Título: El último año de Roma
Autor: Matthias Eberhardt
Editorial: Hohenberg Verlag, Múnich, 2024
Género: Historia contrafactual
Extensión: 368 páginas
Hay algo fascinante en el libro de Matthias Eberhardt: escribir una historia alternativa en la que Roma cae en el año 476. La hipótesis pertenece a esa tradición de la historia contrafactual que Niall Ferguson reivindicó en Virtual History: no se trata simplemente de imaginar otro pasado, sino de preguntarse qué acontecimientos fueron realmente necesarios y cuáles pudieron haber ocurrido de otro modo. La hipótesis resulta ingeniosa, aunque al lector le produce una extraña sensación de irrealidad. En nuestro mundo, los emperadores occidentales no desaparecieron en el siglo V. Continuaron gobernando, incluso después de la tentativa de Justiniano de reunificar el Imperio. Hubo resistencia imperial en Hispania y, sobre todo, en la Galia, donde el poder romano sobrevivió durante generaciones antes de retroceder lentamente ante los francos y, por el sur, ante la expansión árabe.
Aquí aparece la principal debilidad del libro. Eberhardt necesita que Roma muera de repente para que su historia pueda empezar, y atribuye esa muerte a una gran ofensiva de los pueblos bárbaros. Pero resulta difícil imaginar que unas comunidades todavía fragmentarias pudieran destruir de un golpe una estructura imperial que, en periodos de crisis como la del siglo III, demostró una extraordinaria capacidad de supervivencia. Precisamente una de las virtudes de la historia contrafactual, tal como la plantea Ferguson, consiste en someter esas rupturas históricas a la prueba de la plausibilidad: no basta con cambiar una fecha; hay que explicar qué consecuencias habría producido realmente ese cambio.
Paradójicamente, la historia de Eberhardt resulta más convincente cuanto más se aleja de 476. Las guerras contra Persia, el desgaste del Imperio, las conquistas árabes y la progresiva pérdida de territorios ofrecen una explicación mucho más lenta y verosímil de la desaparición del poder romano. No hubo, según esta perspectiva, un último día de Roma, sino una sucesión de últimos días.
Eberhardt ha escrito, por tanto, una historia virtual interesante, pero quizá demasiado enamorada de una fecha que su propio mundo demuestra que nunca fue decisiva.
Su error consiste en imaginar que Roma tuvo que caer en 476. Nuestro mundo le ha enseñado precisamente que Roma sabía hacer algo más difícil: sobrevivir.