domingo, 2 de agosto de 2026

Objetos perdidos

La oficina ocupaba un sótano sin ventanas. En las estanterías dormían paraguas, llaves, relojes, fotografías, promesas y algún que otro unicornio extraviado.

—¿Nombre?

—Cenicienta.

El funcionario levantó una ceja. Buscó en un archivador tan viejo como los cuentos y regresó con una caja de cartón.

Dentro estaba el zapatito de cristal.

—Ha tardado muchos años en venir.

Cenicienta no respondió. Firmó el recibo. El cristal seguía intacto. También el recuerdo de aquella noche.

Antes de marcharse, miró los estantes.

Había una rueca con una etiqueta amarillenta. Una cesta roja. Un espejo que evitaba reflejar a quien lo observaba. Una manzana mordida. Un huso. Un puñado de migas de pan.

—¿Nadie ha venido por todo esto?

—Muy pocos —respondió el funcionario—. Casi todos prefieren conservar la versión que recuerdan.

Cenicienta guardó el zapatito en el bolso.

Al salir comprendió por qué los cuentos envejecen peor que las personas.

Los objetos perdidos siempre acaban apareciendo.

Los finales felices, casi nunca.