Aru sabía distinguir el olor del agua, el de la sangre reciente y el de los leopardos. Aquella mañana cazaba entre hierbas altas cuando la luz empezó a apagarse. Levantó la cabeza. Una sombra mordía el Sol. Los pájaros callaron. Los insectos desaparecieron de golpe. El aire adquirió el frío de la noche en mitad del día. Aru cayó de rodillas. No sabía qué era el cielo, pero comprendió que había algo encima de él capaz de devorar el mundo. Aquella misma noche, alrededor del fuego, nacieron los primeros dioses.
Mucho tiempo después, los escribas de Babilonia llenaban tablillas de arcilla con números que parecían no significar nada. Fechas. Posiciones de Dilbat. Crecidas del Éufrates. Eclipses. Generaciones enteras compararon aquellos signos hasta descubrir que las sombras regresaban siguiendo un ritmo casi perfecto: doscientos veintitrés meses lunares. El rey no entendía las cuentas, pero comprendía el poder. Si el cielo obedecía a un orden, quien conociera ese orden gobernaría también sobre los hombres.
Pablo Aranda no ha estudiado Astronomía, pero sabe todo eso. Tiene decenas de libros: novelas, ensayos y obras divulgativas. Le gusta especialmente la historia de Jasaw Chan K'awiil I, señor de Tikal, que salió a la terraza de su palacio mientras los sacerdotes anunciaban el Pa'al K'in, el Sol roto. Habían calculado el eclipse con una precisión admirable. Sus códices sabían cuándo llegaría la sombra. Sin embargo, cuando el disco comenzó a desaparecer, los tambores sonaron igual que siempre. Las plegarias también. Saber que el Sol iba a ser devorado no hacía menos necesario ayudarlo a regresar. La ciencia y el mito compartían la misma escalinata.
Su padre murió demasiado pronto y alguien tuvo que hacerse cargo de la tienda de muebles en Linares. Pablo aprendió a distinguir robles de nogales, barnices de poliuretano y clientes que solo preguntaban precios de quienes terminaban comprando. Cuando el negocio aflojaba, cuando las sobremesas en casa de sus suegros derivaban en discusiones interminables entre los cuñados o cuando llevaba a su hija al parque y ella desaparecía entre columpios y toboganes, sacaba el móvil y veía vídeos de astronomía.
Con el tiempo descubrió que detrás de cada eclipse había otra historia.
Así sabe que Edmond Halley refinó las predicciones de los eclipses. Que Pierre Janssen apuntó un espectroscopio hacia la corona solar y descubrió un elemento que todavía no existía en la Tierra conocida: el helio. Que Norman Lockyer le dio nombre. Sabe que, en 1919, Arthur Eddington fotografió estrellas ocultas junto al Sol eclipsado y confirmó que la gravedad curvaba la luz, como había escrito Einstein. Cada generación creyó haber arrancado un secreto definitivo al cielo. Las fotografías sustituyeron a los sacrificios. Las ecuaciones ocuparon el lugar de los himnos. La oscuridad seguía siendo la misma.
Con el tiempo, Pablo reunió dinero suficiente para un buen telescopio. Empezó saliendo algunas noches al campo, lejos de las luces de Linares. Poco a poco, aquella afición terminó convirtiéndose en una costumbre extravagante: perseguir eclipses.
Le fascinaba descubrir que cada civilización había imaginado una criatura distinta para explicar la misma sombra. Un dragón en China. Los lobos Sköll y Hati en las viejas sagas escandinavas. Ninguna de aquellas historias le parecía ingenua. Todas intentaban responder a la misma pregunta.
Pablo sonríe al recordar aquellas leyendas. En abril de 2024 viaja a Dallas para disfrutar de cuatro minutos de oscuridad total. Sabe de mecánica celeste, de órbitas elípticas y de geometría orbital. Ha leído sobre Bessel, sobre Saros, sobre refracción atmosférica. Sin embargo, cuando la Luna cubre completamente el Sol, deja de hacer fotografías. Baja la cámara. No habla. Tampoco los miles de desconocidos que lo rodean. Durante poco más de cuatro minutos todos permanecen inmóviles, como si compartieran una memoria mucho más antigua que cualquier civilización.
Muchos años después, Anand Oluwafemi vivirá solo. Atenderá un reactor que estará alimentando los sistemas automáticos de una ciudad ya vacía. Aquella tarde la luz volverá a disminuir. Mirará el cielo a través de una atmósfera gris, espesa de partículas industriales que ningún bosque sobreviviría ya para limpiar. Los archivos explicarán perfectamente qué es un eclipse. También describirán los protocolos de emergencia cuando el reactor principal comience a fallar.
Anand observará cómo la oscuridad avanzará con lentitud. Durante unos segundos no sabrá si está contemplando una de las coreografías más antiguas del sistema solar o el principio del apagón definitivo.
Muy lejos de allí, a una distancia de cientos de miles de años, otro hombre levantará la cabeza.
La sombra acaba de morder el Sol.
No entenderá nada.
Y empezará a inventar dioses.