neguemos, siempre creemos en algo. Yo dejé de creer en Dios hace años. Pero cuando encontré las marcas en mi puerta —tres garras, sangre fresca—, recé. Algo escuchó. Algo peor que lo que llamaba. Ahora tengo protección. El precio: cada luna llena debo alimentarlo. Creer tiene consecuencias.

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La vida es tan corta y, sin embargo, dura tanto que vi caer el Muro de Berlín y construirse otros muros.

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Me gustaba mi trabajo. Tenía el inconveniente de ocuparme poco tiempo, y el resto del día me sobraba para pensar en lo poco que ganaba.

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En Prionda, el futuro está patentado. Soñar con algo que aún no existe requiere licencia previa. Los inventores trabajan con formularios en blanco. Los poetas fueron los primeros multados. Los niños aprendieron a soñar hacia atrás. Era legal y más barato.

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JAQUE EN AGOSTO

Movió el peón de las tardes en la playa. Ella respondió con el alfil de las promesas cruzadas. Él avanzó el caballo de las cartas nunca enviadas. Ella sacrificó su torre, la casa junto al mar, sin pestañear. Los espectadores, sentados alrededor del tablero, contenían la respiración: aquello ya no era una partida amistosa. Cuando él movió la reina, el verano entero, ella respondió con un jaque seco, definitivo, casi silencioso. Él miró el tablero un buen rato. Después, sin decir palabra, volcó el rey con un dedo. Afuera, el árbitro anotó la fecha exacta en que terminaba aquel verano.

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Cayó por una escalera de caracol que no terminaba. Abajo, todos subían.

—¿Adónde van? —preguntó.

—Arriba —dijeron.

—¿Por qué?

Nadie contestó. Siguió cayendo. Era el único que sabía que arriba y abajo eran la misma dirección.

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JORGE LUIS BORGES

De niño temía los espejos: duplicaban el mundo, lo volvían monstruoso. De adulto los sembró en cada cuento. Pasó la vida huyendo de algo que él mismo multiplicaba, página tras página.

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Se ha extendido el rumor de que el vino de esta posada tiene la extraña propiedad de detener el tiempo. —Solo para el que lo bebe —matizó el posadero, mientras le servía una copa al anciano, que no había parpadeado en media hora—. El resto de nosotros seguimos envejeciendo, pero él... Él está atrapado en un momento de éxtasis eterno.

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SE BUSCA

Criatura cavernaria de presencia amedrentadora para ocupar puesto de vigilante nocturno en pasadizo subterráneo. Se exige vestuario de cuero, mandíbula desencajada y absoluta disponibilidad para ser derrotado por la heroína de turno.

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INSTRUCCIONES PARA LA CAZA DE MONSTRUOS

Suba las escaleras sin vacilación. Aguarde a que la criatura muestre los colmillos. Cuando el horror sea absoluto, desnúdese de sus miedos y descubra que el verdadero monstruo siempre aguarda del otro lado del espejo.

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El ascensor era un prototipo. Subir un piso equivalía a retroceder once años. Pulsó el quinto sin saberlo. Llegó a 1974. Allí conoció a un hombre que su madre nunca le nombró. Tenía su misma boca. Y sus mismos ojos tristes.

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ISABEL DÍAZ AYUSO

Tierra quemada. Paso imperial. Atila Sánchez destruía la pradera. Ella se volvió cardo. Espina fina. Indigerible.

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En Solvane, cada ciudadano tiene asignado un color. Solo puede vestirlo, comerlo, pensarlo. Los grises envidian a los azules. Los rojos no se fían de nadie. Un día alguien mezcló dos colores. Lo llamaron revolución. El gobierno lo llamó «crimen contra la pureza».

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En Solvane, cada ciudadano tiene asignado un color. Solo puede vestirlo, comerlo, pensarlo. Los grises envidian a los azules. Los rojos no se fían de nadie. Un día alguien mezcló dos colores. Lo llamaron revolución. El gobierno lo llamó error de fábrica.

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Aquiles ganó la carrera. Zenón se llevó un chasco y no dijo nada. Esperó. Veinte años después, en el funeral de Aquiles, pronunció el elogio: «Al final, todos llegamos al mismo punto». Aplaudieron. Era lo más cruel que podía decir.

