jueves, 27 de noviembre de 2025

En la sala de espera

(Una habitación austera con dos sillas metálicas, un sofá de escay, una mesa desvencijada. Paredes desconchadas. Un fluorescente que parpadea constantemente. KOLDO camina de un lado a otro, nervioso. JOSÉ LUIS está sentado, tranquilo, hojeando una revista vieja.)
JOSÉ LUIS.— (Relajado.) Menuda mañana, ¿eh? Hacía frío cuando he llegado. Y creo que voy a acabar congelado. (Ríe.)
KOLDO.— (Tenso, sin mirarle.) Sí.
JOSÉ LUIS.— (Dejando la revista.) ¿Sabes qué? Una vez alguien me dijo que en los momentos difíciles lo mejor es mantener la cabeza ocupada. Pensar en otra cosa. En viajes, por ejemplo. ¿Te acuerdas de aquella vez en Salamanca, con Pedro? No parábamos de reír.
KOLDO.— (Seco) Ajá.
JOSÉ LUIS.— (Levantándose, señalando hacia la esquina) Oye, ¿quieres un café? Hay una máquina ahí. Está asqueroso, pero al menos está caliente.
KOLDO.— (Negando con la cabeza) No.
(JOSÉ LUIS se encoge de hombros, va hacia la máquina. El ruido del café cayendo. Vuelve con un vaso de plástico humeante. KOLDO se detiene por fin, mirándole fijamente.)
KOLDO.— (Con voz quebrada.) Lo tenemos crudo, José Luis.
(JOSÉ LUIS se echa un largo trago de café, hace una mueca por el sabor horrible. Sonríe.)
JOSÉ LUIS.— Pero ¿quién podrá quitarnos todo lo que hemos vivido? (Mirándole a los ojos.) Siempre nos quedará el Parador de Teruel.
(KOLDO, por primera vez, sonríe levemente. Una sonrisa cansada pero genuina.)
KOLDO.— Sí, Teruel.