Microrrelatos de Plácido Romero

jueves, 23 de enero de 2014

Mordiendo a Toni

“Le invadió gran compasión por aquel miserable, y por su tragedia.”
Juan Perucho, Las historias naturales

La fatalidad que acompaña implacablemente a los solitarios me llevó a aquella ciudad. Cuando llegué, me limité a buscar una casa vacía cerca del centro. Encontré en una buhardilla invadida por las palomas una habitación olvidada, donde se guardaban un montón de objetos inútiles: muebles desvencijados, ropa vieja y apolillada, cuadros cubiertos de polvo, espejos, que me apresuré a hacer pedazos. Era un sitio amplio, quizá sucio, pero acogedor.

En la nueva ciudad, siguiendo nuestras costumbres, traté de encontrar a un solitario. Recorrí los tejados, visité los parques, caminé por las calles desiertas a las cuatro de la mañana, lancé el grito de los solitarios, como me enseñó Bildur de Biarritz, mi mentor. Nadie me respondió.

Entonces me alimenté por vez primera. Durante mis pesquisas nocturnas había acechado a una mujer que pasaba la noche en una carretera junto a un olvidado polígono industrial. De vez en cuando, un conductor recogía a la autoestopista, pero la devolvía misteriosamente al mismo lugar al cabo de una hora.

Llevaba varias semanas sin alimentarme y estaba un poco débil. Sin embargo, mi ataque fue limpio y rápido, perfecto. Nunca me ha gustado asustar a las presas –como hace, por ejemplo, Romek el polaco, que conoció al Primero. Me acerqué por detrás, sigilosamente, le lancé un golpe a la nuca –me lo enseñó la inolvidable Susanna de Castellroig– y cayó al suelo sin enterarse de nada. La arrastré detrás de unos arbustos y sorbí con placer su sangre. Apenas tardé media hora.

Otros solitarios, extasiados o descuidados después de alimentarse, suelen abandonar a sus presas allí donde las han atacado. Pero eso suele atraer, indefectiblemente, a los cazadores –a Bildur, mi querido tutor, le acabaron cazando después de dejar varios cuerpos desangrados en Biarritz, su ciudad natal; aunque todos creemos que se dejó aniquilar.

Me eché a los hombros el cuerpo y lo llevé al cauce raquítico de un arroyo que fluía cerca. Desvestí a la mujer, le quité la medalla con el signo maldito –que el Primero triunfe sobre él– y la dejé completamente desnuda en el agua sucia. Me costó arrancarle un pendiente que adornaba una región de su cuerpo que no puedo nombrar. 

Eché la ropa a un contenedor, pero me guardé, no sé por qué extraña fatalidad –la existencia de los solitarios es pura fatalidad– su bolso. Después, en la buhardilla, comencé a examinar los objetos que había dentro: un cepillo del pelo, un bote de colonia, un monedero, un pasaporte de la República Bolivariana a nombre de Analía Stella Velásquez Yzarralde, un billetero, un lápiz de labios, una tarjeta de El Corte Inglés, un bote espermicida, una caja semivacía de condones, pañuelos de papel, aspirinas, tampones y… una servilleta arrugada y sucia de la cafetería Da Vinci.

Al anochecer, una fatal curiosidad me llevó a la cafetería Da Vinci, donde Analía Stella se había tomado un último café. 

Como siempre, entré con todas las precauciones, espiando las paredes en busca de un maldito espejo; pero no había ninguno –gracias sean dadas al Primero. La cafetería estaba decorada con reproducciones de cuadros de Leonardo da Vinci, que conoció a los solitarios. Vi La dama del armiño, el cuadro que Romek me mostró en el museo de Cracovia. Vi La Gioconda, que Leonardo miró antes de extinguirse.

Me senté en una de las pocas sillas vacías y esperé a que una niña me tomara nota. Entonces la vi a ella. Estaba al otro lado de la barra, dirigiendo, lo imagino, a las camareras –era mayor que las otras. Tenía el cutis de Susanna de Montroig, que también fue mía durante unas noches, que también me abandonó –la fatalidad me acompaña. Sus compañeras –lo percibió mi finísimo oído– le llamaban Toni, como aquella reina de Francia que supo morir con tanto valor. Bildur, mi mentor, me dijo una vez que el corazón me avisaría cuando encontrara a una compañera. Aquella noche sentí ese aviso.