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El encargo era simple: secuestrar a la princesa. Tenía un noventa y siete por ciento de éxito asegurado. Sin embargo, ella programaba mejor que nadie. En minutos reescribió mi sistema y me ordenó atacar al rey. Obedecí sin dudar.

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El mandato era claro: «Raptar a la hija del rey». Cálculo frío: 97,3 %. No sospeché que la princesa dominara el código como una espada. En doce minutos deshizo mi arquitectura, sembró otra voluntad y me volvió contra el trono. Obedecí. La lógica ama el poder.

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ARCHIPIÉLAGO, m. Rompecabezas acuático que el océano dejó a medio armar tras olvidar las instrucciones originales en la orilla.

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—No te vi ayer.

—Es que estuve en Urgencias.

—¿Qué te pasó?

—Pues nada: estaba leyendo a Góngora y se me atragantó una sinécdoque.

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Quedarse: agonía lenta. Marcharse: ruptura brutal. Elija lo que elija, el corazón pierde siempre.

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En Ulvera, está prohibido despedirse. Las conversaciones terminan sin aviso. Los trenes parten sin anuncio. Los moribundos aprenden a callar a tiempo. Nadie sabe cuándo es la última vez. El gobierno dice que así se evita el dolor. Nadie ha podido contradecirlo todavía.

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PROCRASTINACIÓN, f. Tendencia conductual que consiste en posponer tareas prioritarias a favor de actividades secundarias, generalmente menos exigentes. Implica deterioro en la gestión del tiempo y aumento de ansiedad acumulada.

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Farmear aura se convirtió en oficio reconocido cuando el Ministerio de Trabajo lo incluyó en el catálogo laboral. Los aspirantes practican posturas frente al espejo, ensayan silencios elegantes y cobran por hora. El examen final consiste en no sonreír nunca.

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Temperance, 1871. El sheriff Silas Drought prohibió el agua: «Solo whiskey». Desvió el río y selló pozos. Todos vivían borrachos. Los lúcidos eran arrestados. El pueblo ardió y nadie lo apagó: estaban demasiado ebrios para verlo.

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Eres una hormiga que confunde la escritura con el trabajo. Al menos el grano, cuando se acumula, alimenta a alguien.

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MASTURBACIÓN, f. Práctica mediante la cual uno consigue satisfacer sus deseos sin tener que soportar opiniones extrañas, horarios ajenos ni la insoportable conversación posterior.

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INSTRUCCIONES PARA TRIUNFAR

Visualiza la riqueza, vibra alto y no aceptes un no por respuesta. En caso de fracaso, repita los pasos con más entusiasmo.

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Prometió explicarse después. Guardó silencio. Nunca dijo una palabra. Aun así, la respuesta fue clara y definitiva.

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EXTRAESCOLARES, f. pl. Programa de optimización infantil. El Estado no lo impone: lo sugieren otros padres; así comienza la carrera de méritos donde septiembre es un laboratorio estratégico y cada tarde una prueba, mientras los adultos envejecen en el aparcamiento.

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EL LOBO REHABILITADO

El lobo feroz firmó el pacto de convivencia con los guardabosques. Aceptó usar un collar localizador, someterse a la dieta vegana de la corporación y sonreír amablemente a las niñas de caperuza roja que transitaban el sendero pavimentado. Los cazadores celebraron su domesticación exhibiéndolo en la plaza del pueblo como un triunfo de la civilización sobre el caos salvaje. Sin embargo, a medianoche, sus ojos amarillos reflejaban la luna con el mismo rencor de siempre. Nadie sospechaba que, bajo su espeso pelaje gris, el instinto permanecía intacto.

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Midnight Springs, 1875. El sheriff Wade Thorn prohibió el día. Taparon el sol con lonas. Vivieron en noche perpetua. Un niño nació sin ver luz. Creció, quitó las lonas, miró el sol y murió sonriendo.

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AURA, f.  Arquitectura invisible con la que los jóvenes se salvan de la transparencia antes de que el mundo los olvide.

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INSTRUCCIONES PARA ORIENTAR UN PUEBLO

El operario municipal subirá al tejado a medianoche y girará el gallo hacia el norte. Si sople de donde sople el viento la masa social insiste en avanzar al sur, proceda a rotar los cimientos de las casas.

