«Se ruega no reír», decía el cartel.
Lo habían colocado en la entrada del edificio, junto al extintor y la máquina de café. Nadie preguntó quién lo había escrito. En aquella época, las preguntas empezaban a considerarse una forma rudimentaria de desacuerdo.
Un lunes, un hombre soltó una carcajada en el ascensor.
El vigilante apareció inmediatamente.
—¿Tiene permiso?
—No.
—¿La risa ha sido voluntaria?
—No.
El vigilante abrió una carpeta.
—Entonces necesita el formulario 18-B.
—¿Para qué sirve?
—Para acreditar que no quiso reír.
—¿Y si tampoco quiero rellenarlo?
El vigilante levantó la vista.
—Eso sería voluntad.
El hombre dejó de reír.
Pasaron los años. Cerraron la cafetería, retiraron los bancos y sustituyeron los carteles por otros más discretos. «Se ruega mantener una actitud constructiva.» «Se agradece el silencio.» «La ciudadanía agradece su colaboración.»
Un día, alguien encontró el antiguo formulario.
En el reverso había una pregunta que nadie había visto:
«¿Qué hará cuando termine la prohibición?»
Debajo, con tinta azul, alguien había escrito:
«Reírme de haber obedecido».
El funcionario que lo leyó sonrió.
Fue su primer delito.