El sol ya no daba vida. Golpeaba. Cuando los ríos se convirtieron en costras blancas y la hierba empezó a arder bajo el mediodía que no terminaba nunca, el viejo Noé entendió que esta vez el castigo no vendría con agua. Vendría con calor. Un calor capaz de romper piedras.
Construyó entonces lo más grande que había visto el desierto: una estructura enorme de telas oscuras, pieles curtidas y lonas pesadas tensadas sobre postes. Un refugio de sombra. Un arca de penumbra.
Recogió a animales que huían. Osos polares que ya no tenían hielo donde esconderse, leones flacos con la piel quemada, pájaros que caminaban por el suelo porque el aire ardiente les había quitado las fuerzas para volar. Los metió dentro, donde la oscuridad era espesa y fresca.
Allí, bajo las lonas, respiraban.
Pasaron los meses. El calor llegó a su punto más alto y borró del mapa los nombres de las ciudades. Cuando ya no quedaba nada que quemar, Noé abrió los portones del arca.
Dejó salir a las parejas.
— No miréis atrás —les dijo.
Algunos, sin embargo, volvieron la cabeza. Buscaron el refugio otra vez.
La mayoría se internó en el horizonte árido y desapareció. Esos no regresaron jamás.
Nadie sabe con certeza qué fue de ellos.