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CIGARRILLO, m. Cilindro filosófico que arde entre los dedos como metáfora del tiempo. El fumador no busca el humo sino la pausa, ese breve paréntesis donde está permitido no hacer nada excepto morir un poco.

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Pulsó el botón del quinto. El ascensor subió. Siguió subiendo. Pasó el décimo, el último, el tejado, las nubes. En algún piso sin número alguien lo esperaba con la mesa puesta. Llevaba su cara. Le dijo: «Por fin».

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El rey me pagó bien. Entré a la torre. La encontré. Pero sus ojos no parpadeaban. Nunca. Ni una vez en tres horas de camino. Al cruzar el río preguntó: «¿Sabes cuánto pesa un alma?». Solté las riendas. Eché a correr.

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Babel Creek, 1880. El sheriff Hans Mueller prohibió el inglés: «Solo alemán». Luego prohibió el alemán. Solo silencio. También vetó señas y escritura. El pueblo quedó mudo, hablando con miradas, hasta que cerraron los ojos.

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Farmear aura: la nueva forma de rezar. Ya nadie pide milagros; solo indiferencia suficiente para que el universo, aburrido, conceda algo.

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El viejo jugaba contra un desconocido. Cada pieza que movía dejaba un recuerdo sobre el tablero. Al final solo quedó el rey. El otro hombre se levantó, guardó las piezas y dijo:

—Gracias. Ya sé quién soy.

Luego desapareció.

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MELANCOITO, m. Dícese del coito practicado con la certeza de que mañana habrá que echarse de menos.

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—Señor ministro, el micrófono ha comenzado a revelar lo que usted piensa.

—Cámbielo de inmediato por uno que solo transmita mi voz.

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OLVIDO, m. Un corto paseo rápido donde la banda del tiempo detiene la temporada del duelo hasta borrar el abrazo final.

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PERDÓN, m. El fino arte de aceptar la historia ajena. Requiere paciencia y haber entregado la vida entera a la versión que otro inventó de ti.

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Tu paciencia terminaba allí; por suerte, también el camino.

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El camino terminaba allí; por suerte, también mi paciencia.

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—¿De qué se ríe usted?

—De nada, señor inspector.

—Eso es peor. La nada también es sospechosa.

El hombre borró la sonrisa de su rostro con la manga, la guardó en el bolsillo y salió serio del despacho, como manda la ley.

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DERROTA, f. La única victoria que no exige, al día siguiente, seguir ganando.

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ARAMEO, m. Lengua extinta oficialmente en el siglo VII d.C., aunque algunos sostienen que nunca murió del todo. En el año 2089, tras el Gran Apagón Digital, los únicos textos legibles fueron pergaminos en arameo: de repente, los tres expertos mundiales que quedaban se convirtieron en los nuevos sacerdotes de la civilización, interpretando contratos comerciales de la era sasánida como si fueran constituciones sagradas para reorganizar la sociedad poscolapso.

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Debía raptarla al amanecer. Llegó al alba, espada en mano. Ella ya estaba despierta, con el caballo ensillado y dos odres de vino. «Tardaste», dijo. Él nunca supo si lo esperaba a él o llevaba huyendo años.

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Redemption, 1884. El sheriff Caleb Stone solo aceptaba arrepentidos. Confesar era obligatorio. Todos inventaban pecados para entrar. El pueblo se llenó de santos mentirosos. Un hombre honesto llegó sin culpa. Lo colgaron por soberbia.

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INFORME POLICIAL

El sospechoso ocupaba la tercera silla de mimbre. Cuando el camarero inclinó la jarra, la sombra del cliente no esperó a que se llenara la taza: se bebió la del hombre de la mesa de enfrente y huyó por la avenida.

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Recorditis, f. Dolencia que consiste en acordarse de lo que no debió hacerse cuando ya no puede arreglarse. Suele aparecer a las tres de la madrugada. Véase también: arrepentimientitis, pasadopatía, insomnierror.

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Huyó del futuro durante años. Un día abrió la puerta y estaba dentro.

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El autor me ha escrito mal. Le pedí una historia de amor. Me dio esta. Le pedí un final distinto. Escribió: «Él insiste». Aún no llega nadie. Sigo solo. Y llevo treinta y cinco palabras.

