viernes, 17 de julio de 2026

La Casa de las Palabras

La sangre cubre casi todo el suelo de la habitación de Patricia Highsmith.

Hernando deja el cubo junto a la puerta. Observa el reguero oscuro que serpentea entre las patas de las mesas hasta una vieja máquina de escribir. Busca un cadáver. Nunca lo encuentra.

Suspira. Escurre la fregona y empieza a limpiar.

A las diez y cuarto ya no queda una sola mancha.

Todos los domingos ocurre lo mismo.

Llega a las diez en punto, abre la puerta de La Casa de las Palabras y recorre siempre el mismo itinerario. Primero el pequeño baño, donde jamás sucede nada. Después la biblioteca de la entrada, una sala circular con estanterías hasta el techo y una mesa enorme cubierta de papeles. Más tarde el pasillo que comunica las seis habitaciones del taller. Solo entonces empieza el verdadero trabajo.

En la empresa le dijeron que aquel piso pertenecía a un taller de escritura.

Él se encogió de hombros.

Un piso era un piso.

Después de veinticinco años limpiando oficinas, academias, clínicas dentales y despachos de abogados, no esperaba encontrar diferencias. Lo único que le importaba era terminar antes de la una para regresar a casa escuchando vallenatos.

Empuja la puerta de la habitación dedicada a Cervantes.

Las espadas vuelven a estar por el suelo.

Hay escudos apoyados contra las paredes, cascos debajo de las mesas y una lanza atravesando dos sillas. Todo parece el final de una batalla librada mientras la ciudad dormía. Hernando coloca cada pieza en su sitio. Cuando termina, un escudo cae lentamente al suelo detrás de él.

No se vuelve.

Hace tiempo comprendió que es mejor no mirar.

En la habitación de Lorca, la de la poesía, empieza barriendo adjetivos.

Caen del techo.

«Áspero.»

«Evanescente.»

«Sempiterno.»

 «Desgarrado.»

Flotan unos segundos antes de posarse sobre el parqué. Hernando los recoge con cuidado. Descubrió el primer día que un adjetivo roto ya no sirve para ningún poema.

Caen también las metáforas, más pesadas, más lentas.

«Jaula abierta al mediodía.»

«Abrigo tejido con agujas de hielo.»

«Un acordeón dormido bajo la lluvia.»

Hernando las deja bien apiladas sobre la mesa.

En la habitación del microrrelato —la de Augusto Monterroso— el desorden es distinto.

Los comienzos aparecen escondidos bajo las sillas.

Los finales, detrás de las cortinas.

Los puntos finales ruedan hasta los rincones como canicas negras. Una vez encontró un dinosaurio diminuto dormido dentro de una papelera. Cerró la tapa y no volvió a hablar del asunto.

La habitación dedicada a García Márquez siempre huele a tierra mojada.

Llueve.

No importa que fuera haga cuarenta grados o que lleve semanas sin caer una gota. Allí llueve despacio. Mariposas amarillas atraviesan la estancia y salen al patio interior, donde los escritores se reúnen entre semana. Hernando ya no intenta espantarlas. Ha visto cómo atraviesan los cristales sin romperlos.

Solo le queda la última puerta.

Ensayo y artículos, la habitación de Orwell.

Allí no encuentra sangre ni espadas.

Encuentra discusiones.

Las ideas ocupan las sillas. Los argumentos hablan unos encima de otros. Una cita corrige a otra. Las dudas se acumulan debajo de la mesa como pelusas grises. Hernando espera en silencio. Al cabo de unos minutos, todos callan a la vez. Entonces puede barrerlas.

Nunca comenta nada en la empresa.

¿Quién iba a creerle?

Alguna vez piensa que deberían enviar a dos personas. Incluso considera pedir que el piso se limpie dos veces por semana. Luego recuerda la sangre, las espadas y las discusiones interminables, y decide que una sola mañana basta.

Poco antes de la una guarda la fregona.

Las habitaciones vuelven a estar limpias.

Cierra con llave. Baja despacio la escalera. En la calle se coloca los auriculares y busca un viejo vallenato de Diomedes Díaz.

Cuando la música empieza, sonríe.

Sabe que, la semana próxima, la sangre volverá a brotar sobre el parqué, las espadas caerán una tras otra, los adjetivos comenzarán a desprenderse del techo y las ideas regresarán a discutir.

Al fin y al cabo, alguien tiene que ensuciar la literatura para que él pueda volver a limpiarla el domingo siguiente.