El primero de la fila murió una mañana de invierno.
Nadie supo exactamente cuándo. Quizá mientras miraba el reloj; quizá mientras calculaba cuánto faltaba. Simplemente dejó de respirar y cayó hacia delante, sin abandonar su puesto.
Los demás se miraron.
—¿Y ahora qué hacemos?
Nadie sabía la respuesta. Después de tantos años esperando, aquello no estaba previsto.
Decidieron enterrarlo allí mismo. Cavaron un hoyo junto a la pared, lo cubrieron con tierra y colocaron encima una pequeña piedra con su número.
Luego regresaron a la fila.
Fue entonces cuando lo notaron.
Todos habían avanzado un puesto.
El segundo ocupaba ahora el primero. El tercero era el segundo. El último había dado un paso que, según sus cálculos, no le correspondía hasta dentro de varios años.
Durante unos minutos reinó la alegría.
Alguien aplaudió.
Otro se echó a llorar.
—¡Por fin avanzamos!
Desde aquel día, cada muerte fue recibida con una mezcla de tristeza y esperanza. La fila se hizo más corta.
Muchos empezaron a mirar a sus compañeros de reojo.
Y, cuando llegó su turno de morir, algunos sonrieron.
Habían esperado toda la vida para avanzar.
Y al fin estaban llegando.