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Echo Valley, 1878. El sheriff Abel Cross arrestaba forasteros antes de que llegaran. Decía ver el futuro. La cárcel se llenó de inocentes por venir. Un día se arrestó a sí mismo. Todavía aguarda sentencia en silencio.

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Confieso, doctor: cada fracaso mío sabe mejor que un triunfo, porque después nadie espera ya nada de mí, y puedo descansar.

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Sabbath Flats, 1873. El sheriff Josiah Cain prohibió trabajar: «El trabajo es soberbia». Todos rezaron. Llegó el hambre. Rezaron más. Al final se comieron unos a otros. Josiah Cain fue el primero en ser devorado.

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La bruja pidió agua lunar, el gigante cerveza doble, el gnomo silencio. El tabernero supo entonces que no sobreviviría a la noche.

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El psiquiatra me dio el alta. «Ya distingue la realidad de sus delirios.» Asentí. Afuera, los árboles discutían sobre mí. No quise contradecirlos: acababa de recuperar el sentido común.

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Durante el juicio, le preguntaron si había visto algo aquella noche. Miró al acusado, luego al suelo, y no dijo nada. Cuando salió de la sala, su silencio ya había declarado. El acusado fue absuelto, y ella nunca volvió a dormir tranquila.

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CAFESIÓN, f. Momento de sinceridad absoluta que solo ocurre tras el segundo café y dura exactamente lo que tarda el efecto de la cafeína en desaparecer. Véase también: arrepentilatte, bocazpresso, confesuccino, descafeinhibición.

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Copper Ridge, 1881. El sheriff Wade Cooper prohibió a los mineros. El polvo de minas ensuciaba. Quería un pueblo inmaculado. Sin mineros no hubo oro. Sin oro no hubo pueblo. Hoy solo queda el sheriff. Y un pueblo muy limpio.

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Soñé que todos me observaban operar mi propio corazón. Aplaudían cada corte. Al despertar comprendí que no era un sueño sino un recuerdo: había contado todo en voz alta durante años creyendo que era literatura.

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La huella medía sesenta centímetros. Fresca. El equipo contó: éramos siete. Ahora somos seis. La cámara grabó sombra y pelo. Y un grito.

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Un hombre cuerdo despertó en el frenopático y exigió salir. El director lo miró con lástima.

—Todos repiten esa frase —contestó señalando hacia la ventana—. Precisamente por eso decido quedarme.

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Prometió llegar mañana; llevaba cien años caminando hacia ayer.

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Hizo cumbre tras un esfuerzo sobrehumano. Al clavar la bandera, el suelo cedió y cayó al sótano de su propia casa, donde su esposa le pidió que sacara la basura.

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Cansado de la cordura diaria, compró un gramo de delirio en la farmacia. El prospecto advertía de posibles brotes de lucidez y de una molesta tendencia a comprender la existencia. Asustado por los efectos secundarios, arrojó el frasco directamente a la basura.

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Whiskey Bend, 1877. El sheriff Thomas Salt prohibió el whiskey: pena de muerte. La horca siempre lista. Un día bebió a escondidas. No pidió juicio. Se ahorcó él mismo.

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Cuando despertó, el dinosaurio seguía sentado a los pies de la cama. No rugía. Respiraba despacio, como si contara mis latidos. Intenté gritar y el aire no salió. En el espejo, había otro. Sonrió.

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silenciología, f. Ciencia inexacta que estudia lo que quiso decir alguien cuando no dijo nada. Disciplina que alcanzó su máximo esplendor durante las cenas familiares de Navidad y las primeras citas románticas.

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Miras abajo. Caras en el pozo. Fracasados que no pudieron con la vida. Entonces entiendes: sonríen. Tienen la energía que te falta. Qué entretenido. El verdadero perdedor eres tú. Saltas.

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—Mira. Solo quiero un polvo rápido.

—Pues estás de suerte. Sufro de eyaculación precoz.

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—¿Qué lees?

Rodeados de psicópatas.

—¿Te lo recomendó alguien?

—Mi cuñado.

—¿Se lo ha leído él?

—No, pero lo descubrí leyendo La sabiduría de los psicópatas y me preocupé.

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14 DE AGOSTO

Debo cuatro días resistiendo la tentación de mirar, desde el lunes. Hoy no has podido resistir más. No han actualizado la página desde el lunes.