Olí el café que me sirvieron y pagué con el dinero de Analía Stella. Apenas salí, me encaramé al tejado y esperé a que terminara el turno. Impaciente, sorbí la sangre de una paloma para hacer tiempo.

A las doce y media, Toni se despidió de sus compañeras, y comenzó a caminar por aquel dédalo de calles del centro –me resultó difícil ir saltando por los tejados. Seguí su rastro, su olor, y la espié. Entró en un bloque de pisos y subió a la segunda planta. Después de tomar un yogur –contuve mi repugnancia de solitario hacia ese acto obsceno–, se acostó. Pronto se quedó dormida.

Me acerqué a ella y le besé el cuello. Por su cuerpo fluyó la sangre de Bildur de Biarritz, de Pavel Volkov, de Wolfgang Mohr, de Federico II Hohenstaufen, de Violante de Hainault, del Primero. Había comenzado la mutación.

Al día siguiente, cuando acudía a la cafetería Da Vinci, ella se vio obligada a mirarme. De algún modo ya comenzaba a poseerla. Tres noches después, me invitó a acompañarla a su piso y nos abrazamos y le di el segundo mordisco. Soy demasiado pudoroso para contar lo que sucedió después…

Aquella misma noche me alimenté por segunda vez: un mendigo, que olía a sudor arraigado y al que ni siquiera tuve que golpear. Esta vez eché el cuerpo a un contenedor de basura. Renovadas mis fuerzas, lancé el grito de los solitarios.

Siguieron días felices. Toni, sintiéndose por fin enferma, tuvo que dejar el trabajo. Es como si no tuviera fuerzas, me decía.

En una noche de luna llena, como manda la tradición, llegó el momento, por fin, del tercer mordisco, el definitivo. Le hundí los dientes y ella se quedó dormida. La llevé a su piso y la velé durante dos días y una noche. Por fin despertó.

–¿Qué me ha ocurrido?

Se lo expliqué todo. Ella me escuchó con extraña languidez. Le conté la historia del Primero, de los solitarios. Le hablé de Bildur de Biarritz, que había perecido por la estaca de un cazador, y le expliqué nuestra existencia eterna y el secreto de la mutación. Y ella atendía a mis palabras y me acariciaba con sus ojos inteligentes. Y cazamos juntos y le enseñé las precauciones que debía tomar para mantener alejados a los cazadores.

Pero fue imprudente. Una noche, mientras yo lanzaba el extático grito de los solitarios desde la torre más alta de aquella ciudad, ella, quizá incacaz de dominar un apetito nuevo, entró en una casa y desangró a una niña. 

Sólo me contó lo sucedido la noche siguiente, demasiado tarde. Le rogué al Primero que ningún cazador se enterara, pero el Primero no atiende las súplicas de los imprudentes. Dos días después, percibí esa apestosa pestilencia –à l’ail– de un cazador.

Aquella noche regresé a mi buhardilla y tracé un plan para despistar al cazador. Entré en una casa cercana y desangré a una vieja y la dejé abandonada sobre la cama. Supe que al cazador no le costaría husmear mi guarida y que debería huir.

–Regresaré cuando le haya despistado –le dije a Toni.

Advertí en ella una mirada de alivio y percibí un olor extraño, el olor de un solitario desconocido, o de un humano, pero no le pregunté nada; la amaba tanto que sólo me preocupaba proteger su existencia.

El cazador demostró una fría precisión en la persecución. Llegó a mi buhardilla un jueves al anochecer, pero yo estaba preparado y huí. Me marché a Jaén, donde desangré a varios mendigos, y él no tardó en seguir mi rastro. En Sevilla, pudo dispararme varias balas de plata, y una laceró mi pierna. En Algeciras, antes de embarcar a otro continente, pensé por última vez en Toni: que el Primero la proteja.

Me preocupa que no se disipe la pestilencia del cazador.

Relato finalista del XIII Certamen de Narraciones Breves Ideal