No miras el cielo desde hace tres días. Has cubierto las ventanas con mantas y cinta americana. Desconectaste el televisor. El móvil duerme dentro del horno. No por extravagancia, sino porque todas las pantallas terminan reflejando el cielo. Lo aprendiste leyendo informes, hilos interminables, comentarios escritos de madrugada por desconocidos que parecían más cuerdos que los ministros y los científicos. Ninguno afirmaba nada. Todos formulaban preguntas. ¿Y si el eclipse no fuera un eclipse? ¿Y si alguien hubiera fabricado una sombra? ¿Y si la oscuridad no ocultara el Sol, sino algo que desciende sobre quienes levantan la cabeza?
Las operaciones de control colectivo siempre fueron discretas. Un impuesto. Un decreto. Una guerra. Ahora sería más sencillo. Bastaría un fenómeno hermoso. Universal. Millones de personas mirando al mismo punto, exactamente al mismo tiempo. Ningún laboratorio soñó jamás un experimento semejante.
No te preocupa morir. Te preocupa seguir viviendo sin una sola duda.
Dicen que, después del eclipse, todo continuará igual. Precisamente eso te aterra. Las ciudades seguirán abiertas. Los bares servirán café. Los niños irán al colegio. La gente sonreirá un poco más de lo habitual. Nadie discutirá. Nadie desconfiará. Nadie volverá a preguntarse quién decide realmente las cosas. La paz absoluta siempre ha sido la máscara favorita de la obediencia.
A las siete y media llaman a la puerta.
Es tu novia.
—Ya ha empezado.
No responde cuando le preguntas si todavía piensa por sí misma. Solo sonríe con una dulzura desconocida.
—Ven. Todos lo están viendo.
Le dices que no.
Ella baja la vista.
—Si no sales ahora, te quedarás solo.
Durante un instante imaginas el resto de tu vida. Sin familia. Sin vecinos. Sin una conversación. Sin una sola voz que aún recuerde quién eras.
Entonces apartas la manta de la ventana.
Levantas los ojos.
El eclipse es hermoso.
Y, por primera vez en muchos años, dejas de hacerte preguntas.