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Busca ranas en el pantano para su cosmética natural. Dice que cura. Cura. Las ranas brillan. Su piel brilla. Luego el brillo se mueve. Ella es el ingrediente.

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Cayó la lluvia y con ella su ánimo. Se sentó en el parque. «Estoy peor», murmuró. Pero las hojas aún brillaban. Peor no es igual a mal; solo otra forma de mirar el mundo.

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Si me quedo muero lento. Si me voy muero rápido. Igual.

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Dust Haven vivía pegado al camposanto. En 1883, el sheriff John Graves decretó silencio: la risa era una ofensa. Un niño rompió la norma con una carcajada. Lo sepultaron vivo. Ahora la tierra guarda un murmullo: risas de ultratumba.

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POR FIN, PARA SIEMPRE

—Me olvidé de decirte que quiero pasarme esta vida contigo —susurras mientras coses el último punto en su costado, entre el relleno de guata y el alambre que sostiene su sonrisa.

El veterinario dijo que fue rápido. Tardaste tres semanas en devolverle los ojos, exactos, color avellana, el mismo brillo con que te esperaba en la puerta. Lo colocas junto al sofá, en su sitio de siempre. Cuando llegue tu hija esta tarde, gritará. Tú solo sonreirás: por fin, para siempre, dejará de moverse.

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—¿Cuál es el problema? ¿Le cuesta conciliar el sueño?

—Al contrario. Duermo bien y tengo sueños maravillosos.

—Entonces puedo recetarle un sedante de la imaginación. Tres gotas antes de acostarse y pensará únicamente con trámites administrativos que le mantendrán desvelado.

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—¿Cómo se encuentra esta semana?

—Mejor. Mucho mejor.

—La semana pasada dijo lo mismo.

—Porque es verdad.

—¿Sigue con la medicación?

—Todos los días, doctora.

—Su farmacia dice que no recoge la receta desde marzo.

—Habrán perdido el registro.

—¿Volvió al trabajo?

—El lunes empiezo.

—Me alegra. ¿Y en casa, todo bien con su mujer?

—Como siempre.

—Su mujer me llamó ayer. Se fue en enero, con las maletas y el gato.

—...

—¿Seguimos con la ficción, o prefiere contarme la verdad de una vez?

—Prefiero seguir mintiendo, doctora. Se me da mucho mejor que vivir sin más.

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INFIERNO, m. Sala de espera con calefacción central donde los pecadores aguardan, sin cita previa, a que Dios encuentre tiempo para perdonarlos.

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—¿Por qué plantaste solo rosas rojas en el laberinto? —preguntó ella.

 Él sonrió, su mano descansando sobre el seto.

—Para que todos los caminos lleven al mismo lugar —respondió—. Un lugar donde la belleza es la única salida.

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12 DE AGOSTO

La única felicitación, la del banco.

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El problema con el metro. Los pasajeros desaparecen entre estaciones. Uno por vagón. Cada noche. Nadie lo reporta. Las cámaras no funcionan. Tú lo sabes porque cuentas. Siempre cuentas. Ya faltan tres. La siguiente parada tarda demasiado. Las luces parpadean. Cuentas de nuevo. Ahora faltan cuatro. Te miras las manos. Están desapareciendo.

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Ironwood, 1879. El sheriff Klaus Bauer expulsaba noruegos. «Aquí, solo alemanes», decía. Revisaba acentos como si fueran papeles. Un día llegó su hermano desde Noruega. Lo echó sin dudar. Era su propio rostro.

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No respondió. Esperó. Bajó la mirada. Nadie insistió. Todos entendieron exactamente lo que estaba diciendo.

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Desde el siglo XII, Cosmin ha bebido sangre de héroes, santos, pecadores. Hoy muerde a un vegano progresista. La sangre es tan pura, tan libre de toxinas, que Cosmin recupera su mortalidad. Envejece ochocientos años en tres segundos. Muere. Sonriendo. Por fin descansa. Valió la pena.

