Durante milenios, los teólogos del Inframundo creyeron que la condena de Sísifo poseía una estructura límpida: el esfuerzo vano, la pendiente eterna, la gravedad triunfante. Nadie sospechó jamás que el verdadero castigo residía en un fallo de maquetación.
El condenado ascendía exhausto, apoyando la espalda contra el frío volumen de granito negro. En su mente abrigaba una sola ilusión: coronar la cumbre, encajar la roca en el abismo del horizonte y clausurar para siempre la narración de su tormento. Un punto definitivo. La paz de la nada.
Sin embargo, al llegar al pico, la piedra no encajó. Un chasquido tipográfico resonó en el valle del Tártaro. Sísifo observó con horror cómo el peñasco no sellaba el margen de la realidad, sino que abría un espacio en blanco, una hendidura inevitable, una sangría implacable en el espacio.
—Te equivocaste de signo —murmuró Hades desde la penumbra del abismo—. No trajiste el punto final.
La piedra rodó montaña abajo con una soltura renovada. Sísifo suspiró, se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano y comenzó a descender la ladera. Había que empezar un nuevo párrafo.