Manuel Herrera conduce un Seat León gris de 2018. Doscientos doce mil kilómetros. Jimena-Mancha Real. Mancha Real-Jimena. Quince años.
La ley entró en vigor un martes de marzo. Real Decreto 347/2028. Artículo tercero: prohibido circular en vehículo particular sin acompañante. Primera infracción: dos mil euros. Segunda: veinte mil. Tercera: decomiso del vehículo.
El Gobierno argumentó eficiencia ecológica. Menos coches, más ocupación por vehículo, reducción de emisiones. Las asociaciones ecologistas aplaudieron. El segundo argumento fue la seguridad vial. Estudios demostraban que los conductores acompañados reducían la velocidad, respetaban señales, provocaban menos accidentes. Los sindicatos protestaron. Nadie les escuchó.
Manuel está casado. Dos hijos. Siete y nueve años. Su mujer, Carmen, trabaja en el Ayuntamiento de Jimena. Administrativa. Horario de ocho a tres. Manuel trabaja en una fábrica de muebles en Mancha Real. Turno de siete y media a tres y media.
Durante tres años, el padre de Manuel le acompañó. Sebastián. Setenta y dos años. Jubilado de la construcción. Se sentaba en el asiento del copiloto. No hablaban mucho. A veces comentaban el fútbol. Nada más.
Sebastián murió en diciembre. Infarto. Manuel le pidió a Paco que le sustituyera. Amigo de su padre. Setenta y cinco años. Viudo. Sin familia. Diez euros diarios. Efectivo. Era un buen precio. Algunos acompañantes llegaban a cobrar hasta quince euros.
Paco paseaba por Mancha Real mientras Manuel trabajaba en la fábrica de muebles. Tomaba café en el Mitos. Se sentaba en el banco del parque. Hablaba con otros jubilados. Leía novelas de Marcial Lafuente Estefanía o Silver Kane. A las tres y cuarto esperaba siempre en el mismo sitio.
Esa mañana, Paco no salió de la cama. Fiebre alta. Mareos. Manuel recibió el mensaje a las seis y media. Demasiado tarde.
Llamó a cinco personas. Nadie disponible. Caminó hasta la plaza del Ayuntamiento de Jimena. Vacía. Las farolas todavía encendidas. Siete menos veinte.
Manuel calculó. El turno comenzaba a las siete y media. Dieciocho kilómetros.
Arrancó el motor.
Circuló despacio. Sesenta kilómetros por hora. Manos aferradas al volante. Nudillos blancos. Poco tráfico a esa hora. El sol empezaba a salir por la Sierrezuela.
Cuando se acercaba al cruce de Torres, Manuel se puso nervioso. A veces había allí controles. Pero no había ningún control.
Manuel pensó que lo iba a conseguir.
Entró en Mancha Real. Rotonda. Allí estaban. La pareja de la Guardia Civil había colocado el coche en perpendicular. Chalecos reflectantes. Uno de ellos sostenía la paleta roja. El otro llevaba la tableta reglamentaria para las multas.
Manuel redujo la velocidad. Treinta. Veinte. Diez.
El agente levantó la mano. Gesto preciso. Profesional.
Manuel puso el intermitente. Detuvo el coche en el arcén.
El motor seguía encendido. Las manos todavía sobre el volante.
El guardia se acercó. Golpeó dos veces en la ventanilla con los nudillos.
Manuel la bajó despacio.
—Buenos días. Documentación.