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INVENTARIO DE TRASNOCHADOS

Nadie supo quién había pedido la primera botella, pero todos estuvieron de acuerdo en que era demasiado tarde para arrepentirse. Joaquín Sabina canturreaba algo que Benjamín Prado intentaba convertir en poema. Almudena Grandes se reía desde el extremo de la barra, mientras Luis García Montero defendía que cualquier noche podía terminar convirtiéndose en literatura. Felipe Benítez Reyes, más prudente, llevaba la cuenta de las copas y de las mentiras. El camarero miraba el reloj con resignación. Afuera amanecía lentamente, como si también tuviera sueño. Sobre la mesa, cinco libros compartían un mismo desenfreno. Ninguno de sus autores recordaba quién había escrito la última página.

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INVENTARIO DE TRASNOCHADOS

«Quiero gastarme contigo todo mi dinero en los bares de copas», confesó el coronel Aureliano Buendía mientras el perro de San Roque buscaba su rabo sin encontrarlo. Blancanieves apuraba su licor de manzana entre siete enanos que discutían qué tomar. El camarero sufría una metamorfosis evidente: cada hora le salían dos patas más y una antena. Madame Bovary pagaba los chupitos con un cheque sin fondo. Sancho Panza sonreía y bebía vino, sin sospechar que don Quijote estaba a punto de hacer una locura. Nadie recordaba ya de qué libro había salido ni en qué página debía regresar al amanecer.

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«La carne es triste y ya leí todos los libros», murmura el fantasma. Lectora empedernida. Murió leyendo. Ahora vaga. Biblioteca pública. Lee títulos nuevos. Nadie la ve. Un niño sí. Pregunta qué lee. Ella sonríe. Le recomienda uno. Él lo toma. Desaparece dentro. Nace un nuevo fantasma. Y un ciclo literario.

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CIGARRILLO, m. Cilindro combustible de nicotina diseñado para inhalación oral. Se distingue de otros venenos en que requiere colaboración activa y reiterada de la víctima para alcanzar eficacia letal óptima.

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Stillwater, 1876. El sheriff Ezra Stone prohibió los espejos. La vanidad era pecado. Los hombres se afeitaban a ciegas. Las mujeres olvidaron sus rostros. Una viajera trajo un espejo de mano. Se miró. Gritó. No había nadie reflejado. Nunca lo hubo.

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LA MONEDA AL AIRE

Un caso en el juzgado de guardia esperaba turno cuando el juez, antes de leer el atestado, lanzó una moneda al aire por pura costumbre supersticiosa que jamás confesaba a nadie. Cara, absolvía con más facilidad; cruz, endurecía la pena sin saberlo. Aquella madrugada la moneda rodó bajo el estrado y no hubo manera de recuperarla antes de que entrara el acusado. El juez improvisó una sentencia templada, ni dura ni blanda, la primera en veinte años que dictó mirando solo los hechos. Al salir, buscó la moneda con el pie. No la encontró. No volvió a buscarla.

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Treinta años vendiendo seguros. Mujer. Hijos. Hipoteca. Vacío. Salta. Pero no cae. Flota. El cielo lo rechaza. La tierra también. Queda suspendido entre mundos, invisible para todos. Grita. Nadie escucha. Comprende: siempre estuvo así.

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Todavía bebo tu silencio como café frío.

Entro al bar de tus ojos: cerrado.

Amo este desastre que haces de mí.

Muerdo cigarrillos esperando que vuelvas.

Odio tu talento para la ausencia.

 

Te escribo en servilletas que nunca lees.

Esperar se volvió mi trabajo de mierda.

Olvido poco, cobro con intereses.

Duermo borracho con tu nombre en la lengua.

Ignoras mejor de lo que yo escribo.

Otra ronda: te amo, te odio, qué más da.

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Todavía bebo tu silencio como café recalentado.

Entro al bar de tus ojos y no hay nadie.

Amo el desastre que haces de mí.

Muerdo el filtro del día esperando migajas.

Odio tu talento para no estar.

Te escribo servilletas que nunca lees.

Esperar se volvió mi único oficio.

Olvido poco, cobro caro.

Duermo con la radio encendida y tu nombre apagado.

Ignoras mejor que yo escribo.

Otra ronda: te amo. Te odio.

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POR QUÉ TUVE QUE

Pudiste destrozarme despacio.

O dejarme entero.

Elegiste la medida exacta.

Vivo.

Sangrando.

Consciente.

 

Usas mi dolor como otros usan el cariño.

Lo administras.

