Llevo cuarenta años sirviendo en esta terraza de París. He visto inviernos interminables, turistas perdidos, amantes reconciliándose bajo la lluvia y hombres que bebían tres cafés para reunir valor antes de despedirse.
La mesa tres siempre ha sido distinta.
Cada tarde, a las cinco, se sientan allí un hombre y una mujer. Nunca hablan. Piden un espresso para compartir y un terrón de azúcar. Después permanecen unos minutos mirando la calle, como si esperaran a alguien.
Hoy ocurrió algo nuevo.
Dejé el café sobre la mesa. El hombre tomó la taza. La mujer acercó el azúcar. Cuando sus dedos estuvieron a punto de tocarse, desaparecieron.
No hubo humo, grito ni milagro visible. Simplemente dejaron de estar.
Esperé. París siguió pasando frente a mí.
Retiré la taza. El espresso estaba tibio. El terrón de azúcar, intacto.
—¿Qué hacemos con esto? —preguntó el encargado.
—Esperar.
—¿A quién?
Señalé la mesa.
Desde entonces, cada tarde dejo allí un espresso y un terrón de azúcar. Nadie me lo ha pedido.
Pero ayer, por primera vez, encontré una propina.
Era una moneda de cuarenta años atrás.