domingo, 23 de agosto de 2026

El décimo piso

El ascensor del edificio tenía un espejo antiguo. Nadie recordaba cuándo lo habían colocado allí, pero todos evitaban mirarlo demasiado tiempo.

La primera vez que ocurrió, una mujer subió al décimo con setenta años y bajó con treinta. Pensaron que era un error del espejo.

La segunda vez, un hombre de cincuenta años salió convertido en adolescente.

Después dejaron de sorprenderse.

La regla parecía sencilla: quien entraba envejecido salía joven. Nadie sabía qué sucedía durante el trayecto.

Una mañana, el portero vio entrar a un anciano. El espejo le mostró una cara conocida, aunque no consiguió recordar de quién.

El ascensor subió.

Cuando las puertas se abrieron en el décimo, salió un niño.

Tenía la misma cara.

—¿Dónde está el señor que ha subido? —preguntó el portero.

El niño señaló el espejo.

Allí seguía el anciano, inmóvil dentro del ascensor.

Desde entonces, nadie volvió a usarlo.

Salvo los niños.

Ellos suben riendo y bajan serios, con las llaves de sus futuros apartamentos en el bolsillo.

Y cada noche, cuando el edificio queda vacío, el ascensor baja lentamente hasta la planta baja.

Sin pasajeros.

Solo para recoger a los años que quedaron arriba.