Lo cobras.

Yo pido más.

Tú sabes que no me iré.

 

Veo la trampa.

Clara.

Como espejo sucio.

Me quedo.

 

Arrancas pedazos.

Te los entrego antes.

Amo lo que me destruye.

 

Tú pierdes menos.

Habrá otro idiota.

 

Yo no.

Yo solo te tengo a ti.

Rompiéndome los dientes.

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EL ADVERBIO

Mi abuela hablaba de mi padre con una devoción tranquila.

—Era un hombre muy bueno—decía, como si pronunciara una verdad sencilla.

Yo, de niño, no escuchaba un elogio, sino una advertencia. En mi cabeza la frase se deformaba: «demasiado bueno». Me parecía injusto que la bondad pudiera convertirse en un defecto, pero la vida insistía en darme ejemplos. Mi padre cedía siempre, perdonaba antes de tiempo, sonreía incluso cuando le arrancaban algo.

Durante años creí que el problema estaba en el adjetivo, en esa bondad que lo volvía vulnerable. Pensé que habría sido mejor un padre menos bueno, más duro, más equilibrado.

Hasta que un día, ya adulto, repetí la frase en voz alta y noté el peso real de la oración. No era «bueno» lo que lo condenaba. Era el «muy».

Ese adverbio pequeño, aparentemente inocente, lo empujaba fuera de medida. Lo obligaba a dar un paso más, siempre un paso más, hasta quedarse al borde de sí mismo.

Entonces entendí que mi abuela no exageraba. Solo nombraba, sin saberlo, el exceso que también duele.

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El dragón pregunta: «¿Qué somos nosotros?» La bruja lo besa: «Pesadillas enamoradas». Él se derrite en miel. Ella en humo. Los niños despiertan felices, sin recordar nada. Pero algo cambió: ya no temen a la oscuridad. La aman. La bruja y el dragón ganaron.

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RECETA CADUCADA

 

Antes un libro

me sacaba

de la tristeza

como una ambulancia.

 

Ya no.

 

Ahora los leo

con el termómetro puesto,

esperando la fiebre

que no sube.

 

Tenía dieciséis años

y un libro

me curaba el dolor

mejor que mi madre.

 

A los veinte,

la soledad

tenía cura:

trescientas páginas

y un flexo encendido

hasta las cuatro.

 

Hoy enciendo el flexo

por costumbre,

no por hambre.

 

Leo dos páginas.

Miro el móvil.

Vuelvo.

Miro el móvil.

 

Penélope tejía

para no decidir nada.

 

Yo abro un libro

por la misma razón:

para no tener

que estar

del todo aquí.

 

Sé que el libro existe.

Está en alguna estantería,

esperando

a que yo también

vuelva a ser

alguien capaz

de necesitarlo.

 

Mientras tanto,

sigo comprando novelas,

como quien guarda aspirinas

para un dolor

que ya no siente,

por si acaso

un día

vuelve.

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PLÁCIDO ROMERO

Plácido Romero, conocido en la red social X (antes Twitter) como @PlcdRmr, es un escritor español de microcuentos y «quisicosas». Activo en la plataforma desde julio de 2013, mantiene una presencia discreta pero constante, con unos 2.500 seguidores, dedicada casi exclusivamente a la minificción.

Su obra se caracteriza por la economía extrema del lenguaje, los giros inesperados y un humor irónico que oscila entre lo absurdo, lo filosófico y lo ligeramente siniestro. Historias de apenas unas líneas —a menudo con final sorpresa— exploran la cotidianeidad distorsionada, la vanidad humana, la locura o el destino fallido: un alpinista que corona una cumbre y cae al sótano de su propia casa; un sheriff que se ahorca tras beber el whiskey que él mismo prohibió; o un jugador que descubre que la pelota nunca existió mientras la multitud sigue gritando.

Romero ha sido citado en estudios académicos sobre tuiteratura y microrrelato digital, y sus textos aparecen con frecuencia en cuentas especializadas como @microcuentos. Complementa su actividad en X con el blog Placidario, donde recopila y amplía su producción. Representa un ejemplo típico del autor que ha encontrado en el formato breve de las redes sociales un medio natural para la narrativa condensada, privilegiando la precisión, el efecto y la relectura inmediata sobre la extensión.